Que te vaya bonito, Madrid

Hablaban de la gran urbe como una burbuja fabricada del humo de los vehículos y las ilusiones de los viandantes que aún soñaban con conseguir lo imposible. Tal vez, eran inocentes y necios; tal vez, los acordes de la última canción les alentaba a seguir adelante y huir del bullicio de los clones con prisa, contrarreloj.

No sabían nada de su futuro, del mañana más cercano. No sabían de calles perdidas de la mano de dios, de la carne y el cañón, de los mendigos que rebuscaban su vida en la basura para recuperarla y observarla con detenimiento, aunque sólo fuera una vez más. En Malasaña, los ángeles se despedían de noche para huir del caos de la muchedumbre y observar desde las cúpulas de edificios celestiales. En Fuencarral, los balcones florecían con la ansiedad deshecha y la esperanza recién pintada en los pétalos.

Recitaban versos o invadían esquinas de música callejera digna de los mejores escenarios. Escuchaban las miserias de extraños porque lo necesitaban, pues saber las penurias de otros era el alivio de los subtítulos en la imagen retocada y adulterada. Sin embargo, les costaba respirar y la extrañeza les impedía seguir un rumbo fijo. Amanecían en la puerta de Alcalá lejos de las victorias y el triunfo mientras éstas pasaban por su lado. Morían en la ansiedad de las puestas de sol desde el templo incólume de Debod y el reflejo amaba la perfección de la simetría mientras la besaba en el olvido.

Brindaban enamorados del vértigo desde la agonía de los rascacielos a punto de derrumbarse por dentro, como ellos. Las crisis se comían el día golpeando cada pedazo de esa historia en la ciudad, perdían la armonía y la paz. Sabían que no sería como antes, pero soltar lastre o agarrarse a la cuerda siempre fueron decisiones contradictorias. Al final, rotos por dentro pegaban sus pedazos, armaban sus ejércitos con arena fugaz, golpeaban el cristal del recuerdo contra el suelo desgastado de las escaleras del Casino jugándose la bolsa y la vida sin desperdicio.

Lloraban borrachos, locos, indefinidos en un espacio-tiempo que se antojaba indiferente en definitiva. Las piezas del dominó caían en cascada, sabían que afuera en la ciudad las despedidas eran eternas y las amistades, escasas. El vaivén de los días infinitos tenían ahora una nueva connotación  y arriesgaban los segundos con desencuentros. La doble vida de los amantes de salón y los huérfanos descarriados se asimilaba más a la pólvora mojada que a la magia de esa eterna esclavitud, serena e inexpresiva frente a la seguridad de la celda custodiada por siete llaves.

La eterna despedida llega, como vuelven las oscuras golondrinas de Bécquer. Hasta siempre, Madrid. Hasta pronto, ciudad de delirios de grandeza y sueños iluminados con luz tenue. Volveré, como regresan los soldados de la guerra, los desterrados sin bandera, la luz de la oscuridad. Maldito sea el tiempo, que corre y pasa, a favor de los malditos en su condena, en contra de las palabras que pretender cortar el viento. Me iré, no sin antes decir que soñar despierta y luchar aparentemente desarmada han cambiado el rumbo de mi existir.

Que te vaya bonito, Madrid.

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Tempus fugit

Muere, como muere el fugitivo. Escondido, agazapado, apresado tras la valla de alambre de espino que corta las alas a las almas sin nada. Huye, como huye el cobarde. Sin mirar atrás, sin pensar en el momento, sin acercarse hasta el punto en que convergen las fuerzas de los cuerpos en la inevitable atracción y repulsión. Escapa, como escapa el malhechor. Sin miradas atrapadas en los cristales, sin miramientos al presente lánguido que se le queda entre las manos.

Los relojes, los marcapasos viviendo el instante en cada latido, los péndulos salvajes que hipnotizan al más fuerte, el ritmo de las gotas de agua escurriendo desde el tejado, el ritmo marcado en el pie del músico. El tiempo huye, tempus fugit. Huye rebelde y sin causa, expresa su fugacidad entre los labios del fumador compasivo mientras la pasividad del cigarro acaba transformándolo en ceniza. El tiempo escapa, tempus fugit. Los amantes pasajeros han decidido darse una segunda oportunidad y prefieren observar ahora la puesta de sol sin decirse nada.

Como una nube, como una ola, como una sombra. Se despegan los ecos de los ruidos tras la calma, mientras la decadencia acaricia la piel y envuelve el corazón en las noches frías de verano. Como una pluma, como una hoja, como un pétalo. Se arrastran las palabras libremente hasta la siguiente parada de metro, donde los viajeros nerviosos esperan salir corriendo para plantarle cara al reloj que, desesperado, ha vuelto a adelantarse a los acontecimientos. El café está frío.

Llegas tarde. A tu cita de las tres, al desayuno con desconocidos que te rodean, a la comida familiar que desprende recuerdos de tu infancia. Llegas tarde. A la razón de ser sinrazón, a la sonrisa que buscabas dibujar a toda costa, a lo verdaderamente importante. El despertador suena, todo era un mal sueño.

El momento muere, se desmaya ante tus ojos de expresión viva y sedienta de descubrir nuevos caminos. El momento tiembla, se desvanece en una bonita canción que arranca el atardecer de los rascacielos. Madrid se ha vuelto a despertar, la noche se levanta en la ciudad que no busca dormir jamás. El sueño resucita, todos los caminos conducen a Roma. Sin embargo, esta vez prefieres perseguir conciencias de madrugada y descubrir amaneceres desde la calle Arenal.

El amor, la guerra, la depresión, la tristeza, la melancolía y la nostalgia. La lucha, la cobardía, la soledad y la alegría, la timidez. Cada cosa a su tiempo. El pasado, el presente y el futuro. Todos en una misma línea que se sucede y que ofrece pequeños retazos de recuerdo, de acción o de predicción. El tiempo pasa, el tiempo se fuga rumbo hacia ninguna parte mientras escribes cada palabra de esa carta de despedida. La probabilidad se viste de certeza, la posibilidad bosteza desde ese ático con vistas al cielo naranja de la capital.

Tempus fugit. Hasta pronto, hasta siempre.

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Frente a frente

Adonde quiera que vayas, te seguiré. Seré la sombra que se pega a tus pies mientras el sol ardiente del verano abrasa el asfalto, entre divertido y serio, seré el secreto que se esconde tras tus ojos cuando piensas en voz alta y sientes hacia tus entrañas, desdibujándote en el lienzo del cuadro que jamás llegó a terminarse.

El lápiz de azabache delinea tus ojos, aunque más negra es tu alma cuando no se encuentra a sí misma y se refugia en las hojas que se estremecen bajo los árboles fugaces de sueños. El calor pinta tus mejillas mientras tú, entre concentrada y distraída, buscas escribir una línea más de la historia de tu vida o, tal vez, el cuento que siempre quisiste contar inspirado en un instante real.

Demasiados minutos te persiguen hasta la almohada, pero pareces fuerte; te has hecho fuerte. La esperanza es esa sensación calmante que se embotella y se utiliza cuando te has quemado con el sol en un intento por hacerte con el universo. La rebeldía es el hilo invisible que mueve tu brazo cuando luchas entre lo que se espera de ti y lo que tú quieres enseñar realmente; una relación de amor-odio, un tira y afloja, un planeta sin agua donde estás sediento.

Tienes hambre. Tienes hambre de salir al borde del espacio exterior y mirar hacia abajo sin miedo, sin vértigo y preguntarte porqué, y decirte tal vez. Los pensamientos infinitos son los que crean puestas de sol del dorado de los días felices, con ese toque anaranjado de la infancia eterna y lejana, violáceos versos sobre el cuadro del día que se va. Los trazos te devuelven ese espejismo de ti, pero sabes que eres real y que no desaparecerás nunca más.

Frente a frente, el destino y tú jugando esa última partida de ajedrez. No desperdicias el presente mirando hacia atrás, pero reconoces tu futuro en lo que esperabas ser hoy y finalmente, alcanzaste. Alcanzaste a decir sin titubear que la ingratitud del mundo no te haría ingrata, comenzaste a comprender que pensar en voz alta sería impensable en un futuro no muy lejano, terminaste por repetir que no perderías tu barco sin rumbo a ninguna parte. Lo que estaba claro es que seguirías siendo tú.

Frente a frente los ciegos no pueden ver pero sí escuchar el latido de un corazón sediento de vida. Desaparecen las barreras, se extinguen los miedos, huyen las miradas que esperan que falles. Frente a frente, alzamos la mirada.

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Sal y limón

Los extraños son los cuerpos desconocidos que recorren la tierra intentando contemplarla, llenarse de ella y hacerla un poco suya, desde que el corazón late porque necesita tener esa sensación de pertenencia a algún lugar. Los extraños son mapas de ciudades arrugados y marcados con insistencia con bolígrafo, son preguntas con acento extranjero y minutos que saben a poco hasta desaparecer.

Prisioneros de la ciudad que se alza maldita por su eterna despedida y su breve bienvenida entre los rayos de sol que queman sintiendo otra velocidad bajo las plantas de los pies; algo que sabes que jamás terminará, pues la ciudad es esclava del movimiento imparable. Delirantes y agonizantes bajo el paraguas de las idas y venidas que se encienden de madrugada y duran lo que respira el verano, juntando los pedazos de años y apreciando el mosaico de sueños convertidos en realidad.

Vale la pena pensar que hay una ventana abierta a la nueva primavera, pues aún queda invierno por enfriar el bochorno de las ideas obtusas y abstractas. Quedan los días de horas extraordinarias con electricidad acariciando la respiración de la libertad. Quedan los acordes rotos que saludan al nuevo día desde la atalaya buscando el fuego final de los cañones de nubes sobre la atmósfera de la gran ciudad.

La suerte se cuenta por las victorias que no esperabas, no por los hechos que sucedieron sin que hicieras nada para que ocurrieran. Saber sin entender no es posible, como imposible es alejar de tu lado esas almas gemelas, aunque sea por un rato. Los temporales están para capearlos; los relámpagos, para iluminar el campo bajo la fuerza sublime de la naturaleza ancestral.

Cuando se pone el sol, la destrucción del momento del sol se evidencia en la última voluntad de los cuerpos bajo el astro ardiente, en el cristal que provoca el incendio de los papeles sin importancia que amenazan la paz, en la inspiración que regresa a las venas por medio de las endorfinas, bendita droga de la felicidad liberándose en el cerebro. Condenados cavernícolas atrapados en la oscuridad de la cueva a contraluz, intentando abrir una nueva salida hacia la luz.

Mañana la voz no callará, sus cadenas apenas son de sal. De sal y limón, en el mundo al revés no se busca la cordura, sino la sinceridad. De sal y limón, la acidez cura las heridas y pone voz al grito que busca la verdad entre la ignorancia fabricada por espíritus huidizos y alcohol de quemar. Mañana significará no abandonar, mientras los pies se dirigen hacia el futuro y la sonrisa frágil abandona el cristal.

Con limón y sal. Con sal y limón. Pero que sepas lo que quieres. Pero que sepas qué te importa.

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Islas

Respira, toma el viento su piel hasta secuestrarla, avasalla cada latido y lo convierte en el trueno ensordecedor de la tempestad, lucha contra el tifón que quiere robarle el aliento,  gana altivo, recupera la calma como quien recupera un amigo y finalmente, yace adormecido, callado, manso, desmayado. La expresión de su rostro apenas cambia, se congela en la sonrisa del guerrero, tan velada como imperceptible, viajando a la eternidad del día que ha parado su reloj. 

Como en Okinawa, Isla de los Tifones, la determinación a combatir la tormenta era excepcional. Como en Okinawa, la valentía se estremecía en las venas del que aparentemente era más débil, indefenso. Okinawa reía en sus piedras, en sus árboles de ocasos; se estremecía por los pesos de los siglos, por las guerras y tragedias de antaño, y volvía a encontrar el significado de su fuego eterno.

Descubre el peso sobre sus hombros, su carga insoportable. Anhela las noches de estrellas sobre el monte Onna y sus ojos sólo pueden recordar aquel primer otoño. Las hojas en el suelo, rojizas y anaranjadas, mientras la suave brisa empujaba su pluma en la reflexión del sol cayendo desde el firmamento. El templo solitario, los monjes despojados de tesoros, los dueños del destino abandonándose a las inclemencias del tiempo sordo.

El paisaje apenas ha cambiado. Tampoco la fuerza del tifón, la llamada del mar sobre la arena, la frialdad del acero de la espada. Suenan las leyendas sobre la almohada, susurran milenios de repeticiones acompañadas de sal. Las islas son solitarias, alejadas de la tierra firme, cortadas a capricho por los vientos violentos e inmisericordes. Las islas son batallas ganadas de la tierra contra el poderoso océano, son recuerdos de extraordinaria fuerza y esperanza.

La isla de los luchadores de manos desnudas, del noble arte marcial del karate, había vivido demasiados años en la penumbra a la espera del amanecer definitivo y prometido por la esencia de la tierra. El pacifismo de su lucha sólo les había rodeado del honor ancestral y del privilegio del fuego de dragón y ahora esperaban la señal definitiva. 

Las islas irrumpen desde la sepultura del abismo. Responden a la llamada de las olas fabricadas de viento y recuerdo. El océano ha sido benévolo, o quizás haya sido el guerrero valiente. Los siglos pasan, como instantes derrumban la resistencia de los días que finalmente se acaban. Los minutos cuentan, invitan al pensamiento fugaz del momento que se guarda y no se deja escapar. Los segundos, tan sólo se embotellan entre el agua salada y la arena de la isla.

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Mensaje para la humanidad

Querido humano, lo siento pero no puedes ser emperador, no puedes ser un cruel caudillo asentado en el poder y amparado por tus deseos de abarcar más y más. El mundo no se puede inclinar ante ti aunque lo hayas destruido, robado y esquilmado en su totalidad. El mundo te sostiene a ti, elemento mínimo y absurdo en comparación con la grandeza y la pureza de la tierra, de sus bosques, de su vida.

Yo no quiero ser emperador; rechazo y repudio de mí toda idea de progreso a costa del odio, del desprecio, de la miseria incomprensible. Los caminos recorridos por el ser humano han terminado por borrarse como huellas que se lleva el mar de la orilla, como seres compungidos por la enfermedad del olvido en la vejez, como estrellas que parecen apagarse para siempre en el universo. Sin embargo, me niego a creer que el maquinismo creado por nuestra irónica inteligencia superior es la panacea; mi pensamiento me lleva a pensar en el cinismo de la superioridad, en la abundancia que termina significando necesidad, en la progresiva pérdida de humanidad.

Ahora mismo, millones de hombres y de mujeres sienten lo que sus ojos ven. Observan con mirada límpida cómo los aviones y las telecomunicaciones nos hacen sentir más cercanos, pero acusan con el paso de los años y los daños cómo la verdadera naturaleza del hombre se muestra y con ella, su dominación.

A los que leéis, entregaos a la voracidad por el conocimiento que os aleja de la necedad, de la ignorancia y que os acerca más a la iluminación última del saber, del conocer. Las grandes compañías nos han esclavizado, nos han vendido al mejor postor en un juego en el que los grandes gigantes se esconden entre las sombras.

No luchemos por nuestra esclavitud, sino por nuestra libertad. No nos abandonemos al consumismo aberrante que oculta míseros salarios en el Tercer Mundo, no nos autocompadezcamos ante la naturaleza muerta y protejamos la que nos queda, no nos olvidemos de los gobiernos que juegan un doble papel con nosotros y con los que nos subyugan a una peor calidad de vida por la contaminación.

Luchemos por el mundo de la razón en el caos aberrante de la sinrazón latente y patente en las mentes que dominan detrás del amparo de la democracia. La dictadura sobre el medio ambiente es tanto la dominación de la naturaleza como la dominación del ser humano por otros de su especie.

Pensemos. Actuemos.

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El último encuentro

“¿Crees tú también que el sentido de la vida no es otro que la pasión, que un día colma nuestro corazón, nuestra alma y nuestro cuerpo, y que después arde para siempre, hasta la muerte, pase lo que pase? ¿Y que si hemos vivido esa pasión, quizás no hayamos vivido en vano?” Sándor Márai.

El último verano se perfila entre el bochorno que sujeta el asfalto y los tubos de escape que resuellan Gran Vía hacia adelante hasta morir entre el bullicio de las pisadas con prisa, los desamores de desidia, los trajeados hombres de azabache que se derriten al sol, las cientos de miradas que se cruzan sin reconocerse finalmente. Como el principio que se convierte en imprescindible, el final se antoja inolvidable.

Compañías inciertas, estatuas, vaivén. Desconocidos suplicantes de abismo en la soledad de la noche mientras los gatos sin dueño divagan, reflexionan en su inflexión, agonizan en las terrazas suicidas de cielo inalcanzable. Ha pasado el viento las páginas del libro contra su voluntad para que pudieras leer un poco más, pero las palabras impresas en tinta negra sólo podían marcar de nuevo tu alma.

Hay presencias que invocan recuerdos. Hay gestos que regresan de cualquier forma y lo único diferente es la actitud de uno mismo. Cambiante es el miedo que se transforma en valor cuando se conoce el fragor de la tormenta, distinto es el atardecer cuando terminan los años veloces y vuelves a encontrarte en un nuevo cruce de caminos, inesperado es el hecho de volver, de regresar o de desaparecer.

Desaparece tu vieja envoltura, como un reptil que cambia de forma y se adapta de nuevo al terreno que puede llamar hogar. Desaparecen los veranos de siempre y vuelven los días bañados de la cruel interrogación que acompaña al “quizás”. Desaparecen las personas de tus memorias y se transforman ante tus ojos; han crecido como tú, han renacido de sus cenizas como tú, han avanzado hasta ese mismo cruce de caminos en el que tú te encuentras ahora.

El sentido de la vida es desconocido cuando el verano llega a la gran ciudad y la envuelve de la bruma del angosto y cálido estiaje. La pasión ardiente se apodera de los que con pasión se envuelven para ir a dormir. La pasión es el impulso vital que cada día despierta aquello dormido en nuestro interior, las horas muertas que dejamos pasar, aquello que está por cambiar y aquello cuyo final se encuentra más cerca aún si cabe.

“Tales son los hechos. Quien sobrevive al otro es siempre el traidor. Nosotros sentíamos que teníamos que vivir, y a esto tampoco se le puede dar más vueltas, porque ella sí que murió” Sándor Márai.

El último encuentro camina bajo el último rayo del atardecer para cumplir su promesa, su presencia, tal vez su ausencia. El último encuentro es con el ayer que se desvanece, con esa parte de nosotros que nos abandonará para siempre para así sentirnos cada vez más completos. El último encuentro es con los momentos que evitábamos en nuestras reflexiones y a los que podemos mirar ahora a los ojos, pensar como entes ajenos que en cierto momento formaron parte del todo, abandonar en el anaranjado crepúsculo que se difumina altivo.

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