Polvo de estrellas

Es curioso lo delgada que es la línea entre la vida y la muerte. Como las estrellas, somos fruto de lo inesperado, de la perturbación de esa masa de hidrógeno por la cercanía de una supernova o de un agujero negro. Somos materia tan sumamente insignificante que hasta asusta la inmensidad de lo desconocido en lo supuestamente conocido.

Como las estrellas, somos jóvenes fugazmente hasta llegar a esa etapa en la que no existe oscilación, ni cambio de sentido, ni infinita ilusión, hasta llegar al cero, al inicio del fin o al fin del principio, quién sabe.

Nuestro universo colapsa, como nuestras emociones creadas de miles de atómos, de moléculas infinitas que juegan a nuestro alrededor entre las fuerzas de atracción. Desconocidos, casi crueles en ese espacio-tiempo que se desmorona a cada segundo rehuyendo de la gravedad aberrante, atrapados por el campo magnético que nos sostiene.

Es curioso lo fácil que parece ser sesgar una vida. Es curioso cómo hay quien se siente en posesión de esa guadaña que, ciertamente, no nos pertenece a ninguno. Sin embargo, nuestros números finitos quieren reírse con superioridad por nuestro dominio y nuestra inteligencia. Nos insultamos, nos avergonzamos en un planeta avocado a la más absoluta extinción por nuestros desmanes, por nuestros desaires, por nuestro nulo éxito de convivencia.

El ser humano es más caótico que el universo en expansión en el que se encuentra. El ser humano no cambia, no evoluciona y, su historia en continua repetición, así lo demuestra. La estrella se apaga cuando su combustible de gas se termina, siendo enana blanca, habiendo vivido una larga vida de incertidumbre, de perturbación, caótica a nuestros ojos ciegos, pero ordenada en una escala que nos resulta inalcanzable.

Es curioso lo que provoca una explosión tras apretar ese botón rojo. Es curioso cómo jugamos a ser dioses. Sin embargo, ese espacio situado tras nuestra atmósfera, ese infinito en años luz, también ha sido fuente de inspiración y conocimiento desbordante.

Adoradores de las noches estrelladas, observadores de deseos fugaces que se cruzan en nuestro camino, soñadores de universos paralelos y planetas lejanos, conocedores de la incertidumbre y jugadores en la probabilidad.

Todos somos polvo de estrellas, tal y como dijera Carl Sagan, entre poético y científico. Polvo fruto del comienzo del mundo, del principio de ese capítulo en el libro perdido, del prólogo que supuso el surgir del tiempo.

Polvo de estrellas, polvo enamorado del vivir.

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Un acorde

Así en la tierra, en el aire y en el agua.

El sonido nos eleva en la nube vigilante antes de la tormenta, ante el estallido del trueno amenazador que da por empezada la sinfonía de las gotas de agua sobre esas tejas rojas de pétalo. El silencio en el sonido nos llena y nos desarma, nos hace felices de estar tristes, nos alienta y nos pone en una encrucijada de caminos invisibles que están por asfaltar con ese alquitrán decadente y tosco.

Recuerdo esos cuadernos infinitos de pentagramas fabricados de puras matemáticas, donde esa música encerrada pugnaba por encontrar la mano que liberara esos acordes descosidos y olvidados. No oías nada alrededor porque te habías convertido en una cuerda que vibraba y contaba historias de ensueño, tragedias griegas sin héroe, batallas que duraban un segundo cuando no les dabas importancia en la banda sonora de tu vida.

Entonces te endulzabas los labios de esa miel adictiva que desgarraba tus terminaciones nerviosas y te convertía en pasión, en odio, en tristeza y libertad, en ternura y amor, en compasión. Era la música de tu vida; era la canción que sonaba en cada momento y acompañaba al olvido y al recuerdo.

Entonces te sentías nuevo, una hoja en blanco, un mensaje diferente que pescabas en la botella de cristal perdida en el inmenso océano. Comenzaba de nuevo el ciclo: soñar, sentir, apreciar, capturar, componer, terminar, reconocer. Así venían las ideas de su mundo, donde la luz las secaba al sol tras la lluvia fina de verano. Y así el mundo era música en su sonido, en lo frenético de la gran ciudad, en la tranquilidad del campo con los árboles meciéndose, en las nanas de la infancia, en el aleteo poderoso del águila contra los cortados de roca caliza, en…ti.

No creer, esperar sentados entre incomprendidos y enfadados, reflexionar en si bemol y dejar suspendida la cadencia sin límite, cediéndole al cielo la tierra, buscando lo terrenal en el acorde que permitiera sentir sin imaginar.

Un acorde, el último. Para leer entre pentagramas, entre líneas.

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Gracias

La palabra “gracias” sirve para expresar agradecimiento ante algo propicio que se nos ha presentado, como un viento favorable que empuja suavemente ese barco en el que navegamos que es la vida.

Sin embargo su repercusión va mucho más allá de esa fonética que pasa desde la ronroneante “r” a la sibilina “s” del final.

Doy las gracias al destino por perder varias partidas hasta encontrarme en jaque varias veces; por aprender a ser derrotada para alegrarme aún más de ganar. Filosófica reflexión, tal vez. Pero, ¿qué mejor que ser agradecido ante esos desmanes de la línea caprichosa del existir que es capaz de llevarnos hasta el firmamento o, por contra, enseñarnos el sórdido mundo?

Expreso mi más sincero agradecimiento a los hipócritas, a los que por fin mostraron su verdadera cara oculta tras la máscara, a los que me defraudaron y me hicieron daño, pues gracias a ellos, sé con quién puedo contar y sólo me han hecho más fuerte. También, a esas personas que he conocido, conozco y, a las que me falta por conocer. El universo comienza a ordenarse y el nuevo giro al Sol está próximo en mis lejanos horizontes, pues el crepúsculo jamás llegaba en las mentes inquietas y llenas de acción.

Mis ideas ya no se agolpan violentas en mi mente, sino que poco a poco, las piezas terminaron por encajar por sí solas tras la propia aceptación. El diferente no conoce la indiferencia de lo que sucede alrededor; el diferente no es masa que se crea y se destruye y que, luego, es moldeado a imagen y semejanza del molde común, sino que prefiere antes su autodestrucción.

Así agradezco la alegría más sincera, la tristeza que no terminó con la esperanza, la buena gente que me rodea, la lluvia de la primavera que mojaba y calaba hondo, el fuego en el alma y en el corazón, el frío helador del invierno, la inspiración frenética, la curiosidad caótica, la vieja retórica, el adiós al miedo y la bienvenida al nuevo día.

El comienzo o, tal vez, el final. Gracias.

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Si fuera Madrid

Qué decir de la paz que trasluce de esos edificios desgarradores de cielos anaranjados y calurosos, en las calles estrechas que, de repente, dejan paso a la amplitud de plazas de estatuas victoriosas, o vencidas o, simplemente, condenadas al estatismo en el correr de los tiempos. El hierro de las farolas que despuntan misteriosas en la plaza de Oriente, rodeadas de los jardines con sus bancos solitarios de piedra, hasta llegar a la gran silueta del Palacio Real.

La fuerza del destino en calles y callejas, en llamadores de bronce en las puertas de casas señoriales, con sus cristales de lumbre y sus almas del corazón desteñido de sus fachadas.

Y camina sigilosamente, como el eco de la piadosa campana, lejos, muy lejos pasando por san Nicolás y san Pedro El Viejo, de medievales formas y suspiro en el balcón de estrellas guía en la noche de verano.

Si fuera el Madrid de antaño, con sus musas paseando su inspiración por los cafés de ese barrio de Las Letras en las plumas de Lope de Vega, Cervantes o Quevedo, visitando la bohemia con sus luces en la que viviera ese extraordinario personaje de larga barba y esperpento, más conocido como Valle Inclán. Si fuera el Madrid del mañana un retazo de historia, pero también de sueño. Si fuera Madrid, sea.

Y así el teatro de esta pantomima vital, se transformaba en arte en las azoteas de Malasaña, donde el tiempo se congeló y los artistas herederos sueñan ahora tejados de buhardilla, pintura, música y sal.

Porque esta acuarela del Madrid de luces y sombras, con sus tonos pastel y su caótica visión distraída, esperaba sus letreros luminosos en esa Gran Vía, se emocionaba con la aparición de la Puerta de Alcalá desde la velocidad de esa motocicleta, reía a carcajadas ante la solemnidad de esa diosa Cibeles sentada detrás de sus leones, anhelaba noches en Sol o tacones contra ese suelo empedrado de alegría en la calle Mayor.

Qué decir de Madrid. Quedarían breves esos versos de tinta de sensaciones, de emociones, de sentimiento y pasión, de surcar el cielo con las alas del ángel custodio, de caer en el abismo de los entresijos de raíles y prisas, esperando, arriesgando, malviviendo de medias sonrisas, alimentando el alma del cristal de ventanas de embrujo.

Si fuera Madrid.

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Olvidarás

Olvidarás la tierra que te sostiene, pues ésta dejará de girar para ti a tu alrededor. Olvidarás el sol calentando tus facciones esclavas, aún tiernas e inocentes, alejándote de la realidad que se vuelve emborronada por la tristeza y la impotencia de no ser dueña de tu destino. Olvidarás tu pasado terrible, porque aunque fuera difícil tu vida en guerra, ahora tienes atado un yugo peor. Tu mundo se mantiene en la barbarie que creías conocer, pero ahora tus días son una larga condena de por vida.

Recuerdas ese campo de refugiados de Zahle con tu familia y todos tus hermanos, donde el alimento escaseaba, tus pesadillas estaban pobladas de esos bombardeos que, poco a poco, iban destruyendo la belleza de Siria; donde sabías que tu futuro era incierto y desconocías dónde se hallaban tus compañeros del colegio, donde el nuevo amanecer deparaba lo inexplicable, lo aterrador o, tal vez, el fin.

Aún así, ahora no culpas a tu padre. Te casó con un rico pretendiente para intentar salvar a tu familia.

Te miras las manos, ese anillo en tu dedo. Tienes apenas quince años y no puedes evitar pensar en ese tiempo en el que jugabas en la calle que, ahora, parece lejano y frío. Ahora ya nada era un juego; todo era demasiado real en ese mundo de adultos que le había absorbido por completo y en el que tenía asignado un papel. Complacer y dejar su vida correr, sus sueños pasar y sus ilusiones, morir.

Ese negocio sucio de los matrimonios con niñas sirias para hacer creer a sus familias que podrán salir adelante mejor. Esa tradición establecida en una ley religiosa que ampara las uniones con menores de edad. Esos hombres de fe que abren el mismo infierno en la tierra para esas niñas perdidas a las que sólo les quedará el mañana, pues el hoy ya resultó ser demasiado cruel.

Olvidarás quién eres, no te preocupes. La impunidad es total y es mejor que dejes pasar los días en el calendario.

La ironía es total, hiriente y dolorosa. Los hechos, también.

Olvidarás…

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