La tormenta perfecta

Era la tormenta perfecta. El trueno restallando contra las azoteas de edificios incólumes y sedientos de noche de farolas apagadas y alejadas de la melancolía de la lluvia corrosiva que regaba de nuevo a la gran ciudad desde ese cielo distante y sombrío. El rayo cegador en su insumisión a la mano del hombre que pretendía acceder a un trono que no le estaba permitido, jugando su letal partida contra la naturaleza, contra el ciclo que llevaba una y otra vez a la resurrección de la ceniza.

Era la tormenta perfecta. Volvía el rostro crispado contra la serenidad de las manos laxas y vacías, maldiciendo con voz ronca y sorda a las hordas de retazos de piel sin nombre, pues no había ya rosas ni siquiera margaritas en el jardín que se había alejado de ese Edén primigenio y bondadoso con la tierra y el sudor. Revivía la flor muerta en un intento por caer de nuevo contra la roca, como si ésta fuera más comprensiva y humilde pero, sin embargo, ni pétalos, ni tallo, ni la sequedad de sus hojas, podían contemplar la bienvenida a una era de vacío, a una era de perdición, a una caótica e impredecible tormenta que, distando mucho de ser perfecta, llevaba a la reconciliación de las raíces con el perdón.

Vuelves el rostro. El relámpago estrella su furia contra ese árbol desvencijado y ya vencido por el paso de los años. La madera, ya quemada e inconsciente, retuerce su suerte bajo la aridez de la antipatía de los días bochornosos y agobiantes del verano en una ciudad extraña y sin nombre, en un desierto alejado del hielo de los corazones metálicos que prefieren ser cortantes y contradictorios antes de regresar al polvo eufórico del camino. Las hojas se mueven mecidas por el viento ligero y casi inexistente, aunque todavía buscan jugar sus cartas y plantarle cara al azar que secuestra todas y cada una de las caricias que soporta el pesado destino.

Estremece la franqueza. Sinceridad ya obvia que, dedicada y distante a la vez, regresa cada día para hacer negación y recordar olvido. Siempre, siempre cortante y rotunda la espina de esa rosa olvidada y mustia en el jarrón polvoriento y desnudo de sensación al encontrarse tan vulnerable ante la falta del artificio, ante la inexistencia de lo vulgar que es disfrazar la conciencia de descaro y pretensión. Espera el agua lavar la desgracia, como la prisa barre de golpe todo rastro de sentir, de pensar, de vivir. Espera encadenada la astucia que, insolente, aún busca las uvas más dulces en la parra.

Pero llora. Llora el cielo y borra todo rastro. Todo. Cualquier pensamiento, cualquier banda sonora amenizando el momento ya pasado y enfrentado con la esperanza y la redención. Cualquier primavera, cualquier día de más de veinticuatro horas congelado en el cristal de la ventana vigilante o, tal vez, vigía. Cualquier alma, cualquier mirada de ojos profundos y no tan inocentes, pues conocen los pasos tanto hacia la dicha como hacia la perdición. Cualquiera.

Y no eres, no sabes, no estás. La piel, la historia, el reloj, la alarma a las siete cuando has perdido el hábito de dormir. La resaca, la idiotez, el amago, la reacción ante la acción que se presume colgada de tus gestos. Y no eres, no sabes, no estás. Porque el error fue pensar que eras tan perfecta, tan pagada de ti misma, tan tú y tan alejada a la vez de ti misma contra ese viento, contra esa marea que dejó tu calma frente a la orilla. Y no eres, no sabes, no estás.

La tormenta perfecta. Aquella que no existe, pues se agazapa pero se ve descubierta frente al muelle del puerto en el navío más endiablado y sincero. Aquella que hace soñar a los marineros de agua dulce que llenan sus ojos no de mar, sino de la tibieza del aire que busca al desierto aunque hace sentir la soledad en cada rincón de esos huesos castigados por el trueno. Aquella que olvida que no existe minuto sin duda, caballo sin Troya, dignidad sin previa esclavitud, juventud sin guerra. Aquella era, definitivamente, la tormenta perfecta.

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Camino a Roma

No todos los caminos llevaban a Roma; no todas las sendas sinuosas, los pacientes senderos entre la maleza y la adversidad o las serenas huellas de humanidad en la tierra, sabían cuál era su destino, ese cruel y esquivo molino que se hacía gigante ante los ojos del más atormentado ser en su tormenta particular. No todos los caminos llevaban a Roma; las piedras se habían desgastado dejando las calzadas romanas abandonadas a su triste sino, reclamando ahora su trono particular en el campo baldío que otrora surcaban carros de grano y pajas, animales mansos en su deambular hacia la gran urbe y multitud de pies cuyos dueños veían el resplandor de la anciana civilización aquejada de mil males.  No todos los caminos llevaban a Roma.

Entonces, ¿dónde se había quedado postrado el genio cuyos ojos contemplaban la inmensidad de una vasta ciudad aquejada de corrupción? ¿Dónde se podía encontrar al soñador tras la apariencia de un vil ladrón, un humilde jornalero, un audaz caballero, un aburrido noble o un impío escritor? La respuesta quedaba muda, pues no había tal cosa. La respuesta salía de la tierra y volvía a ella, como una primavera en constante retroalimentación, como un pecador orgulloso de sus pecados. Sin embargo, no había oscuridad sin luz; los caminos llevaban hacia donde el caminante quería llevar su peculiar sentido del humor y de la vida, ávida esta última de pertenecer a la urbe de los milagros, ahora de los vendidos y olvidados.

Duelen los pies, quemaduras visten tus mejillas bajo el sol del férreo verano, llagas ahuyentan los mil demonios a los que te enfrentas en cada decisión firme que se convierte en hecho. Por derecho, legítimo y, a veces, hasta despiadado, las idas y venidas de las vendidas almas sólo corresponden a los anhelos ocultos, a los esclavos sin dueño, a las viudas que, de negro, resucitan el luto que se pierde entre la multitud de carbón y hierro maltratado. ¿Somos o hemos sido? ¿Desafiamos al presente o sólo hemos dejado ir las amapolas en primavera desangrando el campo y su estirpe, casi ficticia?

Es en la multitud, paz. Es en el deambular, derrota. Recibe la victoria al caminante destrozado, pero aunque sabe el origen de la llamada, no contempla los atardeceres adivinando sus colores bajo la ceguera de sus ojos de sol. Recibe, ciertamente, la peor de las bienvenidas cuando, desolado, reconoce que el camino no es una gesta por el amor a una tierra perdida, sino nostalgia de polvo y piedras, de encinas y resucitadas batallas. Reconoce, entre la poca calma que guarda y el verano de infierno, que las lanzas ya se han partido y que apenas se han departido las condiciones que sujetan al trueno antes de que éste restalle contra los pulmones del valle, contra la inmensidad de la sierra, contra el frío azaroso de las laderas que, mustias, esperan de nuevo a la primavera.

No todos los caminos llevaban a Roma. La vetusta ciudad se había fugado al buen hacer de hombres más ilustres que inteligentes, pero perdieron su nombre y olvidaron, desmemoriados, las razones que aún empujaban su empresa de seguir adelante. La ciudad sombría se recogía entre el ocaso de la estirpe partida en mil pedazos por aceros contrariados y vanidosos, pero la noche más corta y el día más largo estaba próximo. Entonces, la eterna ciudad sería fiel a los impactos; a los caballeros armados hasta los dientes, a los hombres obedientes que no habían hallado camino alguno, a los pies quebrados de tanta peregrinación, a los amantes de escondida fachada pero enorme corazón.

Roma, Roma lejana. Ya marchas, de nuevo, hacia el albor del tiempo que construyó el camino, hacia la guerra que se libraba en el cielo y ahora la tierra siente en soledad. Roma, Roma tardía. Avergüenzas los muros que te vieron crecer, entre niebla y estío, pues la crueldad de las mariposas amenaza la serenidad de esas llaves que abren la ciudad y hasta la piedra. Roma, Roma de camino y ruina. Así somos, civilización podrida, civilización esquiva, civilización vencida. Y camino a Roma.

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Realidad aumentada

Ni siquiera formaba parte de la lluvia caprichosa cuando, en esa lejanas nubes, se reía el hielo de la precipitación desconsolada al vacío de esas diminutas gotas que, tan solo, negaban la tormenta y la pretendían vestir de fino regocijo en el frescor de los días del calendario. Ni siquiera era la tinta digna del nombre que escribía cada hoja de papel en la última misiva que acercó aún más al soldado a la trinchera, hiriéndole de muerte o de guerra, qué más daba ya si la vida era un fútil halo de misterio perdido. Ni siquiera respondía ya a ningún estímulo, pues la desidia le había hecho naufragar de la forma más estrepitosa, calamidad aparte, encharcando el agua sus pulmones.

Metamorfosis. Melodías inacabadas resonando desde ese piano desvencijado, pinceles manchados de pintura decadente a punto de terminar el retrato de su leve vida en la paleta olvidada por el pintor distraído, respuestas ingeniosas pendiendo de la boca que, al final, prefiere guardar silencio y volver sus pasos atrás, al latido y al compás de lo bueno conocido. ¿Y lo malo por conocer? Precisamente, esa es la metamorfosis; no saber, no poder esperar, no reconocer el ciclo, no cerrar el grifo por miedo a la corriente, no querer despegar.

Lugares. Lugares desgastados, lugares divertidos, lugares advertidos por ese último rayo de sol que se niega a acercarse, una vez más, a la eterna coincidencia que se expresa en atardecer y se muere en la envidia. Pero no mañana, sino hoy. Pero no a contracorriente, sino en el estúpido impulso que no termina de ser una carrera a toda velocidad contra la vorágine de vientos y mareas, más cercana al vórtice que atrapa y no deja marchar por el camino por el que llegó el fugitivo burlándose de la oportunidad.

Caras. Rostros. Caras largas, caras contentas, caras preocupadas ante las horas que pasan, caras inocentes, caras bondadosas, caras de taimada sonrisa, caras de falsedad y destierro, desamparo. Loco mundo; pestañas pasajeras en ojos humedecidos por la rabia o, tal vez, por la risa descontrolada en los extremos que no se tocan, sino que remueven aún más esas sensaciones de contradicción, esa perdición desaprovechada por el escritor de libros deprimentes. Loco mundo; feliz cumpleaños en tu día de desconcierto, feliz año en la impunidad de los meses que ya han dejado de existir.

“- Lo mejor será que bailemos.

-¿Y que nos juzguen de locos, señor Conejo?

-¿Usted conoce cuerdos felices?

– Tiene razón, bailemos”.

(Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll).

Ni siquiera formaba parte de la realidad aumentada de la lupa contra el suelo, en busca de nuevas aventuras bajo tierra, siguiendo los sueños como bandera, respirando extrañeza con libertad mientras, las horas felices, eran dibujos descabellados pintados por niños que huían, precisamente, de esa contradicción infeliz. Ni siquiera era la espera plasmada en ese banco de la estación de tren más cercana, revuelo de maletas y de almas sin nombre, pues era intangible como el concepto de infinito sobre la melancolía de ese árbol milenario. Ni siquiera respondía ya a las cartas que le habían llevado a cavar esa trinchera que le separase de la realidad que no quería para sí, admitiendo que el universo era un concepto demasiado tentador como para dejarse llevar por lo banal y simple del reflejo en el agua.

Experimento. Experiencias que se buscan embotellar bajo la amenaza del relámpago del olvido, entre la advertencia y la inexistencia de esas sirenas que no cesan de llamar a los marineros hacia la perdición, aunque perdieron la batalla al destino. Flores que se abren, primaveras que suspiran, rayos de sol sobre el agua que, amistosa, moja las huellas hasta hacerlas desaparecer para que el camino sea improvisado, desconocido.

Así volvió a revolotear en el cielo casi plomizo de Madrid, mientras se chocaba adrede contra los cristales para llamar la atención, o tal vez para ser envidiada por sus colores imposibles, su perfecta geometría o su temida fugacidad. Era ella, sin ser pero siendo, esperando pero marchándose hasta desaparecer, surgiendo de la nada hasta volver a formar parte de la tierra y las cenizas. La mariposa, esa Hipsipila que dejó la crisálida.

Y ahora, remonta el vuelo. Hasta el confín. Hasta el límite que lleva al desconcierto de la irrealidad.

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Corazones de mármol

Olvido. Olvidas los días donde se quemaban las naves contra todo instinto suicida, lejos y más allá de los atardeceres dibujados por daltónicos ojos que no terminaban de contemplar el impío azul del cielo ladrón de reflejos y pecador por codiciar colores ajenos. Olvidas que haya cartas con destinatario, pues las letras no cambian lo que las sensaciones transmiten; el papel en blanco sigue esperando esa tinta hiriente, como si de un ser masoca se tratase. Olvidas que haya negación más allá de la abnegación, siempre díscola y hasta desprendida, pues se viste de delicadeza el terciopelo cuando no hay piel a la que acariciar.

Camino. No se hace camino al andar si no hay camino que esas botas tuyas puedan pisar. La arena quema en las suelas, debe ser verano, pero las primaveras han sido olvidadas por esa inmensidad que sabe a amargura en la lengua que prueba de esa manzana que te hace aprender, contemplando el real reflejo de esos ojos que, fijamente, incendian tu cabeza y parecen querer, por amor al arte, que sean los tuyos los que observen esa perfecta sintonía que tienen los tejados en esa ciudad implacable que es Madrid. El viento no siempre es favorable a las velas a las que, demasiadas veces, renuncias. De hecho, no sabes nada, pues sólo terminas por ahogarte en un intento por ir contracorriente que se queda en eso: el intento.

Revelación. Hay floreros esperando a esas flores de plástico azul que sufren de parsimonia en el contacto con la realidad que llora, sufre y duele, aún cuando no sabrán jamás lo que es vivir más allá de los suburbios que marcan lo inerte e impenetrable que es, precisamente, el plástico. ¿Dónde estás? Es indiferente la forma de mirar al horizonte si lo desconoces; es indispensable que, lejos del ruido más mundano, encuentres la marea creciendo hasta engullir cada una de tus estupideces, cada una de tus rarezas para que, en apenas un instante, salgas a flote conociendo la densidad del agua de ese océano en tus pulmones encharcados de poco vivir.

Explosión. Hay bombas que, lejos de matar y convertirse en hecatombe, desvelan la sorpresa más inesperada o el regalo más agridulce. La metralla de las palabras es, casi siempre, más dañina y destructiva que la bala más certera disparada a conciencia sobre el colchón. Francotirador, tan sólo un aficionado. Temor, la sensación más fuerte que experimenta el ser humano junto con la pérdida. ¿Recuerdas? Por supuesto que no. El ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra; o tres, o cuatro, o…

Recuerdo. Recuerdas que hay estatuas con más sangre y movimiento que muchos seres que, lejos de estar vivos, parecen de piedra tallada con frío a la lumbre de pianos desafinados. Las macetas del balcón quieren salir corriendo para precipitarse en el vacío, geranios de vaivén y girasoles de desidia, caminando siempre en la cuerda floja de esos días tachados en el calendario que aún cuelga en la desvencijada pared de la cocina cuando, tanto la tinta como el papel, ya han superado esos trescientos sesenta y cinco días de incertidumbre.

Marcas. Marcas en el temblor de esos párpados que se pretenden cerrar con fuerza, a conciencia. Marcas cada instante con el fulgor del sol en la ventana para recordar que, lejos de allí y en algún lugar, es la misma puesta de sol con distinto paisaje que se lleva a las farolas por delante. Marcas donde pisas, donde esperas, donde te lamentas y donde gritas. Marcas que te marca ese último segundo que latió en ese anhelado corazón otrora de mármol.

Corazón de mármol. Piedras talladas que detallan, en cada inflexión del sol, la reflexión de esos estados fallidos. Fallecido. Retuerce la hiedra su gesto en ese balcón, selva fugitiva e intuitiva, por los caídos en ese juego del que no siempre se conocen las reglas. Leyes absurdas, casi tanto como esa gravedad que nos sostiene y nos hace caer a la vez. Expresiones vagas y disfrazadas con epítetos imposibles que, tan solo, esconden esa realidad que es tan necesaria como infeliz. Infiel. Respiras ese humo de cigarro mal apagado mientras los gestos han vuelto a captar tu atención, sin ni siquiera saber cuál es el resultado de la sombra cerniéndose contra el cristal.

¿Seremos corazones de mármol? ¿Seremos lluvia dibujada en la piedra fría en una tormenta de verano? Posiblemente, ni siquiera reconoces el tacto del mármol bajo tu pecho; posiblemente, ni siquiera quieres volver al desconocimiento fruto de los días grises, aunque ahora hay amapolas en ese campo que solías abandonar en tu imaginación. Corazones de mármol, lejos de la insensibilidad de la piel, pues la piedra siente los embates del tiempo en la continuidad del espacio-tiempo.

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Entre penumbra

Luz. Luz sin oscuridad. Acarician las farolas esa última calle interminable entre el fragor de la batalla, mientras de motores sale el zumbido que despierta a los cristales en esa ventana que, otrora faro, ahora vigila a los árboles mientras se mecen. Merecen el viento en sus ramas mientras el verdor de la primavera destroza la velocidad de la savia sabia en los nervios que penetran los rincones de la vida en miniatura que se asombra dentro de la tierra en un universo paralelo.

¿Eterna despedida? Creo que los versos no son sino esos besos que estremecen la piel de los prisioneros atrapados a contraluz, alejados de la vida cotidiana e inefable, interminable sirena que no navega, sino frena almas a punto del accidente, contra el cristal, contra el frío de esa noche abandonada y diferente, mientras conspira el valor contra la traición y respira el fugitivo en ese humo que cubre con maldad la luna.

Entre rejas. Así los sueños en la cordura, los locos sin mesura, los nostálgicos alejados de la melancolía que roba minutos al pasado del presente, los tristes en el olvido, las miradas en la curiosidad. Resbala ese último papel de la mesa, entre arrugado y descarado, porque la lluvia ha hecho acto de presencia y se retrasa el infierno del verano en el aire seco de la capital. Borra la señal en la arena el tacón enfermizo en la energía de una tarde de bochorno gris, asesina de esas últimas sombras de lápiz negro, también carbón, en el impoluto blanco del lienzo vacío de emociones, perdido entre sentimientos.

Apariencia. Piel pintada de maravilla, iluminada entre acuarelas de mares tempestuosos y dibujados casi con estridencia, tal vez complacencia, en los andares inquietos de los caminantes apresurados que convierten en mariposas sus pisadas. Surrealismo en estado puro que se captura en esa última sonrisa de un Dalí de bigote afilado y mirada de loco, posiblemente genio, en la inquietud de los díscolos que se quieren creer cuerdos a pesar de la renuncia a una genialidad casi egocéntrica, también excéntrica.

Pólvora. Química y adiós a la cobardía. No hay coartadas en un mundo donde las pruebas se crean o se encuentran sentadas en el último bar que estaba abierto esa madrugada plomiza y llena de encanto. No hay excusas a esa punzada en el estómago que hace que se acelere el pulso de ese corazón sombrío en un pasado vacío. No hay tregua a que amanezca y nos lleve el astro consigo, lejos de la tierra prometida y las ventanas cegadas con esas cortinas que impiden ver el mundo y sentir la realidad del exterior.

Cara o cruz. La moneda es tan caprichosa como la sonrisa que no se sabe si, dibujada o fingida, reposa sobre los labios de ese desconocido que se siente cercano cuando las rejas se ciernen en torno a mí. Los cables conectan edificios y parecen transfusiones de vida provocada en el artificio del yeso y el acero, del hierro y el cemento. Pero la atrocidad llega de la mano de los amaneceres con luz deslumbrante para unos ojos verdes que, lejos del espanto inicial, quieren ver más arena caer del reloj desafiante ante un destino desconocido.

Cielo. Firmamento lleno de estrellas vigilantes, vigías, guías del sentido que tiene perderlo, arrojarlo por la borda al mar bravío, arroparlo por la noche mientras se contempla lo que quiso ser y nunca sucedió. Manto de azul oscuro casi negro que regresa al corazón del tráfico detenido en mitad del nuevo día, casi tímido, pero alejado del viaje infinito que supone encontrarse más allá del muro, frente a la puerta y con la llave en la mano, mientras la discordia se desvanece en el horizonte y la lluvia de abril remite.

Pensamientos en voz alta. Almohada deshecha. Sonrisa elevada.

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Relativismo cruel

Reflexión de la luz en el cristal en el día cambiante y raro. Apenas nota la piel el paso de ese tímido rayo de sol, pues la cabeza vuela lejos del cuerpo inconexo con la realidad de color relativo y alejado del mundanal ruido. Tal vez, silencio. A veces, la consciencia ante todo acto injusto se rebela contra la impunidad y queda desmayada en ese rincón de la mente que nos invita a despertar cada noche entre sueños y verdad, deslealtad a la almohada consejera, pero con la convicción de que el mundo no es relativo.

Relativismo. Dícese de los conceptos que no suponen una verdad de validez universal, sino que sólo poseen una validez subjetiva y alejada del primigenio y original significado que ha hecho estallar en mil pedazos civilizaciones enteras a lo largo de la historia de la humanidad. Relativismo. Aplíquese a aquellos seres que practican el sofismo; es decir, a aquellos seres alejados de la verdad en sentido absoluto, donde se desdibujan las líneas rojas y todo conocimiento, causa o información son considerados sin el menor filtro, contraste y realidad. Relativismo.

Negación. Me niego a creer en el relativismo más voraz y salvaje, ese que destroza y nos lleva a tierra de nadie, nos abandona a la desolación en la que, un día, nos vimos secuestrados. Me niego a esperar a que pase ese último tren para dejar ir esa sensación de saber demasiado y estar llena de ideas, pensamientos y, en definitiva, todo lo que me ha llevado hasta el sol de este atardecer. Entre buenos y malos el mundo gira; no por ellos, sino a consecuencia de esas acciones que salen de la mano justa o culpable, pero sin escala de grises y con el pleno convencimiento de que se actúa en términos de acción y reacción.

Entre buenos y malos se ha despertado el caos sofocado por la tormenta, han surgido revoluciones, han llegado estados fallidos en los que hemos decidido refugiarnos para no contemplar de cara ese astro ardiente tan peligroso, esa bomba de Hiroshima mucho más peligrosa en potencia que en acto. Pero debemos plantar cara a lo que se nos presenta. Hay confianza perdida, hay desidia interrumpida por actos que se escapan a nuestro entendimiento, hay cansancio en esos ojos justos que revuelven océanos de desolación, hay batalla in memoriam de esos valores caídos por personas grises y sin realidad.

Entre buenos y malos se ha jugado el tiempo y se ha cobrado el viento la víctima del entendimiento. Entre buenos y malos han escrito los testigos libros y memorias, pues mudos no podían quedar. Ser testigo no te da el derecho a permanecer callado si la barbarie acecha;  el relativismo no cabe en la cuenta de los días, en las horas sin medida, en los años de soledad o en los siglos sin luz. Entre buenos y malos se difumina la acuarela fiel a la luz en los cristales reflejando el atardecer. Atardecemos entre interrogantes ante inexplicable acción o hechos deleznables. Atardecemos pero no llega la noche para el relativismo cruel.

El relativismo cruel me robó la mirada, la percepción, la propia identidad. No soy de verdades a medias, de testigos desmemoriados, de criminales pasivos. Tampoco me alcanza el olvido; los disidentes enternecidos por el perdón arrastrado en labios poco arrepentidos caen en la estupidez, los ciudadanos ante la urna rota de corrupción y telas de araña pecan de monstruosa necedad, la sangre de la sangre manchada de oscuridad no es sino enemiga de la honradez. El relativismo cruel intentó secuestrar mi esperanza, mi sueño y mi perspectiva del mundo. Sin embargo, igual que la calma precede a la tormenta, igual que la mano busca otra mano amiga, igual que anochece para suspirar por un nuevo amanecer, se vuelve a la alegoría del blanco y negro, del insumiso y el esclavo, del justo y del manipulador.

Cruel es el relativismo hoy, en ese mundo de burbuja que hemos creado entre todos. Y somos libres de salir de ella pagando el precio de saber que no hay más excusas a lo que somos, a lo que hacemos, a lo que interpretamos en la banda sonora de nuestra vida. Y no hay relativismo cruel en la ausencia de ese freno, sino que estamos condenados a responder a la realidad.

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Las causas perdidas

¿Qué piensas de las causas perdidas que se asoman por la ventana mientras tiritan por la herida de la imposibilidad, de la ira por las idas y venidas, del triunfo del extraño desconocido que navega hacia ese cielo nocturno? Y no lo esperas, no. Las calles sin salida, los muros enormes construidos sobre la destrucción de almas sin rostro ni nombre, las lágrimas desordenadas en esas mejillas de fuego y coloreadas por las amapolas de la primavera que se distancia de la tierra, ya seca y anhelante de ese desierto que apenas deja respirar. Y no respires, no. No es necesario hacerlo cuando la vida se te escapa entre los dedos y dejas ir a lo que eres o fuiste, ya no lo sabes muy bien.

¿Qué piensas de los hilos de esas marionetas que se antojan casi invisibles pero, aún así, siguen sosteniendo cada movimiento entre el fragor de las cámaras fotográficas que inmortalizan cada mínimo detalle, dentro de la conciencia de que no hay alma pura, para dejarse llevar aguas abajo arrastrado por la corriente infame y cambiante? Reconoce que no sabes hacia dónde vas. Reconoce que no sabes nada, aunque pretendas entender todas las lenguas dentro de esa torre de Babel improvisada y abominable. Sin embargo, los hilos se rompen y, aunque la libertad duele tanto como la realidad de cuchillos que traspasan cada fibra de tu ser, te dejan ir sin despedirte. Eres un traidor; un traidor a los que desdibujan sonrisas, a los que creen aún que la Tierra es plana, a los que defienden a capa y espada lo indefendible, pues no saben quiénes son.

¿Qué piensas de la histeria colectiva diseñada para borrar toda huella de culpabilidad mientras desaparece la decencia y el grito más fuerte es el que debería oírse menos en este mundo al revés que nos ha tocado aguantar? Y sabes que es verdad. Verdad en esa línea trazada burdamente cuando antes no existía, verdad en esa presión sobre el estómago que te impide digerir tanta superficialidad, verdad en que la luna sabe a poco cuando los abriles se amontonan en el calendario y ni siquiera las palabras vacías estampadas en el papel te dicen algo. La certeza. Sabes que no hay lucha en un mundo congelado por el miedo, donde el hielo es más agudo y punzante que el acero más afilado.

Perdidas las causas perdidas, son aquellas insalvables, rematadamente inciertas e inesperadas, enterradas bajo tierra para evitar caminar al sol, escondidas tras los árboles que aún susurran esa certidumbre que es cada idea a la que le ha llegado su momento y espera, pacientemente, apoyada en la barra del último bar, o quizás en ese remoto lugar que es tu confín y en el que has visto pasar las estaciones sin sentirlas apenas en tu piel.

Y aún tienes prisa. Quieres correr tras las causas perdidas y que éstas dejen de estarlo, haciendo real lo intangible y loco, retorcido. Las causas perdidas son las preferidas de esa mirada siempre curiosa y alerta, tras el invierno de la timidez inicial que le privó de voz pero que, ahora, no encuentra la oscuridad en la noche, sino un mapa para llevar al firmamento cada estrella caída, cada guerra perdida, cada idea hecha añicos por la tramposa tormenta.

Sabes que las causas perdidas son refugio de almas solitarias, que no extraviadas. Sabes que las causas perdidas aún juegan al dulce caos que produce la amarga agonía del vaivén del tiempo, tan prodigioso como lento, en la mano vacía que se ha perdido la bolsa y la vida, tal vez, por los rincones.

Causa perdida o no, causa. Causa rechazo, amargura, ilusión, tristeza o emoción, alivio, valentía y admiración. Perdida la causa, rota la razón. Despedida. Las causas perdidas.

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