Corazones de mármol

Olvido. Olvidas los días donde se quemaban las naves contra todo instinto suicida, lejos y más allá de los atardeceres dibujados por daltónicos ojos que no terminaban de contemplar el impío azul del cielo ladrón de reflejos y pecador por codiciar colores ajenos. Olvidas que haya cartas con destinatario, pues las letras no cambian lo que las sensaciones transmiten; el papel en blanco sigue esperando esa tinta hiriente, como si de un ser masoca se tratase. Olvidas que haya negación más allá de la abnegación, siempre díscola y hasta desprendida, pues se viste de delicadeza el terciopelo cuando no hay piel a la que acariciar.

Camino. No se hace camino al andar si no hay camino que esas botas tuyas puedan pisar. La arena quema en las suelas, debe ser verano, pero las primaveras han sido olvidadas por esa inmensidad que sabe a amargura en la lengua que prueba de esa manzana que te hace aprender, contemplando el real reflejo de esos ojos que, fijamente, incendian tu cabeza y parecen querer, por amor al arte, que sean los tuyos los que observen esa perfecta sintonía que tienen los tejados en esa ciudad implacable que es Madrid. El viento no siempre es favorable a las velas a las que, demasiadas veces, renuncias. De hecho, no sabes nada, pues sólo terminas por ahogarte en un intento por ir contracorriente que se queda en eso: el intento.

Revelación. Hay floreros esperando a esas flores de plástico azul que sufren de parsimonia en el contacto con la realidad que llora, sufre y duele, aún cuando no sabrán jamás lo que es vivir más allá de los suburbios que marcan lo inerte e impenetrable que es, precisamente, el plástico. ¿Dónde estás? Es indiferente la forma de mirar al horizonte si lo desconoces; es indispensable que, lejos del ruido más mundano, encuentres la marea creciendo hasta engullir cada una de tus estupideces, cada una de tus rarezas para que, en apenas un instante, salgas a flote conociendo la densidad del agua de ese océano en tus pulmones encharcados de poco vivir.

Explosión. Hay bombas que, lejos de matar y convertirse en hecatombe, desvelan la sorpresa más inesperada o el regalo más agridulce. La metralla de las palabras es, casi siempre, más dañina y destructiva que la bala más certera disparada a conciencia sobre el colchón. Francotirador, tan sólo un aficionado. Temor, la sensación más fuerte que experimenta el ser humano junto con la pérdida. ¿Recuerdas? Por supuesto que no. El ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra; o tres, o cuatro, o…

Recuerdo. Recuerdas que hay estatuas con más sangre y movimiento que muchos seres que, lejos de estar vivos, parecen de piedra tallada con frío a la lumbre de pianos desafinados. Las macetas del balcón quieren salir corriendo para precipitarse en el vacío, geranios de vaivén y girasoles de desidia, caminando siempre en la cuerda floja de esos días tachados en el calendario que aún cuelga en la desvencijada pared de la cocina cuando, tanto la tinta como el papel, ya han superado esos trescientos sesenta y cinco días de incertidumbre.

Marcas. Marcas en el temblor de esos párpados que se pretenden cerrar con fuerza, a conciencia. Marcas cada instante con el fulgor del sol en la ventana para recordar que, lejos de allí y en algún lugar, es la misma puesta de sol con distinto paisaje que se lleva a las farolas por delante. Marcas donde pisas, donde esperas, donde te lamentas y donde gritas. Marcas que te marca ese último segundo que latió en ese anhelado corazón otrora de mármol.

Corazón de mármol. Piedras talladas que detallan, en cada inflexión del sol, la reflexión de esos estados fallidos. Fallecido. Retuerce la hiedra su gesto en ese balcón, selva fugitiva e intuitiva, por los caídos en ese juego del que no siempre se conocen las reglas. Leyes absurdas, casi tanto como esa gravedad que nos sostiene y nos hace caer a la vez. Expresiones vagas y disfrazadas con epítetos imposibles que, tan solo, esconden esa realidad que es tan necesaria como infeliz. Infiel. Respiras ese humo de cigarro mal apagado mientras los gestos han vuelto a captar tu atención, sin ni siquiera saber cuál es el resultado de la sombra cerniéndose contra el cristal.

¿Seremos corazones de mármol? ¿Seremos lluvia dibujada en la piedra fría en una tormenta de verano? Posiblemente, ni siquiera reconoces el tacto del mármol bajo tu pecho; posiblemente, ni siquiera quieres volver al desconocimiento fruto de los días grises, aunque ahora hay amapolas en ese campo que solías abandonar en tu imaginación. Corazones de mármol, lejos de la insensibilidad de la piel, pues la piedra siente los embates del tiempo en la continuidad del espacio-tiempo.

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