El disfraz

Los hombres no lloran, las pedradas de la vida no duelen y no quiebran máscaras imponentes, calzar zapatos de tacón no es una tortura, pintarse los labios no es sinónimo de trazar la sonrisa en la cara cuando no hay verdaderas ganas de sonreír.

Bienvenidos al planeta extraterreste donde nada es lo que parece y todo es lo que se espera. Bienvenidos al indolente día a día de la pregunta expresada en voz alta para hacer sin deshacer a nuestro antojo.

Hombres y mujeres son iguales, tienen los mismos derechos en todos los países del mundo y hacen uso de ellos. La democracia es un sistema político que funciona, donde se vive por y para el ciudadano de a pie. La corrupción es una vieja leyenda, un cuento del pasado donde reyes y reinas se jugaban a las damas el gran tablero de ajedrez del mundo, siempre al mejor postor.

Ahora, dejemos de lado la hiriente ironía. Las mujeres son débiles y los hombres, cobardes. Las mujeres son débiles por caer una y otra vez en la trampa de reconocerse como inferiores al utilizar esas viejas armas que sólo alientan que sea aún más grande la brecha entre ellas mismas. Acórtate la falda y baja el escote, entremos a ese club hasta el amanecer mientras nos invitan a unas copas por cortesía, eso por supuesto. Los hombres son cobardes porque a sabiendas del imperativo categórico que rige hoy en día este mundo, también son ellos víctimas de un sistema que les deja en el más absoluto desamparo. La violencia por la violencia, antes presunto culpable que inocente.

Bienvenidos al planeta Tierra. La tierra muere a cada segundo mientras se envenena cada minúsculo rincón de apatía, traición y delirio. Delirium tremens en las venas secas y sin sangre de los humanos que se revuelven unos contra otros al no encontrar ese principio de acción-reacción. El humo inunda los pulmones y se instala el tumor en el organismo mientras sus células no dejan de replicarse. Bienvenidos al tétrico disfraz.

Vístete, maquíllate; escribe tu discurso mental, siéntete ganar. Respira hondo hasta estallar, recompón tu estructura ósea en una fina y delicada línea; la perfección vendrá, tus palabras jamás pueden traicionarte. He aquí el disfraz. El disfraz de los días largos y cotidianos que esconden los temores, los amores, las preocupaciones y también, las ilusiones. El disfraz que todo ser humano teje en torno a su reflejo pulcramente desdibujado para no dar lugar a revelar información bajo la máscara y así convertirse en un elemento más dentro de una larga sucesión de banalidades. El disfraz del sinvivir que termina saliendo demasiado caro a su infausto jugador.

Los hombres lloran, como las mujeres. La vida duele porque la vivimos; así la alegría es más profunda y sincera. Los zapatos de tacón pueden servir para pisar fuerte o sentirse más alto, pero no hacen cambiar el contenido del recipiente. Los pintalabios invitan al color en la decadencia del otoño, pero una sonrisa verdadera parece cambiar el mundo por un instante.

El disfraz. Bajo la máscara triste y gris.

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De la lluvia

La lluvia de Madrid me enseñó a que el agua parece limpiar los coches de la ruidosa Castellana mientras lleva las hojas que quedan colgadas aún de los árboles, intentando resistirse un poco más. Entonces, el cielo barre las preocupaciones convertidas en el humo de los tubos de escape convertidos en quejidos de las almas de viandantes preocupados por el qué dirán.

La lluvia de Madrid me trajo la reflexión de que el momento y el lugar lo son todo para alcanzar el éxito o, por el contrario, desfallecer ante el más estrepitoso fracaso. Hay veces que el momento te pone a prueba mientras el tiempo juega completamente en tu contra; de hecho, éste se esfuma por completo y terminas debiéndole segundos a la vida. En otras ocasiones, el lugar es inesperado, imposible, impredecible. Los aviones vuelan trazando su trayectoria, pero su estela termina por difuminarse y perderse en el vacío de la contemplación del atardecer en los días grises.

Nos llevamos la vida por delante. La abandonamos a su suerte mientras creemos tener todo bajo nuestro imperfecto control. La perdemos entre la multitud de miserables detalles que se llevan ese valioso tiempo que nos hace arriesgar el sueño y cambiar nuestras prioridades. Las farolas iluminan el agua de los charcos mientras las gotas hacen desbordar el anhelo de silencio. El silencio es tan incómodo como efímero cuando puedes escuchar con total claridad tus pensamientos.

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Nos quedamos sin ganas, sin armas. Los días parecen años en el día en que el reloj parece pararse e incluso, da marcha atrás. Vuelve hacia el instante preciso en que el primer grano de arena cae y sólo dejamos de existir nosotros. El mundo se mueve en espiral y sólo dejamos de existir nosotros. Dejamos de existir nosotros y la cruda realidad es que ese mecanismo infinito no deja de girar para esperarnos. La lluvia moja debajo del paraguas que pretendía ser un nuevo escondite.

La lluvia de Madrid  me devolvió la perspectiva de la gran ciudad que pretende dominar la situación y tan solo se convierte en dueña y señora de las fotos de turistas y cuadros de pintores callejeros. Abandonada por la lluvia, el caos regresa al centro de su razón de ser y finalmente, juega con el azar de encuentros y desencuentros.

La lluvia de Madrid es ese pequeño instante de pensamientos que buscan darle sentido al color del otoño. El latido del corazón es el sonido más dulce, pues nos hace estar vivos. Las promesas vanas son absurdas y estériles, pues nos hace perder la fe. Los minutos robados al tiempo son el regalo más preciado, pues son tan inesperados como escasos. De la lluvia es el momento de impacto sobre la piel deshidratada. De la lluvia es el beso entre el suelo y el cielo plomizo de Madrid.

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Binario

Rodeada de espinas se encontraba la rosa. Sin embargo, la suerte provenía de encontrar una rosa entre el destino punzante y, a veces, doloroso.

Ella decía que era una rosa. Él la veía como una construcción cultural y biológica circulando alrededor de la atracción de los polos binarios de naturaleza y artificio. Ella miraba sin que él se diera cuenta para después volver la mirada hacia un punto perdido entre el hombro del hombre del traje gris y el cristal de la ventana del vagón. Se sucedían las conversaciones imaginarias con preguntas imposibles de responder y alegaciones llenas de convicción y energía.

Complejidad. Él era un complejo entramado de algoritmos que se convertían a la religión de la física cuando se integraban esos factores externos que condicionaban su sonrisa. Ella sólo veía el blanco y el negro; su felicidad dependía de sí misma porque el optimismo le impedía observar cara a cara a la derrota o al cansancio.

No hablaban los mismos idiomas, pero entendían los gestos que les habían llevado a comprender más el silencio que el bullicio del mundo exterior. Desde tiempos inmemoriales, las palabras se habían traducido en numerosos códigos tan efectivos como certeros y ahora, la simplicidad quería venir para quedarse. Pero el otoño no estaba preparado para diferenciar entre guerra y odio, justicia y libertad, cariño y amor, Estado y nación.

Podríamos mandar mensajes en Morse y esperar una respuesta al otro lado del Atlántico pero jamás daría resultado engañar a la intuición bajo la más perfecta de las tormentas que, en algún momento, hundió al Titanic al encontrarse con el iceberg escondido. Podríamos ser una línea de código meditabundo en algún lenguaje de programación y ni las máquinas sabrían lo que es el ingenio o la humanidad, la pasión o la adversidad. Tiempos difíciles para los traductores de palabras que no se pronuncian, no se escriben, no se experimentan en su completo significado.

Todos nosotros, cuando nos comprometemos con la relatividad, caemos bajo la influencia gravitacional de otro mundo emocional al mismo tiempo que se inclina la balanza hacia nuestra más completa irracionalidad. La economía se mueve por la oferta y la demanda; la oferta de realidad y la demanda de genios para ordenarla. Encendido o apagado, la lógica entiende de extremos y acciones que se plantean como estrategia para mover el mundo a una elevada velocidad.

Binario. Ceros y unos. Bases simples para una mecánica tan compleja como es la mente imperturbable e inabarcable del ser humano y su genialidad. Binario. Dividimos el mundo en dos dualidades para no sentir tanto miedo: lo bueno y lo malo, blanco y negro,… Ciertamente, queremos un mundo binario. Binario.

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