El sonido del viento

Recoja la leve y cálida brisa tus pensamientos perdidos y desordenados, mientras sentada al borde de la caliza roca casi abismal en las alturas contemplando el serpenteo del río verdoso de musgo amable y los chopos danzantes, saque el viento el sonido de tu risa.

Sonidos que el viento trae. Desde la ciudad abandonada a su suerte en su bullicio manifiesto a través de los tubos de escape de coches ruidosos en sus motores sumidos en resuello e indignidad. Desde el contraste con los bosques perdidos en las montañas lejanas con sus ecos de plantas respirando como orquesta de cascadas y animales vagando por el inhóspito paisaje. Desde las nubes viajando a toda velocidad sobre el vasto mundo, encallando en las tormentas del mar exaltado y, siendo testigo del fragor de la batalla desde siempre.

Sonidos que el viento cuenta en historia, en leyenda. Los ojos cerrados, los labios sellados, la respiración expectante en la habitación vacía pero a la vez llena de sensaciones, de vértigo, de melodías lejanas y distantes, de ecos del ayer y el hoy, de sorpresa y esperanza, de pérdidas y tacones de madrugada en el portal del olvido.

La fuga de la realidad a la apariencia, el adulterio en nuestros oídos limitados y toscos, la caricia en nuestras manos tibias de atardeceres, la persecución de la música en las hoces recortadas y pegadas sobre la ciudad elevada de versos y pintada con los pinceles del suspiro.

Las notas sobre el piano vagando, sin pianista hechizado por el escalofrío de la música sincera y caótica. No tenían dueño, eran libres en la marejada de las olas contra los arrecifes de coral. Puras y místicas, soñadoras.

Dirigía el viento la sinfonía de las horas en la colina del norte, efímero y brillante. El sonido del viento sonaba a cantos de sirena en la noche, arrullando lobos solitarios y esperando la rendición ante el poderoso sueño.

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Efecto dominó

Empujar la pieza definitiva, la última tras una larga fila de pequeños elementos que formaban el engranaje del ancho y complejo mundo sobre el que nos hallábamos y del que formábamos parte. Éramos diminutos puntos negros sobre fondo blanco que jugaban, sin saberlo, la partida decisiva; pues aunque insignificantes, habíamos pasado al primer plano en la fotografía, siendo partícipes de la era más caótica y aterradora de la historia.

Como por el efecto dominó, todo caía por su propio peso. Sin pretenderlo, la pieza del miedo –la última– estaba derribando todo el universo tal y como lo conociéramos un día.

Un año había pasado desde ese mensaje inquietante lanzado hacia todos los rincones del planeta. Así se estableció el Califato Islámico mientras ondeaba la ya conocida bandera negra desde Alepo (Siria) a Diyala (Irak). Los muros que para ellos fueran obra de los infieles, habían sido derribados como sus banderas y sus fronteras. La guerra de guerras, la nueva era de las religiones. Se llamaba a todo musulmán a obedecer al nuevo orden establecido –Estado Islámico– sin límites, con el objetivo de subyugar a Occidente, actuar bajo el poder de su Dios y honrarle con su nuevo reino instaurado en la tierra purificada con la sangre de sus hermanos de religión.

La barbarie había visto un nuevo amanecer y, con ella, agonizaba la seguridad que otrora esos países de Occidente consideraran su signo de identidad y su mayor diferencia con esos países alejados de sus latitudes, su cultura y esas guerras que poco importaban en la comodidad.

Tal vez hubieran pasado ya seis meses desde ese “Je suis Charlie” que ahora parecía tímido. Francia como epicentro de ese mundo occidental al que se le sumara después Dinamarca y, mantuviera en jaque a los países vecinos. Todo quedaba en palabras vacías y escondidas tras el mensaje que diera la vuelta al mundo, pero que careciese de la acción necesaria y la unidad que se había perdido por completo.

Amenazas, miedo. Ejecutados, miedo. Decapitados tras la tortura, miedo.

Hombres, mujeres y niños. Condenados por su condición, por su religión, por su desobediencia y, por qué no, por azar.

Monos naranjas, miradas temerosas, cámaras grabando, mensajes destinados a ser la semilla en mentes distantes, redes sociales a la espera y…acción.

Acción. La que nos faltaba y nos sigue persiguiendo en nuestras peores pesadillas. La que nos va a dejar ciegos, indefensos, a merced del fanatismo y el exterminio.

Defendamos la tierra vasta y noble, recuerdo de historia que se nos arrebata de la piel, sin caer en el olvido de lo que somos, unidos, por la bandera y sus fronteras ante el enemigo, valor en la sangre y razón en la mente, corazón.

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Desalmados

Desalmadas almas de vinagre y azafrán en la discordia del vacío más absoluto y el vértigo del desconocimiento y la desinformación.

No habrá poesía; no hay cabida para el lirismo de los versos perdidos que acabaron quemándose en esa noche de San Juan aparentemente lejana. Será prosaica la descripción de los hechos que se agolpan en mi cabeza tras los días largos y las noches de desvelos demasiado cortas.

Pido la palabra sin la paz que antaño escribiera Blas de Otero en sus versos. Pido la palabra, pues la paz me ha sido denegada en el universo de la nula libertad y la escasa comprensión, la falta de humanidad y la pérdida de la razón en detrimento del sentimentalismo absurdo y el buenismo. La paz es un nombre que se ha hecho demasiado común siendo desgastado por lenguas que no han terminado de comprender la sensación de guerra que yace sobre nuestras cabezas, ajenas a la realidad cruda y fuerte que, asola el amanecer con su sangre.

Pido la palabra porque me ha sido negada. Se emplea un doble rasero, se termina provocando la confrontación absurda viajando en el tiempo a momentos de nuestra historia que, aunque no debiéramos olvidar, no deberían ser repetidos jamás. Así, llega el bailar con el mundo a cualquier precio, pasando por encima del diferente, intentando imponer ideas de la forma más rastrera. El silencio es algo demasiado común; casi tan usual como esa aparente paz y libertad.

Mas no callarán a quien se aferre a la palabra como a un clavo ardiendo. Mas no arrebatarán jamás la esperanza a quien, aunque no tiene demasiado que perder, tiene mucho que ganar.

Pues, como la lluvia que cala en nuestros huesos, la sed de justicia, de verdad y de libertad, araña conciencias.

Desalmados, mentes manipuladoras. El pasado se reconoce y se aprende de él, el presente se vive sin perder la vista de los pasos que dimos y, el futuro, será obra de la acción, de la imagen de la palabra fuerte.

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Olvido y sin memoria

Esa memoria frágil, de los ratos hipnóticos frente a la televisión, mirando pero sin ver, observando el infinito con ojos vacíos de historias que podían agolparse o no en su mente. Nadie lo sabía.

Vegetaba en el sofá lánguidamente como una hoja del otoño que se hubiera despistado en su viaje por el viento con destino la nada. En verdad, la nada cubría poco a poco sus espaldas, encorvándose aún más, haciéndose más y más pequeño hasta llegar a la ceniza, al vivir sin sentirse, al no reconocerse, al haber terminado olvidando el pasado y el camino recorrido hasta el presente.

La decrepitud apagaba sus párpados; los volvía del gris de los días de lluvia en el invierno. Sus manos arrugadas y temblorosas pretendían rayar el cristal con la fuerza de diminutas hormigas, sin conseguir volver a coger de la mano a nadie, perdiendo la batalla a las horas que caían hasta el fin de la puesta de sol, volviendo la oscuridad, la niebla desconocida ante un futuro inexistente. Decadencia.

Supongo que los días asignados a nuestro particular calendario ni eran eternos, ni se podían estirar. Todo dejaba de tener sentido cuando se perdía esa esencia que nos caracterizaba, cuando las dificultades no se podían superar por el cansancio de volver a la guerra una vez más, cuando los recuerdos quedaban adulterados con las interferencias de las señales de la enfermedad terrible de perder la vida sin conseguir recordar la propia identidad. Atrapada mente entre los hilos del final.

Olvido y sin memoria. El crepúsculo se desvanecía en ese firmamento de estrellas compañeras de la luna en el principio de la noche, en el sueño de la razón. Las teclas del piano ya no emitían sonido alguno; tan solo el crujir del aire contra esas cuerdas que vibraban solas y desesperadas por volver a ver amanecer.

Olvido y sin memoria.

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La magia de la noche

“¡Oh, noche enlutada! ¡Oh, noche severa! ¡Noche que eres siempre cuando no es de día!”  William Shakespeare.

Y el fuego de las hogueras caldeaba los corazones latiendo al unísono en la noche más corta del año, la de San Juan, brindando por el sol para darle fuerzas pues, éste, brillaría cada vez más débil hasta el solsticio de invierno, volviendo los días del hielo y la escarcha.

Se puso el sol y las hogueras comenzaron a titilar sobre ese mar en calma, en la línea sobre el horizonte cambiante que entusiasmaba a las pupilas dilatadas por la belleza de los colores del amanecer.

Festival de chispas provocadas por el fuego que latía en la arena, consumiendo madera y papel, llamando al hechizo, al embrujo del verano. El tiempo en el reloj de arena que se había vaciado por los delirios sin grandeza de los golpes de palabras que esperaban los primeros rayos de la aurora, dejándonos morir en la vitalidad de los sonidos y olores de la magia que transportaba la fallecida primavera, recibiendo al caluroso verano y, haciéndonos de nuevo a nosotros mismos, provocando la colisión en el cielo de nuevo, la explosión de una supernova bajo nuestros ojos perdidos en la inmensidad.

Perder la consciencia bajo la noche corta y efímera, enamorarnos del sueño que un día Shakespeare plasmó en el papel tembloroso, despertar en un mundo aparentemente desconocido, recordando el viaje que nuestra alma un día realizó.

Sin embargo, no había sueño, ni despertar. A veces, decían que la noche de San Juan traía consigo tiempos pasados que acontecieron en el correr de la historia.

Los pies que guiaron los pasos pesados

En la orilla fría de olas de sal, espumas

De coral, los ojos de historia cansados,

Tu lengua desconocida, tímida, casi fría.

La furia de las rocas, cristales alados

Por el rincón de la consciencia perdida,

Tímida de siglos desconocidos, pasados

En la memoria frágil, en llamas, revivida.

Por el sueño de la noche de San Juan volvió la magia del olvido desvanecido, entre las luciérnagas de la oscuridad y los pálidos rayos del comienzo de un nuevo día.

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Vivir cien años

Rozar la inmortalidad, pensar que el paso del tiempo no marcará tus rasgos jamás y que la eternidad, saldrá a bailar pegada a tus huesos fabricados de algún metal resistente al óxido de los achaques del común de los mortales, caídos en  la zanja cavada para el ataúd cerrado para siempre.

Vivir cien años… O cientos de ellos o, para siempre. Pero, ¿qué sentido tendría vagar por el tiempo, embotellándolo en el cristal de nunca olvidar y guardando cada gramo de recuerdo en la bolsa de la seguridad?

Si pudieras vivir más de cien años tomando la pastilla de la inmortalidad, ¿serías feliz controlando cada segundo de tu vida? Deberías vacunarte contra el azar, dejar de respirar el humo de los puros y cigarros en el balcón del amanecer, no beber de los licores que nublan el sentido y te hacen imaginar, evitar los desengaños y las miradas que aceleran tu corazón hasta la taquicardia, comprar una máscara antigás para no respirar demasiado de ese aire pernicioso mezcla de alquitrán y libertad, conducir despacio y mantenerte dentro de la ley, evitar los sobresaltos, la pasión y el placer.

Sería la píldora para nunca soñar, para nunca sentir.

Una vida completa, con su principio y su final, sus alegrías y sus tristezas, sus inviernos de hielo y sus veranos de sal, sus miradas perdidas y de colección, sus minutos de espera, sus nervios y su decepción. Los años pasados, el presente y lo desconocido del futuro que pinta de emoción el día a día en ese cuadro sin sentido, refugio de tus sueños de anoche, profecía de color, disfrute de lo efímero.

Lo efímero… Se terminaría con el vivir con intensidad, persiguiendo locuras, luchando por crear un mundo diferente fruto de los inconformistas. La chispa, la llama, el fuego alegre y feliz.

Si de ti dependiera vivir más de cien años, sin miedo y sin pudor, elegirías descansar. La obra de teatro llegaría a su último acto con el protagonista satisfecho por su papel, sin miedo al después, saboreando cada minuto como un regalo extraordinario, de triunfo, de ilusión.

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Mentiras y engaños

Pasamos de ser a no ser, pues el pensamiento crítico se había visto reducido a las cenizas que ayer aderezaban esas páginas de papel y tinta del periódico en la chimenea.

Parecía que, últimamente, ese papel que manchaba las manos con el calor pegajoso del verano, servía poco más que para calentarte en invierno. Las ideas volaban sin sentido, ni dirección. La desinformación, la manipulación, la parcialidad y, la mentira- en mayúsculas, negrita, sin pudor y con desprecio- era la que guiaba un mundo sin aparente rumbo, donde se nos había dado una realidad descafeinada y paralela como forma de vida.

Éramos hombres y mujeres de arcilla que se deshacía y fundía con el agua, siendo masa cómplice de cada amanecer en cada nuevo día. Nos habían enseñado, alienándonos poco a poco, a huir de las dificultades sin dar la cara al problema, conformándonos con un mundo imperfecto, guardando en el disco duro de nuestra mente las partes de la historia que nos convenía, oyendo sin escuchar la crudeza real de cada palabra y su respectivo significado.

Así, las mentiras se habían convertido en verdades a medias. También, nos habían dotado de mecanismos de distracción para no regresar al mundo real. Pan y circo.

Crisis económica, fútbol. Corrupción política, fútbol. En el fútbol, pitar al himno por la secesión de Cataluña. Más fútbol, más distracciones, más desviar la atención perdiendo de vista la realidad que nos acecha y se cuela, poco a poco, en nuestros hogares sin conseguir reconocer al verdadero enemigo.

Y podría hablar de fútbol o de medidas populistas por parte de esos políticos que ahora, ante la proximidad de unas elecciones generales, aprietan los dientes y enseñan su más falsa sonrisa para transmitir esa seguridad aparente de tener todo bajo control, proponiendo medidas imposibles de cumplir o persiguiendo la utopía más engañosa. Porque al final todo se reduce a eso, no lo olviden, control y poder.

Mentiras y engaños que calan, lentamente, en la sociedad adormecida y pasiva de esta España triste que yace dividida en esas trincheras en las que nos han hecho creer y que, ahora, son difíciles de derribar.

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