Caciques y tunantes

Da igual la tierra que pises, fértil o yerma, sombría o llena de vida, entre luces y sombras. Da igual el día que sea, la semana o el año; es indiferente el tiempo y el espacio. Son la mano negra, son el revés del derecho afortunado, son la salpicadura de la tinta en la blancura del papel incorruptible. Caciques y tunantes; así se denomina a aquellos que gobiernan sin consentimiento del gobernado, escondidos en la sombra y moviendo los hilos que sostienen este caótico mundo que no cesa de girar. Caciques y tunantes; es la cara oculta de esa moneda que se lanza, pero que jamás se deja volver a ver. Caciques y tunantes; los que manejan, enredan, destrozan, contaminan, destruyen,… a escondidas y tras la pared que les protege.

¿Han pensado alguna vez en cómo su vida, en ciertos instantes, deja de pertenecerles y parece encontrarse en un limbo indeterminado? ¿Han vuelto a casa con gesto afligido viendo como el conflicto les ha atrapado y no ha sido por propia voluntad o determinación? No piensen, no busquen al culpable de sus desgracias en su propia persona, salvo si se consideran demasiado inocentes o vulnerables ante el lobo que engañó a la pobre Caperucita.

Así, llegan a la ciudad los dioses subidos a pedestales que han sido creados a propósito para ellos, mármol y granito de verdades destruidas por mentiras más consistentes y fáciles de creer. Así, cabalgan en sus monturas los demonios taimados que sonríen y persiguen sus propios objetivos, a veces con la excusa de un beneficio común, a veces sin la máscara y mostrando al mundo sus colmillos de brutalidad y absoluto desprecio al ser humano que cae de rodillas a la perdición más acusada.

Cacique. Que forma parte del sistema que se conoce como caciquismo.

Caciquismo. Sistema político basado en la dominación o influencia del cacique, es decir, mediante una intromisión abusiva de una persona o autoridad en determinados asuntos, valiéndose de su poder o de su influencia.

Ahora piensen de nuevo. ¿Es el cacique el político de turno que se beneficia de su posición para obtener un nuevo (alto) puesto en alguna empresa importante? ¿Es el cacique el profesor de cualquier universidad que, con su poder y su posición, abusa y tiene en su mano la vida de cualquier estudiante? ¿Es el cacique el comerciante sin competencia que se dedica a subir y subir los precios por ser el único en su especie? ¿Es el cacique el juez que no es imparcial y dicta sentencia a sabiendas de que ha abandonado la justicia?

Hay tantas preguntas como interrogantes. Esos caciques del siglo XXI son aún más terribles que los de esa democracia que funcionaba en el papel, aunque no era el gobierno del pueblo. Esos caciques se encuentran ahora en todas las esferas que conforman ese pequeño espacio en que consiste nuestra vida cotidiana, atrayendo y alejando la desgracia a capricho, estableciendo el juego del “todo vale” en una sociedad apaciguada y tranquila que no se inmuta con la estafa que están sufriendo en sus vidas, pues les afecta y mucho las consecuencias que unos hilos invisibles pueden mover a su alrededor.

Mejor despierto que dormido. Mejor herido que muerto. Mejor perdido que desaparecido para siempre. La realidad golpea desde el fondo de ese vaso que ha sido abandonado a propósito a su suerte. La realidad es mezquina, pues aguarda al tunante y al cacique, y se convierte en realidad aumentada sólo a interés, a merced de esas almas impías que retuercen el mundo y lo envenenan. Sin embargo, el despertar más duro se convierte en una caricia cuando te convences en vivir despierto y soñar dormido, alejándote así de los tentáculos de liantes de tres al cuarto, de caballos de tiro con poder de llevarte a cualquier parte, pero que no pueden ver más allá de sus anteojeras. Caciques y tunantes, una historia sin final y un viaje a través de la humanidad. 

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La pluma olvidada

Siempre busqué el refugio de las aguas bravas e imponentes, de sirenas traicioneras que hacían naufragar a insensatos que pensaban de la mar que un animal doméstico era. Sin embargo, a la luz de las farolas era la oscuridad manifiesta la que empujaba a otro tipo de afirmaciones: estábamos vivos, soñábamos despiertos y aún éramos jóvenes. Así, con la conciencia agitada de mil batallas internas, el acero sabía cuál era su cometido, al igual que la pluma empuñaba con decisión la tinta. 

Al guerrero jamás le importó cruzar los mares y océanos hasta el confín, pues no había fin del mundo en ellos sino, simplemente, se hallaban otros detrás de la inmensidad desconocida y, a veces, sombría. Ni siquiera el tiempo, dueño y señor de los pobres seres mortales, era un obstáculo para perdurar en esos océanos de aguas vastas y arenas de minutos robados a la gratitud de los atardeceres que se compartían o, por el contrario, se malgastaban.

He pensado que no existe el entendimiento inherente al ser humano, sino la oportunidad de ciertas personas de entenderse como un libro abierto. He pensado que no hay momento oportuno, sino oportunidad en el momento. A veces, somos diminutos entes en un mundo extraño, pero sólo somos extraños entre las almas que no son como la nuestra, con similar mensaje y forma. He pensado en ti, en la fuerza que te lleva y te mece como si fuera nana, pero el final no llega, sino que el principio del cuento regresa al amanecer de una nueva era por la que caminar. 

Al guerrero jamás le inquietó el miedo, pues encontrarse con él era como reconocer a un viejo conocido entre la multitud apabullante, mientras saludaba a su empeño por atemorizar y se encontraba sereno en su corazón distante. Ni siquiera le asolaba el odio cuando se descubría pensando en la sinrazón del hombre medio y común, pues su lucha se alejaba de la carne y la sangre y se centraba en la inconsciente conciencia de ideas inconexas en ese rompecabezas inexplicable.

He rozado con los dedos la arena de ese reloj que se nos escapa y, aunque inalcanzable, el ser humano se conforma con revivir ese segundo robado, imprescindible en la amargura. He acariciado el viento con la soledad que se manifestaba en el balcón somnoliento y abandonado, pues así los pájaros aún se posaban en el cristal de la ilusión perdida. He conseguido parar el tiempo un instante. Inflexión de presente insumiso que se escapa de mi mano, donde al final gana la suma y pierde la guerra.

Al guerrero jamás le apremió el olvido ante un pasado turbulento o una historia comprometida con la perdición pues, dejando de lado la razón, la sinrazón era la que, justamente, le apremiaba a seguir en la brecha sin ningún tipo de duda. Ni siquiera le detenía la historia, pues precisamente era un compendio de recuerdos y retazos de libros olvidados lo que le había devuelto las ganas de empuñar el acero de nuevo, aún cuando el mundo se levantaba para sentarse, olvidando la belleza de la acción y la revolución.

Siempre busqué las huellas que quedaban sobre la arena impresas y que, sin remordimientos, se llevaba el mar con su oleaje. Sin embargo, en ese fondo marino reconquistado por el coral y los galeones sumergidos, se hallaba la respuesta a todos los interrogantes: ese guerrero herido, esa calavera de valentía manifiesta, ese hierro oxidado de las cubiertas, esa batalla perdida, ese olvido casi a propósito y sin explicación. Así, con la mirada en esa línea horizontal que separaba el cielo del abismo, decidí que la tinta  de esa pluma olvidada volvería a retratar cada atardecer hasta secuestrar el confín.

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Barcelona, siempre

Sin rostro. Sin rostro, ni nombre. No eran nada, no eran nadie, no eran siquiera del tiempo. Reiteras en el espacio vendido a la arena que sigues siendo, existiendo, pero ni siquiera el polvo acoge a las cenizas y sostienen a la nada más sombría y eterna. La viveza de las venas apenas hace regresar al rojo abrasador del fuego, más cercano al acero que a la tinta ya corrupta y vendida al mejor postor. 

Hay mensajes de amor y paz que hieren más que las bombas más estruendosas, los fusiles más certeros y la premeditación más letal y mortífera. La justificación es y ha sido la necesidad del ser humano de expresar en voz alta un error achacándolo a las “circunstancias adversas”, la “situación momentánea” o los “daños colaterales”. La justificación reside, a día de hoy, en las manos gobernantes y diplomáticas que no se atreven a admitir el error causado cuando la situación deja de ser un elemento espacial y temporal y asciende a la categoría de conflicto o problema.

Arcos góticos, si acaso vencidos por la suave magia de los cuentos y leyendas entre sapos y princesas, etéreos caballos y verdes campos. El Gótico, Barcelona. Barrio, calles de vida, transeúntes, librerías, curiosas terrazas. El Barrio de Gracia, Barcelona. Color en sus fiestas, amigos y risas, fotos robadas a la última sonrisa de esos labios de tinta. Las Ramblas, Barcelona. Multitud, bochorno ante la humedad que no claudica, fútbol, puestos de flores y crasas, furgoneta,… Adiós Barcelona, se te paró la vida y el tiempo. 

Noticias que llegaban desde el otro lado de la frontera, incluso más hacia el norte. Mensajes de condolencias, crespones negros, minutos de silencio,… Sobre todo, silencio. Hemos guardado silencio desde el minuto cero de la barbarie porque creíamos que jamás nos golpearía; así lo querían y así lo ponían en práctica todos esos gobernantes europeos reconvertidos en adalides de la pretensión, la buena imagen y la evasión de toda responsabilidad. Hemos desaprendido y hemos eludido poner nombre a la oscuridad que nos acecha en cada rincón. Hemos callado la voz del monstruo sin ponerle voz al amo que envalentona a la bestia contra la Europa desangelada y desunida, pues no olvidemos que las balas hieren, pero éstas son financiadas por otros.

Última hora. 13 muertos y al menos un centenar de heridos. Barcelona hundida, confundida, perdida, aniquilada, rota. Atropello múltiple, atropello múltiple premeditado, atentado terrorista. Furgoneta, furgoneta blanca, halo de la muerte de inocencia y juegos infantiles truncados. Sangre por doquier, heridos en la calle, sirenas. Teléfonos móviles grabando la escena, película de morbo e inhumanidad. Mensajes que vienen y van, sentimientos encontrados. Ahora es la realidad la que ha golpeado a una ficción creada en las ruinas de nuestra propia identidad.

Decimos adiós. Decimos adiós a la esclavitud en una fingida libertad cuando la venda de los ojos cae y estalla la realidad en los cristales suplicantes del suelo. Francia, Bélgica, Alemania, Siria,… Hemos sido tantos países sin comprender la gravedad de la sangre y las vidas sesgadas sin justicia que la ilusión de un nuevo día suplicante de explicaciones e información veraz es eso, mera ilusión. ¿Dónde está la reflexión? ¿Dónde está el punto de inflexión tras la barbarie y la exigencia de responsabilidad? Tiene varias variables esta compleja ecuación, pero el denominador común es la yihad islámica y el resultado es el mismo: la extinción.

Tu vida, tu familia, tus amigos, tus vecinos. La ceniza se ha llevado los rostros de tus seres queridos, de los seres queridos de alguien que podrías ser tú. La cercanía es el despertar, pero ahora piensa. No sirve de nada guardar un minuto de silencio si las víctimas caen en el olvido, si el crimen no se reconoce como tal y se persigue, si el origen de la barbarie no se corta antes de que el parásito amenace la pervivencia del resto de la cosecha. Se cosecha lo que se siembra. 

Barcelona, siempre.

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Extraño atardecer

Atardece. Atardece porque el amanecer ha dejado ocultos varios rincones entre las nubes y ha querido pintar de vivos colores la sensación de dejarse llevar por la contemplación de horas que apenas quedan reflejadas en escasos minutos que pueden, o no, serlo todo. Atardece porque termina lo que ha empezado y acaba lo que, con un punto y final, decidiste, finalmente, escribir en esa novela de viento y palabras inconexas ante el inevitable desenlace fabricado de perfecta desconexión. Atardece porque te vas sin volver, desdén incluido y casi voluntaria desidia por los que no son capaces de seguir y aún así, saben que pronto abandonarán la brecha.

Rectifico. Atardece porque puede ser el final. Ya no hay “quizás” o “tal vez me vaya pero terminaré por regresar al momento en que empezó todo”. Desgraciadamente, no hay mucha esperanza para la tierra yerma e impracticable donde toda acción es imposible y, simplemente, inabarcable por la magnitud de lo que se escapa que no es, ni más ni menos, que la propia vida que tan insignificante se ha vuelto. Contra todo pronóstico o probabilidad, hay calma que no precede a tempestad alguna y vientos que no pueden sino cesar en su empeño por mover de nuevo el cabello en el acantilado de esa última playa. Así, se autorrealiza la compasión cuando lo más cotidiano y descifrable es casi un logro para el momento de atardecer que se está viviendo en ese corazón, junto a otros más que jamás quedarán en el olvido pero sí se desvanecerán en la tierra.

Atardecía. Podría decir que era un día cualquiera de un mes ya vencido por el calendario, pero no sería exacta ni justa por las circunstancias del propio momento. Es cierto que el ser humano cambia con respecto a las situaciones que se le plantean y que, probablemente, su evolución viene del enfrentamiento que ha tenido a lo largo de la historia con las causas justas, la duración limitada de su propia vida en un planeta milenario y la libertad aprendida pero puesta en acción en muy contadas ocasiones. Sobre todo, con la duración limitada de su vida. Somos efímeros, como la flor de abril que se seca con el principio del estiaje. Somos sombríamente efímeros.

Sin embargo, los atardeceres en las venas de miel y granate, son mucho más efímeros cuando su contaminación progresiva ha tenido como resultado la noche más aciaga y larga de la historia de los atardeceres. Vidas incompletas, vidas cortadas de raíz de manera temprana. Así describía mi atardecer cuando contemplaba las nubes anaranjadas contra los ventanales de un hospital cualquiera en una inhóspita ciudad de caos y vidas apretadas. Allí, a pesar de no ser sujeto u objeto, la realidad cortaba las alas a cualquier viso de sueño o nuevo amanecer. La vida se medía en meses y los segundos contaban en los mililitros de suero que, gota a gota, caían en la vía de ese paciente sin rostro, sin nombre, pero con historia.

Este atardecer no es una confesión, no es una historia con final feliz, no es un momento indeterminado en el espacio y el tiempo sin ninguna relevancia en el infinito que se nos escapa; no son palabras inconexas adornadas de la benevolencia de lo que queremos ver y escuchar, sino de la gravedad de los golpes que, dependiendo de la sensibilidad, derrumban muros y hacen caer las más altas barreras. Este atardecer es un canto a la vida que, a veces, malgastamos o no valoramos lo suficiente mientras, quejumbrosos y ateridos de miedo, rechazamos de plano toda solución a cualquier problema banal, desafiamos a la sinrazón cuando aún tenemos latido y osamos quejarnos cuando hay relojes con más arena que días tienen vida.

Y así, en el fragor de la batalla que se estaba librando en mi mente, veía claramente esas miradas perdidas en esa sala de espera que, aunque adornada por alegres cuadros, vestía de frío y final muchas de las almas que se sentaban a esperar solas o con manos  familiares sobre sus hombros. Había diagnósticos de todo tipo, unos más halagüeños que otros. Sin embargo, la palabra “cáncer” retumbaba en mis oídos, como filas de niños enfermos pasaban por el corredor mientras almas más adultas pero con similares diagnósticos sólo se sumían en el silencio. Entonces, pensé en escribir poemas más agradables, historias más reconfortantes, comedias más idiotas. Pero no podía dejar de contemplar el atardecer en todo su significado, entre extraño y distante, casi diferente. Hasta entonces, sólo los fotografiaba por sus tonalidades de acuarela mientras pensaba en el mañana, pero era el ahora lo que inquietaba entre esas cuatro paredes y era una realidad mucho más fuerte que la lírica de unos versos encendidos. 

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Pupila

Pupila. La fijeza de la mirada en la inmensidad del atardecer salpicado furioso de esas pinceladas rojas y anaranjadas, lejos del bullicio descontrolado que te desboca en el epicentro de la tormenta provocada por las distracciones y las eternas horas, apartado de la considerable suma del universo que parece restarte mientras, lánguidamente, te desvaneces en el aire pesado de gran ciudad y desvelo.

Pupila. Dilatada pupila que, sorprendida, se atreve a mirarte de nuevo para intentar comprenderte aunque, aún así, sabe perfectamente que apenas podrá tocar la primera capa de la superficie, muy lejana del corazón del sentir, del latido del pensar. Tan fija e inmóvil, espera ser testigo de la hecatombe o de la sorpresa jamás imaginada. Tan profunda e insensata, busca alzar la vista en cualquier instante mientras huye despavorida la calma aparente de los días del estiaje.

Fuera pupila o infinito, a razón de la velocidad que provoca en el vértigo y en la calamidad, sería más cercana la razón al odio que la locura al amor. Sin embargo, si en apariencia sabemos algo de nosotros mismos, en realidad apenas contemplamos nada del más allá. Y es cielo, y es atmósfera, y es estrella fugaz. Fugaz es el instante, intenso el momento, frágil el respiro y duro el alivio. Apenas comprendemos, apenas completamos la sinrazón que salpica cada uno de los actos de nuestro bullicio interior, del más complejo caos que determina la línea de nuestro horizonte postizo e irreal.

Posiblemente, la mirada sorprendida no sabe sino sentirse así por la magnitud que sacude el espacio entre cada estrella, entre cada minúsculo punto del espacio que es mucho más grande en realidad. Pero, diminutos puntos o no en el universo, ¿quiénes somos y hacia dónde vamos cuando apenas sí sabemos escribir nuestra hoja de ruta en el papel que hemos de desempeñar a lo largo de nuestra existencia? Definitivamente, ni siquiera los océanos que nos separan son suficientes para expresar la sensación de distancia cuando, ni el vértigo por las montañas nos impide mirar hacia el vacío.

Y gota a gota, se crearon los mares. Y maldición tras maldición, llegaron los malditos. ¿Es la indiferencia la inteligencia reflejada en el espejo del sentido común y la supervivencia o, por el contrario, responde al impulso de buscar la protección en una burbuja creada sin oxígeno en su interior? Andrómeda no sabía de su proximidad a la Vía Láctea, igual que era impensable para Colón descubrir América mientras vislumbraba erróneamente las Indias de su querer y su imaginación. Entonces, ¿somos tan diminutos como creemos ser o, al final, el error en la experiencia suma un grado y nos engrandece? Excéntrico errar en la superposición de pasos ligeramente desviados y alejados del rumbo; excelso caminar en el descubrimiento que, una veces abre los ojos mientras que, otras, clava la pupila en la línea roja, en el centro de nuestro existir.

Bosques frondosos, tierra angosta, eléctrico azul en el agua, blanca frialdad de los glaciares. Y entonces, amanecer, atardecer, anochecer. La nada, pero no incompleta o indiferente, o vacía. La nada como sinónimo de desconocimiento, de pasión ante lo inabarcable, de curiosidad frente a lo inalcanzable en el infinito. Y brillaban por nosotros, o eso creímos. Y morían porque sí, sin nosotros. Estrellas de diminuta luz fugaces para las noches de verano, pero imperturbables para la eternidad del tiempo en nuestro pequeño deambular por el espacio anclado a un tiempo específico.

Nos apagamos. Pupila. Nos aceleramos. Pupila. Nos engrandecemos y nos molestamos. Pupila. Nos entregamos a una inmensidad que no logramos comprender. Pupila. Entonces, ¿qué ves, pupila, en los días que son sucedidos por las noches más inquietas? Simplemente, ves lo que tienes que ver; una mera ilusión de cuanto acontece más allá de nuestros pensamientos, de nuestras ideas. Sin embargo, confías en las noches que salvan falsos atisbos de grandeza frente a la luna intacta; llevas la mirada al cielo y entonces comprendes. Comprendes que la diminuta vista de nuestro pequeño mundo es un logro para la vida, nuestro existir simple y cotidiano.

Pupila. Verde, azul, marrón. La tierra habla y el viento mueve las ramas de esos árboles que hacen que te dilates. Emoción en estado puro. El movimiento es algo que hemos ganado como regalo en nuestra sencilla eternidad. El movimiento se camina, se siente, se lleva, se difunde. Entonces, camina. Entonces, mira.

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La tormenta perfecta

Era la tormenta perfecta. El trueno restallando contra las azoteas de edificios incólumes y sedientos de noche de farolas apagadas y alejadas de la melancolía de la lluvia corrosiva que regaba de nuevo a la gran ciudad desde ese cielo distante y sombrío. El rayo cegador en su insumisión a la mano del hombre que pretendía acceder a un trono que no le estaba permitido, jugando su letal partida contra la naturaleza, contra el ciclo que llevaba una y otra vez a la resurrección de la ceniza.

Era la tormenta perfecta. Volvía el rostro crispado contra la serenidad de las manos laxas y vacías, maldiciendo con voz ronca y sorda a las hordas de retazos de piel sin nombre, pues no había ya rosas ni siquiera margaritas en el jardín que se había alejado de ese Edén primigenio y bondadoso con la tierra y el sudor. Revivía la flor muerta en un intento por caer de nuevo contra la roca, como si ésta fuera más comprensiva y humilde pero, sin embargo, ni pétalos, ni tallo, ni la sequedad de sus hojas, podían contemplar la bienvenida a una era de vacío, a una era de perdición, a una caótica e impredecible tormenta que, distando mucho de ser perfecta, llevaba a la reconciliación de las raíces con el perdón.

Vuelves el rostro. El relámpago estrella su furia contra ese árbol desvencijado y ya vencido por el paso de los años. La madera, ya quemada e inconsciente, retuerce su suerte bajo la aridez de la antipatía de los días bochornosos y agobiantes del verano en una ciudad extraña y sin nombre, en un desierto alejado del hielo de los corazones metálicos que prefieren ser cortantes y contradictorios antes de regresar al polvo eufórico del camino. Las hojas se mueven mecidas por el viento ligero y casi inexistente, aunque todavía buscan jugar sus cartas y plantarle cara al azar que secuestra todas y cada una de las caricias que soporta el pesado destino.

Estremece la franqueza. Sinceridad ya obvia que, dedicada y distante a la vez, regresa cada día para hacer negación y recordar olvido. Siempre, siempre cortante y rotunda la espina de esa rosa olvidada y mustia en el jarrón polvoriento y desnudo de sensación al encontrarse tan vulnerable ante la falta del artificio, ante la inexistencia de lo vulgar que es disfrazar la conciencia de descaro y pretensión. Espera el agua lavar la desgracia, como la prisa barre de golpe todo rastro de sentir, de pensar, de vivir. Espera encadenada la astucia que, insolente, aún busca las uvas más dulces en la parra.

Pero llora. Llora el cielo y borra todo rastro. Todo. Cualquier pensamiento, cualquier banda sonora amenizando el momento ya pasado y enfrentado con la esperanza y la redención. Cualquier primavera, cualquier día de más de veinticuatro horas congelado en el cristal de la ventana vigilante o, tal vez, vigía. Cualquier alma, cualquier mirada de ojos profundos y no tan inocentes, pues conocen los pasos tanto hacia la dicha como hacia la perdición. Cualquiera.

Y no eres, no sabes, no estás. La piel, la historia, el reloj, la alarma a las siete cuando has perdido el hábito de dormir. La resaca, la idiotez, el amago, la reacción ante la acción que se presume colgada de tus gestos. Y no eres, no sabes, no estás. Porque el error fue pensar que eras tan perfecta, tan pagada de ti misma, tan tú y tan alejada a la vez de ti misma contra ese viento, contra esa marea que dejó tu calma frente a la orilla. Y no eres, no sabes, no estás.

La tormenta perfecta. Aquella que no existe, pues se agazapa pero se ve descubierta frente al muelle del puerto en el navío más endiablado y sincero. Aquella que hace soñar a los marineros de agua dulce que llenan sus ojos no de mar, sino de la tibieza del aire que busca al desierto aunque hace sentir la soledad en cada rincón de esos huesos castigados por el trueno. Aquella que olvida que no existe minuto sin duda, caballo sin Troya, dignidad sin previa esclavitud, juventud sin guerra. Aquella era, definitivamente, la tormenta perfecta.

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Camino a Roma

No todos los caminos llevaban a Roma; no todas las sendas sinuosas, los pacientes senderos entre la maleza y la adversidad o las serenas huellas de humanidad en la tierra, sabían cuál era su destino, ese cruel y esquivo molino que se hacía gigante ante los ojos del más atormentado ser en su tormenta particular. No todos los caminos llevaban a Roma; las piedras se habían desgastado dejando las calzadas romanas abandonadas a su triste sino, reclamando ahora su trono particular en el campo baldío que otrora surcaban carros de grano y pajas, animales mansos en su deambular hacia la gran urbe y multitud de pies cuyos dueños veían el resplandor de la anciana civilización aquejada de mil males.  No todos los caminos llevaban a Roma.

Entonces, ¿dónde se había quedado postrado el genio cuyos ojos contemplaban la inmensidad de una vasta ciudad aquejada de corrupción? ¿Dónde se podía encontrar al soñador tras la apariencia de un vil ladrón, un humilde jornalero, un audaz caballero, un aburrido noble o un impío escritor? La respuesta quedaba muda, pues no había tal cosa. La respuesta salía de la tierra y volvía a ella, como una primavera en constante retroalimentación, como un pecador orgulloso de sus pecados. Sin embargo, no había oscuridad sin luz; los caminos llevaban hacia donde el caminante quería llevar su peculiar sentido del humor y de la vida, ávida esta última de pertenecer a la urbe de los milagros, ahora de los vendidos y olvidados.

Duelen los pies, quemaduras visten tus mejillas bajo el sol del férreo verano, llagas ahuyentan los mil demonios a los que te enfrentas en cada decisión firme que se convierte en hecho. Por derecho, legítimo y, a veces, hasta despiadado, las idas y venidas de las vendidas almas sólo corresponden a los anhelos ocultos, a los esclavos sin dueño, a las viudas que, de negro, resucitan el luto que se pierde entre la multitud de carbón y hierro maltratado. ¿Somos o hemos sido? ¿Desafiamos al presente o sólo hemos dejado ir las amapolas en primavera desangrando el campo y su estirpe, casi ficticia?

Es en la multitud, paz. Es en el deambular, derrota. Recibe la victoria al caminante destrozado, pero aunque sabe el origen de la llamada, no contempla los atardeceres adivinando sus colores bajo la ceguera de sus ojos de sol. Recibe, ciertamente, la peor de las bienvenidas cuando, desolado, reconoce que el camino no es una gesta por el amor a una tierra perdida, sino nostalgia de polvo y piedras, de encinas y resucitadas batallas. Reconoce, entre la poca calma que guarda y el verano de infierno, que las lanzas ya se han partido y que apenas se han departido las condiciones que sujetan al trueno antes de que éste restalle contra los pulmones del valle, contra la inmensidad de la sierra, contra el frío azaroso de las laderas que, mustias, esperan de nuevo a la primavera.

No todos los caminos llevaban a Roma. La vetusta ciudad se había fugado al buen hacer de hombres más ilustres que inteligentes, pero perdieron su nombre y olvidaron, desmemoriados, las razones que aún empujaban su empresa de seguir adelante. La ciudad sombría se recogía entre el ocaso de la estirpe partida en mil pedazos por aceros contrariados y vanidosos, pero la noche más corta y el día más largo estaba próximo. Entonces, la eterna ciudad sería fiel a los impactos; a los caballeros armados hasta los dientes, a los hombres obedientes que no habían hallado camino alguno, a los pies quebrados de tanta peregrinación, a los amantes de escondida fachada pero enorme corazón.

Roma, Roma lejana. Ya marchas, de nuevo, hacia el albor del tiempo que construyó el camino, hacia la guerra que se libraba en el cielo y ahora la tierra siente en soledad. Roma, Roma tardía. Avergüenzas los muros que te vieron crecer, entre niebla y estío, pues la crueldad de las mariposas amenaza la serenidad de esas llaves que abren la ciudad y hasta la piedra. Roma, Roma de camino y ruina. Así somos, civilización podrida, civilización esquiva, civilización vencida. Y camino a Roma.

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