La belleza de la acción

“La acción tiene el misterioso poder de compendiar una larga vida en la explosión de un fuego de artificio. Se tiende a honrar a quien ha dedicado toda su vida a una única empresa, lo cual es justo, pero quien quema toda su vida en un fuego de artificio, que dura un instante, testimonia con mayor precisión y pureza los valores auténticos de la vida humana” Yukio Mishima.

El cántico al silbato del tren cerrando sus puertas en amable contratiempo de prisas sin detalle, expresión sin estandarte, dudas en la mirada agazapada en la bruma del sueño de madrugada, la cabeza apoyada contra el asiento infernal de plástico duro mientras el traqueteo contra las vías parece una letanía de cotidianidad, la belleza de la velocidad en esos túneles que nos dejan ir sin atraparnos con su oscuridad.

Está la lucha contra el tiempo en esos cabellos canos que empiezan a ser objetivo principal del envejecimiento, la batalla que libra el ejecutivo con sus colegas tiburones en ese gran estanque en el que no hay sitio para todos, la guerra que estalla por interés de unos pocos engañando al resto, haciéndoles partícipes de sus juicios sin razón, de sus ideas sin fundamento, de la división que no termina ganando.

Miraremos y sentiremos la intensidad y la violencia en esas obras de arte que han salido ilesas del tiempo, pero no del dolor y la destrucción que su posesión trae consigo. El arte no se posee; se contempla, se refleja, se plasma, se encuentra en los ojos sorprendidos, en las manos crispadas por la ira, en las lágrimas de cristal de los ladrones de almas. Pero rechazamos la barbarie por miedo a vernos reflejados en ella. ¿Qué ha sido de estos siglos tramposos que han pasado por nuestras venas en forma de historia? El arte de la guerra, el corazón del valiente soldado, la perdición para encontrar el sentido y, el final de una era para ver cómo el sol naciente vuelve con otra nueva.

Amanece temprano, el tiempo y el espacio mueren en cuestión de suspiros contados y escondidos en las mentes salvajes. Lo imposible se convierte en realidad por la perseverancia de unos pocos. La velocidad acaba con el insomnio febril, lo traspasa y lo convierte en poesía irreverente, realista, alejada de la timidez del universo onírico.

El amor por la destrucción para la reconstrucción se afinan en esa fina línea de sonido puro y cristalino, la belleza de la acción en el camino tortuoso y difícil que no hacen sino la victoria más dulce, el consuelo más certero y la verdad más imbatible.

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Escuela de guerra

“La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras” Jean Jacques Rousseau.

Contar días en el calendario, desde el nacimiento cercano de la flor de la vida, con esa inocencia en los ojos, la sonrisa sincera en los labios. Los juguetes esparcidos por el suelo, las manos pequeñas inventando historias imaginarias y soñando; el escondite o el “pilla pilla”, carreras de ilusión y persecución de risas.

Perseguir deja de cobrarse sonrisas cuando los niños inocentes comienzan a sustituir sus juegos por otros que incorporan fusiles, bombas, ideas fanáticas de ejecución, amenazas de muerte sin ensoñación, realidad dura y no ficción. Desgraciadamente, demasiadas imágenes pueblan nuestra retina con la barbarie que supone convertir a un niño en un pequeño soldado, en un elemento lleno de odio, donde se destila veneno y hierve la sangre, lejos del parque, de las chucherías de después de clase, gobernando su inocencia la perdición y mutilación de la misma, quedando sin alma, intocables, renegados.

Muchos de ustedes tendrán en mente esas imágenes terribles de los niños-soldado en algunos países africanos, de los radicalizados por el Estado Islámico en Siria, de esas pequeñas bombas humanas apartadas de la escuela de la vida. Sorprendente es la aparente calma con la que contemplamos esos pequeños retazos de barbarie, acostumbrados al terror, aliviados con información superflua, mediatizados por el morbo.

La escuela de la vida se distancia de esos pequeños seres. La vida les da la espalda en su crecimiento desmesurado para unos años tan escasos, unos recuerdos tan volátiles, unas ideas con la firmeza del azote o el escarmiento, unas metas que se acercan más a la atrocidad que a los sueños de fantasía.

Los ojos vacíos y sin emoción, las sonrisas se endurecieron en sus rostros de semblante con nula expresión. Pequeños robots para fines de dimensiones apoteósicas, cuerpos en miniatura trabajados en la escuela de la guerra, lejos del calor de un hogar, de las mieles de la infancia, de la mano de la ternura.

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Desarraigados

Desarraigada mano que a las huellas del que viene te agarras, presurosa y con el ímpetu del que se sabe extraño, en una tierra desconocida a pesar de reconocerla en las venas, al latir de sangre, en el corazón del árbol que conoce su ancianidad. El cristal de la ventana roto, los cristales del futuro deshechos en diminutos fragmentos sin posibilidad de reconstrucción; la casa conquistada, el valor robado, la identidad arrebatada, destierro.

Al otro lado del espejo, almas robadas a la vida aciaga. Hombres y mujeres sin casa, hipotecas sin pagar, hijos a los que mantener, desahucio, juego cruel el de la supervivencia en el día a día. Esa tienda de ultramarinos, cierra; esos productos “made in China” sin control toman las calles, agitan la costumbre, dan una palmadita en la espalda a lo que llegó primero, a lo que antes quedó establecido. La endofobia, epidemia sin tratamiento, arrastra sus tentáculos sigilosos por el suelo dejando yerma la tierra.

Puede ser que la burbuja haya explotado finalmente, ante la realidad angustiosa, ante ese espejo hecho añicos en el que nadie se podía mirar y reconocerse. Nos oprimen los titulares ansiosos de los periódicos, nos crean sentimiento de culpa, nos avergüenza ese niño de la playa, esa zancadilla al refugiado que pretendía llegar. Nos destruimos ladrillo a ladrillo: tememos rezar ante una cruz, agachamos la cabeza cuando nos hablan de nuestro pasado, intentamos olvidar nuestras costumbres.

No justifico la violencia, pero tampoco caeré en la desidia de anunciar un mundo sin caos, sin guerra, sin exterminio de la razón, sin mutilación del pensamiento. Durante muchos años, fuimos afortunados por la abundancia, privilegiados en un mundo nuevo de aparente libertad y avance, soñadores por un mundo mejor para esos países que creíamos distantes, lejanos.

Ahora la distancia quedó reducida a centímetros de escasez, de dudas, de crisis social y económica. La realidad del sueño en mero desvanecimiento del polvo del camino; aquí la guerra por sobrevivir, la marginación por dejar de ser y de tener, por pasar de tener fortuna a encontrar perdición.

¿Inhumanidad? Sí, aquí. Aquí en nuestro país, con nuestros propios conciudadanos víctimas de ese sistema que prefiere importar las miserias antes que solucionar el conflicto entre nuestras trincheras. Los refugiados son bienvenidos, se les ayuda por humanidad. Somos hipócritas, no reaccionamos ante la verdad que nos asola.

España llora, al menos la que abre los ojos, la que actúa en consecuencia destruyendo miseria, creando nuevos sueños y persiguiendo amaneceres de libertad, sin barbarie a pie de calle, en el cajero o en ese portal.

Soñar el sueño imposible. Ese que crece y representa la ilusión del que no se rinde, del que jamás se inclina ante la adversidad.

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Música sin corazón

Hoy, la lluvia fina que augura el otoño venidero, se mezcla con esas notas musicales que llegan desde el suelo y más abajo, desde la boca del metro. Se funden en el llanto por lo desconsiderado de un sueño robado y hecho cenizas.

Cada día, en el mismo recoveco de la parada de metro de Avenida de América, entre las prisas y el caos de los viandantes agresivos y desesperados, el Canon de Pachelbel suena en una sala de conciertos improvisada, donde las entradas son en primera fila, pero no interesa. La Primavera de Vivaldi se convierte en el invierno de la razón, en el infierno del músico que no regala su arte, sino que vende su alma por unas pocas monedas para poder sobrevivir.

Realidad sórdida la de los músicos. Parece que la historia en la que Mozart apenas fuera capaz de comprar leña para su chimenea se repite con la hipoteca, con el agua y la electricidad o con la posibilidad de un simple techo para los paladines del arte.

La historia se repite, no cambia. El músico de verdad en la mentira que supone rebajarse por unos euros descoloridos, mientras la mentira del caradura que deja a la música sin corazón, se encuentra en el mismo escalafón del arte en el alma. Trabalenguas de mentiras y verdades, aunque mejor hablar de realidades y utopías. Sinsentido.

El músico precario por necesidad, hambriento de sueños, pero congelado por los abrigos que le rozan todos los días al pasar, sin siquiera dignarse a escuchar un segundo. Se volatiliza el arte en un país sin sangre. Lejos quedan ciudades europeas como Viena o Salzburgo con sus cuartetos de cuerda en cada esquina, en cada rincón o plazuela, avenida o callejón; donde los músicos regalan su arte para el recuerdo, interpretan cada pieza por el placer de compartir y no por necesidad.

Hablaré de España, muy a mi pesar, como el país donde la cultura se esfuma por momentos y su interés se pierde. Desaparece en el ámbito de la enseñanza y no es reconocida a nivel profesional. Atrás han quedado muchas horas de ensayo y trabajo, de duro sacrificio, pero la realidad golpea cuando las notas se convierten en pentagrama mojado que no sobrevive a las inclemencias del tiempo.

No debería ocurrir, es el lenguaje común a la humanidad. Cualquier persona, independientemente del idioma, podría sentirla sin necesidad de hablar, como un viento fresco rozando el alma y haciéndola viajar con el corazón.

Pero muchos están sordos y, otros muchos, prefieren pasar al lado del músico del metro sin mirar.

La música perdida, atrapada, descarriada, desterrada. La música sin corazón.

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Arquitectura de la razón

Las alturas vacías en esa cornisa sobresaliente, la columna Trajana rompiendo el techo de nuestro cielo en la desaparecida tierra cambiante, la cúpula superviviente de Saint Paul a los bombardeos que no se llevaron su valor, el arco del triunfo enclavado en el orgullo tras la victoria, historia en constante movimiento y cultura en permanente recuerdo.

Así como las piedras alentaron a los hombres a la construcción de su civilización, animaron a sus enemigos a su conquista por el olvido. La destrucción marcó el mapa que hiciera grande, en su día, al Imperio Romano y que, más tarde, copiaran los grandes nombres de la guerra en el correr de los tiempos.

Porque un pueblo sin historia, es un amasijo de cenizas en un amago de esconder los hechos. La arquitectura de la razón, no es sino ese reducto de vida congelado en el espacio; frente a las inclemencias, frente a los fanatismos que terminan en exterminios masivos de cuerpos a los que se les escapa la vida, a los edificios reducidos a ruinas, al miedo en las pupilas dilatadas de aquellos que contemplan la barbarie. La esencia se pierde, los siglos parecen no haber pasado por ese desierto. Nadie habla, nadie teme, nadie quiere; nadie porque todo ha dejado de existir.

Volvemos a vernos amenazados por un invasor de conciencias, por un enemigo de la infraestructura que creamos para vernos reflejados, por el silencio que precede a la inexistencia. Palmira cayó con sus templos, como Mosul con sus estatuas asirias. La limpieza cultural es imparable, como implacables los enemigos de bandera negra y blanca que condenan la libertad de los pueblos, aniquilan sus identidades, maltratan sus costumbres y difunden sus torturas.

El nuevo orden del desorden y el caos crece y se abriga en el invierno de nuestras conciencias aletargadas y frágiles. Las líneas se difuminan, las piedras dejan de sostenernos, los pensamientos rehuyen la realidad.

La arquitectura de la razón, la medicina contra el olvido.

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Tierra de sueños

“Es la gloria del tiempo zanjar riñas de reyes, descubrir los embustes, y desvelar verdades, poner su sello eterno sobre lo que envejece, despertar la mañana, y velar la noche antes, dar justicia al injusto, y enmendar sus desmanes, tirar fatuas ciudades con su implacable paso y desgastar el brillo de áureos torreones altos” William Shakespeare, La violación de Lucrecia.

El correr del tiempo en contra, ahora pecan de ilusos. La tierra tomada, invadida, mancillada de enemigos que no son las víctimas de la hecatombe. Cenizas del viento, el mar en medio, al otro lado el despertar, el amanecer. Falsa alarma, no era la tierra prometida.

El niño envuelto de espuma de mar e inhumanidad en la frontera de la portada de ese periódico gris. Tantas víctimas que no hay justicia en tomar un ejemplo como el todo, pues no sabemos nada de la barbarie, de la contemplación sin miramientos de los ciegos de esa Europa desunida y amenazada. Los medios de comunicación apenas muestran una mínima parte del mundo real que subyace de la sima de la vergüenza; interesa la carne fresca, el desamor por la humanidad, la tristeza que, cuanto más profunda, mejor.

No nos equivoquemos, “no somos Siria”. No somos sino cómplices de una verdad que resulta demasiado incómoda y, nuestro pésame, no es sino la pantomima más cara de la historia reciente.

Así la guerra se libra en países ajenos, lejos de la comodidad de la lobotomización. Conflictos de intereses, financiación de grupos terroristas que, potencialmente, implican el verdadero exterminio, el de la libertad. Promesas vanas, civiles muertos, impotencia en las calles sirias, esperanzas en el viaje hacia ningún lugar.

Hasta las torres más altas caen. Los ladrillos, inseguros y deshechos, terminan por desmoronarse en la confusión de las lenguas de sus constructores, como un Babel siniestro y actual. Posiblemente, sea hora de reconocer al verdadero enemigo. Ese que controla nuestra vida cotidiana, nuestra mente y nuestro sentir. La tierra de los sueños, la culpable de las pesadillas.

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Entre palabras

“Cuanto más siniestros son los deseos de un político, más pomposa, en general, se vuelve la nobleza de su lenguaje” Aldous Huxley.

Desviar la atención de la acción al sustantivo y reprimir sensaciones encontradas, prejuicios que hemos adquirido en el tiempo a razón del bombardeo de información constante que se antojaba juicio de valor y no hecho. Defender lo indefendible, ver la parte sin el todo, argumentar sin decir nada y acallar así la mente crítica encerrada en el desván del “y tú más”.

El mundo es bueno; nos acoge y nos da alimento. El ser humano no; el buenismo que se acrecienta día a día en la sociedad envenena cualquier síntoma de huida o de búsqueda de la realidad.

La realidad de vislumbrar a través del espejo, entendiendo lo que es, lo que hay, sin caer en la tentación de lo que debiera ser. El mundo es para los realistas en la cárcel de palabras en la que nos hallamos. Los utópicos se ciegan, se distancian, se elevan sin comprender la magnitud o la lógica. Puede que las utopías pretendan cambiar el mundo, pero ello no será posible sin la visión completa y sin distorsión de los escépticos.

El lenguaje nos atrapa, nos pierde y nos quita la razón. Posiblemente, sea el arma más poderosa del mundo, pues nos habla de “conflictos armados” en lugar de “guerras”, de “daños colaterales” en sustitución de la destrucción de civiles y sus propiedades, arañando la manipulación, cediendo ante el imparable avance de los que con demagogia simple nos llevan a la ruina del desconocimiento, de la espiral de hambruna por falta de claridad.

Es así como todo ocurre, se difumina lentamente y termina por desaparecer. El naufragio se consuma, las palabras terminan por ceder ante el chantaje de los que nos llevan de la mano en este baile con la convicción.

Mientras tanto, vivimos entre palabras que, usadas de un modo u otro, nos dan el cielo o nos quitan la libertad. El sentido, el significado es único; los intereses que guardan, superan con creces lo inimaginable.

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