Bienvenido a la Era del Fuego

Se extendía el  fuego ardiente,

Corrompía almas cobardes,

Disolvía límites infranqueables,

Hablaba al caballero valiente.

Ardíamos con el inconfundible fuego de la Revolución, todavía escondido y agazapado en el Norte. Sin embargo, el incendio avanzaba inexorablemente, quemando conciencias y arañando libertades.

Habíamos vivido encarcelados en nuestro propio miedo, atemorizados por nuestra propia cobardía. Llorábamos lágrimas de cocodrilo, nos atábamos las manos para aparentar ser prisioneros, nos acomodábamos en la histeria y nos instalábamos en la compasión y la resignación.

Ya no éramos seres humanos, habíamos perdido esa condición relegados a pequeñas marionetas, muñecos de trapo, muñecas preciosas de porcelana sin cerebro ni corazón.

Todos muertos. Muertos porque no estábamos vivos.

No había genialidad, vitalidad, sangre en nuestras venas resecas por la desidia, determinación en nuestros músculos preparados para luchar, valor y coraje en nuestros corazones de hojalata oxidados por el hielo y el tiempo.

Pero un día, se abrieron sus ojos en esa fosa en la que yacía desde hacía demasiado tiempo. Era un cementerio de juguetes rotos, desechos de marionetas que algún día fueron hombres y mujeres. No era el Inframundo, tan sólo nuestro extenso y caótico mundo.

Observó la tierra, ahora estéril y muda, sin vida ni esperanza. Se enfureció por sus años en la oscuridad, doblado en un triste agujero en el que penaba y existía. Fluyó la cólera por su garganta, hizo temblar la tierra, movió las montañas y la risa de las aguas limpió de obstáculos su camino.

Gritó y tembló el mundo. Otros ojos se abrieron, despertaron del largo trance. Otros cuerpos se levantaron, consumidos y arrasados tal vez, pero decididos a prender la llama.

Y así el caballero sin rostro ni nombre avanzó sobre la vasta tierra. Disolvió diferencias, juntó fragmentos de tierra abandonada y yerma, reconstruyó el imperio del fuego, logró lo imposible porque sólo existían los improbables.

Bienvenido a la Era del Fuego,

Realidad en el corazón,

Despierta y lúcida razón,

Patria y bandera de nuevo.

Entre luces y sombras

Frío… Frío y hielo de cristal cortante en una noche invernal de diciembre en la gran ciudad. Es fin de semana, sábado.

Comienza a oscurecer sobre la ciudad que comienza a despertar en su fiebre de luces, colores, contrastes…

Ella vuelve a calzarse esos tacones de aguja y plataforma, de color rojo pena, de charol de amargura. Apenas la cubre un fino y corto vestido que se ajusta demasiado a su figura, enseñando su cuerpo como si de un escaparate viviente se tratara.

Y así es. Un pobre maniquí de carne y hueso, de brutalidad y violencia que se pasea por Montera buscando la esquina perfecta en la que poder resguardarse y, a la vez, encontrar el cliente de la noche lo antes posible para poder volver a casa.

Sus ojos lloran de vez en cuando. A veces, de frío. A veces, de impotencia, de rabia, de desolación.

Ella era una buena chica en busca de un futuro mejor y, ahora, se sentía engañada. Le brindaron una oportunidad esperanzadora que se tornó en pesadilla cuando aterrizó en Madrid. Su trabajo no era de modelo; nunca caminaría por una pasarela ni un fotógrafo inmortalizaría sus delicados rasgos jamás. Se dedicaba a la calle y la noche, a sobrevivir con lo que le quedaba tras haber pagado su deuda al chulo que la prostituía y que le pegaba si no traía lo suficiente.

Era muy joven, pero su alma envejecía por momentos. Sus azules ojos de océano eran puro dolor y sufrimiento.

Odiaba que la tocaran, la ultrajaran, hicieran con ella todo lo que la cruel imaginación de algunos hombres pudiera alcanzar.

Nadie se apiadaba de ella. Por su lado paseaban familias con niños que la miraban mal, como si estuviera sucia; jóvenes que la miraban de arriba a abajo con deseo y sin ningún sentimiento; hombres aborrecibles que se convertían en pesadilla por las noches; personas que pasaban por su lado simplemente como si no hubiera nadie allí, como si no fuera persona.

No tenía nombre. Bueno sí, tenía muchos: Puta, Prostituta, Meretriz,Guarra, Zorra… En su día a día, Puta era su nombre común y, su apellido, las ojeras que cubría el denso maquillaje, pues nunca podía conciliar el sueño.

Cuando conseguía dormir, soñaba. Entre sus sueños, salir de la vida que llevaba, cambiar su destino, no volverse a sentir en las garras de nadie y ser dueña de su propia vida.

Se llamaba Darya, pero eso ya no importaba. Ya no era recuerdos, ni memoria.

La espiral de luces y sombras terminaba para volver a amanecer de nuevo en las proximidades de Gran Vía.

La estrella fugaz

Cierra los ojos, escucha en tus oídos la sensación de encontrarte en un mundo caótico como nosotros, vacía tu mente y déjate llevar. Siente cómo una idea repentina sacude tu pensamiento, tu inconsciente. Ese es el deseo, la felicidad hecha pocas palabras tejida en tu cabeza con hilos de sueño.

Somos humanos, imperfectos seres en una tierra vasta y hostil que hemos llenado sin orden, a nuestra imagen de imperfección. Somos codiciosos, envidiosos, egoístas y crueles, interesados, inhumanos.

Y así, terminamos de tachar los últimos días en el calendario. Podría hablar de acontecimientos que nos han sacudido a lo largo de este año, pero todos tenemos imágenes en nuestra cabeza de la barbarie, la corrupción, la desesperanza, la injusticia.

En este preciso momento, en cada país del mundo, en cada trocito de tierra en la que cabe un alma, hay alguien con los ojos cerrados que alberga una ilusión, un cambio en su vida.

Podemos dar la vuelta al mundo, empezando por esa niña de Palestina que cumple los años y cuyo deseo es volver a ver amanecer mañana con los suyos, ir a la escuela y no preocuparse por salir corriendo y esconderse cuando estalla la bomba.

Y seguimos viajando hasta esa casa con ventanas opacas en cuyo interior hay una mujer que solo sus ojos enseña. Esos ojos llevan el interrogante de qué hubiera sucedido si hubiera nacido apenas mil kilómetros más hacia el norte.

Llegamos hasta la vieja Europa. Un joven periodista escribe y se indigna. Tiene las manos atadas, no debe contar lo que piensa, lo que opina. Piensa que vivimos en una falsa libertad, en un engaño con aires de cárcel. Sueña con volar y volcar la tinta de su pluma salpicando a la humanidad. Desea que se sepa la verdad.

Cruzamos el charco, el gran océano Atlántico y desembarcamos en la tierra prometida de la supuesta libertad. En la calle, dos hombres se dan la mano. Todos miran, los señalan y murmuran. Se resignan, no sin antes pensar en lo fácil que sería vivir en un mundo de tolerancia donde nuestra sexualidad no fuera nuestra carta de presentación.

Volvemos a nuestro país, es Navidad. En las calles, escaparates y tiendas abarrotadas con consumidores de pupilas dilatadas que se obsesionan con las últimas ofertas. En la esquina, un mendigo reserva lo poco que tiene de comer para después. Esa será su cena de Navidad, mientras que en nuestros hogares no faltará de nada y, aún incluso, seremos capaces de tirar a la basura aquello que habría dado de comer a ese pobre vagabundo.

Juguetes, dinero; adornos, dinero; comida, dinero. El matrimonio del sexto derecha repasa una y otra vez las cuentas. No llegan a fin de mes. Sus hijos volverán a quedarse sin regalos en una fecha hecha de ilusiones para los más pequeños. Mientras tanto, sus vecinos de enfrente acaban de tirar el montón de juguetes del año anterior porque no tienen sitio para los nuevos que están por llegar.

¿Justicia? ¿Tolerancia? ¿Ayuda a los más desfavorecidos? ¿Libertad de expresión? ¿Derechos humanos?

Quedaron en eso, en interrogantes; no en afirmaciones, en hechos, en realidades.

Abre los ojos, inmortaliza en tu retina el monstruo que hemos creado entre todos.

Ya había en ti el deseo. Ahora queda tener el valor de cumplirlo e intentar cambiar el mundo.

La cuenta atrás

De repente esa luz, ese temprano amanecer con la mortífera ola de espuma cruel que arrasaba con todo, devastando la sonrisa del casco del barco como si de un nuevo Titanic se tratase.

Y naufragó, se estrelló contra las rocas y fue a la deriva sin conseguir llegar hasta la orilla de la playa que le daría el respiro y las fuerzas; donde podría curar las heridas con las que el bravío mar le había obsequiado a través de la apariencia amable del cortante coral o las temibles enredaderas que eran las algas marinas.

Y se sumergió en el lecho del océano, en la inmensidad del abismo bajo el agua salada, cercano al olvido.

Durante un instante sólo oyó el latido de su corazón, cada vez más deprisa, ávido de la vida exterior que parecía inalcanzable. Por un momento, se agolparon todos sus recuerdos en un sólo pensamiento: la cuenta atrás.

Contaba su corazón los segundos de oxígeno que le quedaban a sus pulmones deshechos; pero también recordaba sensaciones anteriores.

Cómo habían pasado los segundos, los minutos, los días, los meses… Pero esa cuenta atrás había terminado, sólo quedaban fragmentos de nada y de todo, de emociones desdibujadas en una memoria frágil que quedaría para siempre en el fondo del océano.

Había ansiedad, angustia, dolor, fragilidad, debilidad… Se estaba ahogando, perdiendo la vida en forma de burbujas de aire pero, a la vez, sentía que una parte de sí yacía inconsciente y derrotada en esa ciudad en la que cogió ese barco rumbo hacia el Nuevo Mundo.

Ese trozo de alma que había muerto sin remedio cuando la bomba había estallado, pues no estaba preparada para perder a propósito el tren. De repente, desesperanza.

No había vuelta atrás. Como el alzheimer, cada día era más difícil reconocerse, recordar, llevar las riendas de su vida.

Y sobrevivió a perder el tren, aprendió a resignarse, a consolarse pensando en que algún día la herida cerraría. Al final, el calendario le había ganado la partida y el tiempo no se detenía nunca, presuroso.

Mas vivía una vida paralela a la realidad, su mundo caótico e intenso, sus ojos cansados del agua salada, sus manos hechas de frío, su alma en mil pedazos.

Ahora se ahogaba, se abandonaba a la gravedad. Estaba cansada de luchar contra la corriente, la fuerza del mar y los tiburones.

De repente, silencio en su corazón de mimbre.

Exhaló su último suspiro y se sumergió para siempre en el vacío.

Puede ser

Puede ser que no sea la chica más guapa de la fiesta, ni la más inteligente; puede ser que esté hecha de pequeños trozos de cristal deshechos y pegados burdamente con celofán, que mis lágrimas sean de plástico y no tenga alma, sino mil sombras más.

Puede ser que fuese aire, inocente y ciega; puede ser que encontrara un recodo en el camino que me hiciera desviarme y ahora no supiese volver atrás.

Somos decisiones, dificultades y problemas pasados; complejidad añadida que se disuelve cuando decides caminar desnuda por el mundo, a sabiendas que el daño que te hacen es un hecho y que el dolor te acompaña y no se aleja de ti.

Puede ser que esté loca pero, ¿quién no lo está? ¿Acaso sería alguien capaz de afirmar que el mundo está hecho de cordura?

No quiero cordura en un mundo sórdido que termina por devorarnos. Quiero perder la cabeza, tocar la luna con los dedos, colocarme con el perfume de la victoria, hacer el amor con la libertad.

Tan cerca y tan lejos,

Perfume de miel, soledad

Al amanecer del tiempo,

Distancia al caminar.

Tan lejos y tan cerca,

Cómplices de la verdad,

Enamorados del viento,

Nostalgia al recordar.

Tan cerca, tan lejos.

Puede ser que sea una soñadora, que haya mil pájaros en mi cabeza y que la realidad me supere. Pero también puede ser que el mundo esté lleno de gente corriente y fácil de leer y, en mi sueño, busque gente extraordinaria.

No juzgues sin conocer; conoce sin juzgar.

Deja que la lluvia te empape, beba de tu piel; que el sol te abrase y te deslumbre en tu caminar.

Puede ser que nada sea lo que parece, puede ser.

Tan fuertes, tan débiles

Reír, llorar, enfadarse, suspirar, sentir soledad, amar, odiar, sentirse idiota en un mundo que no llegas a comprender, no entenderte ni a ti mismo en algunas ocasiones, hacer locuras, tirarse de cabeza al vacío y no saber si hay algo esperándonos allí abajo, cerrar los ojos y dejarnos llevar, confiar, explotar la pompa que creaste a tu alrededor, discutir y hacer las paces, enamorar.

Y llevaba el río aguas inesperadas y sorprendentes que arrastraban a las piedras sin saber éstas dónde acabarían. Se chocaban, se rompían y era evidente su debilidad. Pero el invierno también traía su pequeño milagro y el hielo paraba las aguas del pequeño riachuelo dando un respiro a los cantos rodados, agotados y exhaustos de recorrer tanto camino en tan poco tiempo, abrumados por la intensidad de la corriente y empequeñecidos por la erosión y el desgaste inevitable.

Eran de fuego, del material de los volcanes, de explosividad y, a la vez, de templanza. Albergaban mucho en su interior, habían vivido demasiado, visto miles de sonrisas y añorado primaveras pasadas. Ahora, viejas en su interior, querían recorrer su último viaje y descansar en la ribera del río para siempre.

Aprender, emocionarse, remontar el vuelo, sentir el hielo del invierno enrojeciendo tus mejillas, robar un beso, lanzarse a por un abrazo, cortar la soga que te oprimía, tomar las riendas de tu vida, ser libre, escribir en el cristal empañado, gritar de rabia, ahogar los malos sueños en conversaciones infinitas a las tres de la mañana, plantearte tu felicidad.

De repente, veíamos pasar la vida fotograma a fotograma. Añorábamos la sencillez de nuestra niñez, la complicidad en una sola mirada antes de volvernos tan herméticos. Perdimos el tiempo complicándonos absurdamente cuando crecimos. Pasamos mucho en poco, nos olvidamos de endulzarnos con la miel de las pequeñas cosas, perdimos el ritmo en el baile de la ilusión.

De repente, éramos como la piedra.

Tan fuertes, tan débiles.

Día cero

Un compás, una foto de carnet olvidada en el suelo bullicioso de la gran ciudad, un cuadro que nos emocionaba mirar, un reloj marcando el tiempo que nos robaba al vivir, una copa medio vacía en la barra de un bar, esos ojos de lumbre que te gustaba mirar y que te libraban del frío del invierno, los libros que no terminamos nunca de leer porque nos sobraban las páginas y nos faltaban las ganas, una canción susurrada al oído, un poema que no rimaba con el rojo de sus labios…

Parecía una película, una tragicomedia de las de peor calaña o una zarzuela española ambientada en China.

En fin… un desastre. La vida.

La aleatoriedad con que se sucedían los actos de la obra de teatro que escribíamos era, cuanto menos, sorprendente. Bostezábamos al anochecer por lo que no habíamos dormido de día, susurrábamos a gritos y tocábamos sin tacto. Nos emborrachábamos con el agua más pura y nos alimentábamos de palabras y tinta.

Nos sumíamos en una espiral de vivir, matar y morir con dos personajes: yo y mi subconsciente.

Éramos como el perro y el gato. Él veía lo que iba a suceder y actuaba por su cuenta mucho antes de que yo siquiera echase un vistazo a mi alrededor. Frustraba y molestaba, hacía que soñase y despertara con la luz de lo que parecía ser la verdad. Llegué a echarle de mi casa; no quería compartir mi bolsa y mi vida con semejante personaje.

Sin embargo, cuando ya creía olvidado todo, el papel habló.

Serían las tres de la mañana y mi pluma pidió mi mano y comenzó a llenar de trazos irregulares el blanco más puro de celulosa. Mi subconsciente había vuelto y, con él, el orden y el sentido de todos los sucesos y momentos que me habían sacudido hasta casi hacerme descarrilar, como si fuera un tren a demasiada velocidad.

Volvía la calma, al fin. Empezaba la tranquilidad a envolverme, un reencuentro con una vieja amiga.

Y así, empezó el primer día del resto de mi vida.