La soledad de la rosa

Después de la tormenta de tinta quedó el campo encharcado de azul. La tierra de las palabras amanecía próspera y el cielo con sus nubes como aves veloces, nos elevaba de nuevo.

Brotaba la rosa de espinas desde el suelo. Con sus pétalos sombríos y del rojo de la sangre, marchitándose en su dulce y lenta agonía, llorando tinta que languidecía en el tallo cubriendo las espinas punzantes e hirientes.

Eran como los labios del beso, como las amapolas cuando adornaban los campos verdes, como las mejillas que se sonrojaban a sabiendas de delatar a su dueño.

Se cortaban sin piedad y pasaban a adornar casas, relegadas al jarrón y encerradas en agua, lejos de la tinta y las palabras. En pocos días, la pasión y la vida que tuvieran caía en el olvido volviendo a la tierra descompuestas, muertas, congeladas para siempre.

Y quedaba la rosa solitaria en la tierra, casi rebelde. Era más fuerte, a pesar de haber perdido sus pétalos en innumerables ocasiones, haciéndose y deshaciéndose a sí misma, resurgiendo de su propia tinta y amaneciendo en varios siglos, décadas, años.

Respiraba en el sol del ocaso del mundo, anhelaba la tormenta del principio, la guerra de las palabras, el amor de la tierra.

Quemaba la tinta en su interior llegando a la ebullición de las ideas, susurrando poco a poco hasta gritar las palabras que crecían desde la tierra. Las rosas se hacían más rojas y brillantes con las ansias de libertad, luchadoras con espinas, escritoras en la aurora.

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La última página

Hay veces que perdemos la perspectiva, nos dejamos arrastrar por la corriente del río incansable que es el tiempo o el peso que cargamos a nuestras espaldas, fruto de cien mil aventuras, pesadillas o la simple y dura realidad.

Luchamos permanentemente entre la idea de abrirnos al mundo y el miedo a que éste nos haga daño. El tiempo pasa por nosotros marcándonos con amores difíciles, personas que se pierden en la inmensidad del mar y que no vuelven a aparecer nunca más, estrellas fugaces que iluminan nuestros momentos más preciados, miradas que cuentan nuestra historia y almas sensibles que resultan ser inmortales.

Y nos sentimos llenos y, a la vez, vacíos. Llenos en el último minuto antes de que la bomba explote y nuestros recuerdos estallen en cientos de pedazos. Vacíos cuando la sensación de haber perdido el norte nos envuelve.

De repente, nuestra brújula ha perdido la dirección y la aguja, loca y derrotada, se vuelve indecisa.

Llega la espiral de saberse incomprendido, de sentir la soledad demasiado a flor de piel, rindiéndonos a lo absurdo y convirtiéndonos en puntos suspensivos.

Continuará… como en una película, como en una saga de novelas fantásticas. Así nos convertimos en completos desconocidos cuando nos miramos al espejo, creyéndonos esclavos de de nuestros propios sentimientos encontrados. No luchamos en la guerra de pasar las adversidades, agarrándonos como a un clavo ardiendo al pasado.

Sin embargo, la vida real  nos invita a cerrar capítulos en nuestra existencia haciendo cicatrizar nuestras heridas, devolviendo la sonrisa al triste y haciendo caer ángeles del cielo cuando la derrota está muy cerca y nuestras fuerzas flaquean.

A veces, preguntamos demasiado a la vida en vez de vivirla. Se dice que a los ojos tristes hay que hacerles menos preguntas y darles más abrazos.

Hemos llegado a la última página del libro y ahora sólo queda cerrarlo.

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Contando estrellas

El universo se expandía mientras desayunábamos pensamientos que viajaban en un tren de ida y vuelta. Miles de galaxias, de constelaciones formadas por millones de estrellas, brillaban en nuestros ojos miopes que veían sin mirar.

Era el caos por sus grandes dimensiones, pero pensándolo fríamente, ¿no hacíamos un mundo de problemas insignificantes?

Teníamos nuestro propio universo. Entre nosotros también habitaban estrellas que brillaban con luz propia.

Por un momento, nos convertimos en cazadores de estrellas, persiguiendo sueños y volando entre las constelaciones que producían sonrisas y nos invitaban a vivir. Pero había ocasiones que en vez de disfrutar de una noche estrellada y brillante, preferíamos embotellar la luz y guardarla para siempre.

Y la luz no podía acabarse en nuestro planeta y las estrellas se escondieron convirtiéndose en estrellas perdidas. Posiblemente vivían entre nosotros, desayunaban reproches de vez en cuando y se enfrentaban a las tempestades.

Por un momento, tener una estrella no fue un anhelo. El simple hecho de observar la luz que desprendían hipnotizaba al más bárbaro, a la más egoísta, a los pobres miopes que éramos en un mundo de aparente oscuridad.

Las estrellas vienen y van, libres. Podemos pensar que nos abandonan en determinadas circunstancias pero lo cierto es que nos arropan por las noches y nos cantan nanas tejidas de sueño.

Las estrellas son las personas que nos alegran y nos hacen sonreír en nuestro mundo cotidiano, las que nos dan un beso cuando somos pequeños y nos vamos a dormir, las que lloran con nosotros, las que nos aconsejan y nos escuchan, las que nos quieren y también, aquellas que deben partir de nuevo hacia su lugar en el firmamento.

Vivimos en un vaivén de idas y venidas, sin saber nada, deambulando por la inmensidad. Soñamos para dormir contando estrellas.

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Acuarela sobre lluvia

Cada año pasando al compás de la primavera perdida y encontrada en la gota de agua que caía sobre la flor, sin detenerse, determinada para siempre.

Volvía la lluvia mojando las ganas de salir, pero tu cuerpo quería mojarse del aliento del marzo caduco.

Se sucedían las estaciones y tú con ellas. Sin embargo, un día cambiaste la nieve del jardín por el rayo de sol tímido del principio de la primavera. Habías decidido calarte hasta los huesos, rompiendo el alma al cotidiano vacío y esparciendo sus restos bajo el almendro floreciente.

Y de repente, sucedió. Sobre tus labios el beso de despedida. El invierno adormecido buscaba consuelo por última vez en tu corazón, pero en tu jardín sólo quedaban las huellas que otrora fueron cristales de hielo.

Ahora amabas la calidez instalada en las palmas de las manos, bajo el rubor de tus mejillas, en tu pupila atenta y, a la vez, perdida en miles de reflexiones. Las nubes viajaban alegres de tormenta, quizás.

La ventana abierta para respirar el aroma de nuevas sensaciones, las luces apagadas; tan sólo la lluvia contra el alféizar, insistente y terca. La música del sueño.

Y tus cenizas bajo el almendro, creciendo en pequeñas florecillas de ilusión y esperanza. Y tú, libre y empapado, con miles de pequeñas gotas que jugaban con tu sonrisa, colgaban del fuego de tu corazón y buscaban cobijo entre tus dedos amables.

La luz había llegado a todos los rincones del cuadro de la rutina, eliminando el claroscuro. Ahora, se antojaba impresionista, de vivos y vibrantes colores que creaban profundidad, pero sin perder de vista la luz.

Reías y sonreías como una musa ante un inspirado pintor. Era acuarela sobre lluvia.

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In Crescendo

Luces, señales del destino, atardeceres que se rompen con el sonido de la lluvia en el cristal, sonidos que te llegan desde el ayer o como visiones del mañana. No saber hacia dónde se dirigen tus pasos pero tampoco pensar en ello demasiado, despreocupación en tus talones y cerrados los ojos que te llevan hasta el crepúsculo de un día más.

¿Dejarse llevar? Nos mecemos en el albor de los tiempos in crescendo en la música de nuestro corazón, al compás de las gotas de agua contra nuestro rostro, bailando bajo la tenue luz de la sorpresa.

Colgamos del viento, cabalgamos contra las fronteras que dibujan nuestras propias manos a través de la tinta indeleble, arrancamos los carteles de “prohibido” y resultamos ser huérfanos de sociedad difusa; creativos, originales, nosotros.

Sin más…ni menos. El fuego en nuestras venas y el hielo en nuestros ojos que recuerdan las verdades y las decepciones, pero también la calma tras la tormenta o el sueño tras una noche estrellada en el campo verde.

¿Y habrá más?

Habrá tanto como nosotros queramos que haya. Basta la sensación de ver que al otro lado del espejo, en el cristal de la primavera que renace, nuestros ojos se encuentran con la inmensidad, con las inmensas ganas de vivir una aventura tras otra.

Despertar con el amanecer, morir con el día que termina y volver a resucitar con esa noche que llega a su punto álgido a las tres de la mañana, cuando la inspiración se dispara y las estrellas se convierten en el testigo y, a la vez, en cómplice del asesinato de las barreras que nos frenan.

Creer en las rosas con espinas; esas que te alegran la vista pero que también pinchan y hieren. Intentar no caminar en línea recta, pues los recodos del camino fueron siempre un tesoro de lo inesperado. Soñar surrealista.  Ser locos en un mundo de cuerdos mentirosos que arrancan los pétalos de la flor delicada, regando la tierra yerma con envidia y amargura. Aprender de las caricias y los besos que se roban al tiempo. Observar la libertad de las aves rapaces cuando caen en la espiral para después remontar el vuelo.

La música del viento en los árboles temblorosos, la emoción contenida en las pupilas dilatadas por la sorpresa, el sol tímido que lanza su pequeño bostezo ante la inminente primavera, la música de los sueños…. In crescendo.

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El despertar del sueño

Despierta el día, llega la aurora anticipando el despertar de la razón, los primeros rayos del sol que agitan el sueño de los sauces dormidos.

El alma se agita inquieta con la sensación de estar reviviendo el sueño que otrora fue realidad. Habían pasado, tal vez, siglos.

La respiración se vuelve más y más profunda. Otra época, distinta forma de caminar, diferente actitud, aunque la rebeldía ya se observaba en la profundidad de sus ojos magnéticos. Espada al cinto, cota de malla, acero en la mirada.

Y así el subconsciente siguió viajando. Había continuos dejavus nadando contracorriente en las aguas del olvido. Destrucción, muerte, caos, aventura, renacer, descubrimiento… Estaba la magia de saberse en muchos lugares y ninguno a la vez, contradicción vital que acababa convirtiéndose en el día a día de quien se sabe alma vieja y ajada.

No había tormenta en el cielo, pues la electricidad de los relámpagos revivían la aparente quietud de las nubes. La guerra se disputaba en la tierra, bajo miradas demoledoras de historia y valor.

Sonaba en el acantilado el eco de los tambores, la estridencia de las tormentas del infierno, la invención bañando todos los niveles de la conciencia. Si despertábamos, no sabíamos cuál era la realidad.

Y, ¿acaso existía la realidad? ¿No había tantas realidades como seres respirando gratuitamente en ese planeta que giraba puntual como un reloj?

Los sueños se esfumaban y daban paso a la quietud de quien se sabe vacío. Sería preferible tener pesadillas a sentirse totalmente abandonado en la oscuridad de la noche, al amparo de los monstruos de la sinrazón y la desidia.

Así caminábamos por la ciudad al amparo de los sueños, creyendo en no despertar cuando las pesadillas se cumplían. Como el faro en mitad de la tormenta, solitario y luminoso, la noche terminaba con la aurora del nuevo día. Vuelta a empezar, condenados a terminar de nuevo.

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Podría

Podría hablar de lo vacías que se encuentran algunas veces las palabras. Lánguidas contra la almohada, muertas en los labios que callan, abandonadas en mensajes que nunca llegarán, en miradas que no son observadas.

Podría hablar del ayer, de la incomprensión que se genera ante lo que se nos escapa, el miedo a tener las emociones a flor de piel.

Pero no hablaré. Me dedicaré a escribir cientos de folios, a atropellar a las palabras carentes de sentido y rescatar a los olvidados. Seré para el silencio, pues hay quien calla y no alza la voz; quien tiene miedo a ser escuchado y no se deja ver en la claridad de un día de primavera.

La sinrazón aplastante y, a la vez, base de muchas de las guerras. Guerras que se libran con cañones y fusiles, batallas a las siete de la mañana cuando el despertador te desaloja de tus sueños fabricados con tanto esmero durante la noche, palabras hirientes que traspasan el alma y dejan marca en el fondo de tus ojos melancólicos y tristes.

Podría hablar del mañana, del “hola, ¿cómo estás?” y de la posibilidades remotas e infinitas que se presentan ante nosotros y que desaprovechamos. Llegan la desidia y su amigo el egoísmo y, de ahí, el egocentrismo que lleva al abandono de la realidad y de cuanto rodea al ser humano.

Podría. Pero es un tiempo verbal condicional, un deseo expresado en voz alta que no se cumpliría jamás, venciendo toda probabilidad y convirtiéndola en un soplo de aire fresco que se desvanece.

Podría.

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