Trescientos sesenta grados

La carne débil cubriendo el puro nervio, la adrenalina de los músculos en tensión, aterciopelada y dura a la vez, infranqueable como la intención de construir un muro y repetir la hecatombe, sensible a la lluvia de los días del otoño que traen las noticias por el mar de la incertidumbre.

La ficción que vuelve a acompañar a la realidad y convierte al espectador sabio en un traductor de detalles nimios y en un observador de los días raros. La enfermedad vuelve a asomarse; a las vidas separadas, a los periódicos hipocondríacos, a la carne roja que disfrutas mientras tus semejantes se mueren de hambre en un lugar no muy alejado de tu cómoda silla. El verdadero cáncer de la sociedad en los que roban a sabiendas de que habrá otros que pagarán por ellos, en los que embrujan con telebasura a una población de ojos vidriosos y alma quebrada, en los que venden amor barato en fotografías efectistas mientras desenfocan la muerte acechante, las miradas de desplante, los puños apretados sin libertad en la guerra santa.

Las manzanas están podridas, como esos papeles de infame verde que sirven para comprarlas. La música de nuestra vida condicionada por lo tubos de escape sin resuello, los bosques muriendo entre el ahogo de fábricas del alimento que la naturaleza ya no es capaz de producir. El silencio de nuestra existencia condenada al anonimato por el aquelarre de entes fabricantes de fotocopias humanas, estandarizado proceso sin corazón, creación de la necesidad chispeante que abrume con contundencia a la timidez.

Despierta Bangladesh en la que promete ser otra dura e interminable jornada de trabajo. También Taiwan, Vietnam, China,… En la otra parte del mundo, las grandes fortunas amanecen más ricas que ayer, pero menos que mañana. Las barreras que aparentemente han caído, no han hecho sino elevarse en ese cielo engañoso de tela de araña.

Trescientos sesenta grados sobre la perspectiva del mundo en que nos ha tocado vivir. Enemigos de cristal, falsos amigos de rosas rojas de sangre y escondites de maldad, miradas vacías, manos despreocupadas en los bolsillos ajenos, pies de plomo y minas en el camino, dolores de cabeza y lobotomización por doquier, manos inesperadas y cálidas de verdad, palabras aparentemente poderosas que acarician la hipocresía, ojos empañados de la alegría de no sentirse solo aún estando rodeado de gente.

El mundo en derredor. Ardiente. Devorador. Amenazador.

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Negra sombra

“No se puede callar cuando se siente” Fiódor Dostoyevski.

Subrayar las palabras importantes que te hacen recordar, marcadas a fuego en la mente que juega a olvidar. Esperar el tiempo abstracto, ese que proviene del sueño y la superposición de rostros y arrugas, de retratos familiares, de la película de nuestra vida.

Callamos tanto y decimos tan poco…

La negra sombra que asombra, cuando pienso que se va la luz y regresa la oscuridad para quedarse, pierde las estrellas en el océano del firmamento hostil. Mar adentro en las cenizas de la ingravidez de las causas perdidas, en la metamorfosis del centro del universo prendido en las miradas, en la sangre y en los huesos; la voluntad en las intenciones, el eco del amanecer.

Decir nada sintiendo tanto…

Los aires tímidos del otoño, la mala costumbre de mirar sin observar, la amargura del limón camuflada en el tequila de madrugada, las reflexiones vacías y los libros incomprensibles llenos de trazos desconocidos.

Elegir despertar con la aurora, cada mañana, entre la bruma del sueño. Elegir apostar al rojo para perder a sabiendas. Elegir matar al aburrimiento y exigir a la fortuna girar a nuestro favor.

Dar carpetazo a esos asuntos sin importancia que desgastaban demasiado nuestra alma y desteñían nuestro corazón.

Elegir el idioma en el país de nuestra dignidad, acabando con los tramposos de las cartas y quemando en la hoguera la crueldad del destino irreverente. Elegir llorar de alegría y reír de nerviosismo. Elegir no contar ni los minutos, ni los días; elegir querer, escoger amar sin medida.

Y que no haya palabras, sino hechos.

Y que haya esperanza y no lamento.

-Vuelve a Nunca Jamás, Sombra. Donde las verdades se disfrazan para no herir, donde el miedo se camufla en libertad. Nunca regreses, no necesito tu compañía. Tan solo la realidad.

Elegir andar por el mundo inhóspito a correr en la tempestad. Elegir quedarse a marcharse sin más. Elegir la lluvia que cala hasta los huesos al cielo azul de plástico de las lágrimas deshechas.

La gran isla,

Imposible llamar.

Me vi desbordar,

Acaso llorar,

Tal vez suspirar.

Amor volar,

De miedo, temblar.

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Obsolescencia programada

Creo en los mundos de acero y hormigón en las autopistas disolutas con su tráfico endemoniado, los coches quejumbrosos y las sombras de los hombres controlando realmente la perspectiva de sus gritos enfurecidos.

Creo en lo obsoleto que nos acerca a la vida y nos aleja de los amasijos traicioneros de la irrealidad, certeza desconocida y engañosa, ríos de tinta misteriosa en los tabloides infames para amaestrar.

Detestamos la ironía, pero porque nos hiere como una puñalada, riendo amargamente ante la lobotomización de los personajes descoloridos en los vodeviles; fotografía saturada de color.

Comprar, tirar, comprar. Todo lo que tocas se transforma en ceniza volátil que se esfuma y te hace querer más. Bueno, querer no; poseer. La sangre ya no canta victoria, el corazón no late de vitalidad. Nuestros ojos sólo buscan el color del dinero en ese consumismo aberrante que se viste de piel de cordero. Nuestros labios se crispan en una mueca de infamia cuando no encontramos lo que buscamos, cuando descubrimos que no todo se puede comprar.

Creo que el amor está sobrevalorado, sobre todo si lo expreso en tono jocoso mientras me río de la soledad en la madrugada y los desvelos sin “te quiero”. El ser humano individual es un ente solitario que cede al descontrol de los trastos sin utilidad, a la tecnología fría que promete ser cercana y humana, a los mensajes contundentes que se hallan tras un “ok” en el teléfono móvil. No servimos para hacer el amor, de la guerra ya ni hablemos. Lejanos. Distantes. Absortos en un tiempo que no acaba, pensativos en un momento que se encuentra congelado. Ambigüedad.

Sumisos. Esclavos. De las palabras. De la maraña de sensaciones que creemos sentir. De los mañana que nunca llegan. De la cobardía escondida en ese semblante de aparente suficiencia.

Creo que no creo. No creo en las prisas, ni en las medias sonrisas. No me presto a la indiferencia, ni me entrego a cualquier desmán del destino porque éste, simplemente, no existe. Los inventos del ser humano, las excusas, la piedra que fue arrojada por esa mano que quedó después oculta bajo la capa de la apariencia, de la vanidad. Perdimos el control sobre nuestro ser, cediéndoselo a la parsimonia de quien espera que pase un día más.

Obsolescencia programada en nuestros cerebros con fecha de caducidad. No pensar, asentir. No negar, aceptar. La espera, el amago de remordimiento. No hablar, enmudecer. No luchar, perder.

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Vencer y convencer

La preciosa dureza del diamante en la sangre que derrama su perfecta red cristalina invisible, culpable de su belleza. Realmente increíble su destello en el sol, cegador y, ciertamente, heredero de la tierra caprichosa y retorcida. El diamante como ese mundo vasto de las mil caras repartidas en esos niveles que se observan a contraluz, marcados y equidistantes; perfecta geometría e imperfecto conjunto de mártires que alardean, musas desposeídas de su condición, caballeros sin espada, cobardes disfrazados de valientes, palabras poderosas transformadas en recortes de distorsión.

La reflexión llega con la certeza del desorden, del nulo entendimiento, de la realidad sorprendente y triturada hasta quedar reducida a papeles inútiles que el viento reparte a su antojo. De la acción, la reacción; de la letra, la canción; del mensaje, la instrucción.

“Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha” Miguel de Unamuno.

Las razones se desconocen, siempre acechantes en el universo de la incertidumbre. La lucha termina siendo silenciosa; contra el enemigo sin lengua, el soldadito de plomo inmóvil en esa estantería, entre rastrero y ruin al ser un mero espectador. El gran escenario cotidiano sube de nuevo su pesado telón; la función está servida en el plato frío de la indiferencia, las fuerzas gastadas inútilmente, los ojos enrojecidos por las lágrimas estériles, la frustración y la ira contenidas por el amor propio.

Las guerras no las ganan los valientes. Los valientes caen como héroes, en el campo de batalla yermo y sombrío, entre olvidados y malheridos por la historia. Los que vencen, ganan la mano al futuro cruel, son ensalzados por la memoria, amados por la piedra de estatua. Los hay que dan su vida por sus convicciones; los hay que se aprovechan de los renglones torcidos en el amanecer de los diamantes.

Amable destino para la dureza del diamante. Cortante como la persuasión seductora de las mentiras a medias, hiriente como los puntos suspensivos que dejan la acción al azar.

Así llega la hora de la belleza, en la convicción de la verdad sobre la paz, aterida de frío en el frente cubierto de invierno helador y cercano, en las horas bajas de los rescoldos de alegría, en las medias sonrisas de luna. Sea la fuerza de espíritu sobre la presión de las justificaciones innecesarias. Sean las palabras lanzadas contra el rostro sobre la cobardía de los cuchillos por la espalda. Sea vencer y convencer. Sea.

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Nocturno

Nocturno. Desangelado amor por el sueño de madrugada y el café de invierno. De cómo estableces la estrategia de no cruzar miradas indiscretas y, a la vez, encontrarte odiando tu curiosidad por comprender qué hay más allá de los pasajeros del tren exhausto. Historias que se unen, lazos que se separan, tristezas que se templan con la bufanda reconfortante del consuelo, alegrías que vuelan a la velocidad del viento y rugen como el huracán.

El asiento de plástico grisáceo, las piernas cruzadas bajo el libro en blanco que espera tímido a ser escrito, que se presta a la pasión y al resentimiento. Fino perfume en el aire viciado, apuntes para esa asignatura, trajes idénticos y corbatas de colores, maletines de ejecutivo agresivo conquistando el andén, prisas de nuevo, caras que se vuelven familiares tras la rutina.

Nocturno. A menudo me pregunto cómo la noche puede arrojarnos la solución a esas ecuaciones imposibles. El rubor de la lluvia llega hasta esas hojas laxas que se caen por el otoño, cadavéricas, fragmentadas, desoladas. A menudo me respondo con el paso del tiempo, sincronizado con la inspiración y la nueva percepción de la realidad adulterada. La lluvia vuelve a mojar ese suelo empapado del alquitrán del daño.

Los túneles interminables por los que el tren surca el averno se alejan del corazón de la manzana podrida. Ni Adán, ni Eva. El conflicto nos arroja muchas veces a una realidad aumentada que aunque nos envilece, nos hace fuertes. Y puede que sea la noche, la cercanía del alba, la promesa del mañana o la sonrisa tímida contra el cristal. Y es el movimiento del mundo mudo, las cortinas que dejan pasar ese rayo de sol, las llamadas a cualquier hora y la visitas inesperadas que esperabas encontrar en la contradicción.

Nocturno. El tren se detiene lentamente; es el cansancio. Dormía en el acero y soñaba en el surrealismo. El mundo cambiante, el amor de vaivén, la perspectiva del artista de sentimientos, la carrera contrarreloj, los días dispersos.

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Suburbios de la vida

La reflexión del sol sobre las baldosas que contienen la sombra alargada fugitiva del cuerpo en movimiento aparente. Juego de luces y sombras, de extraños secretos desdibujados en esa acuarela descolorida por el marchito ayer, el inexpresivo presente y el vacío quizás.

Expresa el desconocido con sus miradas inquisitivas y sus pensamientos incesantes la necesidad de juzgar lo que sus ojos miopes observan. La realidad no se impone si nos encontramos al otro lado del espejo, en el simple reflejo, en el país de las maravillas bajo la atenta pupila de un Lewis Carroll particular, escribiendo y procesando lo que sus personajes deshechos demuestran.

Los suburbios de la vida nos muestran esa línea temporal que parece no terminarse. Los hechos se agolpan en ese hilo fino tendido sobre el vacío de la inexistencia. Sin embargo, parece como si los hechos dieran ese salto a contrarreloj repitiéndose infinitas veces, escapando del olvido, disfrazándose con otra máscara pero manteniendo la esencia de esa caverna que no ha visto la luz, los ojos entreabiertos, el destello fulminante, la pérdida del conocimiento y, por último, la desviación del rumbo o el intento por construir uno nuevo.

Preguntarse el porqué está de más. O de menos. Cuando algo excepcional se convierte en costumbre, cuando algo insignificante se vuelve enorme. Esperar el momento oportuno pasa por el filtro de la locura, de la temeridad. La velocidad termina por describir una curva cerrada sin visibilidad en la que derrapa la racionalidad, tiembla el pulso a la elección, somete a la libertad de ejecutar a las palabras hirientes y afiladas como cuchillos. Al final, no hay momento. Por delante quedan horas vacías de cargas adquiridas.

Las respuestas son a la carta. Al azar como en esa partida de póquer irreal con naipes inexistentes, sin picas ni corazones, de papel cortante pero invisible. El lazo que une al sueño con la oportunidad reaparece como si fuera premeditado. Pero la vida en los suburbios no describe una línea recta siempre, el hilo es demasiado fácil de cortar a veces y, pese a que los hechos se repiten, siempre son distintos.

Oscuridad en los barrios de extrarradio con luces y sombras desconocidas, lejos de la urbe iluminada, caminando por los suburbios de la vida, quitándole peso al equipaje.

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El movimiento

El movimiento en el correr del tiempo y el envejecer del espacio. La acción congelada, la musa encerrada en esa botella de cristal con destino ese náufrago perdido en la isla de la soledad, contra viento y marea, sereno y distante en su mundo interior.

Movimiento en espontaneidad de expresar una idea en voz alta, moldearla en la lengua y arrojarla a ese precipicio al que se dirigen los suicidas de pensamientos, los genios de embeleso y las ninfas de la creatividad. Dependencia entre ser y parecer; la progresión de ese acorde en la cadencia dominante, la voz quebrada que se hace fuerte, el vuelo hacia ninguna parte que termina suspirando al tocar tierra firme.

Esas notas juguetonas del piano saltando como gotas de agua en el amanecer de rocío y escarcha, las cortinas meciéndose con el viento cada vez más frío en un invierno próximo, las hojas crujiendo contra el ladrillo desgastado por las pisadas, la alegría de los pies danzantes de quien levita por las estaciones y mira siempre hacia delante.

Calma, tormenta, tempestad… Resaca de paz, mentira, guerra, olvido y vuelta a empezar. Vivimos en el círculo vicioso de la repetición mientras los salmones luchan a contracorriente para llegar a la cabecera de los ríos. Pasan adversidades, descubren su valor, huyen de la parsimonia del remanso hueco y vacío, luchan contra la fuerza del agua desgarradora y terrible y, finalmente, coronan sus sueños, descansan sus cuerpos y fortalecen sus mentes viajeras de miel de saber.

Debajo del puente descansan los restos del naufragio, los cartones con cuerpos extraviados que el agua furiosa ha dejado. En la acera fría el perro negro vela guardián la pesadilla de telaraña y desconcierto, de marginalidad. En la mesa vacía de la cocina desvencijada los ojos dueños de esos dedos delgados buscan alimento. Encima de la hojalata distraída ese cuchillo busca saldar su cuenta. Enfrente de la marquesina del autobús para ese coche negro que contiene decisiones y justicia, mientras otro automóvil de sirenas lleva la corrupción y la mala vena tatuado.

Cierto instante, momento en el que el espacio sereno despliega su infierno o su magia de delicada brisa marina, dulzura de espejo de sol, ira y dolor, tiempo de suspense o reacción, acción.

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