Realidad aumentada

Ni siquiera formaba parte de la lluvia caprichosa cuando, en esa lejanas nubes, se reía el hielo de la precipitación desconsolada al vacío de esas diminutas gotas que, tan solo, negaban la tormenta y la pretendían vestir de fino regocijo en el frescor de los días del calendario. Ni siquiera era la tinta digna del nombre que escribía cada hoja de papel en la última misiva que acercó aún más al soldado a la trinchera, hiriéndole de muerte o de guerra, qué más daba ya si la vida era un fútil halo de misterio perdido. Ni siquiera respondía ya a ningún estímulo, pues la desidia le había hecho naufragar de la forma más estrepitosa, calamidad aparte, encharcando el agua sus pulmones.

Metamorfosis. Melodías inacabadas resonando desde ese piano desvencijado, pinceles manchados de pintura decadente a punto de terminar el retrato de su leve vida en la paleta olvidada por el pintor distraído, respuestas ingeniosas pendiendo de la boca que, al final, prefiere guardar silencio y volver sus pasos atrás, al latido y al compás de lo bueno conocido. ¿Y lo malo por conocer? Precisamente, esa es la metamorfosis; no saber, no poder esperar, no reconocer el ciclo, no cerrar el grifo por miedo a la corriente, no querer despegar.

Lugares. Lugares desgastados, lugares divertidos, lugares advertidos por ese último rayo de sol que se niega a acercarse, una vez más, a la eterna coincidencia que se expresa en atardecer y se muere en la envidia. Pero no mañana, sino hoy. Pero no a contracorriente, sino en el estúpido impulso que no termina de ser una carrera a toda velocidad contra la vorágine de vientos y mareas, más cercana al vórtice que atrapa y no deja marchar por el camino por el que llegó el fugitivo burlándose de la oportunidad.

Caras. Rostros. Caras largas, caras contentas, caras preocupadas ante las horas que pasan, caras inocentes, caras bondadosas, caras de taimada sonrisa, caras de falsedad y destierro, desamparo. Loco mundo; pestañas pasajeras en ojos humedecidos por la rabia o, tal vez, por la risa descontrolada en los extremos que no se tocan, sino que remueven aún más esas sensaciones de contradicción, esa perdición desaprovechada por el escritor de libros deprimentes. Loco mundo; feliz cumpleaños en tu día de desconcierto, feliz año en la impunidad de los meses que ya han dejado de existir.

“- Lo mejor será que bailemos.

-¿Y que nos juzguen de locos, señor Conejo?

-¿Usted conoce cuerdos felices?

– Tiene razón, bailemos”.

(Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll).

Ni siquiera formaba parte de la realidad aumentada de la lupa contra el suelo, en busca de nuevas aventuras bajo tierra, siguiendo los sueños como bandera, respirando extrañeza con libertad mientras, las horas felices, eran dibujos descabellados pintados por niños que huían, precisamente, de esa contradicción infeliz. Ni siquiera era la espera plasmada en ese banco de la estación de tren más cercana, revuelo de maletas y de almas sin nombre, pues era intangible como el concepto de infinito sobre la melancolía de ese árbol milenario. Ni siquiera respondía ya a las cartas que le habían llevado a cavar esa trinchera que le separase de la realidad que no quería para sí, admitiendo que el universo era un concepto demasiado tentador como para dejarse llevar por lo banal y simple del reflejo en el agua.

Experimento. Experiencias que se buscan embotellar bajo la amenaza del relámpago del olvido, entre la advertencia y la inexistencia de esas sirenas que no cesan de llamar a los marineros hacia la perdición, aunque perdieron la batalla al destino. Flores que se abren, primaveras que suspiran, rayos de sol sobre el agua que, amistosa, moja las huellas hasta hacerlas desaparecer para que el camino sea improvisado, desconocido.

Así volvió a revolotear en el cielo casi plomizo de Madrid, mientras se chocaba adrede contra los cristales para llamar la atención, o tal vez para ser envidiada por sus colores imposibles, su perfecta geometría o su temida fugacidad. Era ella, sin ser pero siendo, esperando pero marchándose hasta desaparecer, surgiendo de la nada hasta volver a formar parte de la tierra y las cenizas. La mariposa, esa Hipsipila que dejó la crisálida.

Y ahora, remonta el vuelo. Hasta el confín. Hasta el límite que lleva al desconcierto de la irrealidad.

Queenstown+Centre+for+Creative+Photography

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