Se cosecha lo que se siembra

Cuando el hielo se funde y sólo queda un charco de agua que recuerda ese estado de congelación en el que estabas cautivo, cuando tus dedos se desentumecen y sienten ese hormigueo que recorre tus yemas, cuando el único indicio de la hecatombe se refleja brevemente en el fondo de tus ojos cuando te descuidas, cuando la cercanía es el mejor aliado para quitarte esa máscara que había cubierto tu rostro demasiado tiempo, cuando el tiempo deja de correr pues lo único que quieres contar es tu historia y seguir escribiendo cada día hasta la última página.

Entonces, ese vidrio que atrapaba la luz y la dejaba pasar mientras hacía las veces de vaso, se llenó. No era cuestionable el vaso medio lleno, pues lo único destacable era tu intención de exprimir hasta la última gota de ese limón ácido que te endulzaba los labios. La vida misma, la cotidianidad de los optimistas, de los que no se abandonan y prefieren no renunciar a la realidad a sabiendas de que no les termina de gustar, pero porque saben que pueden cambiarla de algún modo.

No seremos dueños de nosotros y nuestro destino, estaremos ciertamente condicionados por entes que intentan movernos como vulgares marionetas pero, sin embargo, nos hicimos esclavos de nuestras ideas en cada palabra que replicábamos de nuestra boca. Cada acorde de libertad era sólo nuestro, para compartir, para emocionar, para transmitir y, tal vez, unir o, al menos, provocar dolor de cabeza en esas mentes vagas, vanas, lejanas.

El impacto del meteorito sobre la superficie se había silenciado sobremanera; nuestra respiración era, simplemente, más evidente. La vida corriendo por las venas y arterias y despertando ese cuerpo dormido y suspendido en el letargo infernal, invernal. La reinvención venía de la mano del genio desconocido que había terminado por encontrarse a sí mismo mientras paladeaba el triunfo, la victoria. Ésta no era el fin, sólo el principio para seguir soñando.

Se cosecha lo que se siembra. Las buenas sensaciones regresan cuando la tormenta perfecta amaina, cuando el tornado ha movido los cimientos de la casa y se ha llevado el tejado consigo. Yo, mi, me, conmigo, contigo. Hay veces que debemos ser nombre propio y obviar los pronombres personales, pues queda difusa la identidad y olvidamos quiénes somos y lo que podemos lograr, alcanzar.

Se cosecha lo que se siembra. El fuego quemó la tierra y quedaron cenizas y árboles caídos, pero el tiempo transcurre en línea recta y sin sobresaltos para los que con ilusión y trabajo, dedicación y esmero, reconstruyen la historia y fabrican el futuro.

12336629SD

Por un sueño

Había una escalera que llevaba al cielo, hasta las estrellas. La dama sigilosa buscaba el sonido que la llamaba y la llevaba lejos, muy lejos de la tierra que comenzaba a despertar y buscaba desesperadamente un rayo de sol, una señal que le llevara hasta el atardecer más largo del mundo, donde la luz anaranjada inundara el paisaje.

Las páginas de la historia habían sido escritas por trazos irregulares, diferentes, alocados, pero también desprendían esa esencia de ilusión, ingenio, esperanza e inteligencia. Por un sueño las ideas habían brotado desde las mentes más brillantes, floreciendo en la primavera de cada época hasta maravillar a la sociedad de esos tiempos distantes que habían terminado por hacernos como somos hoy.

¿Qué habría sido del sueño si hubiera quedado relegado a la aspiración por el miedo? Mentes encerradas y encorsetadas en épocas difíciles, donde la búsqueda de la igualdad no era sino el arduo trabajo por lograr el reconocimiento merecido. Así Hipatia, científica e incrédula, caminó por la ciudad de brillantez que terminó en el agujero de la decadencia; Alejandría. El viejo Galileo se vería perseguido por su demostración del heliocentrismo y terminaría sus días confinado en un intento por quitarle el sol y las estrellas, el universo que su ciencia había traído a la órbita del nuevo conocimiento. Otros muchos más perecieron tras ser perseguidos. Hombres y mujeres de ciencia, de arte, de filosofía, de conocimiento.

Los humanistas murieron, nosotros los matamos. Dante, Petrarca y Boccaccio, gérmenes de una nueva forma de entender el conocimiento; más bien de amarlo en todo su esplendor sin dejar un ápice, absorbiéndolo, poseyéndolo, compartiéndolo, renovándolo. Seres de todas y para todas las disciplinas que abarcaban el entendimiento profundo y la búsqueda de respuestas de nuestro caótico mundo.

Por un sueño de verano bajo la sombra de un árbol, la gravedad desconocida vino a sostenernos en nuestro deambular por toda tierra conocida. Por un sueño, las carabelas de Colón llegaron a América y no a las Indias. Por un sueño, las mujeres sufragistas de finales del siglo XIX empezaron a cambiar la mentalidad de una sociedad que comenzaba a avanzar. Por un sueño, volaron los hermanos Wright y pudieron observar lo maravilloso de su existencia desde las nubes.

Había una escalera que llevaba hasta las estrellas, donde se convertía en observatorio de todo el universo conocido. Sus peldaños eran infinitos y sólo los más osados podían subirla sin sentir el vacío o el vértigo, pues su templanza era más fuerte y su curiosidad sólo les iluminaba con cada nuevo paso. Era la humanidad, la historia de nuestra existencia y todo, por un sueño.

spiral-staircase-looking-up

 

La isla de los muertos

Navegaba la barca dirigiéndose hasta el confín, donde los antiguos decían que toda tierra conocida moría y terminaba en un plano en el que sólo había un abismo insalvable, un precipicio de terrorífico aspecto del que no se podía escapar. Sólo había final.

Las aguas se movían sigilosas en torno a la barca que contenía un ataúd blanco, mientras Caronte remaba con expresión indescifrable, lejos de la compasión o el luto que requería el viaje hasta el último destino del alma nacarada. La isla se levantaba imponente desde los fondos marinos, con su rocosa arquitectura, tan imperfecta como real. Los árboles de las ánimas, esos cipreses alargados, proyectaban su sombra sobre el final de la calma, el reinado del Hades.

No había pájaros alzando el vuelo entre las nubes tramposas de antes de la tormenta. No había sino objetos inanimados en forma de lápidas sin epitafio, relegados al olvido del polvo y al crecimiento de los árboles susurrantes. El espectador desde sus anteojos, muy lejos de aquella barca, sentía las sombras cernirse desde las aguas impenetrables que sólo respetaban la barca en su última luz, faro entre las tinieblas a punto de ascender. Al final, sus visitantes eran abrazados en ese último reducto de tierra firme para no soltarlos jamás. El solitario observador lloraba lágrimas de sal al contemplar la paz aniquilada por el final.

Inquietante paisaje sobre lienzo, un mundo oculto entre sueños, melodías y almas perdidas entre los pigmentos de memoria. Era un lejano lugar que se acercaba con cada latido que terminaba por morir, donde reinaba el silencio y el agua no tenía una sola voz para su canto de cristal; como tampoco sus vientos susurraban, ni los mortuorios árboles negros perdían sus hojas.

Böcklin, pintor incomprendido entre la bruma, sepultado bajo toneladas de amnesia intencionada, vería la luz de nuevo tras su viaje por sus sueños más nobles o, más bien, por sus más tétricas pesadillas, cargadas de la ironía de quien consideraba al mundo como un animal gigantesco del que nosotros éramos tan sólo sus parásitos.

Rachmaninov lo convertiría por fin en un vuelo ligero de música penetrante, violenta, inquietante, difícil, extraordinaria al ser un fin en sí misma. El fin había llegado a la Isla de los Muertos, atrapando el silencio y cada palada del remero incansable, siempre, por siempre jamás.

“¿En qué país de ensueño, en qué país de ensueño está la tierra sombría?” Rubén Darío.

Arnold_Boecklin_-_Island_of_the_Dead,_Third_Version

 

Retiro

Retiro. Cuando los caminos parecen infinitos, una repetición de algo ya vivido cientos de veces, donde el cansancio sobresale desde la mente agotada y busca refugio en esa cueva escondida entre la maleza para no ser descubierto o, mejor dicho, para no encontrarte a ti mismo en ese preciso momento. 

Retiro. Bajo la sombra del castaño en primavera, absorto entre las palabras que se agolpan en tu cabeza y pugnan por ver la superficie de lo efímero, de lo olvidado. Entonces, simplemente ocurre. La historia comienza a fabricarse en el subconsciente. Tu mente vuelve a hablar y tu pluma repara en el papel alejado de la tinta por mucho tiempo.

Repito y reitero. Encontrarnos a nosotros mismos y darnos el valor que merecemos es el mayor acto de amor. Podríamos ser los narradores y, a la vez, los protagonistas principales de nuestra propia historia. Dejaríamos de oír esa información contradictoria en nuestras sienes y comenzaríamos a escribir capítulos de nuestra novela del destino. La cobardía vendría de la mano de la renuncia a ser existencia misma, contando nuestra historia sin ser partícipes de la misma, testigos mudos e invisibles, ceniza en las aguas cenagosas.

Caminamos por la irrealidad compuesta y orquestada por nosotros mismos. Preferimos vivir en la mentira, a sabiendas de su condición, machacándonos el oído una y otra vez hasta incorporarla a nuestra cotidianidad supina. Entonces terminamos de tocar fondo o techo, según se mire. Hay veces que el infierno tan solo toma la forma de aquello que nos da miedo, de aquello que nos traslada y nos hunde en un laberinto de autodestrucción e ira. El infierno es el reducto del nunca jamás, el país de lo imposible y la habitación de nunca regresar.

Después, despertamos suspendidos en ese limbo situado entre el espacio-tiempo, donde la realidad parece estar suspendida de aquel fino hilo y donde no sentimos, no pensamos, no perecemos, no… Atacados por esa mosca del sueño que nos atrapa en su espiral de telaraña y, simplemente, dejamos de existir. No oímos nuestra voz, no expresamos nuestras ideas, no somos, no podemos, no hacemos.

Retiro. Lo definiría como la lucha contra el cansancio frente a la necesidad de respirar bajo el agua y tener los pulmones encharcados. Morir a cada minuto, dejar escapar segundo a segundo la energía que nos hace correr más y más rápido hasta destrozarnos. Frente al retiro, la hiperactividad, la explosividad de llenar cada fibra de nuestro ser con cada bocanada de aire que nos quema por dentro, pero nos hace reales.

Retiro. Reitero que retiro cada derrota y la convierto en victoria. A pesar del dolor, de la incertidumbre, del miedo. Retiro por descanso, retiro por respiro, retiro por jubilación.

Cerrado por vacaciones. Los lunes al sol, el reflejo en los cristales sucios por la desidia, el latido controlado, la resaca de los domingos entre las sábanas, los “quizás”, tal vez.

puente-121

1910

Si hablaran esos ojos de 1910 mirando la inmensidad de los rascacielos rozando el cielo y arrinconando con su estructura ferruginosa, llorarían posiblemente en la madrugada. Sería ese intermedio entre la pérdida y la necesidad de respirar ante la ceniza de los muertos que no fueron enterrados y sucumbieron al olvido.

Si hablaran esos ojos de 1910, describirían ese paisaje de multitud que vomita improperios, que vive demasiado rápido y se refugia en lo que no se esfuma y termina por desaparecer. Raíces perdidas, desnudos, velocidad, psicodelia, bocas que se resisten y se muerden la lengua, llantos de niños demasiado inocentes para comprender este mundo, cáscaras sobre el asfalto, accidentes de engaño, ansia e insatisfacción, adicción a llenar los pulmones de huida; de huida hacia adelante. Sin embargo, el rubor no vuelve y se disfraza de colorete, se pierde la intensidad de la incertidumbre y se espera lo racional, lo normal, lo lógico.

1910 en la juventud de un siglo nuevo, por estrenar. Las ciudades sin sueño; nadie duerme, no duerme nadie por el cielo en el lago del Edén. Hay barcos que jamás llegarán a su destino y heladas aguas que se apropiarán de ellos. Hay guerras que cruzarán países y los volverán a colocar de nuevo en ese tablero de ajedrez. Hay bombas atómicas que demostrarán la vanidad del hombre al creerse por encima de la vida. Hay tensión entre dos países que se disputarán el mundo. Hay muros que caerán y unirán familias separadas. Hay historias que quedarán relegadas al fondo de la conciencia de unos pocos y que, poco a poco, terminarán por diluirse.

Cien años y otros tantos más. Fugitivo parpadeo hacia atrás, el giro del vals. Espejos en los dormitorios de los arrabales, vida irreconocible en los suburbios enojados con los agonizantes añicos de la maquinaria pesada y los engranajes desvalidos de la nueva era. Las luces no se apagan, los días dejan de contarse porque no tienen sentido, dejaron de tener veinticuatro horas. El mundo en pie, el mundo globalizado que jamás se detiene. Los ojos de 1910 han quedado reducidos a fotografías en blanco y negro, recuerdos en vida y granito esculpido en el cementerio.

¿Y si 1910? ¿Y si una nueva huída hacia adelante con pies de plomo y sangre en el corazón? Más allá de los rascacielos, del ser humano que quedó sobrepasado por las máquinas y su propia vanidad, de los tuertos que gobernaban países de ciegos.

fotos-de-coches-antiguos-7

Amantes pasajeros

Hablaba el imperio del silencio. Dormitaba mientras la nieve empezaba a acariciar el suelo tibio, mientras los campos comenzaban a tomar conciencia de las noches de inconsciencia que habían pasado bajo la luz de la luna del invierno. Observaba el hombre solitario el infinito que se dibujaba en esa línea rosada de amanecer sobre el horizonte. Los amantes pasajeros se encontraban de nuevo, se reconocían y se sentían, recordaban todo el tiempo pasado y anhelaban volver a sentir la electricidad que despertaba la conciencia y removía el alma. Sin calma.

Nevaba en tierra de nadie, mas no sentían frío. No experimentaban el hielo en las articulaciones, no permanecían congeladas las arterias que hacían bailar al corazón pensativo en su existir. Vivían en tierra hostil, por eso era tierra de nadie.

Los amantes se alejaban de la civilización, olvidaban el tiempo definido y contemplaban la belleza oculta que se escondía a su alrededor. La reflexión tomaba las horas muertas y las llenaba de esas verdades que, necesariamente, debían ser entendidas desde ese silencio invernal, tomadas desde el latido inequívoco del corazón en busca de aliento y consideradas en cada huella que dejaba el hombre solitario sobre la nieve.

Los amantes eran el hombre y su soledad. Reinaban en el imperio de su propia existencia bajo el mandato del viento, libres bajo la condena de haberse librado del bullicio que impedía pensar o hablar en voz alta sobre las miserias de la dictadura de la aparente y disfrazada realidad.

El imperio del silencio era una abstracción, sin espacio ni tiempo. Pervivía en las personas incomprendidas, diferentes, distintas, de carne y hueso, de verdad…Porque, ¿quién no había tenido un encuentro con la soledad? ¿Quién no había sentido la necesidad de ese silencio que permitiera escuchar sus propios pensamientos y ordenarlos? Había quien tenía miedo a estar solo, a sentirse solo. Sin embargo, no hay nada peor que sentirse solo a pesar de estar rodeado de gente y así comienza la recuperación de ese espacio que se creía perdido.

En la soledad encuentras el eco de tu propia voz, tus pensamientos e ideas fluyendo deprisa por tu mente, la música que tus oídos creían perdida al escuchar solo el ruido de la muchedumbre, las palabras olvidadas y jamás escritas, la voluntad y la determinación en viajes que emprender.

La soledad, como dijera Bécquer, es el imperio de la conciencia. También de la consciencia, del arduo camino hacia la libertad, recipiente de temeridad, compañera de la fuerza, amiga de la tenacidad.

Amantes pasajeros en la era del caos. Odio y amor, esperanza y tristeza, ira disoluta y paz y, valor.

4189958695_e0e8ee1aca_o

Enamorados de la vida

El riesgo que aceptamos en cada paso que damos hacia adelante no es otro que la aceptación plena de que las oportunidades se esfuman, los hechos solamente se escriben cuando suceden y los errores, aunque caros en ocasiones, enseñan y nos dan más de lo que nos quitan. El riesgo es el vacío situado a nuestros pies en el rascacielos de lo desconocido, la sensación de vértigo en el estómago cuando apostamos por algo y no sabemos realmente qué va a suceder. El riesgo es ilusión, es sueño y también calor.

Así la lluvia moja el suelo y crea espejos de ciudad mientras los valientes se mojan y no se cubren con un paraguas; se beben las calles de muchedumbre, escuchan los arpegios toscos de los cláxones de los coches, viven para observar y dejar de ver, anhelan, gritan y lloran y, aman.

El amor es la contradicción más enrevesada, peligrosa, terrible y complicada. Es el sol a medianoche, el arma más poderosa de una revolución, el camino lleno de baches imposibles, el jardín escondido, la llave de la vida.

La vida es amor. Somos fruto de la coincidencia, de la convergencia de cuerpos que crean almas, de la acción fruto de la casualidad, de la causalidad. Guerra en paz, suspiro, susurro, estrellas relucientes en la esfera, música de cuerdas invisibles, reverencia de la naturaleza, leyenda de agua y tierra.

Aire, agua, tierra y fuego. Entes que se odian visceralmente pero que no pueden vivir los unos sin los otros, entes díscolos e ilógicos que se retan entre sí y terminan por emprender el viaje hasta encontrarse y no separarse jamás.

Es una realidad que el hielo quema y el fuego puede enfriarse hasta quedar reducido a la nada, amparándose en los rescoldos sobre el suelo abocado al olvido. Es una realidad que la herida más profunda viene de la espada del amigo, pues la estocada es más inesperada e incierta. Es verdad que lo fácil no viene de la mano del vivir porque es sinónimo del riesgo.

Por eso, corre. Baja rápido las escaleras sin apenas contar los escalones, sin pensar en el tropiezo. Sal a la calle sin pretensiones, pero sí con ilusiones. Marca tus huellas en esa historia que sólo te pertenece a ti y que tú decides con quién compartir. Escribe hasta quedarte sin tinta. No caigas en la espiral de la desesperanza cuando lo difícil parece perfilarse imposible. Vive.

Enamorados de la vida en el caos de la gran ciudad asfixiante de sombras. Enamorados de la vida en las matemáticas que parecen restarnos y dividirnos mientras luchamos por sumar. Enamorados de la vida por sus dificultades aparentemente visibles como el iceberg.

Enamorados. De la vida.

rain_room