Amordazados

Al cielo gris y oscuro, por su fuerte presencia en la tormenta, recordándonos la inmensidad del mundo sobre nosotros.

A esas manos que tecleaban a toda prisa la máquina de escribir, seguras de contar cuanto sus ojos habían visto. La barbarie y la amnistía en sendas letras de duro trazo.

A esos ojos que miraban desafiantes, seguros y sin albergar ningún temor. Puede que se cerrasen para siempre tras la detonación, pero traspasaron la conciencia del verdugo.

A los cobardes, ruines y oportunistas, por su afán de cortarnos las alas. El ser humano a lo largo de la historia se ha crecido ante la adversidad y así seguirá siendo.

De repente, silencio. Ni un alma en la gran ciudad, ni un sólo latido o suspiro furtivo.

Éramos miles de almas y ahora callábamos al unísono. Hacía mucho tiempo que se había perdido la conciencia, decidida y valiente, cayendo como mil cristales al estrellarse contra el suelo de duro mármol.

Nuestras facciones se habían vuelto de piedra, cinceladas por la inalterabilidad del semblante, sombrío y gris; sobraban las emociones y los sentimientos y, las acciones.

Nuestros labios, sellados. Habíamos olvidado el sonido de nuestra voz, el grito ante lo injusto, la defensa de nuestras ideas. Ya no recordábamos el tacto de los libros, del papel del periódico, la tinta manchándonos los dedos que iba a morir en pequeños arroyos hasta la palma de nuestra mano, el sentimiento de hacer de una gota de agua diminuta, una marea.

Todos iguales, callados y solos, individualistas, sin conciencia, sin alma. No había voces discordantes y la historia comenzaba a enterrarse ante la quietud y el abandono, triste.

Al diablo mundo y sus secuaces, terroristas de la verdad y mercaderes de la palabra.

Al último ciudadano que pensó, pues este escrito está dedicado a él.

A los inocentes de corazón, pues deben ser protegidos. 

A los que quieren cambiar el mundo, pues no están en absoluto solos.

A la voz dormida en tu seno

Del embrujo renace, ocaso

En la razón del fin, suplicio

Amargo, ruin y roto.

Dame tu palabra fácil,

Espejo de cobardía, perdida

Esperanza de amanecer, miel

En tus venas de realidad, vivas.

Vuelve al principio del tiempo,

Lucha de nuevo, aprende

Del dolor altivo y lacerante;

Cruel y directa es la verdad.

SILENCIO

El latido

Y latía el corazón bombeando la sangre apasionada al resto del cuerpo, precipitando ansiosa como si el cuerpo fuera un recipiente del tiempo manso que pasaba obediente hasta que llegaba la última gota de sangre, la que nos  hacía vibrar.

A cada momento, el universo se expandía, una supernova explotaba, moría una estrella, chocaba un asteroide contra algún satélite, un cometa iluminaba nuestro cielo y se producía el deseo de la estrella fugaz.

Entonces llegaba la inestabilidad de sentirse en un mundo prosaico, aparentemente desencantado. Sin embargo, se podía apreciar la belleza de sentirse en el desequilibrio y, a la vez, en la cordura. Era una naturaleza de liberación, donde el viento azotaba el rostro, ligero y alegre, bailando en murmuros de sensaciones, perdiéndose en el vacío de la existencia inexistente.

Así, el mundo se agitaba y se destruía, estallando en mil pedazos que después se recomponían de nuevo, tímidas piezas de un rompecabezas que invitaban al orden matemático y a la lógica.

Pero lo más importante en esta vida es que todos íbamos a morir; era nuestro fin último. Nos preocupábamos de banalidades que enturbiaban la magia del momento. Esos ojos que no buscaron su mirada por orgullo, esos labios que no acariciaron los suyos por miedo al rechazo, esas manos que no acariciaron las tuyas, esas lágrimas que no secaste y que se hicieron mares…

Buscábamos la cura a la enfermedad cuando nosotros éramos los enfermos. De desidia, de miedo y temor, de inseguridad, de ineptitud, de desmesurada compasión, de arrogancia, de negra ira y triste estupidez. Tan humanos y a la vez tan deshumanizados, objeto de arte en la pena ajena y sujeto de sinsabores en alta mar en la más profunda zozobra y tormenta.

Y todos estábamos muertos porque nunca habíamos vivido.

Nos habíamos olvidado de soñar, dejando la escritura de nuestra propia historia al azar, sintiéndonos insensibles como rocas y secos como esos sauces llorones que jamás llorarían una lágrima de cristal.

-Y si se muere usted, ¿qué pasa?

La respuesta era “nada”. Porque estábamos hechos del polvo de las cenizas, insignificantes en la eternidad, herederos del olvido.

Sin embargo, seguía latiendo ese corazón sonoro en su palpitar, haciendo revivir la carne a través de las venas, alejándonos del sentimiento de abandono, despertándonos a cada instante con las vibraciones del terremoto que se instalaba en el epicentro de nuestro cuerpo.

Y estábamos vivos, más que nunca.

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¿Qué fue de la paz?

Paz en un mundo en guerra, en cenizas en las que el ave fénix yace adormecido en un mortal hechizo, arrancando el alma, robando libertades y suicidando la cordura, la verdad.

¿Puede haber algo más cruel que el ser humano? ¿Puede la naturaleza devastadora en su catástrofe causar más daño que el que realizamos al prójimo?

Y así ocurre en un mundo de caos, en el mundo al revés. Un premio Nobel de la Paz bombardeando países “enemigos”, un dictador estrangulando al pueblo por obra de la divina democracia a todas luces fingida, un país débil y dividido, una frontera que quiebra voluntades, un continente dominado por una bestia escondida en la sombra, muerte de inocentes, asesinos que se ríen de sus víctimas y disfrutan causando dolor.

¿Qué fue de la sinceridad, la humanidad, la solidaridad y la justicia? Quedaron en palabras vacías, destrozadas por mil bombas y desdenes, solitarias y atrapadas, torturadas hasta la extenuación.

Puedo preguntarme por el camino que siguió la paz hasta desaparecer pero, sin embargo, no lo recuerdo.

Olvido y sin memoria, muchos labios silenciados y no precisamente por un beso, necesidad de barbarie quizás, hambre de poder y tierra, sed de sangre… muerte.

Sin embargo, no hay que irse tan lejos para vivir la guerra, observando el decaimiento y el sueño de la razón, favoreciendo la sinrazón y los desmanes.

Observa tu mirada en el espejo y dime si ves paz en el fondo de tus ojos. Habrá tristeza, interrogantes, angustia, melancolía y soledad en tu iris, aunque no lo sientas ahora, como si de una herida perpetua se tratase. Las heridas del alma…permanentes, impredecibles.

La guerra empieza en nosotros mismos, mártires y verdugos. Hemos sido, somos y seremos los causantes de las cenizas de esta tierra que nos ha regalado lo mejor de sí. Hemos empezado la guerra fría cada mañana en el desayuno, comiendo miserias de vacío y vértigo, cenando de postre orgullo y falta de sensibilidad.

¿Qué fue de la paz? Lo lamento, señores. La paz nunca existió.

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Cortocircuito

El agua en el cristal, espejo del cielo triste; lo efímero de su trayectoria, la agonía ante su decadencia, su pérdida, su lucha ante su inminente caída.

Y nos hicimos lluvia, pues éramos gotas de agua errantes que se encontraron y no volvieron a precipitar jamás.

Pero el rayo y el trueno, amigos incondicionales de la tormenta, no abandonaban el objetivo de que el mismísimo infierno se abriera en el cielo; eléctrico y castigador, fulminante.

Y la tempestad llevaba a la gota de agua a temer, a sufrir por los obstáculos, lamentándose de su vida eterna de precipitación, soñando ir a contracorriente, siguiendo su línea mojada de pensamientos que le llevaban al cortocircuito cuando había posibilidad de encontrarse con el rayo.

Sin embargo y contra todo pronóstico, la chispa de electricidad y su incesante recorrido iluminaba de luz y esperanza los hogares que se hallaban al otro lado de la ventana que la gota de agua ocupaba.

Y así, la gota de agua soñó con ser chispa, estrella, constelación… y volar alto, muy alto ante el confín de ondas de electricidad que le hacían cosquillas y le permitían sentirse viva.

El mundo que nos acoge es un mundo eléctrico, donde la pasividad de la neutralidad está presente en un alto grado. Cada uno de nosotros somos una diminuta gota de agua, pero al igual que su suma forma lagos y ríos, cada uno de nosotros puede contribuir en alto grado a cambiar la trayectoria de la corriente. Lo inexplicable nos asusta, lo desconocido nos determina como enemigos de lo extraño, alimentando nuestra alma de rencores y envidias, mirando al de al lado con mirada aviesa y orgullo en el corazón.

Pero hay también gotas de agua incomprendidas, condenadas a encajar en alguna de las trayectorias y caminos, fracaso del sistema homogéneo. Yo era una de ellas, aunque en ocasiones me pese. Sin embargo, me había dado cuenta de que no quería ser ninguna mártir, pues aunque es posible que un suelo en cenizas reviva con el agua, es muy difícil y costoso.

Y allí estaba yo, ante una encrucijada, llena de dudas. Todo tenía un precio y nada era lo que parecía.

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Encender la mecha

Vivir en el pasado, encasillarse en lo que fuimos y nunca seremos; cualquier tiempo pasado fue mejor.

Pero el presente nos pertenece, tenemos ante nosotros un futuro por construir y, ante nuestros pies, el vacío de los interrogantes y el peso de la gravedad que nos empuja a caer inevitablemente.

¿Miedo? ¿Temor ante lo desconocido? “El miedo es un sufrimiento que produce la espera de un mal”, así lo dijo Aristóteles.

Nos pasamos la vida esperando. Esperando a que pase la tormenta para evitar que nos caiga un rayo, evitando que nos salpiquen los problemas por nuestro miedo al enfrentamiento, cambiando nuestra propia personalidad para convertirnos en una pieza de puzzle que encaje en este universo inexplicable.

Sin embargo, el peor miedo es el de no entender lo diferente. Considerarlo “malo”. Demasiados adjetivos calificativos para unas mentes tan encorsetadas y cerradas en una sociedad que nos mira con lupa, donde se debe aprender a ser camaleónico para evitar ser señalado con el dedo.

Y ahora digo yo, ¿miedo?

Es más fácil vivir atemorizado, porque así comienza el letargo de la razón y de la acción. Ellos lo saben; aquellos personajes que ciertamente nos condicionan, nos controlan. De ahí el desprecio al diferente, pues no es un ser fácil, manejable, moldeable como la arcilla de un alfarero.

Sin embargo, “de lo que tengo miedo es de tu miedo”. Dicen que sentir miedo es una cualidad inherente al ser humano, pues somos débiles, frágiles.

Miremos al pasado para comprender la valentía de nuestros ancestros, los cambios que nos llevaron a ser tal cual somos hoy. Comprendamos que somos el motor que hace avanzar el mundo, la cerilla que prende la mecha de aquello que defendemos.

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Esperpento

Odio la fina dialéctica utilizada con el objetivo de manipularme, las personas que evitan el contacto visual cuando se sienten amenazadas, la espiral de mentiras que alguien es capaz de inventarse para salir de un problema sin afrontarlo.

Odio la soberbia aparentemente escondida tras los cristales de esas gafas de pasta que pretenden resaltar esa intelectualidad que arrojas con desprecio a la cara del que tienes delante, con tus aires de fingida grandeza y tu superficialidad que termina consumiéndote.

Odio tu oportunismo cruel y punzante, tu delicado pañuelo colocado sobre la solapa de tu americana, tus falsos dones de artista, genio y bohemio; tu eterna máscara de carnaval que no hace sino que parezcas un fantoche.

Odio odiar.

Sobre todo porque ni lo predico, ni lo practico. Destilaré sarcasmo e ironía ante el gran esperpento de su persona, caballero.

Hay quien dice que el odio es irracional y razón no le falta. Además, añadiría que aquel que siente odio es por una cuestión de envidia, debilidad, temor, incapacidad, falta de personalidad y la mentalidad de saberse inferior.

No, gracias.

Prefiero la gente directa y contundente, los humildes sin llegar a ser demasiado modestos, dueños de sus ideas y sus actos, héroes de la sombra y amantes de la lluvia de la verdad.

Muy señor mío, usted se queda solo. Con su persona y su personalidad de vodevil barato, sus frustraciones y sus amarguras, su incoherencia y su cobardía.

Ciao, adiós.

El vértigo

Conocía la sensación del vértigo, ese vacío en el estómago cuando al otro lado sólo nos quedaba la nada.

Al contrario de lo que creyera el común de los mortales, no se encontraba en las alturas de ese puente o en ese acantilado.

El vértigo lo llevabas en el corazón cuando una situación rayaba el límite de tus fuerzas, apasionado y vivo, haciéndote levitar en el aire.

Y había dos tipos de personas: las que superaban el vértigo y jugaban con él y las que vivían contemplando la vida desde abajo, temerosos de caerse, con el alma permanentemente contraída y el corazón helado de desuso.

Entonces el viento cambiaba de dirección y, con él, la capacidad de acostumbrarse cual camaleón en el árbol de invierno. Parecía que el hielo cruento terminaba de congelarnos la sangre.

Sin embargo, podríamos observarlo desde otra perspectiva.

El camaleón era fácil, sus convicciones cambiaban cuando amenazaba el viento del norte; era voluble, cobarde y frágil.

Esto fue lo que pensé cuando me encontré con el vértigo y su sensación en esa azotea con Madrid a mis pies. La altura no me asustaba, había otras ideas que saltaban dentro de mi ser que me creaban esa sensación de vacío. Era el temor ante la realidad, pues la cuerda estaba tensa y, esas ideas, me salvaban del terror y de saberme sola.

La fortaleza de la mente nos hace libres y ligeros como ave rapaz en el cielo del invierno, creando nuestro propio suelo y subiendo el techo hasta el confín.

Ya no había vértigo infundado.

Los valientes saltaban sin pensarlo, poderosos y libres por sus ideales.

Y así murió el temor a las alturas, pues nos convertimos en asiduos a saltar por mil puentes sin cuerda, edificios sin ventanas y precipicios de cristal.

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