Estándar

Mírame y dime qué ves. Dime si somos iguales. Creo que podrías encontrar la diferencia en cualquier mínimo rincón de tu persona reflejándote en la mía. También, creo que la voluntad de estandarizar a todos y cada uno de los seres que componen esta humanidad vasta y caótica, ha sobrepasado los límites de la originalidad del individuo como ente con nombre propio y personalidad.

Sí, es a ti. Deja de rellenar formularios que definen tus capacidades cuando sabes perfectamente que eres mucho más que un espacio en blanco que rellenar con las características a tu elección, pero ya predeterminadas de antemano. El ser humano ha llegado al borde del abismo al pretender simplificar ya absolutamente todo, aunque esa sencillez quede ciertamente alejada de la realidad, la de cada uno. Intentar trazar el mapa de ruta de toda la sociedad empieza a resultar completamente absurdo, pues implica que el control ya es absoluto y la capacidad de crear clones, verdadera.

Y sí, el sistema se retroalimenta. También, a todos los niveles. El primer paso comienza desde la más tierna infancia. En las escuelas se pretende implantar un nivel educativo que no deja crecer a las mentes más originales, creativas e incluso distintas, esas mentes despiertas que buscan crecer y expandirse, sino que se busca dibujar esa línea por debajo, para que todos los niños tengan, en última instancia, ese carácter erróneo y, me atrevo a decir mediocre, de ser iguales en todos los sentidos. Estándar primitivo, adquirido.

Y el niño, crece. Se hace mayor y es ya un individuo de pleno derecho en la sociedad. Va a entrevistas de trabajo donde le hacen rellenar formularios con su vida en apenas unos pocos espacios en blanco que rellenar con la predeterminación de los gigantes que clasifican a las personas en estándares. Se reúne con gente de su entorno y tiene miedo de expresar su opinión por no ser, en algunos casos, igual al resto del grupo. Consume lo que el resto de la población, pues la publicidad ya se ha encargado de hacer imprescindible cualquier bien consumible gracias a la publicidad. Y al final, también muere en el único estándar con el que no se puede lidiar, la muerte, y que, necesariamente, me hace reflexionar sobre esta sociedad estándar.

Mírame y dime qué ves. Te lo digo porque, aunque en otro contexto, alguien alejado de esa línea roja tan recta me expresaba hace poco que la estandarización de todo, esa falsa igualdad, ha llegado a tal extremo, precisamente, como motivo de la supervivencia de los iguales. Creando iguales no hay diferentes. Alimentando la desidia, desechando el porqué y el cómo, aprendiendo a amar la imposición del gris cuando el cielo azul es mucho más interesante. Y así, hemos llegado a esa segunda generación estándar. Estándar secundario, aceptado.

Ahora, piensa en ti. ¿Eres estándar? Tú, que caminas por la vida pensando nuevas soluciones para problemas planteados. Tú, que nunca has terminado por sentirte cómodo en ningún ambiente, pero que sabes qué es lo que te gusta. Tú, que eres raro porque te lo han dicho, aunque tú no te sientas así, sino que consideras que lo que piensas o lo que haces es lo más normal del mundo. Tú, que prefieres callar a hablar por miedo a ser juzgado. Tú, que te muerdes la lengua por no ser políticamente incorrecto. Tú, que tienes mil planes para cambiar tu pequeño rincón en el mundo y quieres llevarlos a cabo.

Desgraciadamente, esta clasificación ya ha ido demasiado lejos y solo hay que mirar más allá de nuestras narices para comprobarlo. Sin embargo, no somos máquinas, no somos procesos productivos a los que estandarizar, no somos números en una lista, no somos códigos de barras que se esfuman sin más.

Yo no quiero ser estándar.

wire_metal_twisted_black_white_17550_1920x1080

Anuncios

Entre líneas

Creo que no hay nada más especial, o tal vez más inesperado, que encontrar un cuaderno garabateado de arriba a abajo con las aventuras vividas en cada viaje; diarios de a bordo que terminan por ser espejo de reflexiones futuras, ilusiones vividas en el momento y revividas aún más intensamente tras releer esas líneas torcidas de vida irreverente e imparable, ese ataque al corazón que significa la electricidad en el movimiento que embriaga. Así, encontré en una caja la tinta olvidada, mas no perdida o desterrada a ese diminuto espacio de cartones y sol.

En un simple instante capturado en mis venas, cada palabra pasó a trasladarme a ese momento de duda, a ese vuelo con rumbo pero sin destino pues, ¿qué hacía éste sino jugar con las cartas de la baraja hasta naufragar? De repente, cayó el muro, como lo había hecho para mí en ese Berlín ya lejano. Las cartas con el remitente en el sobre seguían teniendo sentido para mí, como ese 22 de mayo ya trasnochado y herido de memoria.

22 de mayo

Llegué. Así, el amanecer sobre el ala izquierda de ese avión con destino Berlín, las turbulencias que provenían de esas cartas que casi quemaban en el bolsillo de la mochila, la inmensidad del cielo bajo mis pies en esa libertad cuasi esclava que, entre serena y luchadora, terminaban por conquistar la curiosidad de mi entendimiento. Revivía una y otra vez las acuarelas que mi imaginación había pintado a través de la tinta sobre esa ciudad de contrastes, de atardecer en la contradicción del muro que no había terminado de caer, en los “Güten morgen” constantes, en las calles de tranvías sinuosos, en el amor y desamor en puentes que habían llegado a separar dos lados inútilmente. Berlín, ciudad de reencuentro y despertar.

Había llegado arrastrada por la corriente de misivas inesperadas, a la par que sorprendentes. Amistades por correspondencia que se habían convertido en aventuras a través de otros ojos, vaivén y ensueño, donde media Europa corría embravecida al compás de la prisa del viajero o, mejor dicho, del emigrante, del forastero, del extraño en la multitud distinguida y distante. Y aquí me hallaba, Berlín. Fui el aeropuerto de Schönefeld, el tren hasta la estación de Alexanderplatz, la maleta abandonada en el modesto hotel, la tranquilidad de los berlineses que pasaban a mi lado mientras mi nerviosismo subía a ese tranvía amarillo, la vista de edificios del XIX salpicados de rascacielos, la música de artistas callejeros en el puente junto a la catedral, la grandeza de los museos y la reverencia de la universidad de Humboldt,…

Y de repente, Friedrichstrasse. Contraste. Edificios a punto de ser demolidos, edificios antiguos, hormigón fresco, agujeros como heridas sin cerrar, piedras como losas sobre el corazón de ese Berlín de corazón adolecido de su pasado. Eternidad. Viento de lamento por familias separadas, recuerdo en ese muro de colores de esperanza que, con arte, han convertido en galería las lamentaciones de esas dos urbes artificiales, pero con un único sentir. Ahora, turistas en masa fotografían cada mensaje, cada paloma de la paz, cada beso ante el amor letal de Brezhnec y Honecker en el famoso grafiti. Historias, historias que fotografiar, historias que contar, historias que leer y escribir, historias por doquier.

Tinta. Sobre el papel del diario que ahora escribo. Ahora, realidad; traspasando las cartas recibidas desde ciudades distantes que ahora parecen confluir sobre la ciudad eléctrica de berlineses a pie y en bicicleta, acertando a buscar ese rostro de fotografía que era más cálido y próximo que el observador más cercano. Sonrisa de hoyos dibujados, mirada emocionada, silencio roto. Sobre estas líneas, de magia y hechizo, se produjo el encuentro tras años de palabras cruzadas con el pasaporte de los sellos, en el muro y en tierra de nadie, como si cayeran, de nuevo, esas barreras que devolvieron la libertad y la esperanza en tiempos de interrogantes sin solución.

Llegué. En el día más largo de mi existencia. Para contemplar la puesta de sol más radiante sobre el río Spree.

3410806579_ba03e8947e_b

Y no hay hogar

Creo que la sintonía en mi caminar cada día responde al jazz del desenfreno de cláxones y huidas en balde, entre el asfalto y las ilusiones de las luces recién encendidas de las farolas. Creo, y no me equivoco, que cada acorde es una palabra que se enciende en mi cabeza mientras la historia, el cuento más surrealista, se forma progresivamente adquiriendo importancia en la mente que consume la fantasía y le da una nueva dimensión.

María era la calma y la tempestad de las tablas de ese bar al que llegabas caminando siguiendo las sombras de ese palacio incólume en el tiempo, cerca de ese teatro donde la ópera se degustaba en el terciopelo rojo de esas butacas. María era esa mirada tras el objetivo de una cámara que capturaba el momento preciso, a pesar de que lo que viera ante ella no terminara de convencerle. Y mientras el humo del vicio en el ambiente putrefacto del recuerdo de algo que jamás ha ocurrido; contradicción. 

He recorrido tantos años de recuerdos en lugares marcados a fuego en mi alma que esta ciudad, tan fría y distante, se ha dibujado de otra forma a mis ojos. Vertical. Por los edificios que compiten por rozar el cielo con sus hierros de ensueño, mientras los tejados son de los gatos callejeros que buscan su hogar. Y no hay hogar.

¿Cuántas tardes había pasado escribiendo en sus cuadernos gastados por la lluvia y el infierno en ese café de tres al cuarto? ¿Cuántas letras habían desmayado su tristeza y habían precipitado su ansiedad sobre el azúcar de esos deliciosos pasteles? Era escritor, era poeta. Sin embargo, era más un vagabundo que habitaba en las historias creadas por su inspiración: esa musa estridente, impaciente y convulsa. Y quería escribir la historia más trágica y más cómica, pero jamás había experimentado la tristeza en ese extremo o la comedia en la risa más desatada. Mientras, se derrumbaba por dentro para conseguir ese abismo remoto que le hiciera volver a la historia de sus pensamientos. Pero caminaba sin rumbo. 

Precisamente, esos paseos sin rumbo, sin compañía y conectada a la música fueron la clave de mi observación. Como un testigo mudo, como un narrador omnisciente, como una estatua sobre la atalaya. Miradas. Gestos. Movimiento. Personas a contracorriente en calles con una mayoría en sentido opuesto, personas con prisa y sus maletines, personas nerviosas hablando por teléfono, personas compartiendo con otras sus horas robadas al reloj de lo cotidiano, personas no siendo personas, personas olvidándose de serlo, personas contagiadas por la enfermedad de la indiferencia, personas con los ojos de ilusión y las manos vacías, personas recién llegadas a la urbe y personas abandonándola. Tan solo eso.  Personas.

El hombre del traje gris. Tan absurdamente puntual como siempre, pues los días parecía arrancarlos él mismo del calendario. Y nunca reía, ni siquiera sonreía. El hombre del traje gris. ¿Sería la soledad hecha persona? ¿Sería una muerte moderna sin guadaña? Pero era de carne y hueso, con sangre en las venas y corazón. Y no tenía corazón de hojalata, pues Oz quedaba muy lejos. También, ocurría lo mismo con las baldosas amarillas. Entonces, entre atónita y sorprendida, sucedió. El hombre del traje gris decidió levantarse y dejar a medias su café solo y con hielo, salió a la calle y dejó olvidado para siempre su severo maletín.

Creo que el bullicio, la muchedumbre, el éxtasis de suspiros en las aceras y el cielo sin estrellas al atardecer son terriblemente culpables de que cientos de almas se muevan, pero jamás terminen por cruzarse o detenerse. Por eso, la imaginación es más rápida que encontrar el fin del invierno y las historias vuelan solas por el viento como una epidemia de anhelo, convirtiendo a cualquier persona en protagonista que baila en una sinopsis de película y cuyo fin, apenas sí es contemplado por los viandantes que se evitan y se apresuran a llegar hasta sus destinos. Mientras tanto, seguiré recorriendo la ciudad infausta y asfixiada con mi papel y pluma, persiguiendo cada atardecer, asomándome a cada vista sobre el anaranjado Madrid. Y es que somos como gatos callejeros que buscan su hogar, pero no hay hogar.

Madrid

 

Si fuera el primer día

Si fuera el primer día, ¿seguirías caminando por la acera observando cada uno de los ladrillos moviéndose de su sitio o, te terminarías tropezando por tu preocupación de contemplar la inmensidad a tu alrededor? Tantas cicatrices tiene el hormigón que su dureza ya parece apagada, casi cotidiana entre los edificios que se ciernen sobre otros para matar ese leve rayo de sol. Cicatrices…sí. Entonces comienzas a pensar que no siempre debes ser imaginación desde la ventana, golpeando el teclado de esa máquina infernal con avaricia, sino que, a veces, hay historias dentro de cada uno de nosotros que pueden transportar a un nuevo lugar: nuestra pura y dura realidad.

Si fuera el primer día, ¿te caería bien o creerías, por el contrario, que soy una metomentodo de manual? Tantas veces has tenido un primer día en tu vida que, a la larga, ya se ha creado la costumbre de presentarte sin tener un porqué frente a tus ojos. El primer día de colegio, el primer día en que fuiste al cine y quedaste maravillada con la música de la película, el primer día de instituto, el primer día en que sentiste la alegría de la libertad en Madrid cuando comenzaste a estudiar, el primer día…

Sin embargo, nadie habla de los demás días. ¿De verdad tenemos que ser tan metafísico-trascendentales que terminamos por negar que la normalidad y la cotidianidad de los días no son algo extraordinario? Precisamente la monotonía de las horas hace que los atardeceres sean menos monocromos y más cargados de color que nunca. Y sí, me he quedado maravillada con ese cielo de fuego sobre esa Gran Vía atestada de gente.

Y, ¿qué ven mis ojos? Prisa. Prisa por vivir, prisa por llegar a cualquier lugar trazado sobre el mapa, prisa por quedar atrapado por el asfalto que enmudece las pisadas de los zapatos, prisa por aparentar normalidad mientras mirar alrededor podría ser algo extraordinario. Y no mencionaré que ver y mirar son dos conceptos diferentes. La ceguera momentánea que sufre el ser humano cuando se acostumbra al medio que le rodea es tal que la comodidad se convierte en una mala costumbre. ¡Levántense de esos sofás que tienen instalados en sus mentes y vivan!

Entonces, podrían ver que los pasos de esa chica de grandes cascos azules se mueven al compás de la música que escucha, mientras el hombre del traje gris mece su maletín con alegría por el trabajo ya terminado en una jornada exhausta. Y mientras, el resoplido del autobús en su farfullar incomprensible, ininteligible. Tal vez, ese motor se cansa de llevar en su jaula a tantas y tantas personas o, solo tal vez, son las mentes de sus ocupantes las que se quejan por la búsqueda de lo extraordinario.

Alguien me dijo alguna vez que lo extraordinario ocurre en cada rincón, incluso aunque el amanecer se prolongue indefinidamente sobre ese cielo permanentemente anaranjado de la gran ciudad contaminada. Alguien me dijo que la rendición no se puede contemplar jamás, pues los motivos que nos empujan a ella siempre son menos sólidos que la fortaleza, que nuestra determinación en dar cada paso nuevo.

Puede que me leas y estés dubitativo. Puede que estés viviendo un primer día de algo. Un primer día de emociones que no hubieras imaginado jamás, un primer día de confesiones o un primer día de injusticias o desdenes. Todas las caras de este poliédrico mundo forman parte de ti y se contraen y expanden en tu alma, en tus pensamientos más profundos o acelerados, en la ira que hierve a veces en tu sangre, en los sentimientos que te hacen más humano y menos frío.

Si fuera el primer día de esta vida tan peculiar, en un lugar que a menudo se antoja extraño, me recomendaría a mí misma escribir cada uno de los renglones de ese libro que comenzó en blanco.

IMG_3917

 

Podrías ser tú

Los cuentos infantiles siempre han enseñado que los finales felices son los que más abundan, pese a que haya una malvada madrastra, una rueca infame que haga dormir para siempre a la princesa o una alta torre custodiada por un dragón. Al final, siempre aparecía el príncipe azul correspondiente, como un ángel de la guarda que hubiera contemplado todo desde una posición más elevada. Lamentablemente, como cuentos que eran, no contaban la verdad, la realidad, de un mundo mucho más sumido en las sombras de lo que se reconocería, donde los testigos, en ocasiones, afirman no haber visto nada, donde la criminalización de la mujer se sirve en bandeja en los medios de comunicación y hay absoluta impunidad.

Tu madre siempre te dijo que jamás hablaras o aceptaras nada de personas desconocidas cuando fueras sola por la calle. Ese fue el comienzo de todo, desde la más tierna infancia, pues esa nube negra ya planeaba sobre cualquier camino, recoveco, callejuela o esquina. La aceptación del peligro cuando la indecente no eres tú, sino la moral y el comportamiento del asesino de inocencia. El peligro como forma de vida pues, en mayor o menor medida, rige el miedo en el existir.

Después, creciste. Tu preocupación dejó de ser los desconocidos que comenzaban una conversación contigo por tu inocencia en tu corta edad. Al principio, que te dijeran infames piropos arrojados desde cualquier lado de la acera suponía que agacharas la mirada, como si fueras tú la culpable de algún crimen o de cualquier sucio secreto. Sin embargo, te diste cuenta, muy a tu pesar, que lo normal no tenía un porqué justificado, pues sólo pretendías seguir tu camino sin estar en el blanco de la diana. ¿Por qué todo valía en el deambular de una mujer desde un lugar a otro y debía vivir situaciones vergonzosas o sentirse desprotegida?

Entonces, tu madre te dijo que no volvieras nunca sola de noche. Que te iría a buscar en el coche si era necesario, que tus amigas también podían -y debían- volverse acompañadas hasta su casa. Tú seguías preguntándote, entre enfadada y triste, la razón por la que tus amigos -hombres- podían quedarse más tiempo y volver a su casa caminando tranquilamente. Posiblemente, entonces te diste cuenta de que la nube negra de tu infancia se había transformado en una cruel tormenta. Todo valía.

¿Todo valía? ¿Seguro? Sodoma y Gomorra desde el cielo, como aciagas ciudades de maldad y exterminio, donde se veía con normalidad la degradación progresiva del ser humano en cuanto a su moralidad y su propia existencia. Y he aquí el problema: la normalización. La normalización de una práctica bochornosa, como es el acoso hacia las mujeres. La normalización de que decir “no” signifique lo contrario, como si las mujeres no supieran lo que quieren o no en su vida. La normalización de la provocación como arma de justificación, cuando ser o vestir de una determinada forma no debería dar lugar a la criminalización de la mujer por la sociedad, como ha ocurrido en este país en los últimos años con la denuncia de casos de desaparición y el juicio de violaciones. La normalización de que la sociedad siga soportando esa cosificación de la mujer, que es tan dañina para este género como para el contrario, pues termina por crear cierta reafirmación de ciertas prácticas de reclamo, como son las mujeres para los hombres en las discotecas de cualquier ciudad.

Entonces, escribes y borras y, escribes. Reescribes este texto porque te pesa la conciencia por hechos que ocurren en la vida cotidiana y por los que, seguramente, todos y cada uno de nosotros pasamos de puntillas. Llegas a la conclusión de que podrías ser tú. Podrías ser tú, o tu amiga, o tu hermana; cualquiera. Porque en España, una mujer es violada cada ocho horas. Porque Diana Quer no provocó a su asesino. Porque como ella, otras mujeres han muerto en esa misma situación y muchas otras, aunque vivas, deben sobrevivir -que no vivir- en su día a día con la carga de haber sufrido semejante acto repulsivo e infame sobre su propia piel.

Podrías ser tú, o tu amiga, o tu hermana. Podría ser cualquier mujer sobre este planeta y por eso, es hora de plantar cara a la abominación y no apartar la mirada en situaciones que todos podríamos evitar y revertir.

Los cuentos infantiles no te enseñaron a soñar. Sabías que poca realidad se ocultaba tras esas dulces palabras de encanto, tan edulcoradas como el caramelo más dulce. Aprendiste a soñar cuando descubriste qué aspectos de la humanidad detestabas por completo. Sentiste en tus propias carnes las miradas de posesión y las palabras que te hacían reconocer tu vulnerabilidad. Pero seguiste soñando. Por eso, hoy tienes los ojos bien abiertos; no quieres ser la próxima.

Crying-Woman.jpg

Inesperado

Había estatuas de sal y otros testigos de cristal observando el instante preciso robado a las miradas indiscretas que parecían no dar importancia a la incredulidad dibujada en ojos curiosos, pero desamparados de sol. Había luces y visos de sombras de pasados inquietos que volvían a resurgir de la nada, desde las entrañas, dispuestos a rememorar cada trozo de alma descarriada transformada en mariposa por la ternura de esa metamorfosis acelerada. Entonces, comienzo.

Inicio, principio, llegada, origen. ¿Qué es un nuevo comienzo sino la rendición de la tinta ante un nuevo libro en blanco para llenarlo de desiguales trazos, mientras absorbe la vida y el silencio, inefable e indeterminado suspiro? Esclavos de los renglones, a veces del también cuadriculado papel, la emoción no es sino la ruptura compleja con la nieve espesa que ha cubierto la ciudad de piedra desde su corazón. Entonces, ¿qué es un nuevo comienzo sino los acordes desordenados de una nueva sinfonía que hasta suena desafinada pero, a la vez, tan familiar que nos hace sentir como en casa?

Desafinados e inciertos. Así caminan los días en el calendario, sin multitudes que les acojan emocionadas o expectantes, sin el calor de la chimenea en el invierno, sin la sonrisa de las flores en primavera, sin la asfixiante brisa del verano ardiente, sin el marrón otoño, caído entre sus propias hojas marchitas de árboles ancianos y vigilantes. Y aún así, regresa la estrella guía a la vida pasando por fugaz en su itinerario junto a cada alma viviente que otea el horizonte y persigue la risa que se eleva entre la gente. Guía porque traza esa línea que conecta ese pasado reciente con la brisa que lleva hacia adelante, lo indeterminado, lo impreciso, lo inesperado.

Había madrugadas. Madrugadas desde atardeceres eternos sobre lunas de verano jóvenes, madrugadas desde noches invernales tan largas como cartas leídas a la luz de una vela, madrugadas desde distancias incalculables que se acortaban con las horas. Había suerte. Suerte en un mundo de infortunios, en una extraña sensación que golpeaba la ventana para que se contemplara la magnitud de ese atardecer sobre la gran urbe, en la injusticia del enfado no correspondido, en los juicios lanzados sin pensamiento, en los cafés que se convertían en cenas, en cenas con poca sustancia pero con mucha conversación. Silencio y ruido al unísono; espejo de destino entre las ruinas de un año ya pasado y consumido, anhelado a partes iguales, también.

Inesperado, insospechado, desconcertante, súbito. ¿Qué es la certidumbre sino la ruptura con la sorpresa, tardía aceptación de la locura que supera con creces cualquier mínimo instinto de supervivencia? Pretérito imperfecto por las acciones inacabadas y duelo por las oportunidades que se perdieron al coger otros trenes, ahora erróneos. Aprender a perder debería ser el primer propósito que se escribe en un papel antes de quemarlo para que se funda con las estrellas, aunque el reconocimiento del fallo aún debería ser más obvio que la rebeldía cierta que desprende, en cierto grado, la soberbia. Entonces, ¿qué es verdaderamente inesperado sino la imperfección que rodea a todo ser humano y que aún magnifica más las virtudes que posee?

Inesperado es seguir el mismo camino, a pesar de los vientos y su cambio. Inesperado es seguir líneas diferentes en el tiempo y el espacio para acabar confluyendo en el mismo punto, caprichoso e insólito. Inesperado es el silencio entre palabras, el hueco entre sensaciones, el presente que evoca fotogramas guardados en algún rincón de la memoria, la dulce venganza que se cobra la piedra cuando vuelve a atrapar almas descarriadas que no quieren volver a Nunca Jamás. Inesperado.

surreal_wallpaper_background_13026

 

Invernal

Hay veces que los versos se dibujan sobre el asfalto, mientras las ventanas en sus edificios espías son las miradas indiscretas a punto de cazar instantáneas a contraluz. Disparate o no, hay estrellas que brillan incluso de día, a pesar del sol de justicia que se cierne sobre el hielo del invierno más frío, como si fueran extraños sueños robados al descanso sobrevalorado. El delirio es el atisbo de genialidad escondido en la rareza inicial del otoño mojado que cruje bajo sus hojas, pues es la esperanza la que lleva a imaginar que refugiarse bajo capas de ropa puede ocultar el conflicto interno entre ser y parecer.

Las aceras frías, los bancos vetados para sentarse si se quiere evitar la congelación, los atardeceres plomizos como seña inequívoca de que se termina algo, de nuevo. ¿Pero qué? ¿Acaso es la luz que se termina hoy, o el agua del río que se sigue perdiendo en cascada por la boca de ese pez amilanado? La escarcha del precipicio es aún más cortante que la niebla espesa del acantilado que precede al mar más enfurecido. Las agujas de los pinos se alejan de su contacto punzante por la gratitud que sienten hacia la carne; esa de estampa ruborizada en cualquier fotografía invernal, esa de fresco respirar sobre la civilización perdida o la humanidad destruida, quién sabe. Las chimeneas apenas sí se sostienen sobre el anochecer precoz, pues otra velocidad sostiene la emoción sobre las líneas de la pequeña ciudad en llamas, pero a la vez adormecida por la taquicardia disoluta, confundida.

Entonces los suburbios acogen las pisadas irreverentes sobre esa nieve que, poco a poco, se derrite mientras no queda sino la oscuridad sobre el camino, los edificios cuadriculados e iguales, la soledad desamparada que regresa para quedarse, pues solo las manos frías sin guantes se atreven a caminar sobre sendas desconocidas, ladrillos de cristal, pensamientos de vaho y  vestigios de otros atardeceres inexactos. Respiración. Inspira, espira. El viento se adormece entre las luces de bombillas de vivos colores, pero la complicación se encuentra con la complicidad al dejar de extrañar la diferencia entre ambas. Obvia es la mezcla del acero que sujeta cimientos con la curiosa solidez de los ladrillos que visten esqueletos de edificios; así es también el ser humano y, como los edificios, también desafía a la gravedad, a la caída desde un cable de acero que apenas puede sujetar su peso y el de sus ideales. Así, vacío.

Hay balas de hielo, sin dirección ni remitente en el sobre, con tinta que hace saltar el corazón como un resorte, en pleno diciembre caduco y sin mirar atrás, con la tierra pegada a los talones y los acordes apagados bajo la incipiente niebla que comienza a devorar la ciudad de piedra incólume al viento, impredecible en el tiempo. Así, el único pecado confesable es el de quedarse sentado en el sofá esperando, pues las vueltas de la vida siguen siendo movimiento que, erróneo o no, hacen enmudecer al inmovilismo en pos de la experimentación y la experiencia. Frenética o no, la caótica mordida de la curiosidad vende su alma al frenesí de la vida inmortal que se atesora en libros y páginas arrancadas a la historia por escribir.

Te podría hablar de terminales y aeropuertos, pero tan solo queda un último rastro invernal que se asienta en las despedidas de años nuevos que no regresan. Esa copa olvidada en el bar, siempre llena de optimismo y vacía de contradicción, a la salud de las almas inquietas que viajan sin equipaje ni billete de vuelta, negándose a formar parte de la normalidad tan anormal para los seres de vaivén. Invernal. El alféizar desnudo de la ventana conquistado por el hielo. Las tejas condenadas a la intemperie.

Lago_Invernal_1024-x-768-943645