A veces, sucede

Hay veces que el silencio se estrella contra la pared, entre sorprendido y enfadado, pues deja de tener sentido el reloj en los minutos vacíos, los interrogantes en las mentes que han esperado demasiado tiempo para terminar de buscar el sentido, las lunas llenas que parecían vacías en los años del invierno.

Hay veces que me sorprendo buscando la primavera a finales de febrero, pero debo reconocer que las sorpresas son esos pequeños instantes que convierten las tardes de reencuentros inesperados en paseos infinitos con conversaciones que duran horas y horas. Entonces, los kilómetros se desdibujan y el tiempo se detiene donde quieres tú que lo haga, se convierte en ese esclavo del que antaño eras preso, mientras buscabas el sentido al mañana y te olvidabas de vivir el hoy.

¿Estás bien, cómo te va todo? Y así la mente resuelta, por una vez, deja de pensar en el vacío del eco entre palabra y palabra y se limita a buscar el sentido de los sonidos que son música cuando la partitura queda completa tras mucho tiempo de espera. Y no me hables de palabras vanas… No, ya no. Todo cambió cuando dejé de analizar todo en su conjunto y viajé a los recovecos y detalles de cada pieza de este gran puzzle y, aunque no me encajaban, al menos tenía la memoria para el recuerdo y las experiencias para cambiar aquello que, por entonces, no terminaba de comprender.

Yo siempre pensé que… Y sí, volvías a estar equivocada, volvías a pensar que todo estaba bajo tu control; nada más lejos de la realidad. No somos máquinas de metal sin vida y sin sentir, no somos instrumentos diseñados para querer u odiar cuando los programas, no somos perfectos en la sobreprotección que raya el esperpento, no somos entes creados para evitar la confrontación, pues ésta no tiene porqué ser necesariamente negativa. Me lo imaginaba, pero nunca me atreví a decirlo. Dejé de imaginar desde el primer momento en que supe que la imaginación escapaba de mí y decidía cogerse unas vacaciones para reflexionar tras un largo día en la sombra del quizás. Somos capaces de inventarnos tantos nuevos temas de conversación para huir de lo verdaderamente importante que deberían considerar la fuga como delito cuando tras varios intentos sigues rellenando el espacio de palabras que suenan bien en voz alta pero desaparecen en el abismo.

Hay veces que, simplemente, sucede. Un nuevo año que comienza, una sensación que se escapa, interrogantes que no saben a reflexiones y pensamientos que parecen más sueños inalcanzables que síntomas de locura a analizar. Definitivamente, deberíamos estudiarnos y diseccionarnos hasta comprender por qué pensamos en lo que queremos mientras hacemos justo lo contrario.

Hay veces que lo imposible, sucede. Hay veces que el pasado deja de estar anclado a un hipotético presente que dejaste de vivir hace años mientras escudriñabas en la oscuridad con miedo el futuro tan amenazador como incomprendido. Hay veces que la inmensidad del mundo te devuelve a la playa de la que partiste y descubres que, aunque no eres la misma ni de lejos, el sentido de la arena en tus pies sigue el mismo equilibrio que esos zapatos volviendo a caminar sobre el suelo infinito de esa gran ciudad, de ese bello cataclismo que es Madrid.

Hay veces que se vuelve para abandonar definitivamente el lastre que te impedía navegar.

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Definitely maybe

Maybe or maybe not.

Ice is cold like water comes from the mountains and restarts its cycle with a waterfall. Ice is fire while there is a closer hand on your shoulder and your soul goes back to your eyes. Eyes are soul’s windows, oceans in the dessert and I still keep trying to find yours outside this planet Earth, further than this unfair chaos.

Maybe or maybe not.

Fire is cold even in this new spring and the flames stop your heart beating. Fire is unknown, unusual, uncommon and imperfect. Fire is you against you, fire is your best enemy and your worst friend. Fire is the rapid oxidation of your thoughts, your feelings and your smile, although a living fire to lighten the darkness makes you ignite the night like a shooting star.

Maybe or maybe not.

We lost meaning in our translation of this uncertain life. We felt odd while old stories finished and we found weird times in between. Definitely maybe there is something that makes us feel special while we do not understand even ourselves.

Maybe I do not want to go back to these ancient stories where princesses were not looking for a new world, where knights were breathing for the power of swords, where treasures were adventures to follow due to the miracle of a new day.

Maybe or maybe not.

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Raros

Tira la primera piedra, duda en conocerme, reconoce que no te conoces ni siquiera a ti mismo, vuelve donde los días eran del azul de los lunes invernales, corre hacia ese bosque en el que te puedes perder porque siempre encuentras la salida. Mira la piedra sumergirse tras su rastro e intenta encontrarla. No lo vas a hacer; lo raro no es común, lo extraordinario es volver con el canto del ave fénix y resucitar de entre las cenizas.

Raro, no digas especial, di raro. Hay días raros que empiezan en el cero de la estrella polar y se transportan hacia la quintaesencia de los minutos atrapados para dejar pasar ese último tren, hay comportamientos raros de personas fuera de lo común que empiezan con una mirada de extrañeza y terminan con miradas de profundo entendimiento, hay rarezas en el mundo que, simplemente, nos rodean.

Siluetas fugaces, sombras de árboles que se mecen al anochecer, gravedad advertida por ese suelo que se empeña en que caigamos una y otra vez, relatividad en las flores que se abren en primavera y saludan a la lluvia desde la ventana. Y sabe el hielo que quema más que esa llama que se extingue por primera vez; y sabe el hielo que su calidez es incomparable con la nieve que sigue vistiendo a las montañas sobre ese atardecer.

Siempre.

Recuerda, raro.

Vence el impulso, raro.

Imagina, raro.

Huye, raro.

Jamás.

¿Quién es capaz de juzgar quién es raro y quién no? ¿Quién es capaz de dibujar esa delgada línea entre la brillantez o simplemente lo diferente, inusual o poco común? Como encuentro la inspiración en un café sin luz a media tarde entre idiomas extranjeros e intereses comunes, así sucede con esos entes raros, lejos del camino en línea recta, más cerca de las estrellas a medianoche cuando se dejan ver.

Cántale a la luna para que regrese a tus sueños esta noche, dibuja en el cristal esa palabra olvidada que jamás dijiste y que se descubre con el frío de madrugada, habla alto y bien claro quién eres y quién quieres ser. Y no esperes un canto de esperanza o una balada endiablada en este caótico mundo, pues raro eres y la multitud no acepta sino estándares de belleza, determinados pensamientos y conciencias accesibles. Y no esperes el final de un día en la era que comienza, pues las rarezas se perciben y los raros sólo se pueden esconder. O eso dicen.

Sin embargo, todavía me maravillan las estrellas fugaces surcando el cielo a toda velocidad. Tan insignificantes como alejadas de la cotidianidad, tan llamativas en la quietud de la noche, tan anheladas entre la oscuridad. A veces, solo a veces, las estrellas caen como hojas del otoño en lo inesperado de las tardes sin fin. A veces, son de piel, son de verdad, son de sueños e ilusiones. Tan solo, raros. Te espero en ese café a las seis, tan solo huye hacia delante.

Raros.

Siempre.

Recuerda, raro.

Vence el impulso, raro.

Imagina, raro.

Huye, raro.

Jamás.

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Se busca

Se busca el latido en esa rama desprovista de vida tras el paso del invierno, mientras el recuerdo de las hojas se desvanece mecido por el viento y la ciudad pasa a formar parte de ese firmamento cambiante y desconocido, anhelante de nuevas respiraciones que acompañen el movimiento de esos pasos sobre el asfalto y anhelado por esos ojos de farola vigilantes al anochecer.

Se busca la confianza perdida en ese último mensaje, esa mentira piadosa que se convirtió en algo más, esos ojos mentirosos a los que, de vez en cuando, te encantaría creer. Responde a su nombre entre susurros porque no se quiere dejar ver, apuñala por la espalda y hiere de gravedad mientras se vuelve a agazapar entre las alimañas y la tierra oscura. Evita ser para no creer, se relame las heridas inexistentes de cuerdas que jamás ataron sus manos y grita por encima de la multitud para contar su propia versión de una historia febril. Huye de la multitud, jamás mires hacia atrás pero recuerda desde dónde llegaste.

Se buscan almas decentes, manos con historia, ojos con vida y corazones que laten a toda velocidad. Extraña tu alma la maravillosa comunión de las palabras en tu pluma y tu mirada en el bullicio, el bochorno, la vergüenza, el estridente gemido del tren al frenar frente a ti, las verdades que palpitan bajo la pólvora hechizada de la mente del genio, las almohadas que se convierten en consejeros de guardia cada noche tras el último aliento de consciencia y pensamientos de sal. Regresa el caminante sereno desde esa esquina sin vuelta y ese respiro sin necesidad.

Se busca el manual que contenga las instrucciones para entender el mundo, pues debe ser destruido. La humanidad se ha perdido entre la fe de los falsos beatos y los ensayos de los fingidos ilustrados. Podría decir que decimos mucho y sentimos demasiado poco, pero la mentira me sorprendería en el siguiente cruce de caminos tratando de arreglar oraciones inconexas con adjetivos demasiado presuntuosos. Simplemente, hemos perdido la capacidad de sorprendernos en un mundo por exceso cuando el defecto subyace en la niebla de lo que nos queda por descubrir. Y pretendemos saberlo todo, aunque no sabemos nada. Y queremos bailar al son de una melodía completamente desafinada, vacía, insípida, irreal, mentirosa, traidora.

Se busca el amor en su máximo exponente. Se buscan las sonrisas sin precio, las carcajadas interpretadas por actores ajenos a la gran obra representada, las lágrimas de emoción ante lo imposible que solo tarda un poco más, los abrazos sinceros que muchas veces dicen más que las propias palabras. Definitivamente, queda poco para reinventarnos. Reinventar los días que amanecen nublados y terminan con un suave atardecer, imaginar los pequeños detalles que nos recuerdan quién podemos llegar a ser y, simplemente, respirar la bruma que guarda la ciudad con sus luces y sombras mientras nos ata a la tierra.

Se buscan héroes en los suburbios, libros abiertos, profetas sin tierra. Se busca quemar las naves, huir hacia adelante, inspirar estrellas fugaces, morir entre la espada y la pared. Se busca la nada, reinventar un nuevo cuento que solo cuente la verdad, armar de valor ideas brillantes, evitar las balas perdidas, inspirar y suspirar, demoler los cimientos del mal menor desde la pólvora de la herida fatal, espiar la primavera desde el otro lado del vidrio ceniciento, regresar del baile descalza y sin zapatos de cristal.

Se busca.

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Cada minuto

Por cada minuto de silencio de estremecedor frío, invoca al lastre de la multitud ruinosa. Por cada minuto de silencio, oyes y rehuyes la mirada de la pared blanca que te corta el paso y te impide ver, muestras tu incomodidad por no saber soportar la triste y fría nada, encarcelas el aliento de las palabras vanas en la boca deshecha mientras sorprendes la tinta en los dedos que piden a gritos una segunda parte.

Así, comienza la novela del héroe del silencio; aquel que no deja de mirar y sigue viendo más allá de esa puesta de sol sobre esa azotea madrileña, aquel que respira el aire contaminado para sentir la pesadumbre en sus pulmones, aquel que no se deja ver pero que siempre fue ente destacado en la atalaya junto a sus rarezas y opiniones. Entonces, sabemos que no se trata de un héroe de ensayo o superhombre dibujado, sino del evolucionado espécimen que cocina sus emociones en el laboratorio de la razón; contradictorio. En fin, digamos que hablo de esos días donde nadie sabe vivir, pero termina por vivir esperando. Esperar, ¿el qué?

Tal vez ni nosotros mismos sabemos responder a esa pregunta, entre maliciosa e inesperada, pues la certeza es poco más que un ente desdibujado por las prisas entre trenes y vehículos sin resuello, mientras el remedio de la enferma brisa se halla en la sonrisa de los desconocidos sin nombre, sin alma. Cada minuto.

Cada minuto es la repetición del segundo que lucha por su protagonismo sesenta veces; sesenta interminables ocasiones de pensar en dejar de pensar y, simplemente, mirar por la ventana mientras vuelve a salir el sol. Cada minuto es la suma de parpadeos que ocultan por un instante quiénes somos al mundo, pues en ese movimiento perdemos de vista las almas vagabundas que pugnan por encontrar un hogar y sentirse como en casa. Cada minuto es el resultado de decisiones tomadas a contrarreloj, respuestas que dejan sin aliento a quien las recibe, pequeñas perlas que curan la soledad y exponen, como si de un cuadro se tratara, el nuevo amanecer de los deseos que pediste.

Hubo un tiempo en que la colisión del universo no parecía importarnos, pues la Tierra tan solo era plana y los planetas no existían en esa vorágine de puntos luminosos en el cielo de invierno. Entonces, dejó de ser trascendente el frío en la estación polar y llegó la evolución de la simplicidad transformándose en la complejidad del tiempo, verdugo y prisionero, en la edad indescriptible del planeta abrasado por el sol. A veces, queman los minutos de incomprensión para los curiosos; a veces, las hojas del otoño se estremecen al encontrar lo extraordinario en la caricia del viento cuando caen. Caerse para levantarse. Siempre.

Sin embargo, la realidad no siempre pinta la acuarela con los mejores atardeceres y, desde luego, el realismo no siempre supone la mejor versión de ese minuto que perciben miles de almas al mismo tiempo. Cada minuto, encierra ese rincón que ha pasado desapercibido por el fugitivo, recoge la luz en esa pequeña ventana del tejado de la calle Pez, restablece la cuenta atrás de la madera risueña que saluda a los transeúntes desde los portales en la madrugada. Un último minuto, rescata ese último instante al amanecer de los tiempos que están por venir.

Por cada minuto sin palabras del encantador invierno, regresa la esperanza de las almas recuperadas.

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