Las causas perdidas

¿Qué piensas de las causas perdidas que se asoman por la ventana mientras tiritan por la herida de la imposibilidad, de la ira por las idas y venidas, del triunfo del extraño desconocido que navega hacia ese cielo nocturno? Y no lo esperas, no. Las calles sin salida, los muros enormes construidos sobre la destrucción de almas sin rostro ni nombre, las lágrimas desordenadas en esas mejillas de fuego y coloreadas por las amapolas de la primavera que se distancia de la tierra, ya seca y anhelante de ese desierto que apenas deja respirar. Y no respires, no. No es necesario hacerlo cuando la vida se te escapa entre los dedos y dejas ir a lo que eres o fuiste, ya no lo sabes muy bien.

¿Qué piensas de los hilos de esas marionetas que se antojan casi invisibles pero, aún así, siguen sosteniendo cada movimiento entre el fragor de las cámaras fotográficas que inmortalizan cada mínimo detalle, dentro de la conciencia de que no hay alma pura, para dejarse llevar aguas abajo arrastrado por la corriente infame y cambiante? Reconoce que no sabes hacia dónde vas. Reconoce que no sabes nada, aunque pretendas entender todas las lenguas dentro de esa torre de Babel improvisada y abominable. Sin embargo, los hilos se rompen y, aunque la libertad duele tanto como la realidad de cuchillos que traspasan cada fibra de tu ser, te dejan ir sin despedirte. Eres un traidor; un traidor a los que desdibujan sonrisas, a los que creen aún que la Tierra es plana, a los que defienden a capa y espada lo indefendible, pues no saben quiénes son.

¿Qué piensas de la histeria colectiva diseñada para borrar toda huella de culpabilidad mientras desaparece la decencia y el grito más fuerte es el que debería oírse menos en este mundo al revés que nos ha tocado aguantar? Y sabes que es verdad. Verdad en esa línea trazada burdamente cuando antes no existía, verdad en esa presión sobre el estómago que te impide digerir tanta superficialidad, verdad en que la luna sabe a poco cuando los abriles se amontonan en el calendario y ni siquiera las palabras vacías estampadas en el papel te dicen algo. La certeza. Sabes que no hay lucha en un mundo congelado por el miedo, donde el hielo es más agudo y punzante que el acero más afilado.

Perdidas las causas perdidas, son aquellas insalvables, rematadamente inciertas e inesperadas, enterradas bajo tierra para evitar caminar al sol, escondidas tras los árboles que aún susurran esa certidumbre que es cada idea a la que le ha llegado su momento y espera, pacientemente, apoyada en la barra del último bar, o quizás en ese remoto lugar que es tu confín y en el que has visto pasar las estaciones sin sentirlas apenas en tu piel.

Y aún tienes prisa. Quieres correr tras las causas perdidas y que éstas dejen de estarlo, haciendo real lo intangible y loco, retorcido. Las causas perdidas son las preferidas de esa mirada siempre curiosa y alerta, tras el invierno de la timidez inicial que le privó de voz pero que, ahora, no encuentra la oscuridad en la noche, sino un mapa para llevar al firmamento cada estrella caída, cada guerra perdida, cada idea hecha añicos por la tramposa tormenta.

Sabes que las causas perdidas son refugio de almas solitarias, que no extraviadas. Sabes que las causas perdidas aún juegan al dulce caos que produce la amarga agonía del vaivén del tiempo, tan prodigioso como lento, en la mano vacía que se ha perdido la bolsa y la vida, tal vez, por los rincones.

Causa perdida o no, causa. Causa rechazo, amargura, ilusión, tristeza o emoción, alivio, valentía y admiración. Perdida la causa, rota la razón. Despedida. Las causas perdidas.

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A ti

A ti que lees estas líneas, a ti que sigues letra por letra hasta llegar a la palabra mientras buscas el significado completo que te haga volar a la siguiente primavera mientras olvidas que aún las flores inundan los árboles y no sabes ni tan siquiera cómo es el azul del cielo. A ti que experimentas el latido de ese golpe de suerte o ese cambio en el viento cuando dejas de vivir esperando y sólo vives sin esperar nada con la consciencia de que, pese a que respiramos el constante movimiento a nuestro alrededor, al final estamos donde nos corresponde. A ti que crees, aunque has dudado en alguna décima de segundo el camino que querías seguir, has olvidado quién eres o aún no terminas de comprender ese alma solitaria que se encuentra en tu interior y que tiene mucho que decir.

Así, en un día de sol, en un sábado que podría ser cualquiera, en el atardecer que separa la reflexión de la superstición, regresan esas primaveras olvidadas; regresan esos años veloces que, aunque guardados en un cajón, saben aún al crepitar del papel arrugado, a las fotografías borrosas disparadas con esa cámara de fotos analógica que escupía a la tecnología en pos del amor a los momentos congelados en papel fotográfico regresando al pasado. Cualquier tiempo pasado no fue mejor. La historia es un gran jarrón de cristal que cambia de flores en cada estación e incluso, a veces, se encuentra vacío y lánguido. Sin embargo, el tiempo ha demostrado que olvidar las flores es sinónimo de enfrentarse a una primavera congelada permanentemente en su eternidad, imperturbable. La permanencia de la estupidez frente al amor propio y el inmovilismo que no deja subir las escaleras hasta el cielo.

A ti que te preocupas por el futuro, que pretendes olvidar el pasado; es legítimo intentar predecir nuestros pasos, pero roza lo absurdo dejar de ser para pretender ser. A ti que sientes miedo a la irracionalidad, que te enfrentas cada mañana al café por el azúcar que puede provocar ese dulzor en tu lengua, que regresas a esa tierra de nadie aludiendo objetividad cuando el ser humano, en su conjunto de humanidad, es la viva imagen del sentimiento frente a la razón. El sueño de la razón no siempre produce monstruos; a veces, la genialidad regresa de la mano de la imaginación más brillante y el empeño más tenaz. A ti que regresas. Vuelve siempre, deja de correr en ese laberinto de desconcierto, contra ese callejón sin salida. El reencuentro es lo ordinario de un encuentro más con ese toque de sorpresa que implica esos sentimientos encontrados de que el tiempo se ha detenido en un espacio determinado, pero con la peculiaridad de saber encontrarse frente a frente con el recuerdo o, en su caso, con el reflejo del espejo que considerabas perdido.

Resucita. Regresa de las cenizas y alza el vuelo cual ave fénix. Hechiza los atardeceres anaranjados con el encanto de las tejas viejas en los tejados mientras cae lentamente ese astro ardiente que ha ocupado su poderoso trono desde el amanecer, sigilosamente y hasta su posición más elevada en esa atalaya del firmamento. Es indiferente el espacio, el tiempo, el movimiento casi constante en esos campos de trigo, entre las amapolas escondidas en esa colina, con las aceitunas cayendo desde los olivos. Al final, tiene que ser o no, sin escalas de grises entre ese blanco y negro que parece, cada vez más, descolorido, fútil desatino. Infaustas las horas que se mecen al compás de ese piano desvencijado y desafinado, aunque la melodía principal seguirá sonando siempre, generación tras generación.

A ti que eres poco corriente pero arrastras a la multitud. El agua y el aceite son dos elementos que nunca se mezclan, aunque se encuentran en perfecta comunión; sin embargo, es el agua que arrastra las piedras que, con su risa, convierte en milagro el encuentro de esas semillas con la tierra que las verá crecer. A ti que la normalidad te ha superado y jamás te ha guiado. Somos raros, diferentes, no encajamos en el mundo porque no queremos hacerlo, no buscamos formar parte de esa conversación vacía entre ese viento cambiante y esas hojas conformistas que ondean levemente en los árboles por siempre.

A ti.

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Cruel memoria

Como lobos disfrazados de piel de cordero. Ya fue así, tiempo ha en la ciudad de piedra caliza y vertiginoso abismo bajo esas casas que colgaban sobre la piedra y dejaban ver las grietas de esas miradas malheridas con el hierro candente que separaba las ventanas del vacío y la tibia nada. Ya libraron sus batallas los caballeros de espada a las puertas de la desgarradora muralla de viento, de invierno, de hielo. Ya pasaron disfrazados de cordero y no les delataron siquiera sus armaduras, sino que el milagro se produjo en buena hora ese lejano 1177.

Y, ¿quiénes eran? ¿Se habían apartado siquiera de ese muro del tiempo, tan inválido como ultrajado por esa atroz ferocidad de los que se saben herederos de tierra y estirpe? Les contaré la historia, tan liviana como el rocío en esa temprana primavera, tan lejana como esa madrugada de antorchas y llamas. Y siglos han traspasado la frontera de nuestro existir, pero no ha ocurrido así con las piedras que, apartadas de la piel, han sabido envejecer y ser testigos invencibles del agua de ese Júcar desertor.

Eran de tinta o, mejor dicho, de tinte. Eran de pigmento, de coloridos tejidos como las fachadas de esas casas que lograban tocar tanto el cielo límpido como la roca entretenida, mientras las calles y callejas resplandecían serpenteando bajo el astro ardiente y la mirada consciente de esa latitud que les acercaba cada vez más a ese patio de naranjos, a la fuente de agua sonriente. No sé sabe si fue por la sangre llamando a la sangre, si la tierra gritaba y quería recuperar ese rojo intenso de los campos de amapolas en ese verano tardío, si fue por el río sediento por el estiaje o si la rebeldía estallaba de nuevo en esos corazones.

Y la tomaron. La tomaron sigilosamente haciéndose pasar por corderos a través de esa leve portezuela apenas vigilada y para nada sospechosa. La reconquistaron, como esa lluvia en abril barriendo el polvo de esas piedras que esperan cantar bajo la insistencia del golpeteo de las gotas de agua desplomada sobre el suelo. No llovía, sin embargo; era la graciosa brisa sobre los hombros de esos caballeros, de esos soldados entrando para recuperar la ciudad perdida.

Y hasta aquí la leyenda de remotas sombras, de pendientes y colinas arduamente trabajadas por esas rodillas dispuestas a ascender a lo más parecido al cielo. Rememora la montaña aún bajo esos ojos de mora, que fue la timidez de ese riachuelo llamado Huécar el que tiñó de pasión toda una ciudad esquiva. Recuerdan aún esos cantos rodados que no hay infinito en el atardecer si no es allí, en la atalaya de la cuenca suspendida en la ingravidez ancestral de esos ecos que suspiran y esas voces que dibujan el paisaje impregnado por esas hortalizas junto a la hoz, por esos pinos que coronan montañas de sierra, por ese cuasi sempiterno hallazgo excavado en la piedra que ríe en la primavera de las flores.

Silencio. Ya no hay lobos, ya no hay corderos inocentes. Los lobos nunca escondieron su condición feroz y salvaje, en contradicción con esos exasperados corderos que se creían solamente piel para el abrigo de hombros más poderosos. No hay nada peor que no saber encontrar el lugar en este espacio finito mientras las estrellas aún silban sobre los rostros inquietos de esas rapaces tan poderosas como nobles. No hubo razón para precipitar la caída de la causa otrora noble que, ahora, se vuelve negra, amarga, solitaria. La sinrazón es la más terrible de todas las razones por las que el ser humano empuña el arma equivocada y se deja hasta los dientes persiguiendo el fin menos principio, el verano más invierno, la primavera menos cruel.

Como lobos disfrazados de piel de cordero. Lo que otrora fuera un grito surcando el cielo cargado de batalla e identidad, lo que en otra hora fue fruto de los siglos de dominación o del impulso no reprimido del ser humano por luchar y luchar por lo suyo, hoy es un canto a la hipocresía, a la falsedad, a la ironía que frivoliza lo que antaño fue como si acabara de suceder tan solo unos segundos antes, a la verdad que se muestra en su cara más sofista y envenenada por el agua que ahora, lejos de refrescar las piedras, pretende hacerlas inmóviles y viejas.

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