Edén

Caen. Caen las hojas lenta y sigilosamente. Vuelan. Vuelan desde su posición vigilante hacia la incomprensión, el riesgo y la fugacidad de los minutos encerrados en el reloj de arena. Regresan. Regresan desde la calma hacia la tempestad de los días divididos en fracciones con común denominador.

Verano inacabado, inconcluso, inconsistente, difuso. Ráfagas de añil sobre el frío colchón de las nubes de atardecer, infinitos rostros desconocidos que aparentan conocerse desde hace toda una vida. Los radios de esa bicicleta atrapan el movimiento y lo convierten en velocidad, mientras el ciclista experto rehuye sus pensamientos y busca autoconvencerse de lo superflua que es la vida en el Edén. El Edén es la ciudad que nunca muere enterrada por la avaricia de sus ciudadanos pero, a cambio, renace muerta al no sentir el viento del paso del tiempo en su perfección.

Sobre el alféizar de la ventana, el beso. La brevedad de la vida de una hoja se pone en entredicho cuando ésta alcanza el cielo de los rascacielos y termina por formar parte del tejado. Bajo la luz encendida de la farola, la agonía. Las polillas son víctimas del otoño irremplazable y del último instante robado a la calidez.

Piénsalo dos veces. Piénsalo o déjalo correr. Y busca la vía de escape en un mundo aparentemente diseñado por esos entes translúcidos e indiferentes a la realidad. Y encuéntrate vagando por la depresión de los tubos de escape de los autobuses mientras alimentas tu alma de ese gas tan dulce como mortífero. El Edén es la cara B del vinilo, el as en la manga, la chistera de la que salen estrafalarios personajes de ficción cuando perdemos de vista la puerta de nuestro particular edificio y nos dejamos de esconder.

El pájaro bebe en ese charco solitario de agua. Su reflejo devuelve una versión distinta de su propio existir condicionando sus alas . Edén en la copa que se alza tras la victoria. Edén en la puerta de emergencia tras el incendio que asola la tierra. Edén en la libertad tras la esclavitud.

Hubo tiempo donde Edén era el paraíso en la tierra. Entonces, algo cambió cuando se secaron las semillas, la tierra fue devastada y los pusilánimes alimentaron con veneno la raíz de la verdad. Edén se convirtió en un recuerdo oculto tras el espejo, pero siempre volvía con la llamado del reflejo insistente. Bienvenidos a Edén.

“Hizo que se sintiese libre —dijo Lee—. Le concedió el derecho de ser un hombre diferente de todos los demás.

—Eso significa la soledad.

—Todas las cosas grandes y preciosas son solitarias” John Steinbeck.

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