Barcelona, siempre

Sin rostro. Sin rostro, ni nombre. No eran nada, no eran nadie, no eran siquiera del tiempo. Reiteras en el espacio vendido a la arena que sigues siendo, existiendo, pero ni siquiera el polvo acoge a las cenizas y sostienen a la nada más sombría y eterna. La viveza de las venas apenas hace regresar al rojo abrasador del fuego, más cercano al acero que a la tinta ya corrupta y vendida al mejor postor. 

Hay mensajes de amor y paz que hieren más que las bombas más estruendosas, los fusiles más certeros y la premeditación más letal y mortífera. La justificación es y ha sido la necesidad del ser humano de expresar en voz alta un error achacándolo a las “circunstancias adversas”, la “situación momentánea” o los “daños colaterales”. La justificación reside, a día de hoy, en las manos gobernantes y diplomáticas que no se atreven a admitir el error causado cuando la situación deja de ser un elemento espacial y temporal y asciende a la categoría de conflicto o problema.

Arcos góticos, si acaso vencidos por la suave magia de los cuentos y leyendas entre sapos y princesas, etéreos caballos y verdes campos. El Gótico, Barcelona. Barrio, calles de vida, transeúntes, librerías, curiosas terrazas. El Barrio de Gracia, Barcelona. Color en sus fiestas, amigos y risas, fotos robadas a la última sonrisa de esos labios de tinta. Las Ramblas, Barcelona. Multitud, bochorno ante la humedad que no claudica, fútbol, puestos de flores y crasas, furgoneta,… Adiós Barcelona, se te paró la vida y el tiempo. 

Noticias que llegaban desde el otro lado de la frontera, incluso más hacia el norte. Mensajes de condolencias, crespones negros, minutos de silencio,… Sobre todo, silencio. Hemos guardado silencio desde el minuto cero de la barbarie porque creíamos que jamás nos golpearía; así lo querían y así lo ponían en práctica todos esos gobernantes europeos reconvertidos en adalides de la pretensión, la buena imagen y la evasión de toda responsabilidad. Hemos desaprendido y hemos eludido poner nombre a la oscuridad que nos acecha en cada rincón. Hemos callado la voz del monstruo sin ponerle voz al amo que envalentona a la bestia contra la Europa desangelada y desunida, pues no olvidemos que las balas hieren, pero éstas son financiadas por otros.

Última hora. 13 muertos y al menos un centenar de heridos. Barcelona hundida, confundida, perdida, aniquilada, rota. Atropello múltiple, atropello múltiple premeditado, atentado terrorista. Furgoneta, furgoneta blanca, halo de la muerte de inocencia y juegos infantiles truncados. Sangre por doquier, heridos en la calle, sirenas. Teléfonos móviles grabando la escena, película de morbo e inhumanidad. Mensajes que vienen y van, sentimientos encontrados. Ahora es la realidad la que ha golpeado a una ficción creada en las ruinas de nuestra propia identidad.

Decimos adiós. Decimos adiós a la esclavitud en una fingida libertad cuando la venda de los ojos cae y estalla la realidad en los cristales suplicantes del suelo. Francia, Bélgica, Alemania, Siria,… Hemos sido tantos países sin comprender la gravedad de la sangre y las vidas sesgadas sin justicia que la ilusión de un nuevo día suplicante de explicaciones e información veraz es eso, mera ilusión. ¿Dónde está la reflexión? ¿Dónde está el punto de inflexión tras la barbarie y la exigencia de responsabilidad? Tiene varias variables esta compleja ecuación, pero el denominador común es la yihad islámica y el resultado es el mismo: la extinción.

Tu vida, tu familia, tus amigos, tus vecinos. La ceniza se ha llevado los rostros de tus seres queridos, de los seres queridos de alguien que podrías ser tú. La cercanía es el despertar, pero ahora piensa. No sirve de nada guardar un minuto de silencio si las víctimas caen en el olvido, si el crimen no se reconoce como tal y se persigue, si el origen de la barbarie no se corta antes de que el parásito amenace la pervivencia del resto de la cosecha. Se cosecha lo que se siembra. 

Barcelona, siempre.

tomas-aereas-barcelona

 

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