El inconformista

Si yo fuera tú, seguiría el camino que se muestra ante tus pies, aunque no sepas ciertamente si éste tendrá un recodo. Si yo fuera tú, guiaría mis pasos hacia la nada y el todo, hacia la eternidad de las cosas finitas que se terminan por desvanecer ante el fragor de los días caóticos. Si yo fuera tú, regalaría más sonrisas y menos amargura al mundo; creo que el tiempo que nos ha tocado vivir es para los optimistas, que no idiotas. Si yo fuera tú… Pero soy yo.

La ambigüedad se fuga al barrio de los Olvidados. Poco a poco. Llegué a la conclusión que cuando no se tiene claro qué se siente o que se piensa se tiene la sensación de los caballeros errantes portando su pesada armadura hasta el fin del mundo, se sufre al encontrarse rodeado de cadenas o al verse libre y sin ellas, se vuela alto hasta que, desconcertado, no encuentras alas alojadas en los costados. Entonces, sintonizas sonidos a tan alta frecuencia que terminan por dolerte los oídos y, simplemente, dejas de oír.

Dejas de oír, pero no de escuchar. Y volarás. Volarás alto. Entonces lo verás muy claro y será porque habrás visto todos los ángulos escondidos en la imagen. Cada minúscula mota de polvo se vuelve imprescindible para quien, como yo, observamos el todo descomponiendo en mil fragmentos los imposibles y los impensables. La línea roja que pintamos en el suelo hasta encerrarnos en nuestra zona de confort es la jaula bajo la que nos amparamos para dejar de brillar, dejar de ser. Entonces, seamos.

Creo que es el desequilibrio el que nos hace caer. Cuando el mundo gira sobre nosotros, la cuerda se tensa y se rompe. Cuando dejamos que nuestro mundo gire sobre otros, la estupidez sólo nos ciega. ¿Quién decide entonces dónde se encuentra el eje de este mundo? Piénsalo, nosotros. Nosotros decidimos donde se haya el eje de nuestras ilusiones, buenas sensaciones, nuestros sueños y también lo lejos que nos llevan nuestros miedos. Nosotros somos los únicos y verdaderos dueños de nuestro existir.

Allí, bajo la sombra del manzano. El inconformista. En ese libro de frases subrayadas por simple curiosidad y recuerdo. El inconformista. Las persianas bajadas, pero la diminuta luz encendida para robarle instantes a la noche con ese viaje a la imaginación. El inconformista. En los zapatos sucios, en las manos crispadas por la frustración, en los ojos brillantes de emoción, en el cansancio que precede al trabajo bien hecho, en el esfuerzo que supone ganar no sin antes arriesgar.

“Hay dos formas de inconformismo: la una activa, y la otra indolente y plañidera” Platón.

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