Entre penumbra

Luz. Luz sin oscuridad. Acarician las farolas esa última calle interminable entre el fragor de la batalla, mientras de motores sale el zumbido que despierta a los cristales en esa ventana que, otrora faro, ahora vigila a los árboles mientras se mecen. Merecen el viento en sus ramas mientras el verdor de la primavera destroza la velocidad de la savia sabia en los nervios que penetran los rincones de la vida en miniatura que se asombra dentro de la tierra en un universo paralelo.

¿Eterna despedida? Creo que los versos no son sino esos besos que estremecen la piel de los prisioneros atrapados a contraluz, alejados de la vida cotidiana e inefable, interminable sirena que no navega, sino frena almas a punto del accidente, contra el cristal, contra el frío de esa noche abandonada y diferente, mientras conspira el valor contra la traición y respira el fugitivo en ese humo que cubre con maldad la luna.

Entre rejas. Así los sueños en la cordura, los locos sin mesura, los nostálgicos alejados de la melancolía que roba minutos al pasado del presente, los tristes en el olvido, las miradas en la curiosidad. Resbala ese último papel de la mesa, entre arrugado y descarado, porque la lluvia ha hecho acto de presencia y se retrasa el infierno del verano en el aire seco de la capital. Borra la señal en la arena el tacón enfermizo en la energía de una tarde de bochorno gris, asesina de esas últimas sombras de lápiz negro, también carbón, en el impoluto blanco del lienzo vacío de emociones, perdido entre sentimientos.

Apariencia. Piel pintada de maravilla, iluminada entre acuarelas de mares tempestuosos y dibujados casi con estridencia, tal vez complacencia, en los andares inquietos de los caminantes apresurados que convierten en mariposas sus pisadas. Surrealismo en estado puro que se captura en esa última sonrisa de un Dalí de bigote afilado y mirada de loco, posiblemente genio, en la inquietud de los díscolos que se quieren creer cuerdos a pesar de la renuncia a una genialidad casi egocéntrica, también excéntrica.

Pólvora. Química y adiós a la cobardía. No hay coartadas en un mundo donde las pruebas se crean o se encuentran sentadas en el último bar que estaba abierto esa madrugada plomiza y llena de encanto. No hay excusas a esa punzada en el estómago que hace que se acelere el pulso de ese corazón sombrío en un pasado vacío. No hay tregua a que amanezca y nos lleve el astro consigo, lejos de la tierra prometida y las ventanas cegadas con esas cortinas que impiden ver el mundo y sentir la realidad del exterior.

Cara o cruz. La moneda es tan caprichosa como la sonrisa que no se sabe si, dibujada o fingida, reposa sobre los labios de ese desconocido que se siente cercano cuando las rejas se ciernen en torno a mí. Los cables conectan edificios y parecen transfusiones de vida provocada en el artificio del yeso y el acero, del hierro y el cemento. Pero la atrocidad llega de la mano de los amaneceres con luz deslumbrante para unos ojos verdes que, lejos del espanto inicial, quieren ver más arena caer del reloj desafiante ante un destino desconocido.

Cielo. Firmamento lleno de estrellas vigilantes, vigías, guías del sentido que tiene perderlo, arrojarlo por la borda al mar bravío, arroparlo por la noche mientras se contempla lo que quiso ser y nunca sucedió. Manto de azul oscuro casi negro que regresa al corazón del tráfico detenido en mitad del nuevo día, casi tímido, pero alejado del viaje infinito que supone encontrarse más allá del muro, frente a la puerta y con la llave en la mano, mientras la discordia se desvanece en el horizonte y la lluvia de abril remite.

Pensamientos en voz alta. Almohada deshecha. Sonrisa elevada.

elegance-seoul-2009

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