La sonrisa de Ángela

Sonreía, se reía mientras personas desdibujadas a su alrededor seguían su camino; era joven y pretendía ser feliz. Toda la vida por delante contada en billones de minutos repartidos en instantes de sol, en noches llenas de amor y desamor, en batallas perdidas contra el viento, tal vez el tiempo… Veía el cielo plomizo bajo los cables negros eléctricos, sus pensamientos en el nuevo año sin daño, la emoción en los ojos azules de mar mientras brindaban en la acera de esa ciudad alemana que les había visto crecer.

Se llamaba Ángela, o así acudía su nombre en mi imaginación. Así se llaman todas esas mujeres que sufrieron el peor de los daños en numerosas ciudades alemanas en esa noche de fin de año, aunque podrían ser muchas más en países europeos vecinos. Sin motivo alguno, simples víctimas. No eran partícipes de ninguna provocación o cómplices de su propia desgracia. Eran libres o creían serlo; sin embargo, terminarían por caer prisioneras dentro de la jaula construida por políticas incontrolables.

Ángela corría. Corría para perder a sus captores. Era un grupo de hombres que se habían acercado hasta donde ella y su amiga estaban, viéndose cada vez más y más rodeadas. Huyeron en direcciones opuestas, sin volver la vista atrás. Un callejón, oscuro y maloliente, sin salida. Ángela quería gritar pero el sonido no salía de su garganta. Ángela sabía qué iba a ocurrir a continuación y sólo quería morirse allí en la acera, desaparecer.

Acusar a las víctimas de su predisposición a ser ultrajadas, humilladas, violadas y despojadas de su dignidad sólo explica en la clase de sociedad y de mundo en el que vivimos. Las políticas migratorias europeas son un fracaso y no puede -ni debe decirse- de otro modo. Los refugiados que han entrado en nuestras fronteras se cuentan por millones y el crecimiento es exponencial. Estigmatizar a toda la población de refugiados tras los últimos sucesos de abusos sexuales no saldrá de mi pluma, pues no tienen por qué ser todos iguales. Sin embargo, de mi tinta no saldrá tampoco que las fronteras deben estar abiertas permanentemente para todos porque es una situación insostenible.

Nos hicieron creer que todos éramos iguales, cuando ellos en su inmensa mayoría no quieren ser como nosotros ni integrarse en nuestra sociedad como cualquier otro emigrante en busca de una vida mejor. Diferente cultura, diferentes leyes y una religión destructiva cuyo mensaje dista de la concordia y la paz. Nos hicieron pensar que teníamos que adaptarnos a lo que nos tocaba vivir cediendo en nuestra forma de vida, nuestras costumbres, nuestras tradiciones. Nos hicieron perder el norte, colgamos pancartas en nuestros edificios prometiendo lo imposible. Sólo hemos conseguido ser y parecer más débiles, dejar de defendernos por el bien común y permanecer ciegos ante la que se antoja y muchos han descrito como la gran ola de extremismo religioso que sacudirá Europa y hará temblar sus cimientos hasta hacerla desaparecer.

Ángela vuelve. Vuelve al mundo real, aniquilada y destrozada, rota su alma y en sus mejillas blancas sin color se perfila otro amanecer más. Ángela tiene toda su vida por delante, pero siente que ésta se le ha escapado entre los dedos frágiles de sus manos. Camina lentamente por esa calle que parece vacía en una ciudad cualquiera de Alemania a una hora indefinida. Parece que el cielo plomizo persiste como sus pensamientos inconexos ante una realidad difícil de digerir. No se siente libre, no se siente dueña de sí misma; se siente llena de asco y sentimientos contradictorios.

Bienvenidos a una Europa de caos donde el día a día ha cambiado. La realidad es protagonista de vídeos, de artículos en periódicos y de los telediarios en cada cadena de televisión. Las imágenes que se difunden en la gran red son sórdidas y la palabra “Colonia” se asocia en cualquier buscador a “violaciones”, “abusos sexuales”, “refugiados”, “políticas migratorias” y “extremismo religioso”, en lugar de establecerla como “la cuarta capital más grande de Alemania” o como “la más poblada dentro del Estado federado de Renania del Norte-Westfalia”. ¿De verdad queremos una Europa sin control, una Europa cuya identidad va diluyéndose poco a poco?

Ángela sueña en la noche con los ojos abiertos, pues no puede dormir. Ángela piensa en su sonrisa perdida, en las calles que le vieron sonreír. 

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La templanza

Loca e inestable se mueve la aguja, una y otra vez, dentro de la esfera de cristal y termina por mirar hacia el norte. La brújula pasa de mano en mano entre la insensatez y la calma que produce el desconocimiento del rumbo. La estrella polar hace acto de presencia en el difuminado cielo estrellado en una noche muy oscura.

La copa llena del néctar rojo tan preciado que se derrama sobre la blancura del mantel. El líquido devora la tela sin arrepentimiento, juega con ella antes del golpe final. No estaban las huellas de esos labios, ni siquiera quedaba su recuerdo. La ruleta de la fortuna se debate entre la vida y la muerte, pues la mano temeraria dejó el azar por alcanzar la certeza. Ni rojo, ni negro, ni veintiuno blackjack.

Extraño equilibrio el de los astros en el universo, con sus esperanzas por acercarse más hacia sus semejantes y, a la vez, huir hasta la ruptura del espacio-tiempo, hasta la expansión de lo otrora desconocido. Extraño equilibrio el de las palabras que pugnan por saltar de las bocas indiscretas o, simplemente, atrevidas para acabar muriendo sin haber nacido, ni encendido la llama de la curiosidad.

Como un muelle que vuelve si lo estiras, causa y efecto, como la luna que deja paso al sol en el amanecer, como la mano que busca abrigo en el invierno y encuentra una deliciosa ternura. Alentados por un sueño, agredidos por el infierno destronado que ahora persigue a las almas débiles, violentados ante el reconocimiento de esa inexistente paz de la que sólo queda un resquicio en nuestro interior.

De las brumas y tinieblas, en el mar bravío y extraño, el faro es nuestro mayor aliado. Afina sus cuerdas el lejano eco del violín, se tensa la melodía entre la realidad y la apariencia. Abre la boca y el grito no sale al encuentro mientras sus manos se contraen entre el enfado y la desesperación de haber perdido la voz.

Templanza. El difícil equilibrio entre la atracción de los deseos y el dominio de la voluntad sobre los instintos. La milimétrica precisión de nuestro ritmo que se debate entre el moderato y el allegro, entre los ojos que quieren observar o siquiera vislumbrar pequeños detalles y destellos del alba.

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Tachar y rectificar

“Quien controla el pasado, controla el futuro. Quien controla el presente, controla el pasado” George Orwell en “1984”.

Como Roma con sus piedras en el muro unidas entre sí por el diseño y ese cemento romano tan poderoso y peculiar, alegoría de las distintas partes del Imperio Romano que  estaban delimitadas en una entidad monolítica por medios físicos, organizativos y psicológicos.

Como Roma debía a Grecia el legado que más adelante le haría tocar el cielo y llegar hasta territorios inimaginables. Los griegos, cultos y sabios, como punto de inicio de la filosofía y la ciencia.

Las piedras griegas y romanas nos dejaron en herencia el recuerdo, la construcción de unas civilizaciones, el asentamiento de una cultura y unas tradiciones que llegarían a nuestros antepasados. Arena, polvo, argamasa y piedra; cimientos de un mañana fabricado de ingenio y sudor, de lucha y defensa, de amor y respeto por sus gentes.

De los griegos y romanos llegamos a nuestros días. Viaje veloz en el tiempo, pero lento el inescrutable mañana con sus interrogantes imposibles. Las píldoras del ingenio, o acaso la curiosidad en el ocaso de los atardeceres que jamás volverán. Se destruyen los muros, se abandonan las piedras y se venden al mejor postor, se esconden sus orígenes y, al final, el olvido y la desmemoria hacen su papel.

¿Qué pasaría si cayeran nuestras piedras? ¿Cuál sería el resultado de perder las huellas de nuestros pasos en los ecos de la eternidad? ¿Dejaríamos de existir en nuestro vasto territorio?

“Hasta que no tengan consciencia de su fuerza, no se rebelarán, y hasta después de haberse rebelado, no serán conscientes. Éste es el problema” George Orwell en “1984”.

Tenemos las manos, aunque vacías y desarmadas. Tenemos la posibilidad de encontrarnos con la realidad, pero preferimos rehusar de ella. Tenemos el concepto de libertad como concepto supremo, pero no somos libres si nuestra ortodoxia es la inconsciencia.

El amanecer llega a la trinchera. Las palabras se encuentran vacías e innecesarias cuando las imágenes penetran en la retina y hablan por sí solas. Queremos despertar del sueño y no podemos. ¿Demasiado tarde? Demasiado. Tarde en el abrasador fuego de la impotencia,  pancartas hipócritas, banderas ajadas.

Queda lugar para el miedo disfrazado de autocompasión, para la risa que se torna en llanto, para los que persiguen a los que dicen la verdad porque les duele escucharla, para el mundo caótico que persigue enemigos equivocados y termina por creer sainetes.

“¿Empiezas a ver qué clase de mundo estamos creando? Es lo contrario, exactamente lo contrario de esas estúpidas utopías hedonistas que imaginaron los antiguos reformadores. Un mundo de miedo, de ración y de tormento, un mundo de pisotear y ser pisoteado, un mundo que se hará cada día más despiadado. El progreso de nuestro mundo será la consecución de más dolor. Las antiguas civilizaciones sostenían basarse en el amor o en la justicia. La nuestra se funda en el odio. En nuestro mundo no habrá más emociones que el miedo, la rabia, el triunfo y el autorrebajamiento, todo lo demás lo destruiremos, todo” George Orwell en “1984”.

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Claroscuro

Es curioso cómo las sombras juegan plácidamente en la penumbra de la noche noctámbula del mundo inmerso en sus guerras escondidas. Bailan atrevidas, pero terminan escapando forajidas como almas perdidas por la tierra vasta y anegada por la necesidad de huir sin volver la vista atrás. Aparentemente, tienen miedo; nada más lejos de la realidad.

A veces la realidad supera a la ficción. Entonces hasta la más inocente de las pesadillas llega a encontrarse con nosotros por casualidad y sin avisar. Son sombras porque hay luz, pero llegaron para acabar con cualquier resquicio de magia a medianoche y cualquier sueño de madrugada.

Viviendo en el submundo, hasta el propio Hades quiso huir de la barbarie llevada a cabo por esos despreciables humanos que se situaban en el claroscuro de esa pintura grotesca. Así llegamos a nuestros días; esos de horas extraordinariamente largas y compuestas realmente por pequeños suspiros de alivio o angustia.

Mientras la arena del reloj caía en su lenta cadencia, las hojas de los árboles derribados se incendiaban. Era el fuego de la guerra que había terminado por cercar todo país conocido. Sin embargo, desde las sombras se camuflaba el enemigo disfrazado de víctima.

En la oscuridad de la noche, se observaba en el transcurso de la historia cómo ese país había terminado por invadir el territorio del país vecino jamás reconocido y asediado en pleno siglo XXI. Mientras, al otro lado del charco, se jugaba la partida de ajedrez más larga que había sobrevivido hasta nuestro presente. En Oriente Medio, el fanatismo se había transformado en sed de conquista, pero había mucho más en juego. Caos por doquier, órdenes contradictorias, luces apagadas para siempre con el poder de las balas o las bombas, palabras encriptadas en binario y enigmas resueltos por mentes brillantes para demostrar el alcance de la realidad.

Ciertamente, no sabemos nada. Queremos creer que no somos meros títeres , que sabemos y comprendemos todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Nada más lejos de la realidad; esa que ha terminado por superar a la ficción.

Claroscuro. Claroscuro en el cuadro colgado ante nuestros ojos, con personajes alumbrados y fácilmente reconocibles. Pero hay sombras, rostros en penumbra y manos escondidas que tal vez den órdenes. Claroscuro en la vida, en nuestro mundo por descubrir.

EnelTEA

Seremos arte

Misterio. Colores, luces y sombras. Tonalidades ambiguas que muestran la pretensión en la intención de esas grandes pinceladas de realidad mezcladas en la honorable cabeza de un dulce loco o un amargado genio. Trazos que se encuentran entre sí en el cruce de caminos de la pintura soñadora en su deambular por lo absurdo o, simplemente, en la realidad fabricada de sensaciones imposibles de describir con palabras planas y vanas.

Banalidad. En el estúpido mundo de la determinación donde la brillantez de los colores no se percibe y se pierde, donde la cotidianidad despierta cada mañana mientras la luna y el sol se encuentran brevemente en el cielo y se aman. Lo imposible comienza a transformarse en impredecible, apagando su antiguo rumor establecido en lo inalcanzable.

Varias visiones desde la misma perspectiva, desde la atalaya donde contempla la noche el genio mientras el Ródano besa la madera de los barcos errantes. Las estrellas en el firmamento, brillantes y vigilantes; las sombras que se ciernen sobre esa pareja de enamorados iluminados apenas por la pálida y cálida luz de la luna; la ciudad desdibujada que pierde importancia en el naufragio de las emociones contradictorias.

Inquietante visión del amor y el desamor. El amor representado en la timidez de las luces de los astros y el desamor, revivido en la tormenta que llega lentamente y se torna en tempestad, derrochando su furia contra el casco del barco aparentemente fuerte, pero lejos de esa realidad disfrazada y frágil.

El arte es para los sentidos consentidos por esa primera visión idílica que tenemos de la realidad. Después, llega esa segunda visión que va más allá y traspasa las fronteras del lienzo acuchillado por pinceladas de amargura, de locura, de enfado o de pesimismo, de dulzura o amor, de humanidad. El arte es una caja de Pandora, atenazado por la curiosidad de abrirla pero sin predecir sus consecuencias. El arte molesta, hiere sensibilidades, nos engrandece o nos convierte en diminutos seres cuya sola aspiración reside en la destrucción.

“Una noche estuve paseando por la orilla del mar, en la playa desierta. No era alegre ni triste, era hermoso. El cielo, de un azul profundo, estaba salpicado de nubes de un azul más profundo  que el azul base de un cobalto intenso y otras de un azul más claro, como la blancura azulada de las vías lácteas” Vincent Van Gogh.

Seremos arte. Misteriosos. Tan vivos y, a la vez, tan marchitos y decadentes. Genios y locos, sueños de la noche o realidades al despertar. En color o en blanco y negro, impresionista o realista, caóticos. Seremos arte.

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Azul

Sobre la mesa, el desteñido papel en su tinta de lunes. Los periódicos con sus hondos y, a la vez, contradictorios titulares. El infierno del cielo en el amago del viento, en el hielo azulado que quema mejillas y empaña ojos de mar, oscuro sino o, simplemente, inesperado, desesperado y, por último, congelado en lo esperado.

Lo llamaban azul. Surcaba el cielo y lo llenaba con su luz en una absurda epidemia de sensaciones de inmensidad, de océano elevado por el viento y adorado por el arco iris en las tormentas de verano. Pero también era gélido en las mañanas eternas de invierno cuando se agazapaba entre los limpiaparabrisas de los coches helados, hibernando en los tejados acosados por el vértigo y las medias sonrisas de desvelo de las barandillas.

Azul decadente. El que se presenta sin avisar, de puntillas y sin ninguna explicación. El que provoca tormento o rabia, o simplemente se deja deslizar en la taza del café aguado. Residía en los cuerpos anestesiados de holgazanería y en la timidez de la sal en los edificios desvencijados y olvidados de esa calle repleta de actividad entumecida.

Azul oscuro casi negro. Sin matices, sin escalas de grises, sin raciocinio y con la tozudez de quien se cree autor de la única verdad. El que temblaba de miedo era cobarde, el que decía lo que pensaba apenas era un rebelde o un temerario. Y ahora ese azul oscuro se encuentra estrellado y perdido entre constelaciones grandiosas, abandonado y solo, sin nadie que le arrope con sueños.

Lo llamaban azul y lo era. Era cálido y frío, era jazz en la ventana de ese balcón sorprendido por la intensidad de los transeúntes en su deambular. Era perder, pero también ganar. Perder la vida pero ganar la gloria. Perder un tesoro pero ganar un amigo. Perder el alma…eso nunca.

Azules eran las almas que soñaban en una noche de invierno, de madrugada. Me sorprendió en un lunes cualquiera, a una hora inesperada. Éramos nosotros, apagados o en llamas. Éramos eléctricos, intensidad robada.

Azul. Éramos.

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Retratos

Mirando fijamente, hacia un punto perdido en el vacío, sin saber la dirección de esos ojos con sus pensamientos. Sentados, intentando discernir la causa de sus gestos, de su amor y también de su odio, sus anhelos más secretos y sus esperanzas más loables, sus logros a veces convertidos en fracasos con el tiempo, su tiempo convertido en ceniza o en aves de paso que regresan al nido del que salieron para jamás volver.

Juzgamos la determinación de su barbilla, la templanza de los ojos que no se avergüenzan, la firmeza de sus pómulos, la rebeldía en su pelo revuelto o el carisma de su media sonrisa. Juzgamos a todas horas, en cualquier microsegundo que termina por delatarnos o reprendernos duramente por habernos equivocado en una falsa primera impresión.

Somos artistas de los retratos, de los dibujos rápidos que pretenden congelar la esencia de una persona con un solo aleteo de nuestras pestañas insolentes y, a veces, solitarias.

La oscuridad es tenebrosa, la miel dulce y el pomelo amargo. Las drogas, duras; el alcohol, para ahogar penas sin remedio. La luz es cálida o tenue, las pisadas siempre hacia delante, los consejos siempre acertados y el rojo de las mejillas, un rubor molesto que entorpece miradas y sonríe a la vorágine de un instante, de un momento fugaz.

Fugaz como nuestros retratos que se desvanecen en la acera y conquistan farolas. Sin marco ni museo que los acoja, con acierto y error; efímeros y también, duraderos. Traspasan la frontera de la cordura, viven y mueren, confunden las sonrisas verdaderas con las pícaras y forzadas, juegan al despiste, son dueños de ocurrencias o actores en cuentos de ciencia ficción.

Sorprende la voracidad de atrapar pedazos de alma y desgarrarlos de su verdadero dueño. Nadie consiguió plasmar la realidad en un trozo de papel. Las palabras tampoco eran lo suficientemente fuertes como para retener la genialidad, los pensamientos y las ideas. El alma venía de un lejano lugar y había vivido más de la cuenta, mirando a otros ojos, buscando otros héroes y, soñando con otros instantes demasiado cortos que se antojaban eternos.

“El alma es aquello por lo que vivimos, sentimos y pensamos “ Aristóteles.

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