Prefacio

Atardecía. Posiblemente intentaba desesperadamente describir el color de esa bruma anaranjada intermitente sobre los tejados de la decadente ciudad. Le gustaba pensar que podía narrar su propia historia, como si viviera de forma constante en una novela donde las palabras volaban impasibles por las páginas en blanco, sin miedo a verse atacadas por los acordes caducados de la bohemia e incertidumbre que conseguían colarse siempre desde los edificios a punto de desmoronarse.

En aquel momento no existía nada más que el acero que componía los tirantes del puente siempre vigilante y algo sombrío, como si estuviera a punto de encontrar su sitio en la panorámica de la ciudad. Hormigón hundido en el agua, como si de marineros engañados por sirenas se tratase. Estructura metálica desafiando a las aves a posarse sobre sus huesos sin fragilidad, con una altivez impropia incluso de las grandes torres que desafiaban a la gravedad y oscilaban con amargura. Gran coloso de dimensiones inalcanzables para las criaturas de piel, aunque siempre sus sueños se elevaban más que cualquier obstáculo aparentemente impenetrable.

Caminaba hacia el puente, ese elemento que unía ambas márgenes del río y podía contar miles de historias. En su cabeza se creaba la imagen de otro mundo esperando al otro lado, con sus nuevas expectativas y, también, con sus errores. Si el final del puente fuera el inicio de otro mundo, entonces seguro que podría pensar en el reflejo de su sombra en sus incursiones por lugares inexplorados en esa otra fingida nueva dimensión. Siempre fue alguien curioso y ahora solo se envolvía con esas nuevas sensaciones que percibía antes de volver a acudir a sus palabras.

Por cada paso dejaba algo atrás. Jamás pensó que fuera fácil y a su mente acudían esos irlandeses a punto de embarcar para luchar por nuevas oportunidades al otro lado del charco, en ese mal denominado Nuevo Mundo. Siempre pensó que esos mundos por descubrir no estarían habitados por seres igual de ruines. También, se descubrió echando de menos el principio del puente, cuando no sabía lo que caminaría hasta llegar al otro lado. Sin embargo, supo que lo natural era añorar aquello que había supuesto desconocimiento al principio, cuando no tenía tanto exceso de información sobre cada metro de liso hormigón antideslizante del puente, cuando lo que se deslizaba era su temor a caminar.

Y dijo adiós. Se despidió de las causas imposibles a las que le falta una página porque el tramposo la ha robado pues, ni queriendo, podría llegar a una conclusión. Se despidió del vaivén que provocan las causas perdidas justo antes de hacer precipitar a cualquier individuo al río más helado que la hiel, evitando volver a vivir de los cafés cargados por la mañana y los teléfonos que no dejaban de sonar. A veces, solo a veces, las alarmas se crean por capricho y no por una necesidad imperiosa. Así dijo adiós para no volver a mirar hacia atrás mientras la ciudad se dibujaba ante sus ojos, tras la niebla estoica y los edificios de altura inalcanzable, dejando tras de sí ese puente que ya no unía su historia con sus palabras.

Entonces, las palabras se unieron a sus zapatos arrastrándolos fuera del puente ante el asfalto de una nueva calle mientras sus rasgos se iluminaban con el comienzo de una nueva era. Posiblemente encontraría tinta derramada en alguna de sus esquinas, pero podría dibujar nuevos continentes a partir de ella; probablemente olvidaría su nombre al terminar el día para recordarlo una vez más al amanecer.

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Cuando despiertes

Cuando despiertes, posiblemente, no sepas que hay todo un mundo al otro lado del cristal templado por el verano, pues el sueño pesa en los párpados y la calma de la oscuridad precede al atrevimiento del despertador cuando suena y revuelve esos breves instantes de silencio. Cuando despiertes no sabrás qué es verdad y qué es ficción; el ser humano tiene la buena (y mala) costumbre de llenarse de sueños e ilusiones que se contemplan por la noche desde la inconsciencia que se apresura para crear nuevas imágenes que nos ayuden a levantarnos por la mañana.

Sin embargo y, a pesar de todo, serás sin saber qué eres, aunque sepas qué puedes ser. Porque cuando despiertes será como empezar de cero. De nuevo el sonido insistente del despertador, de nuevo querer aplazar esa alarma que se ha instaurado como el comienzo de un nuevo día para intentar reengancharse a ese sueño vívido, de nuevo el café con reconocimiento del terreno por parte del sujeto que se expone al madrugón, de nuevo, todo nuevo. Porque veinticuatro horas dejan de ser un día si vives en capítulos, como en un libro que se escribe a la vez que tú te desintegras en el tiempo lento.

Y entonces despertarás entre humanos de piel y circuitos que se mueven por un resorte y por la electricidad que lleva esos vagones hasta el corazón oculto de la ciudad, mientras que las máquinas se vuelven cada vez más humanas y sentimentales. No creas ahora que sueñas, que duermes en la vida que pasa de largo con destino la perdición. Tu enemigo no es la historia, no es lo que ya pasó y quedó congelado en ese instante, sino lo que dejas pasar cada día cuando despiertas. Y así, corazón de tinta sin latido aparente, carente de determinación y acción, volverá a esa nada que no forma parte de un todo, sino que se descuelga de la enredadera de la desidia.

Cuando despiertes el mundo seguirá girando, aunque, tal vez, no de la forma en que esperabas. Asia a un lado, al otro Europa y, en medio, un muro parece alzarse amenazante mientras una supuesta mayoría pretende aniquilar a una minoría atrapada contra las cuerdas. Cuando despiertes habrá división sí, mucha. Hay quienes disfrutan sembrando el odio y cosechando mentiras; hay quienes prefieren reinventar su mentira hasta convertirla en la verdad. Posiblemente, entonces, despiertes en un mundo de caos, en un país que se asemeja al mundo al revés en el que cobra más un futbolista que un médico, en un lugar donde es más fácil acabar con la historia que enseñarla en su totalidad en los colegios.

“La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza”. Ya lo escribió Orwell en su conocido libro “1984” y creo que cualquiera de las personas que leen estas líneas podrían ir un paso más allá trayendo de vuelta la realidad en las palabras del mundo sobre el que nos movemos. Así, por ciencia infusa, vuelve Siria, vuelve ese archiconocido “vivir para trabajar o trabajar para vivir”, vuelven las fallidas leyes de (¿mala?) Educación en España, vuelven los populismos con sus guerras de cifras que jamás podrían ser reales si se contabilizaran con un ábaco, vuelven los personalismos cuando al final el mundo lo mueven las manos de mucha gente al mismo tiempo, vuelven las ciudades congestionadas mientras el éxodo rural es un hecho, vuelven los que se van de nuevo porque ya no tienen sitio en su tierra.

Cuando despiertes asegúrate que lo estás. Mira a tu alrededor y aterriza. Puede que la caída sea dura, pero merece la pena tener los ojos bien abiertos.

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Los malos de la clase

Cada día suena el despertador y el mundo parece salir de su letargo inicial para volver a la vorágine incierta de la gran ciudad que jamás descansa. Así, cada día millones de personas en cada país desayunan una taza de café amargo por la mañana para seguir, como autómatas, su camino hacia el trabajo para seguir, siempre, haciendo aquello que quieren, deben o que no les queda más remedio. Seguir. Es una cuestión de horas, de millones de segundos que pueden marcar la diferencia pero, sin embargo, esta jamás llega.

Seguro que cada uno de ustedes recuerdan su primer día de algo. Su primer día de colegio, su primer día de instituto, su primer día de universidad si fueron, su primer día de trabajo,… Tantos primeros días y tantas similitudes entre ellos. Haciendo memoria llegarán a una visión muy parecida, pues ni siquiera el paso del tiempo ha hecho mella en el cambio, pues solo somos entes por lo que el tiempo pasa mientras siguen desarrollando el mismo papel, el mismo rol.

Una clase con paredes blanquecinas y radiadores verdes. Una pizarra y varias filas de mesas con sillas. Una mesa de profesor presidiendo el inicio de la clase. Los niños pasan y se sientan en sus sitios, normalmente elegidos por ellos mismos cuando se han hecho más mayores y cuando ya no se guían por el orden alfabético de la lista. En este panorama original, los denominados como listos, empollones y con cierto interés se sentarán en la primera fila de la clase más próxima a la pizarra mientras, los más gamberros, inquietos e incluso pasotas, se adjudicarán la última fila para sus bromas, sus cotilleos y demás conspiraciones. 

Ahora no piensen en si los niños de la primera o última fila son buenos o malos, pues hasta los más inquietos de la última fila han podido sorprender a lo largo de los años. No quiero que se fijen en eso, no. Quiero que recuerden la personalidad de sus compañeros, que incluso de pequeños, ya mostraban un cierto toque que jamás desaparecería. Creo que todos podemos describir varios roles en la clase: el estudioso que siempre hace los deberes, el que pasa sin pena ni gloria y no es muy recordado, el chico o la chica del que todos se ríen por ser diferente (algunas veces, muchas, coincide con el estudioso), la mayoría que sigue a un líder (normalmente, al más gracioso o “malo”), la minoría que se apoyan entre ellos y pasan juntos curso tras curso, el abusón que se aprovecha de los deberes del estudioso y se ríe de todo lo demás,…

No quiero que se planteen el papel que han elegido o les ha sido otorgado, sino el trasfondo de una situación que no ha cambiado a lo largo de las generaciones. Seguro que recuerdan a los malos de la clase. La terminología nada tiene que ver con alumnos traviesos o inquietos, sino con los que salen a flote de cualquier situación, bien por miedo o influencia, a pesar de no haber traído a la clase más que quebraderos de cabeza, mal ambiente para el estudio y, en nuestros días más recientes, la mala educación, el desapego al respeto e incluso, la violencia en todas sus formas. No olviden, además, que los malos de la clase no tienen porqué ser malos estudiantes, sino que albergan cierta vileza con sus compañeros en cada una de sus acciones. Básicamente, ser buen estudiante no está reñido con poder ser mala persona, al igual que un mal estudiante puede ser buena persona.

¿Por qué los malos de la clase son los que regían la clase y podían hacer con ella todo lo que estaba en su mano, a su antojo? ¿Acaso no debería estar mal visto este tipo de conducta cuando hablamos de la educación del futuro de un país? Esta pregunta siempre ha corrido por mi mente en más de una ocasión pero, hoy en día, solo puedo creer que es un fiel reflejo, si acaso un espejismo, de lo que sucede en cuotas de poder más elevado. Últimamente, además, cada periódico, radio o canal de televisión parece confirmarlo cuando unos pocos se juegan el presente y futuro de muchos, hasta de todo un país, y ni siquiera parece importarles.

Y no nos engañemos, porque los malos de la clase que hacían sus gracias y se reían de los que estudiaban, llegando a hacerles la vida imposible incluso, han escalado peldaños. Jefes sinvergüenzas que explotan a sus trabajadores, empresarios sin escrúpulos, políticos corruptos. ¿A que ahora no se ríen? ¿A que ahora todo parece ir en serio? Se ha alimentado poco a poco un país a base de la pérdida de escrúpulos, la falta de ética y una incipiente instauración de la ley del “todo vale” y, además, se ha hecho riéndoles las gracias sin ponerles freno ni solución.

Estoy segura de que muchos sienten la impotencia al ver cómo se encumbra la barbarie mientras, posiblemente, uno de ustedes bebe el café y siente el amargor de ver la injusticia en los posos de su taza, que no le dicen otra cosa que debería estar en el lugar de los viles, en el lugar de los malos de la clase, pues con la realidad en la mano haría las cosas diferentes.

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Vuélve(me) madrugada

Esta madrugada decidí no dejarlo todo en un renuncio, sino perseguir esas noches sin luna hasta volver a observar esa descarada presencia sobre el cielo contaminado por los humos. Realmente no sabía hacia dónde iban mis pasos, dirigidos por un ritmo de frenesí en la caótica primavera recién estrenada pero, precisamente ahora, todo lo insignificante dejaba de importar y tan solo se esfumaba, de nuevo.

Puede que lleve siglos sin escribir una sola línea sobre un papel, pero es ahora cuando siento la necesidad de regar con tinta cada planta que crece imponente sobre el horizonte de ese Madrid impío y casi desdibujado. Creo que las cartas ya no se reciben, tan solo se piensan y se dejan ir, prisionero contenido de un contenedor difícil de dejar atrás, de destruir sin que se sepa, de abandonar y, al mismo tiempo, olvidar. Diría que has vuelto a cada instante de las agujas del reloj y, posiblemente, te habrás dado cuenta de que reconoces la esencia, esa particular esencia.

¿Y por qué las madrugadas? Siempre le dio un aire dramático a esas descripciones de sitios envueltos en la bruma, entre la noche y la aurora, pues entonces el teatro de la vida cobraba más sentido y volvía la inspiración para capturar su alma otra vez. La noche tenía ese componente misterioso y oculto, como si todo pudiera suceder. Era difícil huir de la noche para esos personajes en blanco y negro que no se conocían entre sí, pero que a la vez habían sido convocados en el mismo lugar de siempre, a la misma hora. Sin embargo, eran seres mudos y provocados por ese último estertor de ingenio de un cerebro pensante a altas horas de la noche, dudoso del día y anhelante de nuevas aventuras cuando caía el sol. Esos seres eran ella, de noche y de día cuando quedaban escritos sobre el papel mientras quedaban cubiertos por la tinta pues, entonces, algo volvía a despertar.

Realmente, decidí pasear de madrugada. No en sentido literal, sino figurado. Pasear, pasear, pasear. Solo así se puede mirar atrás para observar el camino que hicieron tus pies y sentir la satisfacción de reconocerte en tus huellas. Paseé por esa mente curiosa que se despierta y recuerda sueños, mientras ve esas películas de historias que ha vivido para sí. Terminé por tomar de nuevo ese té inglés de las cinco, tan snob como auténtico, entre las dudas del Doctor Jekyll y la impulsividad del señor Hyde. Sin embargo, cuando parecía amainar la tormenta, regresó ese espíritu conspirador que solía colarse en las madrugadas para darles color; el humo y la bruma, los bares a punto de cerrar, las calles desiertas y los gatos en los tejados siempre fueron parte de él. Madrid desde las alturas, Madrid desde la atalaya de la imaginación, Madrid desde la pluma y sus manchas de tinta, imperfecta y sonora.

Esta madrugada decidí imaginar las estrellas como caminos invisibles sobre la negrura que se cierne como una tela de araña sobre la ciudad dormida. Como poco, huirían de nuestros ojos espías, siempre escrutando cada recoveco de alma libre e intentado embotellar la esencia de lo inalcanzable. Entonces, regresó. Ella. Y yo. Las madrugadas servían para contar historias, pero también para recordarlas y darles un nuevo sentido. Ella era yo, antes, pretérito. Ella era alguien que ya se había convertido en un personaje de mis historias por reconocerme en el pasado, por ir y volver muchas veces sujetando siempre ese último aliento de suspense en la escena del hipotético crimen, siempre siendo recuerdo y manteniendo vivo el amor por las palabras.

Gracias a ella. Gracias a mi yo del pasado. Por las letras, por encenderme la luz de madrugada e iluminar palabras hasta convertirlas en historias. Por pasar de puntillas y por hacer ruido. Por despertar tarde y por madrugar mucho.

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No es no

Hoy desperté pensando que todo había sido un mal sueño, hoy desperté preguntándome de nuevo el porqué de una barbarie continuada tan arraigada. Entonces, despierta, no pude sino llegar a la conclusión de que cualquiera de nosotras podríamos estar en su lugar. Así, recaí en la impotencia y el enfado otra vez. Posiblemente, la violencia sexual es el único crimen en el que la primera sospechosa es la víctima. 

Hoy has salido más tarde del trabajo de lo normal y no puedes sino apresurar el paso por una calle apenas iluminada tenuemente por las farolas. En ese momento, a tu cabeza vienen recuerdos de tu madre diciéndote que no volvieras a casa tarde y sola. Has vuelto a doblar la esquina y sabes que a ella también le hubiera gustado volver a hacerlo con normalidad y no con un miedo que le va a durar siempre. Sabes que da igual cómo vayas vestida, pues siempre va a haber detalles que te acusen como principal culpable. Hoy llevas pantalones, pero el sábado llevabas falda y alguna copa de más. ¿Eres fácil y accesible por ello? ¿El “no” es diferente ahora que entonces? No es no, siempre.

Falda, minifalda, vestido,… Las piernas no son lo único que te delatan. De vez en cuando también te gusta maquillarte, poner un poco de color a tus labios y oscuras tus pestañas como el alma que supuestamente posees. En realidad eres una pecadora y lo sabes. Tu pecado es ser mujer en una sociedad cada día más repugnante y malherida, donde apenas importa ya la acción y la consecuencia, donde todo vale y nada detiene la perversión y humillación de la que hacen gala algunos hombres. Irónica es la vida, sarcástico nuestro caminar sobre tacones.

Últimamente, te han instado a saber defenderte ante cualquier situación. Siempre pensé que las palabras eran el arma más poderosa, pero de la violencia parece que no puedes huir si no es devolviéndosela o corriendo como alma que lleva el diablo. Últimamente, he llegado a la conclusión de que si enseñaran a los hombres a comportarse adecuadamente con una mujer, no nos tendrían que exigir a nosotras saber defendernos. Volvemos, de nuevo, a la victimización del criminal y a la culpabilidad de la víctima. Bienvenidos al mundo al revés.

Hoy encendí la televisión y volví a ver el telediario; normalmente prefiero leer y enfadarme a ver y enfadarme. Es curioso cómo nuestras pupilas atrapan al detalle cada hecho, cada titular y cómo éste da vueltas en tu cabeza durante varias horas. En esta ocasión volvió a suceder: han condenado a tan solo nueve años de prisión a unos criminales que agredieron sexualmente, vejaron, abusaron, humillaron y, en definitiva, violaron a una chica durante las fiestas de San Fermín en 2016. El motivo de esta insulsa, insustancial e insuficiente condena es que los jueces no han visto indicios de la agresión sexual y por ello solo los han condenado por abuso sexual. ¿Es necesario entonces que la víctima muera por tratar de defenderse para que se vea que es ciertamente una violación, en lugar de que intente conservar su vida y cierre los ojos para que pase lo más rápido posible? 

Hoy estás pensativa y algo en tu interior quiere gritar. Hoy has hablado con tu madre por teléfono y aún así no puedes dejar correr tu enfado. Lo peor de todo es que sabes que esa chica podrías ser tú o, tal vez, tu hermana, tu novia, tu mejor amiga o tu hija. Entonces, ¿por qué mirar hacia otro lado? Eso es lo que han hecho en la Audiencia Provincial de Navarra; han mirado hacia otro lado y no han querido ver que un sistema donde es la víctima la que tiene que aportar pruebas de su violación y no los presuntos culpables para su propia defensa, es un sistema cómplice y abocado a la barbarie. Y no pensemos que “La Manada” es el único caso así en España, pero gracias a la valentía de esta chica y a los medios de comunicación hoy, dos años después del suceso, está en nuestra ira la capacidad de hacer algo, en nuestras acciones el poder de evitar situaciones de este tipo y en nuestra voz decir “no es no”.

No es no. Nunca lo olvides.

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La rosa de abril

Palabras. Tan solo palabras que, unidas, nos trasladan a la historia formada por miles y millones de constelaciones de frases inacabadas, puntos sin final, comas que nos dejan respirar mientras que terminar el párrafo nos quita el aliento y entonces, solo queremos más, ávidos de historias. Y nos traspasan, nos quitan un poco de corazón para añadirlas al alma desprovista, hasta ahora, de atardeceres inspirados por la primavera. Y nos quitan y nos dan, nos inspiran y nos llevan a la zozobra, como un barco en ese breve resquicio de la tormenta en el momento y lugar poco propicio. Palabras. Tan solo eso y, a la vez, tan solo trazos que buscan tener un significado que puede cambiar y ser tan volátil como la razón del ser humano.

Palabras. Me atraparon, palabra. Os preguntaréis qué tienen que consiguen desestabilizar cada nimio intento que hago por caminar en línea recta mientras ni siquiera mi escritura consigue tal fin pero, ¿quién quiere vivir pendiente de una línea cuando más allá hay todo un mundo por descubrir? Por descubrir y por crear. Posiblemente fueron los cuentos, posiblemente la profundidad que alcanzaron cuando crecí y les di una nueva dimensión. Y me atraparon las palabras porque, cada noche y durante los primeros compases de mi infancia, siempre estuvieron presentes las historias de piratas, princesas secuestradas, zapatos de cristal sin dueña, dragones feroces, príncipes con espada, algún conejo blanco consultando la hora en su reloj de bolsillo, reinas de corazones furiosas, niños sobrevolando Londres con Peter Pan hasta llegar a Nunca Jamás, valientes guerreras, brujas malas y alguna buena, también.

Al principio, eran simples trazos de tinta sobre papel que tenían voz gracias a mi insistencia y a mis padres, que me hicieron olvidar la importancia de los dibujos en los márgenes para adentrarme en un mundo mucho más prometedor y divertido: imaginar yo misma cómo era cada personaje sin necesidad de observarlo en las ilustraciones. Después, esa tinta pasó a tener otro significado para mí, pues esos trazos eran como ríos que me encontraban en cada rincón, a la espera de una buena historia, cerca de emprender una nueva aventura. Así, seguí leyendo para escribir y entonces, me di cuenta de otra nueva dimensión que acababa de aparecer ante mis ojos: el poder de contar una historia y llegar a otros.

Han pasado ya cientos de años desde que el ser humano inventara la escritura, aunque siga existiendo la barrera de los idiomas para el entendimiento completo. Sin embargo, posiblemente, somos más que nunca privilegiados porque la mayoría de las personas pueden leer y escribir y, por tanto, comprender. ¡Cuán lejos ha llegado la transmisión del código más poderoso del planeta y cuánto lo despreciamos, también! Hoy más que nunca, deberíamos apreciar el valor que pueden llegar a tener las palabras por su contenido.

Así, existieron cartas de declaración de guerras y, también, cartas anunciando su final. También, hubo hombres y mujeres que dejaron por escrito su romance en tinta con palabras que han superado los siglos y el fuego. Genios locos que han transmitido su saber y cuya sabiduría ha traspasado fronteras reinventando al ser humano. Todavía creo que me sorprende Miguel de Cervantes y su capacidad de escribir la obra culmen de la literatura española y una de las más importantes de la literatura universal: El Quijote. Posiblemente, no hay palabras que lleguen más adentro que la dramaturgia del gran Shakespeare, ni mayor sentimiento por su tierra en su corazón que Lorca. Y así podría nombrar otros mil autores de palabras importantes para la humanidad y, otras que también recogen la inmundicia que esconde el ser humano en ocasiones. Escritores todos, filósofos, gobernantes, contrabandistas, periodistas, amantes de tinta, espejos de realidad.

Ahora conoces el principio de la historia de la pluma olvidada, pues en libro comenzó la tinta y seguirá persiguiendo cada palabra para darle el significado que merece. Siendo rosa y siendo abril, adornando cada jardín e inspirando las futuras historias que están por venir.

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Aviones

Jamás se acercó. Jamás se acercó a las nubes mientras sobrevolaba el claro de luna, dispuesto a encontrar tesoros hechos de las perlas de su brillante oscuridad, perdido entre la bruma de la noche y el día, lejos muy lejos del corriente y mortal mundo de los comunes y poco imaginativos viandantes del hormiguero que se vislumbraba desde las estrellas al compás de ese Beethoven ya tardío, pero contundente. Jamás se acercó a la monstruosa aparición de las señales de las carreteras y caminos, pues ansiaba la libertad entre los rayos y los truenos de la tormenta, aunque sacudiera peligrosamente su estabilidad e hiciera preocuparse al vigilante entre las nubes. Jamás.

Entonces, como un ave entre las nubes del atardecer, dejaba su impronta, su estela, en líneas de blanco con rumbo a algún lejano país. O quizás, más cerca de lo que esperaba. Mientras, el día caía y allí esas líneas. Esos trazos deshechos y casi olvidados, diluidos. Tal vez, fueran espías que no quisieran ser encontrados; tal vez, la imaginación de una niña de corta edad era más importante en la historia de lo que pretendía reconocer. Sin embargo, estaba claro que, conforme se acercaba el verano, los trazos estarían visibles por más tiempo, pues el astro ardiente los conservaba como cisnes en ese estanque de la bella Brujas.

Siempre pensé, bajo los árboles del pequeño bosque en la fiebre del estiaje y sobre la cálida hierba bañada por el sol, que eran naves de otros planetas. Siempre avanzando, siempre pasando de largo, siempre derrumbando fronteras, pues arriba solo quedaban las nubes. Entonces, pensaba en ellas y en sus formas, tan curiosas como reales. Y había un gato reposando sobre una mullida cama de nube, un niño saludando con su mano, un loro pronunciando su discurso a la multitud, una hilera de hormigas huyendo a la destrucción del viento que las desdibujaba. Arte que es la imaginación e imaginación que es ese cuento de inverosímiles figuras que terminaban por formar parte de la historia de mi niñez y mi inocencia.

Después, me di cuenta de lo que producía esas grandes estelas de ensueño, ese gran viaje en el añil hasta el confín. Eran pájaros alados de metal que se confundían en el cielo mientras pájaros reales los acompañaban y seguían con rumbo, tal vez, incierto. Eran grandes máquinas de ingenio que desafiaban a la gravedad, pero que difícilmente caían. Como torres en el ajedrez que jamás se inclinaban ante el enemigo y protegían a los reyes, como espías que nunca revelaban sus secretos aunque cayeran, como pinceladas que marcaban la diferencia entre un cuadro original y otro falso.

Siempre me acerqué. Siempre me acerqué a esas curiosas líneas de pentagrama pintadas sobre el cielo, como si de música se tratasen e intentando comprender la melodía que llevaban consigo en su viaje infinito, más allá del mundo conocido por unos ojos curiosos de corta edad. Siempre me acerqué a esa eternidad tan contradictoria por su inesperada fecha de caducidad, pues nunca hubiera llegado a la conclusión de que el viaje por el cielo fuera tan efímero como en la tierra que nos sostiene. Siempre.

Y por mucho que fuera la impronta del ser humano sobre la historia, sobre los papeles que terminan por mojarse, sobre la mente curiosa de cualquier niño, nunca se consideró como tal desde esa atalaya sobre la loma, cuando el atardecer bailaba mientras los grillos hacían acto de presencia. La imaginación devoró todo atisbo de ciencia y explicación racional y, la creatividad para dar respuesta a toda alocada pregunta, solo fue el último guiño a la niñez que aún hoy me acompaña en el recuerdo.

Entonces, seguí añorando esas tardes de verano siguiendo las estelas de los aviones.

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