La generación perdida

Los buenos son aquellos que no son malos, los decentes huyen de la indecencia. Con este juego de palabras, el tiempo traspasa las arrugas y convierte las cenizas en negación. Negar no ser algo para indicar lo que se busca llegar a ser. Con la ansiedad a cuestas y una esperanza, los edificios deshechos son testigos de la enfermedad crónica de ese ser humano que no sólo no se define, sino que evita hacerlo a toda costa.

Ayuda a pensar que vale la pena enamorar nuestra conciencia con la niebla difusa de ilusiones manidas, tal vez fallidas. Sin embargo, la generación perdida se esconde tras el amargo sabor de la derrota, en el garaje de la ironía que atrapa cada vestigio de la nostalgia, en los días pasados que tienen el común denominador de la desidia.

Entonces, de repente, ese soplo de aire fresco que invita al otoño se cuela por la ventana; la generación perdida pretende remontarlo haciéndose con el timón. Entonces, una vez más, las oportunidades se presentan de la nada, pero vuelven a salir por donde entraron disfrazándose de incógnita en la ecuación imposible de resolver. La generación perdida se diluye, se vuelve a perder en ese bucle de espacio sin tiempo, pues los días se van perdiendo en ese invierno que regresa.

“Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo” Oscar Wilde.

Nacer, crecer, consumir, seguir creciendo, abarcar, ganar hasta perder, delirar, fracasar, desear más,… la espiral. En el mundo utópico de las cosas las sonrisas no cuestan, el talento se premia con la eternidad y la juventud es el motor de la pesada maquinaria que sostiene a todo un país. En el mundo escandalosamente real las cuerdas ahogan, detrás de cada sonrisa hay todo un perfecto mundo de superficialidad, las ideas se fugan y las puertas se cierran y nunca más se vuelven a abrir.

La generación perdida somos tú y yo, jóvenes en busca de futuro. Víctimas de un sistema imperfecto y corrompido donde la democracia y el capitalismo son entes destinados al divorcio, a la separación, a la hecatombe. Vencidos por el frío abismo de la distancia que termina en desarraigo y profunda decepción. Gobernados es, en ocasiones, sinónimo de estrangulados. Comprados siempre implica cierta esclavitud.

Sin embargo, el momento perdido apremia un nuevo movimiento inesperado, pero también conciso y claro. Lo imposible sólo tarda un poco más en llegar, mientras lo cómodo sólo nos frena. La lucha está en el día a día de los pequeños supervivientes cazadores de sueños. Lo difícil hace más fuerte a quien sigue sus pasos a pesar del ruido ensordecedor y la luz cegadora. La lucha está en continuar siempre, contra viento y marea.

Bridge Over Troubled Desolation

Edén

Caen. Caen las hojas lenta y sigilosamente. Vuelan. Vuelan desde su posición vigilante hacia la incomprensión, el riesgo y la fugacidad de los minutos encerrados en el reloj de arena. Regresan. Regresan desde la calma hacia la tempestad de los días divididos en fracciones con común denominador.

Verano inacabado, inconcluso, inconsistente, difuso. Ráfagas de añil sobre el frío colchón de las nubes de atardecer, infinitos rostros desconocidos que aparentan conocerse desde hace toda una vida. Los radios de esa bicicleta atrapan el movimiento y lo convierten en velocidad, mientras el ciclista experto rehuye sus pensamientos y busca autoconvencerse de lo superflua que es la vida en el Edén. El Edén es la ciudad que nunca muere enterrada por la avaricia de sus ciudadanos pero, a cambio, renace muerta al no sentir el viento del paso del tiempo en su perfección.

Sobre el alféizar de la ventana, el beso. La brevedad de la vida de una hoja se pone en entredicho cuando ésta alcanza el cielo de los rascacielos y termina por formar parte del tejado. Bajo la luz encendida de la farola, la agonía. Las polillas son víctimas del otoño irremplazable y del último instante robado a la calidez.

Piénsalo dos veces. Piénsalo o déjalo correr. Y busca la vía de escape en un mundo aparentemente diseñado por esos entes translúcidos e indiferentes a la realidad. Y encuéntrate vagando por la depresión de los tubos de escape de los autobuses mientras alimentas tu alma de ese gas tan dulce como mortífero. El Edén es la cara B del vinilo, el as en la manga, la chistera de la que salen estrafalarios personajes de ficción cuando perdemos de vista la puerta de nuestro particular edificio y nos dejamos de esconder.

El pájaro bebe en ese charco solitario de agua. Su reflejo devuelve una versión distinta de su propio existir condicionando sus alas . Edén en la copa que se alza tras la victoria. Edén en la puerta de emergencia tras el incendio que asola la tierra. Edén en la libertad tras la esclavitud.

Hubo tiempo donde Edén era el paraíso en la tierra. Entonces, algo cambió cuando se secaron las semillas, la tierra fue devastada y los pusilánimes alimentaron con veneno la raíz de la verdad. Edén se convirtió en un recuerdo oculto tras el espejo, pero siempre volvía con la llamado del reflejo insistente. Bienvenidos a Edén.

“Hizo que se sintiese libre —dijo Lee—. Le concedió el derecho de ser un hombre diferente de todos los demás.

—Eso significa la soledad.

—Todas las cosas grandes y preciosas son solitarias” John Steinbeck.

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El inconformista

Si yo fuera tú, seguiría el camino que se muestra ante tus pies, aunque no sepas ciertamente si éste tendrá un recodo. Si yo fuera tú, guiaría mis pasos hacia la nada y el todo, hacia la eternidad de las cosas finitas que se terminan por desvanecer ante el fragor de los días caóticos. Si yo fuera tú, regalaría más sonrisas y menos amargura al mundo; creo que el tiempo que nos ha tocado vivir es para los optimistas, que no idiotas. Si yo fuera tú… Pero soy yo.

La ambigüedad se fuga al barrio de los Olvidados. Poco a poco. Llegué a la conclusión que cuando no se tiene claro qué se siente o que se piensa se tiene la sensación de los caballeros errantes portando su pesada armadura hasta el fin del mundo, se sufre al encontrarse rodeado de cadenas o al verse libre y sin ellas, se vuela alto hasta que, desconcertado, no encuentras alas alojadas en los costados. Entonces, sintonizas sonidos a tan alta frecuencia que terminan por dolerte los oídos y, simplemente, dejas de oír.

Dejas de oír, pero no de escuchar. Y volarás. Volarás alto. Entonces lo verás muy claro y será porque habrás visto todos los ángulos escondidos en la imagen. Cada minúscula mota de polvo se vuelve imprescindible para quien, como yo, observamos el todo descomponiendo en mil fragmentos los imposibles y los impensables. La línea roja que pintamos en el suelo hasta encerrarnos en nuestra zona de confort es la jaula bajo la que nos amparamos para dejar de brillar, dejar de ser. Entonces, seamos.

Creo que es el desequilibrio el que nos hace caer. Cuando el mundo gira sobre nosotros, la cuerda se tensa y se rompe. Cuando dejamos que nuestro mundo gire sobre otros, la estupidez sólo nos ciega. ¿Quién decide entonces dónde se encuentra el eje de este mundo? Piénsalo, nosotros. Nosotros decidimos donde se haya el eje de nuestras ilusiones, buenas sensaciones, nuestros sueños y también lo lejos que nos llevan nuestros miedos. Nosotros somos los únicos y verdaderos dueños de nuestro existir.

Allí, bajo la sombra del manzano. El inconformista. En ese libro de frases subrayadas por simple curiosidad y recuerdo. El inconformista. Las persianas bajadas, pero la diminuta luz encendida para robarle instantes a la noche con ese viaje a la imaginación. El inconformista. En los zapatos sucios, en las manos crispadas por la frustración, en los ojos brillantes de emoción, en el cansancio que precede al trabajo bien hecho, en el esfuerzo que supone ganar no sin antes arriesgar.

“Hay dos formas de inconformismo: la una activa, y la otra indolente y plañidera” Platón.

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