Pupila

Pupila. La fijeza de la mirada en la inmensidad del atardecer salpicado furioso de esas pinceladas rojas y anaranjadas, lejos del bullicio descontrolado que te desboca en el epicentro de la tormenta provocada por las distracciones y las eternas horas, apartado de la considerable suma del universo que parece restarte mientras, lánguidamente, te desvaneces en el aire pesado de gran ciudad y desvelo.

Pupila. Dilatada pupila que, sorprendida, se atreve a mirarte de nuevo para intentar comprenderte aunque, aún así, sabe perfectamente que apenas podrá tocar la primera capa de la superficie, muy lejana del corazón del sentir, del latido del pensar. Tan fija e inmóvil, espera ser testigo de la hecatombe o de la sorpresa jamás imaginada. Tan profunda e insensata, busca alzar la vista en cualquier instante mientras huye despavorida la calma aparente de los días del estiaje.

Fuera pupila o infinito, a razón de la velocidad que provoca en el vértigo y en la calamidad, sería más cercana la razón al odio que la locura al amor. Sin embargo, si en apariencia sabemos algo de nosotros mismos, en realidad apenas contemplamos nada del más allá. Y es cielo, y es atmósfera, y es estrella fugaz. Fugaz es el instante, intenso el momento, frágil el respiro y duro el alivio. Apenas comprendemos, apenas completamos la sinrazón que salpica cada uno de los actos de nuestro bullicio interior, del más complejo caos que determina la línea de nuestro horizonte postizo e irreal.

Posiblemente, la mirada sorprendida no sabe sino sentirse así por la magnitud que sacude el espacio entre cada estrella, entre cada minúsculo punto del espacio que es mucho más grande en realidad. Pero, diminutos puntos o no en el universo, ¿quiénes somos y hacia dónde vamos cuando apenas sí sabemos escribir nuestra hoja de ruta en el papel que hemos de desempeñar a lo largo de nuestra existencia? Definitivamente, ni siquiera los océanos que nos separan son suficientes para expresar la sensación de distancia cuando, ni el vértigo por las montañas nos impide mirar hacia el vacío.

Y gota a gota, se crearon los mares. Y maldición tras maldición, llegaron los malditos. ¿Es la indiferencia la inteligencia reflejada en el espejo del sentido común y la supervivencia o, por el contrario, responde al impulso de buscar la protección en una burbuja creada sin oxígeno en su interior? Andrómeda no sabía de su proximidad a la Vía Láctea, igual que era impensable para Colón descubrir América mientras vislumbraba erróneamente las Indias de su querer y su imaginación. Entonces, ¿somos tan diminutos como creemos ser o, al final, el error en la experiencia suma un grado y nos engrandece? Excéntrico errar en la superposición de pasos ligeramente desviados y alejados del rumbo; excelso caminar en el descubrimiento que, una veces abre los ojos mientras que, otras, clava la pupila en la línea roja, en el centro de nuestro existir.

Bosques frondosos, tierra angosta, eléctrico azul en el agua, blanca frialdad de los glaciares. Y entonces, amanecer, atardecer, anochecer. La nada, pero no incompleta o indiferente, o vacía. La nada como sinónimo de desconocimiento, de pasión ante lo inabarcable, de curiosidad frente a lo inalcanzable en el infinito. Y brillaban por nosotros, o eso creímos. Y morían porque sí, sin nosotros. Estrellas de diminuta luz fugaces para las noches de verano, pero imperturbables para la eternidad del tiempo en nuestro pequeño deambular por el espacio anclado a un tiempo específico.

Nos apagamos. Pupila. Nos aceleramos. Pupila. Nos engrandecemos y nos molestamos. Pupila. Nos entregamos a una inmensidad que no logramos comprender. Pupila. Entonces, ¿qué ves, pupila, en los días que son sucedidos por las noches más inquietas? Simplemente, ves lo que tienes que ver; una mera ilusión de cuanto acontece más allá de nuestros pensamientos, de nuestras ideas. Sin embargo, confías en las noches que salvan falsos atisbos de grandeza frente a la luna intacta; llevas la mirada al cielo y entonces comprendes. Comprendes que la diminuta vista de nuestro pequeño mundo es un logro para la vida, nuestro existir simple y cotidiano.

Pupila. Verde, azul, marrón. La tierra habla y el viento mueve las ramas de esos árboles que hacen que te dilates. Emoción en estado puro. El movimiento es algo que hemos ganado como regalo en nuestra sencilla eternidad. El movimiento se camina, se siente, se lleva, se difunde. Entonces, camina. Entonces, mira.

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