Pinceladas

“Veo en mi obra un eco de lo que hay en la naturaleza. La naturaleza me ha hablado, me ha contado algo y yo lo he anotado en estenografía” Vincent van Gogh.

Pesimismo en esa escala de grises que te lleva a recurrir al negro de la noche más cerrada y oscura, sin luna ni estrellas. Enamorados del atardecer en el hilo que se descuelga de fina pintura desde el pincel que impregna de armonía, de anaranjados y rosas, quebrando el lienzo bajo el peso de las horas fugaces observando, intentando descifrar la inmensidad del paisaje ante sus ojos atentos, perspicaces y desbordados con la belleza de la vida. Alegría contagiosa de primavera apoteósica en grandes pinceladas, sin preocupaciones en la azotea del mediodía mientras los girasoles no cesan de girar en torno al sol.

“Tengo… una terrible necesidad… ¿diré la palabra?… de religión. Entonces salgo por la noche y pinto las estrellas” Vincent van Gogh.

Y cae la tarde. Anochece en la esquina de la mente difusa, dispersa. Sueña la noche estrellada, con sus reflejos contra el río meciendo los barcos en su ancestral cuento para dormir. Las sombras se ciernen sobre él, pero sabe que no está solo y busca el momento para reconocer de nuevo la soledad acogedora como lumbre en el invierno. Imagina los rastros del azul y los destellos amarillos de la luna dibujando un cuadro con estrellas perdidas. Pintar las estrellas, almas elevadas en su viaje hacia ninguna parte, timón del amanecer.

“Dibujar es luchar por atravesar un invisible muro de hierro que parece alzarse entre lo que sientes y lo que eres capaz de hacer” Vincent van Gogh.

La vida, en su justa medida o, tal vez, rebosante de miel, amarga de limón, plena como una bocanada de aire entre la nieve, heladora en la piel y ardiente en el corazón. El poeta muerto, como siempre demasiado joven, sobrevivido por el hombre que había crecido retratado en la tabla con pinceladas cada vez más precisas hasta alcanzar la divinidad para después precipitarse al vacío para destrozarse, deshacerse, convertirse en furia en la calma más absoluta. Recomposición del rompecabezas, tirita contra lo evidente y la debilidad.

Pinceladas del hoy y del ayer. En los girasoles, en la asombrosa noche eterna en su espejo de agua, en la barba pelirroja del autorretrato, en la cama congelada en el momento justo, en la rama del almendro en flor. Pinceladas postimpresionistas guardianas del alma, herederas de la mano del genio y soñadoras desde el corazón.

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El legado

Respiran las piedras entre las grietas de la primavera que mueve las briznas de hierba, las flores deshechas, los chopos altivos en la orilla del río. Los colores conquistan las fachadas, trepan vistiendo las calles de testigos mudos que han visto y han olvidado demasiado. El empedrado se encuentra dubitativo ante la ausencia de los pasos del penitente, la cera cayendo desde las velas, el aroma de incienso que se mezcla con el frío y la incertidumbre de la noche.

La incertidumbre llega con cada hora más lejana al sol y más cercana a la oscuridad. La oscuridad cubre de inquietud los corazones que se encuentran en la esclavitud. Las piedras que levantaban grandes muros caen destrozadas, civilizaciones antiquísimas se pierden. Imploran al cielo, buscan consuelo, invocan recuerdos de un pasado diferente, esperan el final de esa penitencia obligada que es peor que caminar sin agua por el desierto ardiente. 

Los ojos han mirado hacia El Calvario, monte de dolor y también, de esperanza. Se han cruzado con otros que buscaban seguir la senda sin saber hacia dónde conducía. Miradas a través del terciopelo, de la tela que enmudece y diluye los rostros anónimos, desconocidos, fútiles. La luz parpadea en las velas de la noche estrellada que las confunde con las estrellas guía del firmamento.

El firmamento se antoja imposible de vislumbrar. En mitad de la noche amanece con las explosiones, con las bombas que terminan con el insustituible legado. El legado se pierde cuando las piedras caen, cuando la identidad se resiente y finalmente, vuela en cenizas. Las almas penan detrás de las puertas cerradas a conciencia, lejos de la consciencia que se expresa en la pérdida, en lo irrecuperable, en el olvido del esplendor, en la desmemoria de la vergüenza y la rendición. Palmira…

Las trompetas recuerdan al estruendo de la batalla, al guerrero que se ha despertado con el estruendo de la tempestad. Las sensaciones encontradas llegan con el recuerdo, con la memoria que nos han procurado nuestros ancestros, con el esfuerzo y la determinación de haber construido un legado y poder transmitirlo. El silencio sobrecogedor también es protagonista en la primavera de atardeceres de sangre, sacrificio y traición.

Las luces se apagan en la ciudad sin vida mientras renace la primavera acallada por la barbarie. La arena ha alzado el vuelo llevando las semillas de la tierra saqueada. Las marchas fúnebres han cortado el aire, han hecho llorar las piedras del suelo frío e insensible. Florecen los campos mientras exhalan su último aliento las amapolas de sonrisas inservibles. Las velas se han consumido, como las columnas de la histórica ciudad han dejado de sostener templos y han sufrido la dinamita voraz.

El legado pervive y perdura, o se muere y se pierde. Cicerón dijo que la fuerza es el derecho de las bestias, pero vencer sin peligro es ganar sin gloria.

“La Grecia cautiva dominó a su fiero vencedor” Horacio.

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Contradicción

Navega en el dolor ese barco sin rumbo ni timón, las redes tejidas arrastrando la lacra de los “sin-nombre”, de los desconocidos que no tienen origen, no existen, no son presente, pierden los papeles para el futuro. Crece ese sentimiento virtual de compadecerse de las víctimas cuando dan igual, no importan, no cuentan, no forman parte de nuestras contemplaciones del día a día.

Cada día, miles de personas sufren a manos de la injusticia en todo el mundo. Hambrunas, enfermedades inimaginables en el primer mundo, matrimonios concertados con niñas que apenas superan la década en edad, guerras sostenidas por los países poderosos del planeta para salvar sus intereses trayendo el infierno donde ya existía,… Y encenderé el televisor y en esa pantalla leeré en los titulares una y otra vez las palabras “derechos humanos”, “daños colaterales”, “refugiados bienvenidos”, “islamofobia”, “guerra de religiones”, “alerta antiterrorista”. Y volveré pensar, una y otra vez, en lo hipócritas que somos intentado dar lecciones bajo el paraguas de una moral supuestamente superior que nuestros gobernantes, desde luego, no conocen, y nosotros, entes paralizados en el buenismo y la distancia, procuramos ceder a la inmoralidad.

No fuimos Iraq, no fuimos Nigeria, no fuimos Turquía, no fuimos Siria. Evitamos conocer la realidad en estos países pensando que otras potencias solucionarían la situación, mientras terminaban por destruir su futuro definitivamente. Somos París, somos Bruselas, porque esas bombas explotaron en nuestro suelo e hicieron tambalearse los cimientos de nuestros edificios. Cuando la realidad supera a la ficción en nuestras vidas de cuento, las imágenes de banderas, indignación, dibujos tristes y frases de apoyo se multiplican en esa dimensión paralela cibernética.

Sin embargo, ¿nos sentimos mejor? ¿Nos hace ser más humanitarios, más responsables con lo que hay en nuestras fronteras, más indispensables en una hipotética toma de decisiones? Yo digo no. La causa del problema no son miles de barcos llenos de refugiados que buscan huir de la guerra que otros han causado en sus territorios, no son los mensajes de ayuda emitidos por los principales gobernantes de una Unión Europea decadente que se apresuran a cambiar en el último momento, no son las promesas de una vida mejor que no se pueden cumplir. Los problemas vienen de la historia, del monstruo al que le hemos dado alas y ahora alimenta el fuego de la desunión.

Hace apenas un par de años, caminaba por la capital belga cerca de esa estación de metro sorprendida por la tragedia y la impunidad. Me daba cuenta de los guetos que se organizaban en algunos barrios de la ciudad, mayoritariamente musulmanes y regidos por sus costumbres y sus tradiciones. Más tarde, alguien de allí me corroboraría que la policía escaseaba y en determinados lugares apenas se atrevía a entrar. Recordando esa situación, ayer me asaltaba una pregunta: ¿podemos definitivamente garantizar la seguridad siquiera dentro de nuestras fronteras? ¿Conseguimos contagiar esa imagen de que todo está bajo control?

Los críticos y los que piensan más allá de un titular de un periódico o una imagen sensacionalista, saben que no. La radicalización de la religión musulmana en el mundo y su repercusión son más que evidentes en nuestros días, pero no ha sido flor de una jornada en blanco que se ha producido por generación espontánea.

Europa muere. Muere por sus contradicciones, por sus miradas hacia otro lado cuando la realidad se imponía, por su inacción, por sus gobernantes incoherentes, por no defender su identidad y legar su historia a generaciones futuras, por coartar lo que somos y arrodillarnos ante la cobardía, por ceder nuestro mañana a los caprichos de los que juegan con nosotros hoy. Europa muere, pero no tiene remedio.

“No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida” Chuck Palahniuk en “El club de la lucha”.

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Genio

La lluvia cae lánguida rompiendo la tranquilidad del charco en regulares ondas circulares que recuerdan a los posos del café desierto de madrugada, al humo del tabaco esfumándose en círculos casi perfectos desde esos labios fruncidos que se afanan en terminar el cigarro con cierta condescendencia. Los cristales sufren el golpeteo de las gotas que se clavan como esos cláxones ensordecedores de los coches en las urbes del bullicio. Las miradas se cruzan en la inmensidad de la historia, concentrándose en cada décima de segundo en que el espacio-tiempo se detiene un instante y la ficción supera a la realidad.

Algunos rostros entran en escena robándole el protagonismo al guión repleto de interrupciones. Se estrellan las palabras contra las butacas desiertas del teatro desvencijado y en desuso; se comen el silencio esperando ese último respiro que da la llanura antecesora de la gran elevación hacia la eternidad. Sobran las palabras cuando la melodía se declara dueña y señora del eco, de las piedras risueñas que conforman la bóveda celestial. La música invade, traspasa el corazón, rellena los pulmones vacíos, llena de agua salada las cuencas emocionadas de los ojos, redefine la sensibilidad de la piel, declara la guerra a la pasividad e imbuye de fuerza al heredero del pesimismo.

La lluvia persistente se ha quedado muda, sin habla. El correr de los tiempos ha dado razones al sol para sobresalir y esperar ese momento anaranjado de atardecer decadente que se perfila caprichoso, insistente, persistente. Los cristales reflejan la gente al pasar, los coches con su aliento apesadumbrado, las papeleras vacías, los papeles por el suelo, el día a día, la noche tras la noche, en blanco, fundido en negro, espiral de colores de caleidoscopio, surrealismo real en la imaginación volátil.

Los rostros toman forma, se definen, vuelven a pasar. Vagar ya no es un estado permanente, pues el corazón sin vida ha despertado y encandilado almas en todo el mundo. Ahora crece, se traslada por los cables de acero, trepa por el suelo y llega a los oídos sordos y a los corazones sin ritmo. Ahora se le escucha, pues nunca enmudeció.

A Johann Sebastian Bach, trescientos treinta y un años después de su venida al mundo. Su música se quedó en las piedras de los cimientos del mundo, mientras su corazón sobrevolaba la inmensidad convertido en cenizas.

“Es imposible describir la inmensa riqueza de su música, su naturaleza sublime, y su valor universal, comparándola con cualquier otra cosa en el mundo” Richard Wagner en su homenaje a Bach.

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Taquicardia

Palpita la tierra que regresa a la orilla de la vida, frágil y perdida, otrora encendida de luz en sus campos de verano en Castilla. Despiertan las ramas de su letargo sobreviviendo a la aurora anaranjada en el techo del cielo; juegan con el viento mientras se mecen en el último bostezo antes de volver a alcanzar la inmensidad ansiada del ciego que pretende ver por primera vez, del sordo que encuentra la armonía en el aire etéreo.

Baila el río Júcar con las piedras en la primavera, visitante de honor a las colinas escarpadas de las hoces que buscan sin excepción la llamada del eco susurrante en el abismo. Sobrevuelan las águilas y los buitres la extenuación del vigía que se alza en la montaña y observa desde las alturas la rendición de la ciudad a la piedra.

Por una vez, insuficientes palabras para describir la melodía de la tinta haciéndose poesía en versos infinitos. Por una vez, latido desbocado en cada rincón que se alza victorioso ante el correr de los siglos. Revela la ansiedad del grito al traspasar los pulmones indolentes de azahar; la atrapa y la devora, revolotea entre los chopos hasta remontar el vuelo sobre la urbe dichosa en su amor, en su pasión.

Hermosa taquicardia en el lucero del alba, en los primeros atardeceres sangrientos de la primavera, en las prisas del sol por ocultarse y sumir a las piedras en la oscuridad de las farolas aniquiladas por la tempestad. La vena retumba como ronco tambor al pie de la batalla que no ha comenzado y se debate en la debacle del destino. El corazón hace fluir la sangre sabia diluyéndose por la desvertebrada roca caliza y aguardando en los tejados de tejas rojas.

Se acelera el momento que se convierte en apenas un instante fugaz. La incertidumbre alimenta las brasas del fuego aparentemente extinto, haciéndolas regresar calladamente en la multitud de miradas de anhelo y de esperanza. La certidumbre es amante de la lluvia habitual de marzo floreciente, testigo de los conflictos de la tierra que nos sostiene y nuestra mano que la destruye y diezma, carcelera de los días tachados al calendario.

Hermosa taquicardia que acelera la respiración en las tortuosas cuestas que mueren en el firmamento. Hermosa taquicardia que sentimos en el interior y nos reta a levantarnos una vez más.

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La dama blanca

Qué decir de los días felices retenidos en las pestañas infravaloradas por el viento, movimiento y desacierto, aladas extensiones de los pensamientos más inciertos, aprensivo gesto contra las sábanas frías de camas vacías y sin dueño.

Qué decir de las emociones encontradas cuando la alarma salta en una contagiosa llamada de atención al cerebro adormecido que no terminaba de responder a estímulos. Extraño sinsentido demasiado repetitivo, guiños al pasado e historias imposibles en el presente.

La estrategia vuelve con la amenaza en la madrugada de un día disoluto, con sus veinticuatro horas enamoradas del vivo color de la primavera y la promesa del sol rozando la ventana. El juego ha comenzado, las mentes difusas han vuelto a hacer de las suyas moviendo ficha y cobrándose al primer peón inerte y desvalido.

Rápidamente se suceden los acontecimientos y se proyectan, sin orden ni concierto, en la pared lánguida y blanca como los labios sorprendidos que han perdido el color. El desaliento se transforma en rebeldía inequívoca del que reconoce la amenaza y no la deja escapar, pues prefiere plantarle cara al azaroso calendario que no reconoce años sino daños.

Mueven negras. El rey negro se enroca. Los peones avanzan, las torres cierran la fortaleza inexpugnable que se protege con hierro candente. La frialdad de la ciudad blanca se convierte en un alegato de libertad mezclada con la rabia de quien se sabe sitiado, asediado, pero no indefenso.

La dama blanca sobrevuela con sus caballos el campo de batalla. Como Kasparov, sabía que había entrado en el país malvado, pero no conocía las reglas de combate. Las fuerzas podían igualarse llegado el momento, pero en este instante la incertidumbre bañaba el rostro de la reina guerrera que se negaba a rendir su reino a los bárbaros del sur.

La masacre se extiende a ambos lados del tablero. El pensamiento se suicida a cada segundo buscando la explicación lógica al gratuito ataque, pues no se contemplaba la guerra en su amplitud tediosa e indigna de su odio. El corazón atropellado se ha hecho añicos y se ha perdido en la caja rodeada de costillas, dispuesto a no recomponerse jamás y sumirse en el olvido del latido inexistente.

La dama blanca mira desde lo alto de su fortaleza hacia el horizonte que se tiñe de la sangre de la aurora. Sus ojos grises y ojerosos jamás estuvieron tan llenos de vida, con sus largas pestañas humedecidas de ira y sus manos cerradas sobre la espada.

La dama blanca vuelve a ver otro amanecer. Sin embargo, ya no le teme a nada.

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Felicidad Nacional Bruta

Alguien me dijo una vez que la felicidad no es un fin en sí misma, sino el camino que se recorre hasta sentirla; pequeñas píldoras luminosas de cada día en su deambular. Alguien me dijo que la meta de la vida no debería ser la felicidad, no debería ser la huída de la tristeza y el dolor, sino el hecho de vivir intensamente sin precipitarse al vacío de la cordura o al laberinto de la locura.

Quedaban restos de posos de café en la taza de las reflexiones, quedaban suspiros ahogados frente a esa página en blanco. Estaban allí para esperar los labios fugitivos, las sombras proyectadas por las pestañas de los ojos profundos, la simplicidad de volver a empezar o buscar un final.

Los defectos de nuestra mente atacada por la deuda, los números rojos en nuestras cuentas disparadas a fin de mes, la estratosférica ansiedad ante lo desconocido o la equivocación, la banda sonora temblorosa en esa cuerda a punto de romperse en la guitarra de la despedida, terminaban por romper con la fortaleza que se había construido sobre ladrillos de aire. Los reflejos no terminaban por convertirse en sueños cumplidos, pues nos cortábamos las alas ante la despreciable realidad, ante la inevitable penumbra que había en la habitación tras abandonarnos al pesimismo y la depresión.

Tal vez, cambiaría nuestra perspectiva de idiotas adosados al valor y al precio si nuestra riqueza se contara por felicidad. Así seríamos el país de Bután, con su Felicidad Nacional Bruta como indicador principal de desarrollo en lugar de la economía. Tomaríamos decisiones para alcanzar nuestras ilusiones sin ceder a la utilidad, al brutal miedo inicial de sentirse ave sin alas lejos de la protección del nido, añicos de hielo y cristal, el reloj vuelve a dejar pasar un minuto más.

Cerebros grises fabricados de sentimientos contradictorios, el teléfono vuelve a sonar. No saber decir “no”, entrar en el bucle situado entre la bondad y la idiotez, desaprender quién eres y actuar como quien esperaban que fueras, atrapar la pompa de jabón con los dedos y hacerla desaparecer.

Fustiga la ira las entrañas de cartón, extrañas a la sensación de las mariposas destrozadas en el estómago y reconstruidas en estrellas en el firmamento. Los sueños llegan más lejos, la línea roja queda muy atrás, las huellas nos preceden en nuestro deambular entre los hoyuelos de las sonrisas, el latido alegre contra las venas y la dulce venganza del rubor en las mejillas.

Camino de la felicidad, pasando por desconocidas miradas que se convierten en hogar de la llama que transforma su fuerza en la realidad desprovista de ficción. El reflejo ganado al espejo en el sueño del verano funesto, la respiración de la primavera que está de vuelta para quedarse.

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