El viaje del sol

Sigues un sendero solitario bajo la noche estrellada, buscando una estrella que pose su luz sobre ti. Ojalá cuando la oscuridad, densa y desconocida, caiga, tu corazón te sea fiel. Ten fe en tus pasos, aunque la estrella deje de brillar para ti, aunque no veas hacia dónde se dirigen tus pasos.

Resucita la esencia de los ancestros que envolvieron tu ser de valor cuando lo creías todo perdido, cuando no sabías de qué forma traducir esas palabras aparentemente incoherentes que se agolpaban en tu mente adormecida. Tus ideas hablaban tu mismo idioma, el de la acción, pero aún lo desconocías.

Ojalá tu viaje continúe hasta que luzca el día. Que superes la noche con su oscuridad constante y que, cuando despiertes, luzca el sol ardiente de valor y de sabiduría, como en esa alegoría de la caverna del gran Platón.

Tendrías que haber estado encadenado contra la roca afilada, para conocer la angustia del desconocimiento. Tendrías que haber experimentado el terror al ver esas sinuosas sombras proyectadas en la pared y no saber interpretar su significado o si acaso, éstas eran reales. Besar la luz de las ideas, salir a la superficie de esa caverna misteriosa y sentir, por primera vez, ese soplo de aire fresco contra las mejillas, ese anhelo de cambiar el transcurso de los acontecimientos tomando la pluma y la tinta como si fuera el acero más afilado de la espada.

Ahora una promesa vive en ti, hallarás tu camino. Te iluminó el sol y hablaron las estrellas desde el firmamento.

El viaje jamás termina. El sol jamás se pone sobre la fina línea del horizonte, en la mente de los que obran y dejan de lado las melodías interminables de palabras, que se lleva el estruendo de la tormenta, la tempestad.

No hables, haz. No corras, lucha. No esperes, persigue.

Haz de tus actos, tu bandera. Defiende tu libertad.

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Perdida inocencia

Un instante, un momento congelado tras el romper del agua contra el cuerpo repleto de vida y de espuma de coral.

La respiración lenta, contenida bajo el universo en calma aparente del fondo del mar, lejos de la superficie en guerra constante, letal y venenosa.

La realidad corrosiva que oxidaba la sangre en nuestras venas que ya no cantaban victoria, manteniendo la ansiedad en los cuerpos en tensión que se declaraban en huelga de sumisión.

No había paz. El periódico se arrugaba y su tinta caía en el suelo de sangre, mojando nuestros tobillos de inocencia arrebatada y perdida por los arrogantes desarmados que se creían en posesión de la verdad y, de decidir quién viviría y quién no. Sin embargo, era una muerte en vida; sepultados bajo miles de víctimas inocentes, separados de la tierra por el fanatismo desproporcionado, aterrorizados por el halo frío que traía consigo la barbarie y la destrucción.

Habían conseguido su objetivo. Los ojos enormemente tristes y asustados dando la vuelta al mundo en las imágenes más cruentas e inhumanas, el mensaje de advertencia captado por millones de mentes que se veían ahora amenazadas e inseguras en sus hogares, la inacción de los países ante unos crímenes imperdonables.

Reptaba el miedo a la cama por las noches, convirtiendo nuestros sueños en pesadillas. La realidad golpeaba fuerte y era dolorosa. Temíamos por una guerra inminente pero, ciertamente, ésta ya había empezado. Los cerebros lobotomizados dirigidos contra los infieles, armas en mano hacia nosotros, deshumanizado radicalismo por razón y religión.

Abre los ojos, no sólo el dolor se extiende en la Siria islámica o en Irak. El dolor nos acompaña cercándonos, mientras la política del miedo termina por confundirnos y arrinconarnos en el más tenebroso rincón.

Perdida inocencia. Caminas lentamente por este mundo maldito arañando el corazón.

Perdida inocencia. Desgarras el alma dejándonos vacíos y abandonados, solos.

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Las horas muertas

La presión destrozaba las esperanzas y los sueños aplastándolos contra la fría piedra del inmovilismo y las palabras vacías que sólo nos llevaban en dirección a la demagogia más peligrosa y gratuita.

Los había que pagaban justos por pecadores, los que decidían hacerte pagar sin siquiera saber el pecado y los que, directamente, se pensaban santos y creían tener la potestad de arrojar la primera piedra.

Y es que bailábamos entre el abismo más negro y tenebroso y, la codiciada y fértil llanura que era tan sólo una ilusión, un espejismo. Estábamos en tierra de nadie hasta que nos posicionábamos en uno u otro bando en los que todos se creían vencedores. Sin embargo, nuestra tierra era mucho más que dos ideas enfrentadas que se disfrazaban de promesas y que, al día siguiente, se desnudaban delante del espejo de la hipocresía, la falsedad, el engaño y cuantos más adjetivos calificativos pudiera nuestra mente fabricar.

No había vencedores, sino vencidos. Nosotros. Todos.

Mentía el que dijera que el bien común existía y que se luchaba por él.

Tal vez, era el tiempo de empezar a llamar a las cosas por su nombre. A decir “sí” o “no” claramente, sin pretensiones de aceptar un sistema que nos había sido impuesto pensando de él como “el menos malo” y que hacía aguas, irremediablemente.

Dejaríamos de andar sobre la inestable cuerda floja, de contemplar nuestro mundo distorsionado cada vez más acechado por las sombras. Eso nos decían; mas no éramos libres, nunca lo fuimos. Nos enseñaron a creer que teníamos el poder en nuestra mano y nuestra palabra, que la libertad era un derecho y nunca nos obligarían a amordazar nuestras ideas y ocultarlas al sol. Mentían y nosotros, necios pese a la sal en las heridas y con nuestros estómagos vacíos, seguíamos siendo esclavos de la carroña que nos explotaba en las horas muertas y nos sacaba el corazón de la patria con indignidad.

Las horas muertas significaban el principio del fin. Aquellos que consiguieran unirlas convirtiéndolas en eternidad, salvarían al decrépito país que nos acogía, ahora como hijos ilegítimos que habían olvidado su historia y no exigían ya sus aires de verdad.

Ahora. Aunque el tiempo corra en nuestra contra, aunque los obstáculos sean difíciles de salvar.

No habrá paz para los que venden a su pueblo al mejor postor.

2012-01-17-fiesta

Aires de cambio

“El poder se tiene mientras se ejerce y su única legitimidad es la entrega total al servicio de los demás” Adolfo Suárez.

Volver la vista atrás, al momento en que el cinismo inicial y la prepotencia ya eran suficientes indicios de que volvería a contarse, una vez más, el mismo cuento pero con distintos protagonistas. Sin embargo, no parecía real, palpable, ni seguro que el nivel de desolación y barbarie alcanzado cuatro años después, fuera a ser tan extremo. En ese tiempo “feliz”, la resignación y la desidia eran los actores principales en la pantomima más absurda y nefasta.

Nefasta, como la pésima gestión que ha desolado España en estos últimos cuatro años. Nefasto; adjetivo calificativo que podría definir claramente al colectivo más odiado en nuestro país: la clase política.

Y es que cuando la aguja de la brújula dejó de marcar hacia el norte de la honradez y el trabajo para salir de una situación crítica a todos los niveles, todo comenzó a tambalearse. Afortunadamente, no todos los hogares vivían a oscuras en el mundo de la ceguera que habíamos construido a partir de la desidia floreciente que terminó pisoteando a la acción marchita.

El papel, mojado. Las promesas, deshechas. La voz, dormida. Las ideas, rotas.

Pero cuatro años después, tras declarar la guerra a la libertad, a la dignidad, a la esperanza y, hasta nuestra propia identidad, el sentimiento inmovilista y de resignación patentes, ha desaparecido poco a poco hasta revivir la acción y la palabra.

Puede que no haya sido una victoria absoluta sobre el sistema enfermo y gris del bipartidismo. Puede que los tintes de la corrupción, la demagogia y las falsas promesas, aún sigan azotando a los pilares de una democracia que ha perdido gran parte de su esencia.

Pero el germen ha sido plantado en tierra hostil y difícil de trabajar y, sin embargo, la semilla ha conseguido crecer hasta florecer, trazando un nuevo camino que nos pueda dirigir hacia el cambio definitivo.

Llegan aires de cambio.

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Hoy vi amanecer

Hoy vi amanecer. Las calles recién pintadas para la instantánea perfecta del alba, con los cálidos colores naranjas y rosados acariciando la suave línea del horizonte. Suspiraban de ternura los semáforos aún adormecidos ante el asfalto vacío en ese instante, recordando el pánico de la hora punta en la sinuosidad de las líneas blancas de contradictoria paz y continuas de atropello.

Un domingo más que tachar al calendario, pero el ritmo del hechizo de la noche había cambiado todo. Era casi una traición a las noches grises y en blanco que se llevó abril con sus prisas. Las horas largas que apenas supusieron unos pocos segundos en la contabilidad de una vida corta que había vuelto a despegar con destino el infinito. La desafinada alarma del despertador de la razón que ya resultaba absurda y aburrida, casi despreciable. La pólvora mojada, inservible y fría que no haría estallar la bomba, pues la guerra y los miedos se habían quedado guardados en un cajón y, ciertamente, ya éramos carne de cañón.

Y parecía que nunca volvería a amanecer. Los ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, aliada del suspiro de resignación certero que atravesaba paredes y llegaba hasta oídos ajenos. La noche se había quedado atrapada en un punto de no retorno, inmortal y peligrosa, casi irreductible a la nada.

Pero llegó el día con las calles interminables, frías. Sin embargo, transmitían esa calidez de sentirse como en casa. Errantes los pasos de los aventureros en las aceras de ajedrez, el viento de la madrugada perdida guiándoles hacia el confín, las alegres estatuas petrificadas con la sonrisa puesta y la mirada perdida.

Era el momento, la extraña confusión que mezclaba la magia y la aleatoriedad del Madrid magnético e hipnótico. Las sombras devorando lo poco que dejaba para desayunar el sol, fuerte y vital. Las luces captadas por la pupila dilatada por la sorpresa.

Hoy vi amanecer. La dulzura del despuntar del astro ardiente en el firmamento me sobrecogió. El comienzo avecinaba una nueva historia por escribir.

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Los versos perdidos

De los “hola, ¿qué tal?” a los “adiós, cuídate”. Esperar sentada en el banco del olvido a las seis en punto, entre rosadas nubes sobre el horizonte altivo, desmembrado por el sol naciente y rechazado por la luna que, serena, se iba a dormir entre la bruma del sueño y la niebla del perderse entre las sábanas y reaparecer en otro instante.

De las lágrimas corrosivas en las mejillas pálidas de hielo al vacío existente en el lado izquierdo del pecho bajo las costillas. Decían que se llamaba corazón pero, esta vez, se había esfumado inservible y marchito.

La realidad golpeaba fuerte cuando bajabas la guardia, expuesta a las balas en la batalla más salvaje e imprevisible. Pues no había países ni fronteras claramente delimitadas; éstas se difuminaban ante cada nueva promesa, beso o, simplemente, la ceguera y la idealización nos había llenado por completo. Ajenos a nosotros mismos, sepultados bajo los escombros que no nos dejaban respirar, prisioneros en una cárcel sin barrotes.

No será un canto al desamor, sino a los versos perdidos. Las líneas que habían sido escritas por nosotros mismos en el libro de nuestra vida, habían sucumbido a la perdición y al olvido. Los momentos no se medían en minutos o segundos, sino en cómo los llenábamos con nuestras ilusiones, con nuestras ideas y acciones, con nuestros enfados con el día a día y, por qué no, con nuestras ganas de querer.

Y era ese el verso perdido. El querer.

Porque las páginas del libro estaban mojadas de las lluvias de abril, emborronando la tinta del invierno más cálido que existió. Porque la música nos impedía escuchar la letra de la canción y así, el granizo terminó por romper los cristales de las ventanas dejando la habitación a merced del viento destructor y los cuervos hirientes.

Los versos perdidos. La búsqueda constante. La decisión.

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Volver en sí

Qué decir de los días de ensueño con la cabeza apoyada contra el cristal de las sensaciones agradables.

Despertar con los pies acariciando la espuma de los rizos del océano, atravesando aguas salvajes y embravecidas que quedaban en un suspiro de mar y en un beso en la mejilla, bajo la más dulce sal que cubría todo nuestro cuerpo tejido de improbables, que no imposibles.

Por mera probabilidad, caer de la cama con el  pie izquierdo suponía un cincuenta por ciento del total de las posibilidades que nos llevarían a odiar el resto del día, a echar sal en el café o a que un piano de cola nos cayera en la cabeza desde un quinto piso, como en esas películas de lo absurdo. Pero quien veía el vaso medio lleno, creía en lo imposible y alcanzaba el cielo con los sueños, no necesitaba de la absurda estadística que marcaba fríamente lo mucho o poco que podríamos equivocarnos.

Y es que, a veces, nuestros mayores errores se convertían en los más grandes aciertos. Equivocarse de camino y descubrir nuevos mundos, conocer el azar como un regalo, sufrir mucho y acabar sintiendo la verdadera alegría, perderse en el laberinto de nuestro propio interior y reconstruirlo como un rompecabezas, empezar llorando de tristeza y terminar llorando de emoción.

La montaña rusa de la vida. Las subidas y bajadas que marcaban una etapa, buena o mala, pero que siempre daba paso a otra completamente diferente. El hecho de no importarte tanto, de repente, las cosas nimias e insignificantes. El hecho de cambiar el querer por el hacer, de crear las acciones y no ser un mero observador.

Despertar de la fiebre de los sueños enredados con miedo, volver en sí.

Volver en Si Mayor abandonando el modo menor y triste de la melodía de nuestros pasos vagando por el mundo, con la sonrisa que provoca que los días sean más radiantes, el sol se ponga más tarde y las amapolas enciendan nuestras mejillas.

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