La tormenta perfecta

Era la tormenta perfecta. El trueno restallando contra las azoteas de edificios incólumes y sedientos de noche de farolas apagadas y alejadas de la melancolía de la lluvia corrosiva que regaba de nuevo a la gran ciudad desde ese cielo distante y sombrío. El rayo cegador en su insumisión a la mano del hombre que pretendía acceder a un trono que no le estaba permitido, jugando su letal partida contra la naturaleza, contra el ciclo que llevaba una y otra vez a la resurrección de la ceniza.

Era la tormenta perfecta. Volvía el rostro crispado contra la serenidad de las manos laxas y vacías, maldiciendo con voz ronca y sorda a las hordas de retazos de piel sin nombre, pues no había ya rosas ni siquiera margaritas en el jardín que se había alejado de ese Edén primigenio y bondadoso con la tierra y el sudor. Revivía la flor muerta en un intento por caer de nuevo contra la roca, como si ésta fuera más comprensiva y humilde pero, sin embargo, ni pétalos, ni tallo, ni la sequedad de sus hojas, podían contemplar la bienvenida a una era de vacío, a una era de perdición, a una caótica e impredecible tormenta que, distando mucho de ser perfecta, llevaba a la reconciliación de las raíces con el perdón.

Vuelves el rostro. El relámpago estrella su furia contra ese árbol desvencijado y ya vencido por el paso de los años. La madera, ya quemada e inconsciente, retuerce su suerte bajo la aridez de la antipatía de los días bochornosos y agobiantes del verano en una ciudad extraña y sin nombre, en un desierto alejado del hielo de los corazones metálicos que prefieren ser cortantes y contradictorios antes de regresar al polvo eufórico del camino. Las hojas se mueven mecidas por el viento ligero y casi inexistente, aunque todavía buscan jugar sus cartas y plantarle cara al azar que secuestra todas y cada una de las caricias que soporta el pesado destino.

Estremece la franqueza. Sinceridad ya obvia que, dedicada y distante a la vez, regresa cada día para hacer negación y recordar olvido. Siempre, siempre cortante y rotunda la espina de esa rosa olvidada y mustia en el jarrón polvoriento y desnudo de sensación al encontrarse tan vulnerable ante la falta del artificio, ante la inexistencia de lo vulgar que es disfrazar la conciencia de descaro y pretensión. Espera el agua lavar la desgracia, como la prisa barre de golpe todo rastro de sentir, de pensar, de vivir. Espera encadenada la astucia que, insolente, aún busca las uvas más dulces en la parra.

Pero llora. Llora el cielo y borra todo rastro. Todo. Cualquier pensamiento, cualquier banda sonora amenizando el momento ya pasado y enfrentado con la esperanza y la redención. Cualquier primavera, cualquier día de más de veinticuatro horas congelado en el cristal de la ventana vigilante o, tal vez, vigía. Cualquier alma, cualquier mirada de ojos profundos y no tan inocentes, pues conocen los pasos tanto hacia la dicha como hacia la perdición. Cualquiera.

Y no eres, no sabes, no estás. La piel, la historia, el reloj, la alarma a las siete cuando has perdido el hábito de dormir. La resaca, la idiotez, el amago, la reacción ante la acción que se presume colgada de tus gestos. Y no eres, no sabes, no estás. Porque el error fue pensar que eras tan perfecta, tan pagada de ti misma, tan tú y tan alejada a la vez de ti misma contra ese viento, contra esa marea que dejó tu calma frente a la orilla. Y no eres, no sabes, no estás.

La tormenta perfecta. Aquella que no existe, pues se agazapa pero se ve descubierta frente al muelle del puerto en el navío más endiablado y sincero. Aquella que hace soñar a los marineros de agua dulce que llenan sus ojos no de mar, sino de la tibieza del aire que busca al desierto aunque hace sentir la soledad en cada rincón de esos huesos castigados por el trueno. Aquella que olvida que no existe minuto sin duda, caballo sin Troya, dignidad sin previa esclavitud, juventud sin guerra. Aquella era, definitivamente, la tormenta perfecta.

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