Declaración de intenciones

Me rindo. Me rindo a los encantos de los países que nos seducen con la paz cuando, precisamente, las misiones que llevan a cabo para buscarla no son otras que las de invadir otros países y crear la guerra. Me rindo a la evidencia de que nuestro corazón se encuentra parado y no reacciona, ablandado por un discurso buenista y un diálogo imposible.

La guerra ni se crea, ni se destruye; se transforma. Fue Vietnam, Líbano, Bosnia, Yugoslavia,  Afganistán o Iraq. Ahora, Siria. La actuación siempre obedece a intereses, a controlar a parte de la población mundial, a manipular la historia con sus personajes buenos y malos, a camuflar la garra del sometimiento y coartar la libertad que, ciertamente, ya no existe. El tiempo de las batallas nobles y loables, en las que sólo actuaba el valor del ser humano armado únicamente con su espada para la defensa de su nación, quedó en el olvido. Ahora las triquiñuelas son, ni más ni menos, la utilización de otros países como escenario donde librar la batalla, tensando la cuerda en un tira y afloja, alcanzando acuerdos favorables para los señores de la guerra, pero diezmando a la población local.

La carta de presentación del mundo actual podría firmarse con unas pocas palabras: en guerra. El discurso que se pretende desde ciertos sectores, el diálogo, es la más alocada estrategia. Nuestros enemigos avanzan, no tienen miedo, no conocen el idioma del entendimiento o el convencimiento, no pretenden cambiar y el débil discurso de paz que nuestros labios pueden pronunciar, no son sino palabras banales. No recordamos el valor, hemos olvidado la historia y, lo peor, cuando ésta es olvidada no sólo se tiende a repetir, sino que ésta se convierte en farsa. La farsa de cómo Europa tiembla todos los días ante la amenaza, permanece quieta y escondida en su sillón de cuero mientras otros juegan con su identidad, a la espera de que el hermano mayor llegue desde el otro lado del charco a protegernos.

Repetiré y reiteraré, me rindo. Me rindo a las conciencias absorbidas por el sistema que ha hecho bien su trabajo robándonos lo único que era nuestro: el pensamiento crítico. Parafraseando a Kant, “Ser es hacer” y el Ser, no es otro que el personaje de Platón que salió de la cueva oscura y tenebrosa y vio luz, se cuestionó lo que sus ojos débiles miraban sin ver y alcanzó al sol en sus aspiraciones por entender, comprender y, después, hacer.

La acción debería mover nuestros brazos paralizados por la inacción. Se ha derramado demasiada tinta, se han desperdiciado titulares, se ha establecido la confusión y la tempestad. La vorágine de desidia ha creado un nuevo orden: el desorden. El desorden ha marcado a este mundo globalizado en el último siglo. Las declaraciones de intenciones deberían ser sinónimo de contundencia, de realidad, de carácter y actitud.

Como el grito sin voz, el olvido sin memoria, el amigo traidor, el destino sin cartas, las estrellas sin luz.

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Melodías de vaivén

Tiembla la aurora. Tiemblan las hojas miedosas de los árboles abandonados al viento. Tiemblan de frío los amantes pasajeros, los balcones sin sus espías apostados, los cientos de pares de ojos prejuzgando al desamparo, soledad y desarraigo, los señores de sombrero en la marquesina del autobús en fuga.

Frío en las mejillas sin rubor, en los ojos indiferentes. Las manos entumecidas escribiendo sin parar, los oídos atentos a cualquier cambio, los pies dispuestos para una carrera contrarreloj. Las idas y venidas, el vaivén de sensaciones, la tierra cambia, el cielo azul límpido, los inviernos largos, el tiempo eterno.

Regresan las musas, amanecen escarcha. Regresan para socorrer al genio loco que desvaría en su piano desvencijado; al solitario ser raído por la compasión, pero inmortalizado por su poder. El poder del sentimiento, del despertar del sueño y amanecer realidad, de la obra inacabada que espera inquieta la mano que le vuelva a otorgar la vida.

Vuelve la música, regresa el alma. Tañe la campana, comienza un nuevo día. Repara los daños, nos hace más fuertes, regala valor y arroja luz.

Marchan los soldados con sus pasos coordinados; se oye el eco de su retumbar en el suelo. Suenan las sirenas de esa ambulancia y el claxon de ese coche nervioso; retuercen la tranquilidad del silencio en la melodía que sigue y no detiene su tempo. Estallan las bombas, llegan los disparos; la armonía se desdibuja en el nerviosismo y alcanza su punto álgido en el forte. Cierran las ventanas, esperan impacientes, el televisor encendido; vuelven los silencios, el sonido se esfuma. También la nada.

Escucha el viento, trae recuerdos. Retazos de olvido y fragmentos de hechos. El cielo más cerca del infierno que nunca, el puzzle incompleto, el acorde deshecho, Oriente y Occidente, tensión o suerte.

La música hace temblar el hormigón, los corazones palpitantes, las manos crueles y los engaños. La banda sonora de nuestra historia en el correr de los siglos, las centurias, los milenios. Siempre.

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La cita con el destino

“Ninguna nación podrá emitir un juicio si antes no es capaz de juzgarse a sí misma. Pero a esta posición tan ventajosa suele llegar muy tarde” Johann Wolfgang von Goethe.

La psicosis repentina del mundo que parecía empachado de sus quehaceres baladíes, rendía cuentas ante el caos que parecía haberse apoderado de la sociedad frágil occidental.

La crisis de identidad, el desconocimiento de la verdadera amenaza y la inesperada guerra que parecía haber surgido de la nada, catapultaba vehementemente a la indecisión y al miedo de quien se sabe débil y sin valor.

Los que luchan, los que pierden o ganan. Pierden la vida por sus ideales y ganan la gloria por su servicio a la patria. Desgraciadamente, indefensos en el fragor de una guerra alimentada por la manipulación y la mentira, por los opuestos que acaban siendo iguales en esencia y en actuación; poderosos gigantes de acero escondidos tras el arma del buenismo y del diálogo imposible.

Estamos en guerra. No lo dicen los titulares sonoros de los periódicos, ni las televisiones encendidas de histeria e incomunicación. No se expresa con la suficiente claridad la palabra con la que el ser humano ha fabricado su historia.

Morimos a cada segundo, pero no por París, o por cada ciudad de Siria, o por Beirut. Morimos por la indiferencia, por la incertidumbre que no nos atrevemos a despejar, por el temor que se extiende entre nosotros y nos lleva a la depresión afilada de la desidia, el recogimiento y, finalmente, el sometimiento.

El metro, el autobús, un avión en el cielo, un edificio emblemático o un partido de fútbol. Nuestros enemigos no son esas mentes absorbidas por esa religión por la que creen morir y matar, ni por su instinto de conquistar nuestras raíces y borrarlas para siempre. Nuestros enemigos somos nosotros mismos, sin patria ni bandera, sin esperanza ni valor.

Las palabras son fáciles, juegan con nuestra cordura y destierran nuestras ideas con la convicción. Las palabras nos violentan, como imágenes de la barbarie o la desolación, como mensajes superfluos o diálogos imposibles con los causantes del terror.

Somos entes disolutos en la nación aniquilada perteneciente a ese viejo continente destruido y anegado por las lágrimas de la desesperanza. Somos seres sin memoria, sin presente, sin anhelo de tiempo futuro de la mano de la verdad y la búsqueda de libertad.

Juzguémonos a nosotros mismos. Volvemos a llegar tarde a la cita con nuestro destino.

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Europa, despierta

Encierra el silencio el grito más fuerte, acallado por el miedo, por la inacción resistente. El tiempo se deja, aullido estridente que sacude la Ciudad de la Luz, llega y vuela por el resto del continente.

La patria unida, pero la patria débil. El sangriento estandarte de la tiranía está ya levantado contra nosotros. “La Marsellesa” se entona triste y solemne. La tierra de la revolución, de la libertad y los sueños, se tornó en pesadilla, destierro.

“Reza por París”, “Je suis Charlie”. Ríos de tinta aniquilada, mensajes para alentar almas atemorizadas, pero no para acabar con la amenaza. Tiene que ocurrir en nuestra burbuja, tenemos que oler la barbarie y sentirla cerca para que nuestros ojos ciegos vean, para que nuestras entrañas vacías se rebelen contra el cuerpo laxo e insensible.

Europa despierta, los muertos no vuelven. Pesan demasiado en el orgullo, desatan una nueva voz.

Pero los fanáticos, extremistas, radicales religiosos del Estado Islámico, no duermen ni descansan. No sólo hirieron Francia, sino que ya masacraron a la Siria olvidada. Agazapados, esperando el momento justo, se transmiten como una epidemia por las redes de sus tentáculos, creando enemigos invisibles en cada nación conocida.

Europa, despierta. No reces, actúa. No desesperes, lucha. Pues no hay nada peor que un animal malherido que sufre y muere de dolor, desangrándose por el ataque, cegado por la rabia y la pérdida de razón. Así perseguimos enemigos equivocados, buscamos en la tierra que no da alimento, caminamos hacia el desierto del suicidio, la pérdida de la identidad, el desarraigo y el desapego de la tierra que nos fue entregada y ahora se nos arrebata poco a poco.

Insomnio en la noche más larga y más oscura. Los inocentes salpican los titulares de la prensa, pero se olvidan de que las víctimas no son solo occidentales. La barbarie ya no tiene límites, la realidad golpea cada día traduciéndose en centenares de almas que no regresarán, La inacción del viejo continente adormecido no tiene límites.

Ninguno de nosotros tiene ya un hogar, ya no. Este mundo nos ha alimentado de manipulación y de verdades a medias que se han convertido en verdades absolutas. Nuestra supervivencia requiere coraje. La libertad ha sido y es la salmodia más necia de nuestra civilización; los que se han visto privados de ella, son los que tienen una mínima idea de lo que significa.

“Nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo” Johann Wolfgang von Goethe.

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Emociona

Escucho los latidos que llegan desde el centro del alma en penumbra y dichosa soledad. La piel se estremece en un sinfín de pequeños escalofríos que reinventan la carne entusiasmada plasmada en la gran obra maestra de la emoción. El universo se congela en los ojos de canela con sus pupilas dilatadas por la sorpresa, por el miedo, por el sentir, por el vivir, qué se yo. Contengo la respiración en ese último instante; un salto al vacío, una decisión precipitada, una invitación a ese baile con la suerte cambiante, una promesa vana, una ansiedad tardía, la agonía ante la encarnizada lucha entre lo que se busca y lo que realmente se encuentra.

Oigo el viento en las hojas secas de otoño que comienzan a dar la bienvenida al invierno largo y cobarde. Oigo los recuerdos del aire contra las briznas de hierba del campo en primavera. Oigo la tierra, los pájaros, la nada. Oigo las melodías del tiempo que se antojan cambiantes.

Perecen las inquinas en el suelo de dura piedra, en las esquinas de oda a la valentía y a la humanidad a flor de piel. Los ojos se deslizan por el paisaje abrumador de emociones contradictorias en el anulado entendimiento de la jungla de cristal; las manos llenas de tinta terminan de plasmar en el lienzo las palabras de acuarela de trazos desiguales y violentos. Violencia en la sien obtusa del enfado desencadenado por la inacción, por el resentimiento adquirido en la guerra del existir y el ser.

Tal vez la lluvia, lánguida e insistente. Tal vez el infierno en la tierra y el cielo, inexistente. Pero volveríamos a caer en la tentación del escondite cómodo y protector, en declararnos inocentes y confiados. La emoción reside en el riesgo del reloj, en estar  furioso, en definir la lealtad y olvidar al fugitivo; extender aliento, bañar de alegría el canto, amar el daño en su impacto y extasiarse en la belleza de su posible solución.

“Creer que un cielo en un infierno cabe, dar la vida y el alma a un desengaño: esto es amor, quien lo probó lo sabe” Lope de Vega.

El amor guerrero, poderoso, estimulante. El fragor de la tempestad acallado por las estrellas silenciosas unidas en el viaje hacia la victoria.

Las estrellas nos guardan, pues de ellas nacimos. Emociona la música de la rebelión latiendo al compás de la fuerza que solo la dificultad pudo darte. Emociona el hermetismo, la incomprensión, el frío en las facciones cinceladas en mármol. Emocionan las palabras que se transforman en hechos, los sueños que se vuelven realidad y la tinta que va acompañada de la espada.

Emociona.

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Utilitarismo de subsuelo

Ese cenagal oscuro e impío con presencias indeseadas en la desolada cloaca, las ánimas agitadas por el terror de los seres desconocidos de ávida mordida y anulada compasión, la humedad en el hueco que antes ocupaba el alma pasto del moho parásito de la ilusión.

Justifica las acciones injustificables, relaciona los conceptos de ética y honradez con tus pensamientos y tu saber hacer. Ordena tus ideas y conviértelas en tus metas y tus mayores logros. No sueñes despierto; vive despierto y hazlo realidad. Compara tu amor por la utopía con la verdad del día a día; esa que se ve alumbrada por las miles de luces de coches adormecidos en la madrugada, esa por la que tú luchas y por la que otros pasan sin pena ni gloria. Memoriza el momento en que te das cuenta que has terminado de salir de la gran burbuja de cristal y ves, por fin, el mundo exterior. Aprende que tus metas son solamente tuyas, que a nadie importan. Tú y solo tú eres dueño de esa línea por la que haces equilibrios y que te amenaza con la caída.

Por las tuberías se deslizan las malintencionadas ratas. Roban alimento, escarban con furia entre el hormigón deshecho y esperan en la oscuridad el momento oportuno para salir y aprovecharse de algún ser indefenso o descuidado.

No te mires en el espejo distorsionado por la falta de ilusión o la bajeza de la vagancia por la que muchos optan y, en la que se escudan para evitar que el mundo siga girando o que, al menos, aminore progresivamente su ritmo hasta llegar a la desaceleración. Rectifica el rumbo si te rodeas de entes tóxicos que nublan tu entendimiento con ira; regodéate en la ironía y ríete del naufragio, de tu caída.

En todas las alcantarillas de la gran ciudad hay un mundo oculto que pugna por salir al invierno de las calles adoquinadas. Los malos olores del verano, las inundaciones tras las sequías que las hacen rebosar, las rendijas por las que se te caen unos céntimos o que, directamente, te hacen tropezar.

Las ratas son seres utilitaristas. Anteponen la supervivencia a la contemplación del más allá. Comen, beben, se reproducen y mueren habiendo dejado su legado a otros moradores de las tuberías. No se cuestionan las metas, ni los logros, ni la importancia de avanzar.

Como las ratas en el subsuelo, hay habitantes de la superficie que se comportan como tales. Se mueven a razón del beneficio que puedan sacar sin pensar en qué pueden destruir; se alimentan de vidas ajenas y de espejismos que incitan al odio. El cobarde sentido práctico de la existencia arrinconando a las ganas de provocar movimiento y esperar la próxima marea. Lo útil gana.

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El último viaje

La tinta en la piedra pulida del mármol inmortal a las inclemencias del tiempo, las letras abandonadas como en una canción por componer; atrás quedan los ojos empañados o la sorpresa al encontrarse perdido en la tierra que se alimenta precisamente de eso, del tiempo y del vivir.

El tiempo que nos sobra, que nos resta. Morimos a cada momento con decisiones desacertadas, a cada minuto con el arrepentimiento tras la acción inacabada o deshecha. A veces, sentimos tanto miedo de vivir que nuestra existencia se convierte en una tumba abierta en cualquier campo solitario. La angustia oprime; las decepciones, también. Pero nos enamoramos del camino que se antoja difícil y nos enseña a escribir nuestra propia razón de existir.

Precisamente, la existencia de las plantas florecientes no es sino el decaimiento de otras que han abonado la tierra con sus pétalos de ternura y su aliento de amor. Nuestras pequeñas estrellas titilantes en el firmamento así nos lo confirman, con su presencia y su brillo en el último hálito de su vida milenaria.

Somos polvo de estrella inspirado en las mejores historias, en el pasado incorruptible y el futuro inquebrantable. Sin retorno es el sendero hacia la nada, el no existir en cuerpo y el recuerdo en alma. Y muchas hojas han caído de ese árbol anciano que muchos inviernos ha observado; desde el fragor de la batalla a la liberación, la esperanza de libertad y el duro trabajo por seguir adelante. Los otoños dorados crecen en las memorias que guardan instantes congelados.

Despiertan los aciagos días, pero nunca durmieron las luciérnagas en las noches de verano iluminándonos con su luz.

Las manos sabias de cuentos fantásticos y arrugas de sal. El mar en calma expectante. El entendimiento sin libro de instrucciones, el hilo sin fin roto y despechado. Fundido en negro. Flores en la piedra. El barco en la otra orilla.

Los desconocidos, desdibujados por el reloj. Los héroes en su mausoleo de nubes y brumas de azul. Nuestros ojos oteando el horizonte en busca de ese último rayo de sol.

El último viaje, la última puerta hacia la eternidad.

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