La piel de los segundos

Calidez y tempestad en un mundo en movimiento, sin apenas umbrales de viento en los que entrar para descubrir el sentido del tiempo envuelto en llamas o, tal vez, en inviernos de hielo. A veces, esa sonrisa horizontal no es sino obra de la verticalidad de un edificio que se sostiene por unos cimientos sólidos y seguros, dispuestos a reír a sabiendas de que no se van a caer. Y florecen las plantas entre las grietas ya humedecidas de lágrimas de cemento retando a la racionalidad del ladrillo, siempre alejado de la lluvia que hay en el interior de las paredes y aparentemente expuesto a las inclemencias del tiempo.

Sin embargo, no hay tiempo. Solo la certeza de tenerlo para poder perderlo no hace que su consistencia sea real entre los dedos de esa mano abandonada en mitad de la nieve. Perder el tiempo, como perder la vida; una miel que empalaga hasta secar esa lengua de pocas palabras y muchos silencios, donde falta la música, donde sin música llega la despedida, el final. Y es que no hay tiempo, pues somos tiempo. Somos incólumes gigantes hechos del tejido de los sueños que nos visitan por la noche, mientras las horas pasan despacio cuando estamos solos, pero que comienzan a acelerarse cuando compartimos nuestra rebelde irreverencia con la piel de otro reloj de arena. Somos arena y tiempo, perfectos cuerpos celestes caídos en el suelo para florecer de nuevo en la tierra húmeda.

Rememorar el tiempo no es sino la incongruencia de leernos en el pasado sin estudiarnos en el presente. Hipotético disparate en el que nuestra consistencia varía en el espacio a través de nuestras manos, nuestros anhelos, nuestros trozos de alma descompuesta. Hallar el cielo, dejarnos caer. Escuchar un relámpago, provocar la tormenta. Añadir un cero a una lista, atraer la nada. Responder preguntas, borrar interrogantes. Escribir a máquina, llenar de errores en tinta el papel.

Respirar se convierte en un derecho cuando nos creemos dueños y señores de nuestro existir, aún cuando la lluvia sigue mojando la cara mientras que los pulmones se llenan de aire frío que, como una bocanada, quieren más y más libertad en esa carrera contra tu propia piel. Quieres el viento, lo sé. Como salir corriendo, como huir más allá del mundanal ruido pues, solo entonces, puedes esconderte en la recóndita habitación entre las sábanas esperando que, en algún momento, veas la sonrisa al despertar. Y dormir de repente, caer en la nana y sentirse completo con la sencillez.

Un acorde y otro. Latido. Insistencia en los dedos que sujetan el bolígrafo con decisión. Ternura en esa mano cálida sobre la rodilla. Resistencia en las palabras y corazón en las acciones. Fortaleza en el invierno recién pintado en la terraza de ese bar de la última esquina. Mudo optimismo que no sabe expresarse porque siempre acaba por hacer más ruido. Inesperado cohete en la noche en llamas que acelera su cadencia hasta convertirla en atropello con el corazón a punto de explotar. Y desde entonces, vorágine.

Detén el tiempo, párame en los segundos que faltaban por escapar reptando por el suelo. Mientras, las siluetas del hielo han quedado reducidas al charco de agua en que se convierten los polos, de repente y sin desidia, como si lo hubieran planeado. La piel en los segundos, la vista en los ojos de la noche en la gran ciudad que termina por despertarse para, de nuevo, volver a amanecer en las mañanas que, sin café, son el amuleto del vaivén de cuerpos de piel, de arena, de cristal fundido en el amor del abismo.

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Del surrealismo al sueño

Como un motor al ralentí, pero a la vez a la velocidad de la luz inmunizada contra los choques del viento contra el espejo, encendidas las lámparas en las aceras y el tiempo detenido en la noche donde el frío no hacía tiritar, solo la espera. Pasa el tren rápido. Huracanes en cada esquina, mientras los vencedores esperan en los bancos a media luz y los minutos regresan de madrugada. Lo reconozco, te reconocí.

El futuro en los posos del té en esa taza de porcelana china. Del norte de África, moruno. La hierbabuena no sabe qué decir y no tiene voz ni voto en la conversación; se ha quedado muda escuchando las cientos de palabras que se pierden en el espacio buscando su sentido. El perro vigilante y el susto en el instante. No hay direcciones erróneas, solo mapas mal interpretados. Sin embargo, el viento favorable parece ser amable contra los cristales de los escaparates de lentejuelas bailarinas y botas de explorador. No había enero en ese momento de abril.

La reina se come al alfil. En ese tablero no hay victoria posible y las blancas ganan siempre. Sin embargo, las expectativas no son sino la destrucción de las ilusiones cuando la realidad vence al sueño. El destino es la esperanza de no estar predeterminados en un mundo en el que las líneas rojas se marcan con carmín en los labios y con balas en el corazón. Dispara, vaquero. O mejor, brindemos por los acontecimientos fortuitos. La fortuna de encontrarse en el lugar y el momento exactos es caprichosa y las probabilidades, tan infinitamente remotas como rebeldes, son cruces de miradas efímeros y números que puedes sacar de la nada, como en un sorteo. Desde luego, la mano inocente del momento robó la casualidad.

La copa vacía, el alma llena. Hay licores más fuertes que la resistencia, hay magia que es capaz de remover el dulce néctar de las flores hasta pintarlas de acuarela en el cielo. Y era de noche, pero se encendió el día. Viajé por varios países que siempre me devolvían al presente. ¿Dónde estaba? ¿Habría llegado ya a buen puerto? Los patos habían abandonado las charcas en ese Japón occidentalizado y mientras, se apagaba la luz de las velas en esa tienda improvisada bajo un firmamento desconocido por carecer de estrellas. Vámonos a Huelva, continuemos el viaje. Inconexo lugar con mi yo anterior, pero reconocible y nuevo en el presente desconocido.

Quedó la racionalidad en esa copa o, tal vez, en los posos de ese té moruno contenido en la taza de porcelana china más llamativa que he visto jamás. Asia a un lado, al otro Europa y mientras, tiritamos de frío. No hay coches en la ciudad del caos para regresar al mundo real, ni calabazas dispuestas a esperar a la princesa prometida, ni alfombras mágicas para llegar a Oriente Medio. El paso del tiempo remueve el cabello que despeina la intensidad de la duda y la resuelve como mejor sabe. Puede reinar el surrealismo o el desequilibrio, pero la locura no es sino la necesidad de perder el raciocinio por un microsegundo.

Estamos locos. Sin más. Pero las mejores personas lo están. Ya le dijo el Sombrerero a Alicia que perdería la cabeza por su gran sinceridad y su nulo sentido del peligro. Que le corten la cabeza. Pero, ¿qué sería del mundo si no hubiera ese corredor imaginario que ayudara a ir hacia adelante sin contabilizar las pérdidas, sin pensar en las consecuencias? Sube al coche, ya has perdido el frío. Creo que era difícil acertar la procedencia del conductor, pero el surrealismo del instante siguió jugando sus cartas. La baraja devolvió un as y ganaste la partida.

Del surrealismo al sueño me fundí con las almohadas y oí respirar al viento en su cambio de rumbo. Jamás supe dónde fue, pero devolvió la ciudad a su espacio y tiempo, recompuso las aceras y encendió de nuevo las farolas. Sin embargo, había sucedido de verdad.

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Las siete y treinta y dos

Pídeme tiempo para perderlo. Apenas sirve un segundo más o menos en esa eternidad que se marchita lánguida en el andén, impertérrita ante esos trenes que se escapan, que huyen, que se pierden. Perder… Aprender a perder. Las siete y treinta y dos. El reloj a punto de salir corriendo porque se retrasa la electricidad en la catenaria y apenas huele a freno, con envidia por detenerse por inercia, por estar predeterminado y por verse aturdido, impasible, ante esa voz inaudible de la megafonía que se pierde entre la multitud. Las piernas han vuelto a reaccionar porque ese amasijo de hierros y gente, ingente, se marcha sin esperar. Y corren, y empujan y, a veces, tropiezan. Aprender a perder. No hay rostros, no hay miradas ni siquiera de desdén, no hay interacción con la realidad ya reconstruida. Las siete y treinta y dos, pero tú solo has visto pasar al fantasma de la absorción en la pantalla de los que esperan, mientras se disponen a esperar de nuevo, a seguir absortos por esa luz tenue que golpea la retina.

–Tranquila, señora, yo me levanto. Siéntese, por favor –sugiero con cierta intención de llamar la atención entre los seres vivos que parecen respirar en sus asientos, mientras unos siguen idiotizados con sus pantallas y otros miran, simplemente, al infinito, como si con ellos no fuera la vida de este mundo exterior ajeno a la mal llamada humanidad. ¿Humanidad? ¿Dónde? Qué crueldad se encierra en el significado de ese nombre que, a veces, se convierte en adjetivo calificativo para poner de manifiesto esa sensibilidad, compasión e incluso afabilidad que se incluye en la naturaleza del ser humano según su propia definición. Ser humano. Ser. Humano. Disparate, infortunio. ¿Qué fue de los pequeños gestos, de las pequeñas cosas? No penséis que todos estos acontecimientos son hechos aislados y que, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Llegué a la conclusión de que cuando un hecho se repite en muchos vagones durante muchos días, pasadas las siete y treinta y dos, se convierte en costumbre y de ahí, a un infinito desdibujado de desesperanza catastrófica y algo dramática. La humanidad ha muerto.

Vorágine de luces, de un sinfín de bombillas que también acompañan al atardecer que se desdibuja en el comienzo de la noche en la gran ciudad. Siguen siendo las siete y treinta y dos, aunque de la tarde. La calle se hace una alfombra con la gente que pisa cada baldosa hasta hacerla desaparecer. Irremediablemente, solo los letreros y las luces de neón parecen tener sentido para los viandantes y nadie se ha fijado en los contenedores de cartón escupiendo cajas deshechas de paquetes recién entregados y, al instante, desechados. Usar y tirar, siempre al mejor postor. Irónicamente y con cierto deje de tristeza, habrá quien esta noche duerma más caliente en la calle, pues no es un invierno de agradable calefacción en casa para todos y no serán una felices fiestas para quienes apenas sí se pueden levantar del duro y frío suelo. Sin temor a equivocarme, hay ojos que miran pero no ven. Las siete y treinta y dos, ya es de noche. La oscuridad ha vencido.

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No busques, no encuentres, no tropieces, no intentes ir contracorriente. No sobresalgas, no alimentes tu mente ni tu alma, no seas solidario, no veas más allá de tus narices, no ayudes a tu prójimo, no celebres el triunfo ajeno, no mires a los ojos y mírate solo los zapatos.  No te esfuerces, no seas curioso, no te rebeles, no manifiestes tus ideas, no seas educado, no siembres la duda, no tengas ideales. Las siete y treinta y dos es una hora sombría para caer en la cuenta de qué hay alrededor de uno mismo. En mi caso, el comienzo de un nuevo día siempre corriendo y a punto de perder el tren, me llevó a mirar y ver y, mirar. Ahora sé que esta reflexión no responde a la definición de caos de una gran ciudad, sino a una sociedad (algo) podrida.

Y así, tras caerme y no poder levantarme, tan solo un señor de unos ochenta años intentó ayudarme. Una persona entre toda la muchedumbre. A mi alrededor, caminaba una multitud que solo se fijaba en sus sempiternas pantallas y que, cuando me veían, en sus miradas solo había esa desaprobación ante quien ha cometido el peor de los crímenes. No hay ser humano, solo deshumanización. 

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Mi ciudad del caos

Muero de frío en ese asfalto recién pintado mientras me arropan las hojas de esos árboles que, sigilosas, presumen de otoño adormecido pero nunca fugitivo. Dicen que llora el cielo, pero contra el cristal solo se enfada la tormenta y lo paga contra los cristales con furia, con rabia. Pero no es tormenta sino tempestad; no es hielo, pero sí metal. El tren acaba de salir y apenas se escucha el viento contra los raíles sinuosos que trazan sus líneas hasta la siguiente estación. Dormitan el aliento y las miradas en ese vagón de asientos vacíos, aunque la ilusión de la tranquilidad en ese momento es minúscula y casi inexistente. Quiero murmullo, quiero historias de vaivén sin andén, quiero regresar de farolas que se apagan mientras se enciende el caos.

Así, cayó la gota rendida contra el suelo gris de la calle. ¿Qué podía esperar el huracán de la renacida ciudad de anaranjado azul? Sus humos solo contribuían a aumentar ese impulso inconsciente de volver a enamorarse de su inconsistente anochecer, como una bacanal interminable apurando los últimos segundos antes del amanecer. Y tedio, y desdicha y, de nuevo, dicha. ¡Qué contradictorio es el último instante antes de coger impulso y saltar! Es ese momento en el que se termina la tinta y no se puede escribir ni una palabra más, cuando pesa el cansancio tanto como el aburrimiento y, a través del cristal, la vista más allá es magnífica y se alza sobre el horizonte. La tierra prometida, eso dicen.

Prometo que disiento de lo incierto que es el camino entre luces si no las puedes ver. La ciudad te envuelve y te acoge, resulta necesaria en ese caminar a ciegas con sus gatos negros sobre el tejado, como si la mala suerte fuera a cara o cruz y el brindis un canto de que todo saldrá bien. Rebobino la última cinta antes de perderme en la cuneta, bajo los neumáticos y los motores asfixiados. Sin embargo, volver a escuchar la misma canción no es sinónimo de volver a formar parte de la distancia que hay entre mi pupila y esa puerta a medias de cerrar. Quiero ser esa cicatriz surcando el cielo, ese avión que se aleja y deja su estela de melancolía a mediodía; quiero llegar tarde y perder la compostura, quiero que no se dé nada por hecho y que la eternidad deje paso a la duda.

Dudar es de humanos, perder es de valientes que lo han intentado, pedir permiso es de quien no se atreve a dar un paso más en la oscuridad, cruzar la línea es de suicidas enamorados de lo indeterminado, respirar hondo es de impacientes disfrazados de serenidad, amar sin medida es de locos a punto de perderse en la gran ciudad. Y no miento si digo que respiro por cada poro de ese caos que levita entre las alturas más vertiginosas y la vida subterránea más sombría. Y no digo la verdad si obvio que la electricidad engancha y alimenta las mariposas de luces en procesión por la Gran Vía, pequeñas hormigas trabajadoras que son la sangre de las arterias.

Muero por vivir del caos que muere de madrugada y resucita con el sol. Inhalo, exhalo. El aire huele a incertidumbre, sí, pero también a prisa, a descaro, a felicidad falsamente sostenida, a sonrisas robadas con esa última mirada. Huyo y quiero quedarme. ¿Por qué habré de partir? Hay montañas que no se mueven a voluntad y azoteas que invitan a dejar de tener vértigo aún cuando la caída es imposible de calcular. Sin embargo, la velocidad siempre engancha al adicto a la adrenalina y la paciencia quedó olvidada en el fondo de esa última copa. Ladrillos, metal; ladrillos, pasión; ladrillos, vorágine; ladrillos, tempestad; ladrillos, final. Bienvenidos a mi ciudad del caos.

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Prefacio

Atardecía. Posiblemente intentaba desesperadamente describir el color de esa bruma anaranjada intermitente sobre los tejados de la decadente ciudad. Le gustaba pensar que podía narrar su propia historia, como si viviera de forma constante en una novela donde las palabras volaban impasibles por las páginas en blanco, sin miedo a verse atacadas por los acordes caducados de la bohemia e incertidumbre que conseguían colarse siempre desde los edificios a punto de desmoronarse.

En aquel momento no existía nada más que el acero que componía los tirantes del puente siempre vigilante y algo sombrío, como si estuviera a punto de encontrar su sitio en la panorámica de la ciudad. Hormigón hundido en el agua, como si de marineros engañados por sirenas se tratase. Estructura metálica desafiando a las aves a posarse sobre sus huesos sin fragilidad, con una altivez impropia incluso de las grandes torres que desafiaban a la gravedad y oscilaban con amargura. Gran coloso de dimensiones inalcanzables para las criaturas de piel, aunque siempre sus sueños se elevaban más que cualquier obstáculo aparentemente impenetrable.

Caminaba hacia el puente, ese elemento que unía ambas márgenes del río y podía contar miles de historias. En su cabeza se creaba la imagen de otro mundo esperando al otro lado, con sus nuevas expectativas y, también, con sus errores. Si el final del puente fuera el inicio de otro mundo, entonces seguro que podría pensar en el reflejo de su sombra en sus incursiones por lugares inexplorados en esa otra fingida nueva dimensión. Siempre fue alguien curioso y ahora solo se envolvía con esas nuevas sensaciones que percibía antes de volver a acudir a sus palabras.

Por cada paso dejaba algo atrás. Jamás pensó que fuera fácil y a su mente acudían esos irlandeses a punto de embarcar para luchar por nuevas oportunidades al otro lado del charco, en ese mal denominado Nuevo Mundo. Siempre pensó que esos mundos por descubrir no estarían habitados por seres igual de ruines. También, se descubrió echando de menos el principio del puente, cuando no sabía lo que caminaría hasta llegar al otro lado. Sin embargo, supo que lo natural era añorar aquello que había supuesto desconocimiento al principio, cuando no tenía tanto exceso de información sobre cada metro de liso hormigón antideslizante del puente, cuando lo que se deslizaba era su temor a caminar.

Y dijo adiós. Se despidió de las causas imposibles a las que le falta una página porque el tramposo la ha robado pues, ni queriendo, podría llegar a una conclusión. Se despidió del vaivén que provocan las causas perdidas justo antes de hacer precipitar a cualquier individuo al río más helado que la hiel, evitando volver a vivir de los cafés cargados por la mañana y los teléfonos que no dejaban de sonar. A veces, solo a veces, las alarmas se crean por capricho y no por una necesidad imperiosa. Así dijo adiós para no volver a mirar hacia atrás mientras la ciudad se dibujaba ante sus ojos, tras la niebla estoica y los edificios de altura inalcanzable, dejando tras de sí ese puente que ya no unía su historia con sus palabras.

Entonces, las palabras se unieron a sus zapatos arrastrándolos fuera del puente ante el asfalto de una nueva calle mientras sus rasgos se iluminaban con el comienzo de una nueva era. Posiblemente encontraría tinta derramada en alguna de sus esquinas, pero podría dibujar nuevos continentes a partir de ella; probablemente olvidaría su nombre al terminar el día para recordarlo una vez más al amanecer.

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Cuando despiertes

Cuando despiertes, posiblemente, no sepas que hay todo un mundo al otro lado del cristal templado por el verano, pues el sueño pesa en los párpados y la calma de la oscuridad precede al atrevimiento del despertador cuando suena y revuelve esos breves instantes de silencio. Cuando despiertes no sabrás qué es verdad y qué es ficción; el ser humano tiene la buena (y mala) costumbre de llenarse de sueños e ilusiones que se contemplan por la noche desde la inconsciencia que se apresura para crear nuevas imágenes que nos ayuden a levantarnos por la mañana.

Sin embargo y, a pesar de todo, serás sin saber qué eres, aunque sepas qué puedes ser. Porque cuando despiertes será como empezar de cero. De nuevo el sonido insistente del despertador, de nuevo querer aplazar esa alarma que se ha instaurado como el comienzo de un nuevo día para intentar reengancharse a ese sueño vívido, de nuevo el café con reconocimiento del terreno por parte del sujeto que se expone al madrugón, de nuevo, todo nuevo. Porque veinticuatro horas dejan de ser un día si vives en capítulos, como en un libro que se escribe a la vez que tú te desintegras en el tiempo lento.

Y entonces despertarás entre humanos de piel y circuitos que se mueven por un resorte y por la electricidad que lleva esos vagones hasta el corazón oculto de la ciudad, mientras que las máquinas se vuelven cada vez más humanas y sentimentales. No creas ahora que sueñas, que duermes en la vida que pasa de largo con destino la perdición. Tu enemigo no es la historia, no es lo que ya pasó y quedó congelado en ese instante, sino lo que dejas pasar cada día cuando despiertas. Y así, corazón de tinta sin latido aparente, carente de determinación y acción, volverá a esa nada que no forma parte de un todo, sino que se descuelga de la enredadera de la desidia.

Cuando despiertes el mundo seguirá girando, aunque, tal vez, no de la forma en que esperabas. Asia a un lado, al otro Europa y, en medio, un muro parece alzarse amenazante mientras una supuesta mayoría pretende aniquilar a una minoría atrapada contra las cuerdas. Cuando despiertes habrá división sí, mucha. Hay quienes disfrutan sembrando el odio y cosechando mentiras; hay quienes prefieren reinventar su mentira hasta convertirla en la verdad. Posiblemente, entonces, despiertes en un mundo de caos, en un país que se asemeja al mundo al revés en el que cobra más un futbolista que un médico, en un lugar donde es más fácil acabar con la historia que enseñarla en su totalidad en los colegios.

“La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza”. Ya lo escribió Orwell en su conocido libro “1984” y creo que cualquiera de las personas que leen estas líneas podrían ir un paso más allá trayendo de vuelta la realidad en las palabras del mundo sobre el que nos movemos. Así, por ciencia infusa, vuelve Siria, vuelve ese archiconocido “vivir para trabajar o trabajar para vivir”, vuelven las fallidas leyes de (¿mala?) Educación en España, vuelven los populismos con sus guerras de cifras que jamás podrían ser reales si se contabilizaran con un ábaco, vuelven los personalismos cuando al final el mundo lo mueven las manos de mucha gente al mismo tiempo, vuelven las ciudades congestionadas mientras el éxodo rural es un hecho, vuelven los que se van de nuevo porque ya no tienen sitio en su tierra.

Cuando despiertes asegúrate que lo estás. Mira a tu alrededor y aterriza. Puede que la caída sea dura, pero merece la pena tener los ojos bien abiertos.

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Los malos de la clase

Cada día suena el despertador y el mundo parece salir de su letargo inicial para volver a la vorágine incierta de la gran ciudad que jamás descansa. Así, cada día millones de personas en cada país desayunan una taza de café amargo por la mañana para seguir, como autómatas, su camino hacia el trabajo para seguir, siempre, haciendo aquello que quieren, deben o que no les queda más remedio. Seguir. Es una cuestión de horas, de millones de segundos que pueden marcar la diferencia pero, sin embargo, esta jamás llega.

Seguro que cada uno de ustedes recuerdan su primer día de algo. Su primer día de colegio, su primer día de instituto, su primer día de universidad si fueron, su primer día de trabajo,… Tantos primeros días y tantas similitudes entre ellos. Haciendo memoria llegarán a una visión muy parecida, pues ni siquiera el paso del tiempo ha hecho mella en el cambio, pues solo somos entes por lo que el tiempo pasa mientras siguen desarrollando el mismo papel, el mismo rol.

Una clase con paredes blanquecinas y radiadores verdes. Una pizarra y varias filas de mesas con sillas. Una mesa de profesor presidiendo el inicio de la clase. Los niños pasan y se sientan en sus sitios, normalmente elegidos por ellos mismos cuando se han hecho más mayores y cuando ya no se guían por el orden alfabético de la lista. En este panorama original, los denominados como listos, empollones y con cierto interés se sentarán en la primera fila de la clase más próxima a la pizarra mientras, los más gamberros, inquietos e incluso pasotas, se adjudicarán la última fila para sus bromas, sus cotilleos y demás conspiraciones. 

Ahora no piensen en si los niños de la primera o última fila son buenos o malos, pues hasta los más inquietos de la última fila han podido sorprender a lo largo de los años. No quiero que se fijen en eso, no. Quiero que recuerden la personalidad de sus compañeros, que incluso de pequeños, ya mostraban un cierto toque que jamás desaparecería. Creo que todos podemos describir varios roles en la clase: el estudioso que siempre hace los deberes, el que pasa sin pena ni gloria y no es muy recordado, el chico o la chica del que todos se ríen por ser diferente (algunas veces, muchas, coincide con el estudioso), la mayoría que sigue a un líder (normalmente, al más gracioso o “malo”), la minoría que se apoyan entre ellos y pasan juntos curso tras curso, el abusón que se aprovecha de los deberes del estudioso y se ríe de todo lo demás,…

No quiero que se planteen el papel que han elegido o les ha sido otorgado, sino el trasfondo de una situación que no ha cambiado a lo largo de las generaciones. Seguro que recuerdan a los malos de la clase. La terminología nada tiene que ver con alumnos traviesos o inquietos, sino con los que salen a flote de cualquier situación, bien por miedo o influencia, a pesar de no haber traído a la clase más que quebraderos de cabeza, mal ambiente para el estudio y, en nuestros días más recientes, la mala educación, el desapego al respeto e incluso, la violencia en todas sus formas. No olviden, además, que los malos de la clase no tienen porqué ser malos estudiantes, sino que albergan cierta vileza con sus compañeros en cada una de sus acciones. Básicamente, ser buen estudiante no está reñido con poder ser mala persona, al igual que un mal estudiante puede ser buena persona.

¿Por qué los malos de la clase son los que regían la clase y podían hacer con ella todo lo que estaba en su mano, a su antojo? ¿Acaso no debería estar mal visto este tipo de conducta cuando hablamos de la educación del futuro de un país? Esta pregunta siempre ha corrido por mi mente en más de una ocasión pero, hoy en día, solo puedo creer que es un fiel reflejo, si acaso un espejismo, de lo que sucede en cuotas de poder más elevado. Últimamente, además, cada periódico, radio o canal de televisión parece confirmarlo cuando unos pocos se juegan el presente y futuro de muchos, hasta de todo un país, y ni siquiera parece importarles.

Y no nos engañemos, porque los malos de la clase que hacían sus gracias y se reían de los que estudiaban, llegando a hacerles la vida imposible incluso, han escalado peldaños. Jefes sinvergüenzas que explotan a sus trabajadores, empresarios sin escrúpulos, políticos corruptos. ¿A que ahora no se ríen? ¿A que ahora todo parece ir en serio? Se ha alimentado poco a poco un país a base de la pérdida de escrúpulos, la falta de ética y una incipiente instauración de la ley del “todo vale” y, además, se ha hecho riéndoles las gracias sin ponerles freno ni solución.

Estoy segura de que muchos sienten la impotencia al ver cómo se encumbra la barbarie mientras, posiblemente, uno de ustedes bebe el café y siente el amargor de ver la injusticia en los posos de su taza, que no le dicen otra cosa que debería estar en el lugar de los viles, en el lugar de los malos de la clase, pues con la realidad en la mano haría las cosas diferentes.

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