Mejor por carta

Fuera fortuna o valor, fuera camino o revolución, así comenzó en los albores de los tiempos la lucha constante por querer expresar lo que se sentía, lo que significaban todas y cada una de las pasiones que movían a nuestros ancestros y cuyo legado quedó escrito en la piedra de esos cantos rodados que pisamos en cada ciudad con historia de esta bella tierra nuestra. Y la tinta surgió de esa pluma que regó su dicha, ira o valor por esas montañas infinitas, por esas cordilleras que no separaban sino unían por el embeleso de esa lengua rica en común, por las marismas y los deltas, por esos ríos que inundaban de alegría el oído de quienes lo escuchaban, por esas grandes llanuras de oro en trigo.

Y cabalgaron. Cabalgaron esos siglos sobre la tierra fértil en la primavera venciendo al ocaso y amaneciendo una y otra vez en un intento de no cejar en el empeño de ver el alba que imbuía vida. Cabalgaron desterrados por no arrodillarse ante tiranos señores mientras la arena les mantenía unidos frente a la desnudez casi bárbara de los campos incendiados por enemigos de humo. Ni Cid, ni doña Jimena; ese cantar tan mío, esa voz tan nuestra, dejó de expresar lo que las emociones y las sensaciones, las creencias y los pensamientos pretendían transmitir en boca de pluma, en voz de tinta.

Rasgadas las velas de los barcos. Las naves destrozadas aún gritan desde el fondo de ese mar bravío y sediento de guerra, entre espumas y corales, bañándose en la inmensidad del agua que ha visto correr con la marea el paso inexorable de ese tiempo perdido y ganado por el olvido. El hierro quejumbroso y oxidado por la ira del mar aún brilla y deslumbra desde el abismo; aún busca ese canto de tierra, esa serena canción de cuna que mece el descanso del guerrero.

Papel mojado. Palabras que se agolpan en el papel y lo envilecen y embrutecen. Trazos inconexos para ese alma que se desprende de los cuerpos abandonados al caótico y mundanal ruido del mundo moderno; inconcreción de rumbos sin destino, inconexión de ideas expresadas en voz alta que pretenden ser olvidadas, redención de los mudos que solo pueden observar y ser testigos de la hecatombe.

Verdad. Esta es la historia de nuestros días cegados por la aversión a nosotros mismos en un amanecer sin canto de pájaros, en una primavera casi inevitable. Hace mucho tiempo que las palabras no hacen sentir a quienes las transportan en su boca; hace mucho tiempo que el significado real de las mismas dejó de respirar y murió encerrado en esa pequeña caja de vacío. Y así, se han infravalorado las emociones y las acciones con el significado de las palabras, ahuyentando a la sangre que se agolpa en las mejillas y corre por las venas, dejando estático ese corazón de frío acero que solo late ante esa virtual realidad.

Seamos irrealidad creada por nosotros mismos con la piedra como testigo, seamos brotes verdes sorprendidos en una tierra yerma y vacía, seamos fuego que estalla contra la guerra del amor fingido y contradictorio lejos de la revolución. Entonces, volveremos a reír en primavera.

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Uno de los nuestros

Corre, llega hacia donde la civilización no existe, donde se deja de existir para ser y no conformarse con la mera existencia, la subsistencia. Sobrevivir al invierno no es sinónimo de alcanzar la primavera en un punto muerto viendo florecer los cerezos, mientras las horas pasan por las manecillas del reloj y las venas azules se sienten desfallecer de anhelo, de imposición.

Primavera. Tenía que ser en la ciudad que nunca llueve, sin frío pero aguantando la tempestad, más allá de las montañas que separan los pinos del vértigo de los olivos que aún se estremecen con los temblores en el suelo producidos por la victoria del hierro sobre el asfalto. Tenía que ser en la inmortalidad de las horas que se roban a la vida por conocer, aún cuando la eternidad se alcanza entre las sombras de quien se despide con la cabeza bien alta y deja su impronta en forma de recuerdos en esas mentes preclaras, en esas mentes de oro. Tenía que ser a la luz de los acontecimientos que solo terminan en suspiros para los que no se atreven a mirar más allá, mientras que otros ven el fin de una era.

Civilización. ¿Civilización? Su definición perdió sentido en el tiempo en el que los deseos y el poder superaron con avaricia y desprecio el compartir, el sacrificarse por el bien común, el avanzar vertiginosamente hasta el momento en que el hombre se asemeja más a una máquina que a un ser dotado de esa irracionalidad que le engrandece por su originalidad en lo poliédrico de sus formas, por su amparo en la conciencia de protegerse unos a otros, por su estela en la estirpe de las almas que aún se presentan en sueños ante nosotros. Pero seguimos sin saber mirar, sin saber quién somos.

Recuerdo. La sangre en las mejillas sigue regresando, baila en la mirada de ensueño plagada de bosque y de montañas; los labios callan porque la palabra no es necesaria, ni tampoco suficiente. Hay veces que correr está permitido y justificado, pues los pasos nos llevan aún más lejos de lo que soñamos. Hay veces que somos etéreos, injustificados, volátiles, impredecibles, peligrosos. Entonces, la luz de la primavera es ceniza y adusta, revela la insignificancia de las noches en vela y mantiene ese halo de misterio que puede significarlo todo o quedar en la más absoluta nada.

Revelación. La tinta es la espada del hoy que se ensalza entre las cenizas de los mortales corrientes y sin ninguna peculiaridad, casi cotidianos y predecibles. La callada por respuesta es cómplice del ocultismo, de la autocompasión que flagela cada imposición sin siquiera preguntar porqué, de la tierra ganada al nadie más defraudador, a la sombra más oscura. Sin embargo, llega el amanecer que revive y reinventa el destino inexistente tras el escondite vulgar de unas pocas piedras que, como la honda caverna de Platón, se contagiaba por el temor de sentir esos rayos de sol sobre el rostro imbuido de luz.

Inspiración. Los pequeños movimientos, aunque ineficaces o insuficientes, siempre implican traslación de los cuerpos en un espacio y tiempo concretos. Las melodías desafinadas o los acordes incompletos, aunque atroces o incluso banales, poseen la belleza de la irracionalidad y el sentimiento frente a la perfección aparente de las máquinas desposeídas de humanidad, los soldaditos de plomo que acatan y obedecen sin corazón, los engranajes que accionan cada instante de nuestro breve existir.

Camina, observa el paisaje que se queda tras de ti, entre aciago y grandioso, esperando encontrar la respuesta al interrogante que se desprende de la risa del río a través del puente romano. Sobrevivir nunca fue sinónimo de existir, de perseguir lo imposible mientras la mano se atreve a accionar cada mecanismo construido con la fuerza de la esperanza y la voluntad de la justicia. Tenía que ser en primavera.

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Al amor de los amores

Oigo el eco, tan solo mi voz en la inmensidad de un espacio perdido en un tiempo añorado, tal vez. La habitación está vacía, el blanco de las paredes ha hecho diana en el corazón y aún se atreve a iluminar la estancia mientras la tarde cae y el sol jamás se detiene. Un día menos o, mejor dicho, un día más. Oigo el silencio, tan solo se escuchan las pisadas que, de puntillas, pretenden pasar desapercibidas sobre ese suelo de madera. La habitación sigue vacía, pero es casi impersonal, fría, hasta siniestra.

Mañana. Siente escalofríos, la piel responde a la llamada como si de cruel llamarada se tratase. ¿Qué será del despertar cuando la última rosa del jardín deje de florecer por primavera, será amanecer? ¿Qué esperarán las gotas de agua de la fría madrugada cuando la imperfección invada la altiva gardenia de tangos cuasi todopoderosa? Mañana. Vuelve siempre mañana.

Habrás ido. Futuro compuesto perfecto. La perfección se mide, de repente, por la presencia de sombras con nombre en figuras desdibujadas por el paso del tiempo. Las sombras no son oscuras ni tenebrosas, solo acompañan la llamada de ese pequeño reloj despertador cuando el sueño quiere permanecer anclado a ese despertar de recuerdo. A veces, el mapa del tesoro no sirve para encontrar la riqueza en el codiciado metal dorado, sino que el oro estuvo siempre ante nosotros. Habrás llegado, habrás hecho, habrás conseguido, habrás volado, habrás marchado.

Ojalá. Duda, deseo de que ocurra algo o que hubiera sucedido en un pasado no demasiado lejano. Hay deseos de sueños imposibles, tan inalcanzables como alentadores; hay esperanzas de evitar lo inevitable, tan diminutas como desdibujadas en una fantasía casi de ilusión. De repente, los atardeceres significan algo más que el caer de la tarde, pues los colores son mucho más conmovedores en esa sinfonía de acuarelas diluyéndose hasta desaparecer entre la oscuridad de la repentina noche surcada de estrellas.

Acorde. Disonante o perfecto. ¿Quién establece la perfección en las melodías que hacen cerrar los ojos para dejar de ver lo mundano mientras perdemos la sintonía de nuestros propios pensamientos? Armónico, puro, simétrico. ¿Quién dibuja el trazo de ese rostro y busca que los ojos miren hacia el horizonte sin tener sensación alguna, sin creer que por un instante la congelada lágrima no va a pugnar por salir al exterior convulso y atormentado?

Soy. Presente, eterno interrogante. El Robinson Crusoe que aunque es esclavo de su propio destino, termina por encontrar al Viernes en el calendario. El viaje al centro de la Tierra que termina por no ser lo esperado, muy lejos del ardiente magma que se cierne sobre la nave en el volcán. El Quijote loco y solitario que, ni loco ni solo, se enfrenta a la mayor de todas las aventuras: él mismo y su temor al propio mundo que le hace daño pero que, a la vez, le fascina.

Y ojalá seas, pues el acorde más disonante de tu historia habrá merecido la pena en tu arrugado corazón de imperfección. Habrás viajado al mañana vestido de cualquier forma, náufrago y esclavo de lo pasado, de lo anterior y habrás ido al lugar de donde nunca se vuelve, pues el mañana es una sucesión de momentos sin empezar que agolpan en tu mente disoluta toda la ira y la rabia de la que eres capaz. Y mañana, oirás. Oirás el eco en la habitación vacía, pero no te sentirás solo nunca jamás. Entre el siempre y el jamás hay una fina línea que engrasa ese desgastado corazón, como si de un motor obsoleto se tratase, entre antipático y reconfortante, pero tan real que sangrase cada gota de vida.

Las habitaciones vacías no están para llenarse, están para contemplar todo aquello que la multitud te impide ver. Al amor de los amores no se llega por el camino fácil, pues no es una simple anécdota. El amor de los amores es aquel que te ha hecho gritar de dolor por lo real de su naturaleza; el amor de los amores es el que grita al oído con enfado, el que espera impaciente, el que se va al cielo y luego queda el recuerdo, el que huye por miedo pero regresa después, el que permanece puro y desayuna nuevos amaneceres por vivir.

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Mejor vivir que soñar despiertos

Hoy te has despertado desconcertado, con una sonrisa imperceptible en la cara y con una extraña sensación de estar viviendo una y otra vez el mismo día, como si de un sueño infinito se tratara. Hoy el café no ha sido suficiente para borrar las interrogaciones que se ciernen sobre tu cabeza mientras el azúcar corre por tus venas y hace que tu corazón aletargado ceda a la alegría cuasi tóxica del edulcorante feroz. Hoy has querido preguntarle a tu subconsciente el porqué de tu olvido, el porqué de ese desconcierto tras haber pasado por la tierra del tal vez.

Mejor vivir que soñar despiertos. Dicen que los soñadores deberían estar prohibidos en un mundo como éste. Espíritu libre en el escapismo que cercena miradas sin alma y recupera batallas antaño perdidas de la mano de esa voz áspera, casi canalla, en el bosque de hierro y acero que aguarda ahora tu corazón. Negra sombra acechante en el vaivén de la neurótica sintonía de ese reloj despertador que aún estrena cada mañana su intención de destruir tus sueños e interrumpir tu viaje hacia el jamás.

¿Dónde? ¿Dónde estás? Todavía me sorprendo con ese imperceptible olor a sábanas deshechas y a almohadas frustradas de sueño; todavía me sorprendo con el inestimable vacío de desconcierto que se apodera de mí cuando la campana te salva de una aciaga pesadilla, cuando te agitas molesto ante la sensación de un sueño que anhelabas de vuelta, cuando respiras apesadumbrado frente a los embates de esa realidad que supera a la ficción.

Mejor vivir que soñar despiertos. Reitero que los soñadores deberíamos estar prohibidos, pero porque no debería ser una forma de vivir, sino una forma de reinventar todos los días ese mundo que se nos escapa de las manos y del que nos sentimos dueños únicamente cuando estamos dormidos. A veces, esa ola del mar, ese grano de sal, ese frío sentimiento de ahogarse en apenas diez centímetros de agua en esa bañera que es la vida, ese reflejo en el cristal de la primavera que regresa.

Alergia. Tienes alergia a soñar. Tu sistema se revuelve incómodo cuando dejas de observar la persona y te adentras en el desconocido abismo que no siempre es placentero. Viajar sin billete de retorno no siempre es la mejor de las locuras, no siempre es el sueño hecho realidad. Realmente, tienes alergia a la realidad al mismo tiempo que la exiges, así que tu mente quiere escapar de ti mismo, quiere rechazar esa sobredosis del polen que resucita ese leve picor en los ojos mientras hace arder tu garganta.

Mejor vivir que soñar despiertos. ¿Por qué intentas crear una trinchera entre las sábanas? ¿Por qué sigues empeñado en inmortalizar esa imagen de idilio cuando la sordidez de esa sombra proyectada por la tenue lámpara contra la pared se asemeja más al día a día corriente? Sé que no sabes responder, ni lo intentes. Hay veces que las palabras llegan al rescate cuando ya has perdido toda esperanza, como el escritor pendiente de esa musa irreverente que desaparece sin más sin dejar rastro. Hay veces que vivir no es una carrera de velocidad, pues las piernas empiezan a resentirse enseguida cuando el corredor es inexperto y pretende llegar a la meta a cualquier precio. Hay veces que, simplemente, no hay nada detrás de la cortina, no todo va a ser esperable ante esas expectativas creadas de antemano.

Hoy te has despertado, como cada día, pero algo ha cambiado el norte de tu brújula. Mejor vivir que soñar despiertos.

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Hambre

Te mueves, entre susurros y bostezos de medianoche. Te mueves, te arrastras sobre esa tierra que te ha visto crecer y de la que no te sientes parte. Te mueves; el frío se apodera de ti y llega hasta tus huesos aunque tú solo aprietas los dientes, como tantas otras veces, entre la esperanza de encontrar un pedazo de ese pan que alimenta y la desesperación por llegar y cruzar la línea. Sientes que te mueves.

Tienes hambre. Tienes el estómago vacío y la conciencia deshecha, no sabes la dirección a la que tus pasos te llevan, desconoces qué hay detrás de ese recodo en el camino, no aprecias la lluvia mojando tus pensamientos mientras pierdes la memoria lentamente. Déjalo pasar, no eres el único que siente hambre en esta tierra inhóspita e insalvable, o no.

Introspección. Cada día millones de almas sienten el pesado vacío del hambre en sus estómagos y sus corazones. En el primer mundo, el hambre se traduce en demostraciones de fuerza, sueños que te despiertan por la mañana y te hacen más fuerte, debilidades disfrazadas de verdades incómodas que revelan lo que realmente hay bajo ese disfraz, realidades que te golpean fuerte y te hacen experimentar la vacilación, la ira y finalmente, la desidia. En el tercer mundo, el hambre es el que sesga sueños sin ningún tipo de pudor, amenaza a la ira hasta convertirla en mera mansedumbre, dibuja de un triste color gris el día a día. Es irónico cómo hay estómagos vacíos de alimento en la tierra devastada mientras en la tierra colmada de bienes las entrañas quieren más por mera gula ante lo desdichado de sus corazones.

Expiación. Sin embargo, hablar de orden en una lista es tan vacío como inexacto. Primer mundo, tercer mundo,… El hambre llega a las puertas de las casas antaño pudientes, se arrastra hasta la esquina de la calle ante el supermercado, se agazapa frente a esa estación de metro, se llena los bolsillos de ilusiones destrozadas y hechas añicos, se cobra tantas víctimas como en esas guerras modernas donde la sangre fría cede a la inteligencia. En esta guerra no hay vencedores y vencidos, ya no existe brecha entre países.

Tormento. Un observador ajeno a la convulsa historia del mundo, hablaría de la contradicción que supone el hambre en el gran orbe. A veces, reflexiono sobre la desigualdad, la injusticia, el egoísmo o la falta de solidaridad. Otras, simplemente, termino por preguntarme si es peor morir de hambre de sueños o de desidia, despojado de toda credibilidad, desbordado por el materialismo incólume y el capitalismo más atroz o, por el contrario, mis reflexiones son poco consideradas o demasiado atrevidas y no saben de esa lucha por la supervivencia, de ese sufrimiento que sabe a lágrimas y pan pobre, de ese sentimiento amargo por poseer pero no pertenecer.

Pérdida. Los ojos lloran lágrimas sin agua ni sal, el alimento de la felicidad ante las pequeñas cosas es inigualable, la esperanza es necesaria y casi arrogante, los días se deberían contar por momentos y los minutos por inmortales mañanas. El estómago lleno no siempre es sinónimo de plenitud, la comida no siempre sacia, los ideales se dañan, los tormentos aprietan a ese nuevo ser humano insatisfecho.

No te mueves, has dejado de ser. No te mueves, te avergüenzas de ti mismo porque tus entrañas han probado el sabor de la decepción. No te mueves; eres un ser cómodo, preocupado por problemas banales, acuciado por las deudas con tu propia conciencia, repudiado por tu propio estómago que no se queja ante la avaricia y la posesión. Piensas en qué mundo tan irreverente e hipócrita vives y solo quieres volver a tener hambre de nuevo por tus sueños, por tu vida.

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Traerán la luz

Llegará la luz con el nuevo amanecer o no será. Llegará ese primer rayo de sol tímido que limpia de fantasmas el camino o no será. Llegará el fuego que prenda la mecha y haga la realidad estallar o no será.

El frío del invierno en su rostro ajado por el tiempo, el sufrimiento en la línea horizontal de su frente cuando la preocupación por el futuro espera junto a la parada del autobús y apenas tiene un billete de ida, la carga que se traduce en la producción permanente dentro de este círculo infernal que jamás frena y que crea complejos, las excusas y las normas aceptadas por todos sin excepción, el desgobierno de los reflejos que se quedan huérfanos en los espejos cuando solo hay manos quitando piedras del camino para que tú puedas seguir y no tropieces.

Mujeres luchando. Mujeres que existen por haber nacido de otra mujer, mujeres competentes que quieren llegar más allá de los estereotipos, mujeres que son columna vertebral de la familia y del amor, pero también de la fiereza ante la injusticia y la ilusión frente al sueño de dejar de rellenar crucigramas ilusos de manos que dan pero apenas reciben. Mujeres luchando. Mujeres-milagro que se parten la espalda por el resto, mujeres curando, mujeres dando luz al mundo poblado de sombras, mujeres de perfección por estar a cargo de la vida, mujeres en un mundo de hombres que no ceden a los codazos que les impiden ascender, mujeres-flor que abren sus pétalos en primavera y muestran lo que son frente a las mujeres-florero o la mujeres-anuncio.

Y no te vayas tan lejos, no revises hasta el mínimo detalle de la historia, no busques a Simone de Beauvoir, a las madres de la Plaza de Mayo, a Juana de Arco, la madre Teresa de Calcuta o Isabel la Católica. No seas culpable de silenciar el presente, así que recuerda que por donde pasas hay mujeres que luchan. Madres que han quitado las piedras de tu camino y han limpiado tus lágrimas y tu desesperación, hermanas que se han hecho un hueco en contra del orden social implantado a fuego, hijas que no quieren ceder a la perfección que respiran de la publicidad y los cosméticos que hacen que desaparezca su esencia, parejas que no quieren ser un número o ser culpables de que otros las miren, amigas que quieren despegar y quitar la máscara a aquellos que las infravaloran.

Traerán la luz porque las velas necesitan del fuego para alumbrar. Traerán la luz porque la eternidad se alimenta de esas estrellas que iluminan el cielo cada noche mientras ese pequeño gato se acomoda en el tejado. Traerán la luz tras esa oscuridad provocada por el fundido en negro en el final de ese drama que naufragó entre la desigualdad y la infravalorada convivencia. Hombres y mujeres, mujeres y hombres. Siempre sueños con actores complicados, hogueras apagadas y volcanes que se encienden súbitamente. Piel con piel todo es más fácil; tan solo órganos, huesos y músculos, nervios que mantienen la vitalidad y no escapan de este juego que es la vida.

Y serán ellas. Porque la historia les ha dado la espalda pero han sabido dar la cara hacia un futuro mejor, cocinando los sueños para esas nuevas generaciones a las que han dado luz, fabricando ilusiones desde esa nada que se ha convertido en un todo. Miren a su alrededor, si están lejos cojan el teléfono y llamen, hay heroínas sin capa que todavía les recuerdan cuando se van a dormir. A mi madre, mi inspiración.

Traerán la luz después de la tormenta y entonces serán imparables.

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