Manual de instrucciones

Suena el teléfono,

Sonrío y pienso,

Será el invierno,

Aurora de hielo.

Las calles vacías,

Las luces apagadas,

Las flores marchitas,

La lluvia mojada.

Me gusta lo inesperado, los encuentros fortuitos en lugares del azar, las sorpresas del destino entre miradas indiscretas de mil transeúntes que pasan a tu alrededor.

Me gusta el suspiro del sueño al despertar, después de una noche en blanco, sin pensar.

Y así el mundo pasa a nuestro alrededor y nosotros, observadores de lo ajeno, nos ponemos a trabajar.

Y miramos, y observamos y, esperamos encontrar alguna mirada que nos descubra qué hay tras esos ojos marrones o verdes o azules. Y te hundes esperando encontrar alguna respuesta, alguna bala perdida que impactó contra el fondo de su alma, destruyendo o construyendo su personalidad, su carácter manso o indomable.

El pasado nos honra o nos maltrata a su antojo, nos dibuja tristeza en la pupila, nos pierde y nos gana con cada momento, nos hace llorar de nostalgia y felicidad.

El tiempo nos marca, la gravedad se dibuja en el entrecejo de enfados, disculpas, dolor, angustia; de descubrir la inmensidad de la vida.

Puedes querer o amar, también engañar, prometer, mentir y, por qué no, abrazar con las manos tu verdad. Cada gesto quedará en nuestra pupila de observadores predispuestos, de cazadores de espejos de cristal.

Podemos intentar inventar un manual de instrucciones para cada palabra, mirada, gesto y arruga.  Sin embargo, la complejidad nos vence en los momentos más sorprendentes. Hay situaciones en las que los observadores volvemos a descubrir la dificultad de leer a alguien, maravillándonos de nuevo, volviendo a nosotros la fe en el ser humano.

Sin embargo, no debemos perder la esperanza. Cuando menos lo esperas, ocurre. El invierno se retira poco a poco, momentáneamente, dejando paso a los leves rayos de la primavera.

Mira a tu alrededor, podrías sentir el viento del norte en la cara llenándote otra vez.

Respondo al silencio

Amigo del viento;

Mil primaveras

Vienen a tu encuentro.

El teléfono ya no suena,

Cayó nieve sobre el timbre,

Fundió su corazón de mimbre

Olvidó suspiros de atardecer.

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