Brindemos

Sentados sobre la piedra fría que recoge los susurros incoherentes de la noche oscura, amaestrados por las palabras vanas que exaltan la sangre en nuestras venas jóvenes y sedientas de pasión de madrugada, mundo desbordante, hasta llenar de intensidad las horas guardadas en la caja del tiempo impredecible.

Impredecible, envidiable y mudo viento. Las primaveras pasan de largo al compás de la lluvia y se pasean de la mano de las tormentas eléctricas; eclécticas las respuestas que se fugan de las miradas inquisitivas de los gatos vigilantes en sus tejados. Entonces llegan las hogueras de verano para celebrar ebrios de felicidad el calor al borde de la piel, pero la ambigüedad y la incertidumbre siguen formando parte del elenco de la función del tiempo en el espacio.

Tiempo fútil, tiempo fugaz que centellea unos breves instantes en la pupila dilatada por el asombro o, tal vez, por la simpleza de lo cotidiano que se ha convertido en extraordinario. Las piedras hablan; susurran en tu oído las historias del invierno vencido por el cansancio y la resistencia de las hojas de los cipreses a congelarse y morir. La primavera nunca muere, la vida pasa y vuelve, la arena de la playa termina por reencontrarse con esos seres perdidos que regresan para inspirar en su expiración. Sin embargo, la elección.

La elección de sentarse y esperar o marcharse y evitar la confrontación de dos fuerzas iguales pero de sentido contrario; colisión. La elección de mojarse bajo la lluvia del abril tardío o evitar la novedad, la claridad al observar un rayo de sol, la victoria arrebatada a la perdición en los días grises. Vuelven los minutos de duda, aleteos fugaces sobre nuestras cabezas, para hacer la vida menos aburrida y sí más inesperada.

Inesperada sonrisa que se dibuja en tinta china mientras los atardeceres se difuminan en acuarela. Cercano bullicio a la tranquilidad de quien camina por la vida alimentado de sueños que se empiezan a cumplir; alejada tortura del despertador que no molesta oídos ajenos por estar ya despiertos. Los minutos se convierten en horas y, las horas de los días, dejan de contar veinticuatro. Los libros en blanco esperan a ser leídos a oscuras con la linterna para adivinar la tinta del jugo de limón. Sorpresas que parecen llegar de otro planeta.

Otro planeta se desenvuelve bajo nuestros pies. Hemos cambiado, o quizás no. Hoy la lluvia de abril ha vuelto a aparecer sobre el suelo empedrado limpiando el ayer. Hoy el banco vacío estaba ocupado por el viejo mirando al mar dispuesto a dejarse ir, mientras las nubes seguían su viaje y yo sin equipaje seguía el camino correcto, o quizás no. ¿Quién demonios sabe si lo correcto es lo verdadero y certero? ¿Quién conoce el futuro de antemano y se atreve a contradecirlo?

Brindemos por las noches iluminadas por las farolas vigilantes del caos de la gran ciudad cuando dejamos de quejarnos y comenzamos a apostar. Brindemos por el secreto oculto en el misterio de los balcones convertidos en testigos mudos de tiestos y geranios. Brindemos por el que acaba de llegar, por el nómada que se dirige rumbo hacia ninguna parte, por nosotros desconocedores del mañana.

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Déjame que te cuente un cuento

Déjame que te cuente un cuento en el que todo acaba bien. Donde en un tiempo lejano y un lugar exótico e inimaginable, con sus reyes y sus hazañas, había desengaño y desventura. Donde en la más alta torre vivían princesas encarceladas de largos cabellos dorados como el sol, mientras que en la llanura solitaria las guerras se libraban por la valentía de espléndidos caballeros. Ahora regresa, vuelve de ese mágico momento en que las noches de linterna iluminaban esa habitación convertida en refugio en el que los abrazos de la luna te elevaban hasta el firmamento de estrellas inalcanzables, irrepetibles, únicas.

Déjame que te cuente un cuento que sea verdad. Nuestra inocencia de la infancia nos hacía libres en un mundo predeterminado. Pensándolo bien, los cuentos eran verdades barnizadas de fantasía y de la esperanza de alcanzar un final tan perfecto como imposible. Volviendo la vista atrás, las princesas tenían un príncipe esperándolas desde el principio y no tenían elección ni la fortuna de elegir, como ocurre en la India de castas y vientres fértiles. Siguiendo con la retrospectiva, la obsesión con la belleza en las mujeres ya se veía reflejada en el espejo de la cruel madrastra de Blancanieves, aderezado por la envidia y justificando el fin con los medios. Sobrevolar el firmamento de la diferencia y adentrarse en ella era sinónimo del escarnio, a pesar de la bondad del elefante de orejas superlativas llamado Dumbo. Demasiado paralelismo entre un mundo real y otro de ficción, construido por los hilos de araña y los sacrificios del cristal de las lágrimas rotas.

Déjame que te cuente un cuento que te haga olvidar. Y duermas y sueñes que todo va bien; y despiertes en la oscuridad de la noche sin sentir la amenaza que se cierne sobre cada recuerdo, ilusión o sueño. Entonces vuela, como las golondrinas de Bécquer volviendo a surcar el cielo hasta sentir la libertad del aire atravesando sus oscuras alas. Entonces siente, como las miradas de escrutinio que pretenden conocer hasta la composición de tus células llenas de alegría.

Alergia contagiosa la del amor por la vida entre marejadas y tempestades, idas y venidas, blanco y negro o color. Dejarse llevar, o no. Fotografiar la pupila solitaria observando la reacción del agua contra la piel en primavera, hacer prisionero al ritmo de nuestro corazón que delata cada segundo de nuestras sonrojadas mejillas, subirse a un tren en su última llamada corriendo deprisa por el andén interminable y abarrotado de rostros sin nombre a sabiendas del arrebato, de lo inesperado.

Déjame que te cuente un cuento en el que tú seas el protagonista. Porque pretendemos vernos reflejados en espejos que no nos corresponden en sus verdades aumentadas y distorsionadas, navegando sin descanso pero sin rumbo fijo, ajenos a una imagen de nosotros mismos. Obviamos que somos más que una superficie que moldear, que rehacer a imagen de nuestro idílico yo interior. Olvidamos alimentarnos el alma con palabras de calma y de furia, de pasión atrevida y loca, mientras lánguidos temblamos al contemplar una puesta de sol más.

Déjame que te cuente un cuento. Seamos irrompibles y a la vez vulnerables, pero jamás amaestrados por las olas del mar.

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Recuerda

La aventura de la desventura recorre el mismo camino que los amantes pasajeros que se encuentran en el mismo vagón del tren mientras disimulan y sonríen para sus adentros engañando a la locura; sus miradas apenas se cruzan unos instantes en el vacío de la hora punta que decide sus destinos. Los susurros de su piel encandilada por el recuerdo viajan por el universo más cercano. Las palabras robadas a la voz, el amor enredado de presente.

Recuerda la tostada cayendo por el lado de la mermelada, de pronto tan amarga que el limón se hacía dulce entre los labios. Los desvelos de madrugada con papel y lápiz junto a la almohada, inspiración de sueños de cristal y desmemoria, sábanas frías y respiración agitada siempre tan cerca de la tormenta como de la calma.

Calma. Los ojos, cerrados. Calma en la mente apaciguada por los acordes lejanos de la guitarra desafinada, rota por la espera de los años. Las manos, acariciando el viento de la medianoche con su luna vibrante sobre el bullicio de un viernes cualquiera, o no. Las mejillas buscando el reencuentro con el color de primaveras pasadas, en blanco y negro.

Tormenta. Electricidad estática. Relámpagos sentimentales en cada terminación nerviosa. Del amor y la guerra, contradictoria tempestad de océanos distantes más unidos que nunca. Del arte para actuar y actuar para vivir, escenarios abandonados en teatros en decadencia que resucitan entre las flores. Películas improvisadas olvidadas en sus rollos polvorientos.

Una película de crímenes en blanco y negro, donde el negro sustituya al granate sangrante del carmín. Pestañas elevadas al cinismo en perfecto equilibrio con las expectativas del café de las cinco. Lunar reposando sobre la sien izquierda mientras el humo cubre el ambiente enrarecido de lunes y las telas del vestido se desmayan lánguidas sobre la piel expuesta pero encarcelada en el abrazo más estrecho. Fundido en negro.

Recuerda la bohemia y la ilusión, las cortinas raídas del telón en su última función. Las preguntas con respuestas vagas e imposibles de descifrar, como los jeroglíficos de las paredes arañadas por prisioneros al borde del abismo. Los espejos de espuma sobre el mar de tranquilidad que espera a que la marea suba para morder las rocas hasta hacerlas desaparecer.

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Hijos de papel

“Procurad también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla” Miguel de Cervantes en “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”.

Bohemia e ilusión, creciente vértigo que sorprende y no pasa inadvertido a ojos del que sabe mirar sin ver, peligrosos retazos de encendida pasión e ilusión hechos tinta en las páginas del libro olvidado en la estantería que aspiran a convertirse en verdad bajo la batuta del experimentado director, más allá de la razón que produce monstruos, más lejos aún de la ciencia que controla lo extraordinario y donde todo, simplemente, ocurre.

Toma el fugitivo la mano de la damisela que no quiere ser salvada, sino hacerse prisionera de las letras susurradas de labios furtivos. La fina prosa encandila almas y conquista los oídos del subconsciente que se agita entre la vigilia del sueño que se antoja imposible. El guerrero, con la inestimable ayuda de su espada, no ceja en su empeño por librar la batalla, calibrando el sufrimiento como ente necesario para alcanzar una mayor gloria y convertirse en héroe de los cantares de gesta.

No habría de sufrir, ni tan siquiera padecer daño alguno la verdad convidada en fuerza suprema. La verdad de la libertad tras los adalides expuestos a la ira y rabia de un agostado pueblo, la oculta entre la maleza de la locura perseguida y vilipendiada reflejada en el cristal de los libros de caballería malditos, mientras el espejo apenas celebraba el engaño de los necios. Verdaderamente, el manco de Lepanto jamás se vería reconocido ni consagrado por su feroz crítica a la sociedad; la conmiseración se desataba más fácilmente negando el placer de descubrir una nueva versión de la tierra, pero ella provenía de las mentes lúcidas de los iluminados que se aferraban al saber para comprender su existencia y dar respuesta a sus cuestiones en el más intransitable de los senderos.

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres” Miguel de Cervantes en “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”.

Quieto, ya el tiempo olvidado en la magia atónita de los despertares de sábado melancólico. Temido, siquiera por el anhelo de la acción robada a la reacción de las mejillas encendidas por la emoción. Esperado, por las huellas del libro en su deambular hacia el final inevitable. Enamorado, de la esperanza de las hojas de primavera mecidas por el tiempo bajo aguacero de tormenta.

Creador y obra bajo los acordes más bellos en la nostalgia del pasado incomprensible, inconsistente. Espadas, dagas, Napoleón; crímenes sin castigo, asesinatos de emperador, orgullo y prejuicio en la llanura. Mefistófeles vuelve a tentar a Fausto, la eterna sonrisa de la Mona Lisa alimenta nuevos misterios e inspira desvelos; finalmente, las cartas llegan al coronel y ya tiene quien le escriba y los cien años de soledad parecen insignificantes en el amor por la ira, pues era mala hora y los demonios acechaban. Entonces atardece irremediablemente en la urbe descafeinada de nuevas aventuras mientras los libros, vitales e impacientes, esperan a ser leídos.

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Tiembla

Las nubes de la primavera con su lluvia de anhelo en las calles concurridas de Madrid, viajando libres hasta recorrer como pájaros alzando el vuelo esos rincones de estatuas afectadas con sus manos de hojalata y sus inscripciones de olvido inmortal.

Y al dormir, los sueños vienen hasta aquí. Cerca del techo que es el cielo de la bóveda gris de la ilusión, sobre el tejado improvisado del reloj de Sol que da las horas en su gravedad, la levedad del bullicio se mezcla con la búsqueda de la vida, que se escapa mientras un tango se desprende con Gardel enloquecido desde los instrumentos inesperados que se adueñan de las calles.

Tiembla el fugitivo de encuentros sincronizados con agendas repletas de horas en blanco. Tiembla porque quiere escapar de la ciudad monstruosa pero, a la vez, espera verse atrapado por los encantos de esa bella amante que le grita, pero también le suspira con amor y calor al oído. Tan contradictoria, tan exigente, tan profunda, tan… La diosa Cibeles, con su mirada serena en su escrutinio firme entre el gentío sonríe y espera un caballero que la saque a bailar.

El tiempo se congela por un instante entre barquillos en El Rastro mientras los libros de tres al cuarto inundan las aceras al compás del jazz del saxofón desafinado en completa consonancia con la caótica caligrafía del escritor espontáneo que vuelve a tener una pluma entre sus dedos de tinta.

Quédate, con el vacío que llena ciudades

Frenético y encendido, apasionado y loco

En la playa de los misterios, verdades

De guerra en la paz de bares de madrugada.

Quédate, en las pupilas sostenidas de sol

Cuando la tristeza inunde las señales,

Audaces y siniestras, disfraces del crisol

De tiempo en suspensión, perdición.

Quédate, en el último verso inacabado

Donde las palabras crecen y se hacen miel,

Piel de diamante y gris, demente condenado

De luces con sus destellos sin dormir, un beso.

Y ocurre, se asienta mayo en los balcones mientras el tocadiscos recuerda a Sinatra en el blanco y negro reflejado en el charco de flotantes pensamientos abandonados. Y ocurre, pues el camino se desdibuja y sólo puedes seguir hacia adelante y vuelta a empezar.

Tiembla el forastero cuando contempla por vez primera la espiral vertiginosa de coches asediados en Gran Vía, mientras las torres infinitas se posan en el atardecer rojizo y ansioso. Tiembla por no tener papel para escribir, pues su historia llegó a su fin.

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Paraísos

Paraíso. La imaginación volaba hacia un paisaje bucólico de grandes pretensiones en sus extensiones vacías de fealdad y repletas de esa impetuosidad, propia de los colores vivos que nos contentaban la pupila y nos hacían estremecer bajo el sueño infinito del verano venidero.

Paraíso. Playas paradisiacas, cumbres nevadas solitarias, atardeceres de estaño y amaneceres de oro risueño como las monedas apiladas en el bolsillo. La riqueza era paraíso; también la oportunidad, la exclusividad, el elitismo imperante en un sistema más que imperfecto. Definitivamente, el oro dejaba de relucir en esos cuadros que engañaban a la vista con sus pigmentos mentirosos y las monedas en su tintineo inconsciente dejaban de ser importantes para unos entes que coleccionaban millones de esas baratijas.

Las puertas se abrían para unos pocos mientras se cerraban para la mayoría. También, existían las puertas giratorias, donde los altos cargos públicos podían sufrir la metamorfosis de transformarse en consejeros de grandes empresas privadas cuando salían finalmente. El interés público dejaba de ser un término interesante; empezaba a coger polvo en algún cajón del despacho hasta que en las siguientes elecciones se repetía tantas veces que se desvirtuaba hasta límites insospechados para atacar al rival.

La corrupción estaba, por tanto, más que instalada en ese juego de poder donde sólo sumaban los gobernantes mientras los gobernados permanecían impertérritos, alejados de la información por el bullicio constante instalado en los medios de desinformación o engañados por las sesgadas historias que pertenecían más al género de ciencia ficción que a la cotidianidad de pagar impuestos, encender la luz de casa o lavarse las manos.

Las manos, efectivamente, se las lavaban otros. Los ciudadanos de a pie hacían equilibrios sobre la cuerda establecida entre llegar a fin de mes y precipitarse al vacío de la pobreza. Es curioso cómo la profesión del político se parece cada vez más a la de actor, pues interpretan la realidad como si ésta fuera una vulgar obra de teatro donde se les asigna un papel. La entrada sale muy cara a los seres corrientes que miran a las élites desde el gallinero alejado del escenario, donde las luces y sombras se confunden.

Aunque para papeles, los de Panamá. Los paraísos que interesaban eran los fiscales, donde la ausencia de impuestos y controles financieros atraían a los amantes del disfraz, que no eran otros que jefes de Estado y de gobierno, líderes de política mundial y personalidades de las finanzas, negocios, deportes y arte. Aunque para arte, el de fundar compañías inscritas en estos paraísos fiscales para ocultar la identidad de estos seres despreciables, engañando así a la población mundial más preocupada por pagar las deudas que por vivir en libertad.

Paraísos como ratoneras para guardar la mayor parte de la riqueza mundial, donde las ratas se frotan las manos de satisfacción al ver su victoria tan real y su escondite tan perfecto. Paraísos como paisajes de pecado donde la manzana no expulsa a las alimañas, pues éstas se comen su podredumbre y jamás se envenenan. Paraísos.

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Irracional odio

No saber quién eres, mezclar la irracionalidad con el odio, bipolaridad la que entra por la ventana y sale por la puerta mientras creas atmósferas de tóxica presencia. Neurosis despectiva en las neuronas que no hacen sinapsis sino cortocircuito a la espera de retorcer la situación aún más, lejos de los días pasados y distintos, locos e inesperados. Y llueve el cielo de abril salpicando estrellas en el hormigón armado de valor y de recuerdos.

Tal vez te acuerdes de mí por la claridad de mis palabras. Tal vez te acuerdes de mí por decir siempre lo que pensaba. Pero huyes, corres sediento hacia nuevos instantes sin recomponer lo que eres y sin pensar quién quieres ser. Ya no eres, ya no estás. El nubarrón no se extiende sobre el atardecer de plomo; planea sobre el firmamento para dejar su estela en la mente corrompida por el rechazo, por la brújula que no marca el norte porque prefieres evadirte de la realidad. La dosis de ficción te coloca hasta llevarte al mundo paralelo sin puntos cardinales, pupilas dilatadas por la ausencia de gravedad, envolviéndote en la pesadilla de la copa rota y vacía tan amarga como la sonrisa de hiriente sarcasmo.

De pronto, el libro se cierra en un golpe seco, sordo. La bofetada de la mano ofendida cierra la puerta al más leve atisbo de arrepentimiento, pues en los suburbios de la ciudad en guerra no existe, no se vislumbra, no se siente. La falsedad envenena los labios; la culpa pretendes mandarla en la próxima carta por correo postal con destino Ajeno, en la calle Cobardía. De pronto, el libro arde y el fuego hace desaparecer cada trazo escrito, cada huida de nuevo hacia atrás, al pasado.

La primavera se confunde entre los humos de los tubos de escape. Escapas tú. Como en los versos de las canciones de Sabina, yo le quería decir la verdad por amarga que fuera pues ser cobarde no valía la pena, las verdades no tenían complejos y ser valiente no salía tan caro. Corriendo como la tortuga, perdiendo los papeles como la cordura. Finalmente, avanzar un paso para retroceder tres en la madrugada de los minutos en blanco, hirientes sentencias que sólo daban paso a convertirte en estatua de piedra endurecida.

Irracional odio el que sale de quien ha perdido la vida por vivir realidades aumentadas con la lupa de la desesperación, bajo el cristal que incendia las tierras del jamás cuando no se acepta la negación por respuesta y cuando callar es más barato que las maldiciones susurradas por lo bajo. Irracional odio el que renace en los bares de copas cuando el elixir de la última se convierte en veneno inoculado a traición, serena rima que completa el poema con un “nunca jamás, hasta luego, cuídate”. Irracional odio ahorcado por la deferencia de las miradas siniestras, las verdades a medias y la cortesía de la infame insolencia.

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