Dibujar un corazón

Hoy vi dibujado un corazón sobre la piedra triste y gris de un banco en el parque.

Parecía descolorido y solitario, con esas dos iniciales que jugaban a pasar desapercibidas en el mundo de las letras, olvidado, decadente.

No he podido evitar pensar en los enamorados que pasean juntos de la mano por el Parque del Oeste junto a la rosaleda, en los mil besos que habrán podido observar esos árboles sabios y arrugados, en los mil candados que se habrán despedido de su llave en los puentes de medio mundo y, cuya liberación, yace sumergida para siempre en las aguas estancadas y tristes de los ríos.

Entonces es cuando piensas en la estupidez del ser humano, en su triste afán por enamorarse de la idea del amor.

Porque cuando te enamoras realmente, sientes que el amor no es un corazón que une tu inicial con la del ser amado.

Entonces todo deja de tener sentido y no es la tierra la que te sostiene sino esa mirada dulce. De repente, nada tiene límites para ti. Te lleva el viento, te mecen las suaves olas del mar de la calma, te sonríen las estrellas en la noche y la eternidad parece llamar a tu puerta.

Entonces te preguntas: ¿Debo cerrar o tal vez es hora de quitar el pestillo?

Sin embargo, no todas las preguntas llevan consigo una respuesta. A veces, las mejores sorpresas que nos depara la vida vienen escondidas, envueltas en papel de regalo de mil colores alegres como una sonrisa, cogidas con ese lazo de raso amarillo cual rayo de sol.

Así es como decidí que no habría días grises en este otoño de hojas crujientes de hielo contra el cristal de los recuerdos; así es como una tarde de lluvia pinté un corazón en la ventana por admirar simplemente la marca que dejaba.

Somos corazón. Corazón enamorado y herido, desgarrado y apreciado, atormentado y liberado.

Corazón de tiza en la pared,

Desteñido y blanquecino,

Mil veces olvidado y revivido,

Lágrimas de lluvia atrapadas,

El sol se pone cohibido.

Vuelve el verano del amor,

Las rosas al jardín 

Del noviembre caluroso

En su lucha, su resurgir,

Tus pasos presurosos.

El bulevar del desamor

Se traspasa por cierre,

Definitivo y determinante

En su candado cerrado,

Su llave perdida en el mar.

Esperando al tren

Y así, el verano le volvió a dar una oportunidad al otoño que parecía que se había instalado definitivamente en la gran ciudad.

Hoy es un día de pocos epítetos, de pocos adjetivos. Hoy las palabras surgen a flor de piel de las sensaciones más recónditas y profundas de mi alma.

El reloj del metro de Madrid, el calor, los mendigos, los insultos, las prisas, el caos y lo frenético, las escaleras interminables en Cuatro Caminos, las acaloradas discusiones por teléfono del hombre de traje gris, una pareja sentada enfrente de mí en el vagón, una anciana arrugada y sola…

A veces, no vemos más allá de nuestras narices.

Historias… Mil y una historias a mi alrededor con protagonistas variopintos, donde el antagonista no es otro que la propia vida en forma de jefes infames, hombres (por llamarlos de alguna forma) xenófobos, engaños interminables, el propio paso del tiempo, la soledad, la depresión.

Sin embargo, también nos olvidarnos de nosotros mismos. En algún momento dejamos de ser protagonistas de nuestra propia historia, desechamos salir a escena, guardamos con celo nuestro carácter y nuestra personalidad, arrastramos nuestras penas  hasta el bar más cercano siempre rodeados de mil caras conocidas en las que poder vislumbrar retazos de historias similares a la nuestra; nos gusta el ruido porque así ahoga lo insistente de nuestros pensamientos.

Y entonces sucede. Todo pasa por mis ojos en un vaivén de estaciones de metro, de personas que suben y bajan, de otras que tienen un largo viaje por delante y leen o escuchan música, el vagón se mueve inquieto, por fin llego a Gran Vía.

Y es que nuestra vida es así. Recuerdos que nos acompañan en nuestro día a día, que al principio te pueden llegar a impedir avanzar, personas importantes en tu vida que desaparecen por cualquier motivo.  Otras que se quedan a tu lado y te acompañan en lo bueno y en lo malo, compañeros de la vida ante las convulsiones y las adversidades que ésta nos proporciona; la esperanza de llegar a nuestro destino, de encontrarnos con cualquier sorpresa en el camino, enamorándonos de lo inesperado.

Escribir palabras vacías

En el papel del guión 

De una historia olvidada,

Nuestra historia perdida

En el fondo del cajón,

Se nos fue la razón,

Burbuja de caos  

Y humo que hace llorar

Limpiando nuestro corazón,

De estación en estación

Buscando el reloj,

Pasando las horas.

Mirad el reloj, no perdáis el tren de vuestra historia.

La pieza que faltaba del puzzle

Despierta el mundo en un vaivén de miradas vacías clavadas en la taza de café, amigo fiel.

Despierta la brisa y el viento otoñal que nos conmueve. La lluvia  nos trae eternas danzas de paraguas que esconden amantes de agua y polvo.

Vuelven los recuerdos, pues somos memoria. Somos el resultado de todo lo que hemos vivido.

No puedo evitar sonreír al recordar los desayunos de besos eternos, los paseos por El Retiro, la música sonando en ese tocadiscos, los vinilos que eran testigos de nuestros bailes, las cartas por debajo de la puerta, las discusiones idiotas.

El otoño nos trae la guerra de un paisaje dormido de melancolía que busca poco a poco el frío, pero las batallas se ganan con una sonrisa y un “todo irá bien”.

Los esquemas se rompen, los papeles se queman, la tinta de los versos inunda el negro suelo de soledad, las palabras pasan a tener otros significados, al puzzle le falta una pieza…

Y así es como, de repente, cambiamos.

Hemos bailado con la soledad, cenando ensalada fría y solitaria al volver del gélido invierno que teníamos más, en cierto modo, en el corazón. Y así llega la sensación de felicidad por reconciliarse con lo vivido, admirando cada minuto de los que robamos al reloj, cada tarde de lluvia de otoño, cada aliento robado a la inmortalidad de la fotografía borrosa en la que se había convertido nuestra vida.

Desechar la rutina, equivocarse tomando un sendero erróneo o no, creer, cantar, amar…

Y así es como, de repente, volvemos a sorprendernos.

Ahora, sonríe y nunca más vuelvas a dejar de hacerlo. Todo se ve diferente así.

Parece ser que la pieza que faltaba del puzzle, apareció.

Escondida, perdida,

Agazapada y

Sorprendida

De idas y venidas,

En dulce melodía,

De saberse querida.

Agradecida con la vida.

Prohibido pensar antes de sentir

Las hojas caen lánguidas sobre el suelo frío y desnudo que es el otoño de la gran urbe.

Poco a poco, todo duerme y la tarde cae en ese crepúsculo de naranja, oro decadente y solitario.

Llega la hora del día en que el reloj se detiene y los minutos no pasan para mí. La mente se sumerge en cien mil preguntas buscando esas cien mil respuestas con las que nunca conseguimos dar.

Pensamos demasiado y sentimos demasiado poco.

Uno y uno dejan de ser dos en las matemáticas de los sentimientos. También, uno y uno pueden ser nada y, nos quedamos aterrorizados ante la multiplicidad de posibles soluciones que puede llegar a tener la ecuación del amor o desamor.

Definitivamente, nada tiene sentido.

Vienen las locuras, los secretos, las noches en vela, las conversaciones infinitas de tardes de café y terraza al sol de octubre, los “vente a mi habitación, te tengo que contar”, las sonrisas cómplices, los amigos que por fin empiezan a vivir, los dibujos que encierran almas e historias que nadie esperaba, los poemas que se escriben solos y sin pensar, … Sobre todo, no pensar.

Pensar en no pensar,

Reflexionar,

Robar ese suspiro al cristal

De la madrugada añil.

Pensar en sentir,

Escribir,

Precipitarse al vacío

Y estrellarse, por fin.

Sentir y no pensar,

Amar, llorar,

Observar la nada,

Sobrevolar la enormidad.

Sentir, 

Partir hacia el confín,

Suspirar, enamorar,

Volver a comenzar.

La página en blanco

Y hoy, día 5 de octubre, empieza un nuevo capítulo en mi nuevo libro en blanco que es la vida.

Porque la vida es, ante todo, pequeños instantes encadenados que nos llevan a completar esa trepidante aventura llena de rostros con y sin nombre, sentimientos que llegan y que también se van, sonrisas que se llevan pintadas y sonrisas que llegan hasta el corazón, cartas llenas de melancolía en aviones eternos que despegan para no volver jamás, lágrimas de felicidad y de tristeza, amigos que están siempre en los buenos y malos momentos, alentándonos a descubrirnos a nosotros mismos, descubriendo quiénes son ellos, además.

Y es entonces cuando decidimos entrar en esa fiesta de luces y bohemia que es nuestro presente, con los labios rojos del carmín de nuestras decisiones, tacón alto para pisar fuerte en la eternidad y el recuerdo, ojos brillantes por la emoción que nos causa volver a empezar o, más bien, continuar.

Las sonrisas son pequeños mordiscos

robados al tiempo.

Instantes infinitos y, a la vez,

instantáneos.

Pero se quedan en nuestro recuerdo,

de ahí su eternidad.

Nunca olvidar.