Esas tardes de recuerdo

De esas sensaciones que recordábamos para siempre, cuando las venas cantaban de alegría y sol tras el paso de la sangre roja caliente que sonrojaba las mejillas y hacía latir los corazones.

Hacia el viento del atardecer,

La primavera por bandera,

Sabia y serena, una habanera,

De reír y llorar, pero de verdad.

De esas veces en que no había palabras que pudieran brotar de tu boca, pues preferías sentir y vivir el momento. Las palabras escritas en tinta se quedaban frías y demasiado cortas para expresar nada. El nudo en la garganta, la mirada nostálgica que miraba hacia atrás, hacia el camino ya recorrido, con la ilusión del nuevo sendero que se asomaba desde la colina, desafiante y desconocido.

Con el suspiro encontrado,

Cercano y anhelado, deshecho

En la jungla de la ilusión, razón

Ante la consumida vela de amor.

Breve, intenso, acelerado, frágil… el momento exacto, el instante congelado. Y quedaría en la retina de esos ojos verdes, en el vuelco del alma, en las estrellas escondidas que iluminaban secretamente nuestras peripecias sobre la gran urbe. Desde el segundo de duda que nos llevó a la elección; desde el minuto en que latió un profundo sentimiento de pertenencia.

Último día de abril, color añil

En las ventanas de la historia

De papel de sueño, arrullado

Por el jazmín, vivo de recuerdo.

Disco-y-Tocadiscos

La dulzura del limón

Por la lógica y la razón de que el ácido zumo del limón hacía que las heridas escociesen de la amargura y de la falta de dulzor, no siempre lo evidente sujetaba las columnas del mundo perdido de nuestra realidad, fallando el axioma y cayendo la verdad absoluta de que uno y uno sumaban dos.

No hablaré de números, pues les quitaron la piel y la alegría. Deshumanizados y envilecidos. Números en los civiles inocentes caídos y olvidados por la pluma y el papel, por la pobreza que supone tener ceros de menos y problemas de más creados por los magos de lo ajeno, por las manos que se pudieran unir en el mundo por una causa común y prefieren dejarlo pasar.

Las palabras vagas, creadoras de la duda y el malentendido antes del almuerzo, atragantándonos de falsedad y alimentándonos de impasibilidad. Tan solo trazos de incomprensión de tinta, sin conseguir ver el fondo en esa laguna negra en que se había convertido la tierra, ahora yerma y vacía.

En el suelo, las cáscaras de las naranjas exprimidas –nuestra alma– en fila india tras un cartel que ponía “Exprimir aquí para no ser diferente. Muchas gracias.” y, el jugo se secaba en las baldosas ante el sol altivo que nos evaporaba.

Y el mundo nos pertenecía y nosotros, a él. Nos equivocamos al pensar que podíamos poseer la tierra y, al final, ésta nos poseyó a nosotros.

Engaño. Esa era la palabra digna de creer a nuestros ojos y no hacer lo mismo con nuestra inteligencia. La lógica fallaba y las imágenes clavadas en nuestra retina se podían manipular, creando nuevos enemigos mientras los lobos seguían disfrazados de piel de cordero.

Por la lógica y la razón de que el ácido zumo del limón hacía que las heridas escociesen de la amargura y de falta de dulzor, al menos éramos dueños de nuestro dolor. El que nos hacía amar, el que nos hacía luchar, el que nos hacía despertar.

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Sobre la duda

Pensar, reflexionar, ordenar las ideas en tu mente, fallar. Volver a empezar.

Escribir, analizar, ver palabras sin sentido sobre el papel, tachar. Abandonar.

No es que el papel se hubiera convertido en el obstáculo a esquivar, en la trinchera tras la que pudieras esconderte. La tinta no era sangre, ni manchabas tu ropa con las palabras inútiles que no se decían en voz alta.

No había hielo tras esos ojos de bosque. Sí había sombra en sus despertares de insomnio.

La inocencia aún tenía brillo propio en esa mirada que había perseguido miles de amaneceres, pero que esperaba llegar a contarlos por millones. Las constelaciones se agolpaban en sus recuerdos de verano, en los caminos inescrutables que aparecían una y otra vez en sus sueños, en las ganas de libertad, en tocar el cielo con los dedos y jamás volver a caer en un agujero negro que absorbiese su energía.

Aprendió a escribir en mayúsculas por fin, a hacerse oír cuando había permanecido tímida y muda mucho tiempo. Pero, de repente, todas las dificultades llegaban de golpe y es que había salido de esa cúpula de cristal que le encantaba, pero que no le permitía respirar de ese aire fresco que siempre había anhelado.

Entonces, llegaba la duda. Tras haber superado muchas barreras, el tiempo de reflexión le había llevado a la pregunta, a terminar de entender mucho pero, a encontrarse con nuevos interrogantes.

Dudar, titubear, vacilar… Era humano a fin de cuentas. De eso se olvidaban; de su humanidad.

Las mentes inquietas son sinónimos de interrogación, pues se cuestionan el mundo, intentan entenderlo y pretenden navegar en el océano de las nuevas ideas.

“La felicidad es efímera; la certidumbre, engañosa. Sólo vacilar es duradero” Frédéric Chopin.

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A través del caleidoscopio

Cierra los ojos a la tormenta,

Siente la despedida de abril,

Pálido y lluvioso, casi febril.

Un instante, la eternidad. Un segundo, respirar. Un minuto, dejarse ir y sentir la inmensidad de la libertad. Una vida, amar.

Y esa serenata olvidada hacía siglos volvía a escucharse en la muda sinfonía del viento silenciado, desconocida y que, a la vez, resultaba familiar.

Cuanto más alto, más cerca del cielo de cristal que nos rodeaba. En el rascacielos de la tierra mortal y cambiante, donde las montañas se movían y los hombres desaparecían convertidos en cenizas, la luz azul del cielo primaveral era testigo del vuelo de las aves de abril.

Había aves de paso que nos abandonaban, pero volvían meses más tarde a recuperar su hogar en el corazón de la savia de los árboles que susurraban perdón.

Respirar madrugadas añil,

Apreciar cantos de sirena

Sobre la mar triste, serena.

Y las miradas. Los ojos del alma que contaban historias a la luz de la luna, bajo las estrellas. Había cuentos de naufragios, tragedias de balas atravesando corazones amantes de la vida, pesadillas de noches oscuras, leyendas de caballeros de pluma y espada de acero.

Revoloteaban las abejas dulces de miel persiguiendo sueños de azúcar. Entonces moría la luz en el cielo y estallaba en llamas el atardecer cruento.

Y las pupilas se dilataban al ver caer otro día. Respiraban hondo los pulmones, experimentando la plenitud.

Correr en la playa, desierta

De fuego y roca; despierta

En la tierra vasta, nuestra.

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Más que puntos suspensivos

Tal vez, nos alimentásemos de los sueños, de las esperanzas, de las buenas sensaciones que nos podía transmitir ser parte de algo grande. A fin de cuentas, éramos humanos.

A veces, también nos equivocábamos. Entonces quedaba en nuestra alma el poso del té sin diluir de las rosas rojas rotas sobre ese banco del parque que significó desamor.

Desamor por el mundo, que tan poco maravillada me tenía últimamente. Desamor por la falta de vivir, de lucha; por convertirse en esclavo del miedo. Desamor por haber perdido la esperanza en la sociedad deshumanizada que se había convertido en una cifra, es una moneda, en un trozo de infierno en la tierra que manchaba la libertad.

Pero, cuando menos lo esperabas, la electricidad alcanzaba la piel y resucitaba al corazón dormido.

Entonces, no éramos entes individuales, ciegos. Como ocurriese en la alegoría de la caverna de Platón, había ojos que habían vuelto a ver para observar, abandonando la mirada de ojos de cristal vacíos y perdidos en la inmensidad, alcanzando la luz más allá de los confines del océano. Juntos.

Compactos, fuertes, resistentes. Como la piedra. Como el valor del pensamiento y las ideas.

De repente, éramos atacados. Con cobardía. Con manipulación y corrupción.

Y podía significar convertirse en punto y final o, en conseguir avanzar, siendo mucho más que puntos suspensivos.

Y lo éramos. Lo somos. Lo seremos.

Porque no nos alimentamos del “ojalá”, de comodidad, de desesperanza, de miedo. A fin de cuentas, existía lo extraordinario.

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Un mundo en ruinas

“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles” Bertolt Brecht.

Luchar. Hay quienes luchaban por sobrevivir; otros, sobrevivían para luchar.

Nuestro mundo había quedado reducido a cenizas, hundido en el más profundo abismo. El fracaso había llegado de la mano de los poderosos, de aquellos que debieran defender la libertad, nuestra identidad y la justicia social.

Estábamos en ruinas desde el momento en que había edificios vacíos y ciudadanos derrotados en la calle.

Un trozo de pan ya no era suficiente para alimentarlos, pues el hambre más difícil de saciar consistía en recuperar lo perdido, derrocar lo establecido que no escuchó nuestra voz y voto y, devolver la dignidad a quienes les había sido arrebatada.

Finalmente, la burbuja había explotado. No había volado únicamente por los aires el ladrillo, dejándonos entre cenizas y escombros. También, había días que amanecían las calles sin desayuno en muchas de las casas, mostrándonos imágenes desalentadoras a través de las horas. Y entonces, anochecía y los cajeros se convertían en refugio para las víctimas de la barbarie que se había ido gestando poco a poco.

Pero éramos personas aún. Más fuertes o débiles, sí.

Pero nos unía la lucha, ahora defendíamos lo nuestro y eso, nos hacía más valientes.

Puede que fuese un diminuto grano de arena en el desierto, pero a los que intentaban callarnos, se les había olvidado que un grano de arena era capaz de empezar una tormenta de arena.

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En la cuerda floja

Estabas muerta de frío. Quedabas vacía de toda sensación y el tiempo se detenía dejándote sola en esa habitación cerrada en la que habías convertido tu mente. Posiblemente, antaño fuese un palacio de cristal, pero se veía ahora abandonado, gris, con tablones de tosca madera cegando las ventanas. No querías que te encontrasen en el interior, que no se te viese, sola y perdida, vagando por allí.

La perpetua sensación de frío te acompañaba en la piel, congelándote la sangre que intentaba circular con vitalidad. Parecía que tu corazón no despertaba de la apatía, como si el despertador no hubiese sonado aún riéndose de los desgraciados lunes.

Pero era martes. Entonces llegaban las emociones de la contradicción. Aparente calma y normalidad, incluso sonreías. Hasta que ocurría el crítico momento en el que abrías los ojos y mirabas a tu alrededor. Había edificios destrozados, en ruinas, bombardeados por el mundo que estaba llegando al más extremo caos. No existía la humanidad, la sensibilidad, el respeto, las ganas de cambiarlo todo… Veías desidia por doquier y sólo te apetecía quitar la venda de los ojos a esos seres amaestrados. Enfermabas de impotencia y estallaba tu rabia más negra. Llamaba entonces la locura a tu puerta.

Despertabas en el suelo de un desconocido lugar; no sabías cómo habías llegado allí. Podrías haber sido víctima o verdugo, pero no recordabas nada. Tus pensamientos flotaban desconcertados y, ni ellos mismos, sabían qué pensar. Imágenes veloces sorprendían a tu entendimiento y, éstas, eran conocidas por ti. Sensaciones, olores, e incluso, el daño.

Te sumías en el sueño del descanso. Pensabas en cuántos no habían tenido ese momento de tregua, de reflexión.Tus párpados se cerraban, lentamente, en el sueño de la razón. Te despedías con un “hasta nunca” pero, posiblemente, ni tus sueños, ni tus recuerdos, te dejaran en soledad jamás.

Volvía el frío a las siete de la mañana, mientras languidecías en la cama del olvido.

¿Soñabas? ¿Dormías? ¿Era real?

Te volvías a enfrentar al vaivén de los días grises. Sin embargo, podías volver a darles color. Tal vez, apostar al rojo.

“Las personas felices no tienen historia” Simone de Beauvoir. 

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