Camino a Roma

No todos los caminos llevaban a Roma; no todas las sendas sinuosas, los pacientes senderos entre la maleza y la adversidad o las serenas huellas de humanidad en la tierra, sabían cuál era su destino, ese cruel y esquivo molino que se hacía gigante ante los ojos del más atormentado ser en su tormenta particular. No todos los caminos llevaban a Roma; las piedras se habían desgastado dejando las calzadas romanas abandonadas a su triste sino, reclamando ahora su trono particular en el campo baldío que otrora surcaban carros de grano y pajas, animales mansos en su deambular hacia la gran urbe y multitud de pies cuyos dueños veían el resplandor de la anciana civilización aquejada de mil males.  No todos los caminos llevaban a Roma.

Entonces, ¿dónde se había quedado postrado el genio cuyos ojos contemplaban la inmensidad de una vasta ciudad aquejada de corrupción? ¿Dónde se podía encontrar al soñador tras la apariencia de un vil ladrón, un humilde jornalero, un audaz caballero, un aburrido noble o un impío escritor? La respuesta quedaba muda, pues no había tal cosa. La respuesta salía de la tierra y volvía a ella, como una primavera en constante retroalimentación, como un pecador orgulloso de sus pecados. Sin embargo, no había oscuridad sin luz; los caminos llevaban hacia donde el caminante quería llevar su peculiar sentido del humor y de la vida, ávida esta última de pertenecer a la urbe de los milagros, ahora de los vendidos y olvidados.

Duelen los pies, quemaduras visten tus mejillas bajo el sol del férreo verano, llagas ahuyentan los mil demonios a los que te enfrentas en cada decisión firme que se convierte en hecho. Por derecho, legítimo y, a veces, hasta despiadado, las idas y venidas de las vendidas almas sólo corresponden a los anhelos ocultos, a los esclavos sin dueño, a las viudas que, de negro, resucitan el luto que se pierde entre la multitud de carbón y hierro maltratado. ¿Somos o hemos sido? ¿Desafiamos al presente o sólo hemos dejado ir las amapolas en primavera desangrando el campo y su estirpe, casi ficticia?

Es en la multitud, paz. Es en el deambular, derrota. Recibe la victoria al caminante destrozado, pero aunque sabe el origen de la llamada, no contempla los atardeceres adivinando sus colores bajo la ceguera de sus ojos de sol. Recibe, ciertamente, la peor de las bienvenidas cuando, desolado, reconoce que el camino no es una gesta por el amor a una tierra perdida, sino nostalgia de polvo y piedras, de encinas y resucitadas batallas. Reconoce, entre la poca calma que guarda y el verano de infierno, que las lanzas ya se han partido y que apenas se han departido las condiciones que sujetan al trueno antes de que éste restalle contra los pulmones del valle, contra la inmensidad de la sierra, contra el frío azaroso de las laderas que, mustias, esperan de nuevo a la primavera.

No todos los caminos llevaban a Roma. La vetusta ciudad se había fugado al buen hacer de hombres más ilustres que inteligentes, pero perdieron su nombre y olvidaron, desmemoriados, las razones que aún empujaban su empresa de seguir adelante. La ciudad sombría se recogía entre el ocaso de la estirpe partida en mil pedazos por aceros contrariados y vanidosos, pero la noche más corta y el día más largo estaba próximo. Entonces, la eterna ciudad sería fiel a los impactos; a los caballeros armados hasta los dientes, a los hombres obedientes que no habían hallado camino alguno, a los pies quebrados de tanta peregrinación, a los amantes de escondida fachada pero enorme corazón.

Roma, Roma lejana. Ya marchas, de nuevo, hacia el albor del tiempo que construyó el camino, hacia la guerra que se libraba en el cielo y ahora la tierra siente en soledad. Roma, Roma tardía. Avergüenzas los muros que te vieron crecer, entre niebla y estío, pues la crueldad de las mariposas amenaza la serenidad de esas llaves que abren la ciudad y hasta la piedra. Roma, Roma de camino y ruina. Así somos, civilización podrida, civilización esquiva, civilización vencida. Y camino a Roma.

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