Los malos de la clase

Cada día suena el despertador y el mundo parece salir de su letargo inicial para volver a la vorágine incierta de la gran ciudad que jamás descansa. Así, cada día millones de personas en cada país desayunan una taza de café amargo por la mañana para seguir, como autómatas, su camino hacia el trabajo para seguir, siempre, haciendo aquello que quieren, deben o que no les queda más remedio. Seguir. Es una cuestión de horas, de millones de segundos que pueden marcar la diferencia pero, sin embargo, esta jamás llega.

Seguro que cada uno de ustedes recuerdan su primer día de algo. Su primer día de colegio, su primer día de instituto, su primer día de universidad si fueron, su primer día de trabajo,… Tantos primeros días y tantas similitudes entre ellos. Haciendo memoria llegarán a una visión muy parecida, pues ni siquiera el paso del tiempo ha hecho mella en el cambio, pues solo somos entes por lo que el tiempo pasa mientras siguen desarrollando el mismo papel, el mismo rol.

Una clase con paredes blanquecinas y radiadores verdes. Una pizarra y varias filas de mesas con sillas. Una mesa de profesor presidiendo el inicio de la clase. Los niños pasan y se sientan en sus sitios, normalmente elegidos por ellos mismos cuando se han hecho más mayores y cuando ya no se guían por el orden alfabético de la lista. En este panorama original, los denominados como listos, empollones y con cierto interés se sentarán en la primera fila de la clase más próxima a la pizarra mientras, los más gamberros, inquietos e incluso pasotas, se adjudicarán la última fila para sus bromas, sus cotilleos y demás conspiraciones. 

Ahora no piensen en si los niños de la primera o última fila son buenos o malos, pues hasta los más inquietos de la última fila han podido sorprender a lo largo de los años. No quiero que se fijen en eso, no. Quiero que recuerden la personalidad de sus compañeros, que incluso de pequeños, ya mostraban un cierto toque que jamás desaparecería. Creo que todos podemos describir varios roles en la clase: el estudioso que siempre hace los deberes, el que pasa sin pena ni gloria y no es muy recordado, el chico o la chica del que todos se ríen por ser diferente (algunas veces, muchas, coincide con el estudioso), la mayoría que sigue a un líder (normalmente, al más gracioso o “malo”), la minoría que se apoyan entre ellos y pasan juntos curso tras curso, el abusón que se aprovecha de los deberes del estudioso y se ríe de todo lo demás,…

No quiero que se planteen el papel que han elegido o les ha sido otorgado, sino el trasfondo de una situación que no ha cambiado a lo largo de las generaciones. Seguro que recuerdan a los malos de la clase. La terminología nada tiene que ver con alumnos traviesos o inquietos, sino con los que salen a flote de cualquier situación, bien por miedo o influencia, a pesar de no haber traído a la clase más que quebraderos de cabeza, mal ambiente para el estudio y, en nuestros días más recientes, la mala educación, el desapego al respeto e incluso, la violencia en todas sus formas. No olviden, además, que los malos de la clase no tienen porqué ser malos estudiantes, sino que albergan cierta vileza con sus compañeros en cada una de sus acciones. Básicamente, ser buen estudiante no está reñido con poder ser mala persona, al igual que un mal estudiante puede ser buena persona.

¿Por qué los malos de la clase son los que regían la clase y podían hacer con ella todo lo que estaba en su mano, a su antojo? ¿Acaso no debería estar mal visto este tipo de conducta cuando hablamos de la educación del futuro de un país? Esta pregunta siempre ha corrido por mi mente en más de una ocasión pero, hoy en día, solo puedo creer que es un fiel reflejo, si acaso un espejismo, de lo que sucede en cuotas de poder más elevado. Últimamente, además, cada periódico, radio o canal de televisión parece confirmarlo cuando unos pocos se juegan el presente y futuro de muchos, hasta de todo un país, y ni siquiera parece importarles.

Y no nos engañemos, porque los malos de la clase que hacían sus gracias y se reían de los que estudiaban, llegando a hacerles la vida imposible incluso, han escalado peldaños. Jefes sinvergüenzas que explotan a sus trabajadores, empresarios sin escrúpulos, políticos corruptos. ¿A que ahora no se ríen? ¿A que ahora todo parece ir en serio? Se ha alimentado poco a poco un país a base de la pérdida de escrúpulos, la falta de ética y una incipiente instauración de la ley del “todo vale” y, además, se ha hecho riéndoles las gracias sin ponerles freno ni solución.

Estoy segura de que muchos sienten la impotencia al ver cómo se encumbra la barbarie mientras, posiblemente, uno de ustedes bebe el café y siente el amargor de ver la injusticia en los posos de su taza, que no le dicen otra cosa que debería estar en el lugar de los viles, en el lugar de los malos de la clase, pues con la realidad en la mano haría las cosas diferentes.

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Vuélve(me) madrugada

Esta madrugada decidí no dejarlo todo en un renuncio, sino perseguir esas noches sin luna hasta volver a observar esa descarada presencia sobre el cielo contaminado por los humos. Realmente no sabía hacia dónde iban mis pasos, dirigidos por un ritmo de frenesí en la caótica primavera recién estrenada pero, precisamente ahora, todo lo insignificante dejaba de importar y tan solo se esfumaba, de nuevo.

Puede que lleve siglos sin escribir una sola línea sobre un papel, pero es ahora cuando siento la necesidad de regar con tinta cada planta que crece imponente sobre el horizonte de ese Madrid impío y casi desdibujado. Creo que las cartas ya no se reciben, tan solo se piensan y se dejan ir, prisionero contenido de un contenedor difícil de dejar atrás, de destruir sin que se sepa, de abandonar y, al mismo tiempo, olvidar. Diría que has vuelto a cada instante de las agujas del reloj y, posiblemente, te habrás dado cuenta de que reconoces la esencia, esa particular esencia.

¿Y por qué las madrugadas? Siempre le dio un aire dramático a esas descripciones de sitios envueltos en la bruma, entre la noche y la aurora, pues entonces el teatro de la vida cobraba más sentido y volvía la inspiración para capturar su alma otra vez. La noche tenía ese componente misterioso y oculto, como si todo pudiera suceder. Era difícil huir de la noche para esos personajes en blanco y negro que no se conocían entre sí, pero que a la vez habían sido convocados en el mismo lugar de siempre, a la misma hora. Sin embargo, eran seres mudos y provocados por ese último estertor de ingenio de un cerebro pensante a altas horas de la noche, dudoso del día y anhelante de nuevas aventuras cuando caía el sol. Esos seres eran ella, de noche y de día cuando quedaban escritos sobre el papel mientras quedaban cubiertos por la tinta pues, entonces, algo volvía a despertar.

Realmente, decidí pasear de madrugada. No en sentido literal, sino figurado. Pasear, pasear, pasear. Solo así se puede mirar atrás para observar el camino que hicieron tus pies y sentir la satisfacción de reconocerte en tus huellas. Paseé por esa mente curiosa que se despierta y recuerda sueños, mientras ve esas películas de historias que ha vivido para sí. Terminé por tomar de nuevo ese té inglés de las cinco, tan snob como auténtico, entre las dudas del Doctor Jekyll y la impulsividad del señor Hyde. Sin embargo, cuando parecía amainar la tormenta, regresó ese espíritu conspirador que solía colarse en las madrugadas para darles color; el humo y la bruma, los bares a punto de cerrar, las calles desiertas y los gatos en los tejados siempre fueron parte de él. Madrid desde las alturas, Madrid desde la atalaya de la imaginación, Madrid desde la pluma y sus manchas de tinta, imperfecta y sonora.

Esta madrugada decidí imaginar las estrellas como caminos invisibles sobre la negrura que se cierne como una tela de araña sobre la ciudad dormida. Como poco, huirían de nuestros ojos espías, siempre escrutando cada recoveco de alma libre e intentado embotellar la esencia de lo inalcanzable. Entonces, regresó. Ella. Y yo. Las madrugadas servían para contar historias, pero también para recordarlas y darles un nuevo sentido. Ella era yo, antes, pretérito. Ella era alguien que ya se había convertido en un personaje de mis historias por reconocerme en el pasado, por ir y volver muchas veces sujetando siempre ese último aliento de suspense en la escena del hipotético crimen, siempre siendo recuerdo y manteniendo vivo el amor por las palabras.

Gracias a ella. Gracias a mi yo del pasado. Por las letras, por encenderme la luz de madrugada e iluminar palabras hasta convertirlas en historias. Por pasar de puntillas y por hacer ruido. Por despertar tarde y por madrugar mucho.

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No es no

Hoy desperté pensando que todo había sido un mal sueño, hoy desperté preguntándome de nuevo el porqué de una barbarie continuada tan arraigada. Entonces, despierta, no pude sino llegar a la conclusión de que cualquiera de nosotras podríamos estar en su lugar. Así, recaí en la impotencia y el enfado otra vez. Posiblemente, la violencia sexual es el único crimen en el que la primera sospechosa es la víctima. 

Hoy has salido más tarde del trabajo de lo normal y no puedes sino apresurar el paso por una calle apenas iluminada tenuemente por las farolas. En ese momento, a tu cabeza vienen recuerdos de tu madre diciéndote que no volvieras a casa tarde y sola. Has vuelto a doblar la esquina y sabes que a ella también le hubiera gustado volver a hacerlo con normalidad y no con un miedo que le va a durar siempre. Sabes que da igual cómo vayas vestida, pues siempre va a haber detalles que te acusen como principal culpable. Hoy llevas pantalones, pero el sábado llevabas falda y alguna copa de más. ¿Eres fácil y accesible por ello? ¿El “no” es diferente ahora que entonces? No es no, siempre.

Falda, minifalda, vestido,… Las piernas no son lo único que te delatan. De vez en cuando también te gusta maquillarte, poner un poco de color a tus labios y oscuras tus pestañas como el alma que supuestamente posees. En realidad eres una pecadora y lo sabes. Tu pecado es ser mujer en una sociedad cada día más repugnante y malherida, donde apenas importa ya la acción y la consecuencia, donde todo vale y nada detiene la perversión y humillación de la que hacen gala algunos hombres. Irónica es la vida, sarcástico nuestro caminar sobre tacones.

Últimamente, te han instado a saber defenderte ante cualquier situación. Siempre pensé que las palabras eran el arma más poderosa, pero de la violencia parece que no puedes huir si no es devolviéndosela o corriendo como alma que lleva el diablo. Últimamente, he llegado a la conclusión de que si enseñaran a los hombres a comportarse adecuadamente con una mujer, no nos tendrían que exigir a nosotras saber defendernos. Volvemos, de nuevo, a la victimización del criminal y a la culpabilidad de la víctima. Bienvenidos al mundo al revés.

Hoy encendí la televisión y volví a ver el telediario; normalmente prefiero leer y enfadarme a ver y enfadarme. Es curioso cómo nuestras pupilas atrapan al detalle cada hecho, cada titular y cómo éste da vueltas en tu cabeza durante varias horas. En esta ocasión volvió a suceder: han condenado a tan solo nueve años de prisión a unos criminales que agredieron sexualmente, vejaron, abusaron, humillaron y, en definitiva, violaron a una chica durante las fiestas de San Fermín en 2016. El motivo de esta insulsa, insustancial e insuficiente condena es que los jueces no han visto indicios de la agresión sexual y por ello solo los han condenado por abuso sexual. ¿Es necesario entonces que la víctima muera por tratar de defenderse para que se vea que es ciertamente una violación, en lugar de que intente conservar su vida y cierre los ojos para que pase lo más rápido posible? 

Hoy estás pensativa y algo en tu interior quiere gritar. Hoy has hablado con tu madre por teléfono y aún así no puedes dejar correr tu enfado. Lo peor de todo es que sabes que esa chica podrías ser tú o, tal vez, tu hermana, tu novia, tu mejor amiga o tu hija. Entonces, ¿por qué mirar hacia otro lado? Eso es lo que han hecho en la Audiencia Provincial de Navarra; han mirado hacia otro lado y no han querido ver que un sistema donde es la víctima la que tiene que aportar pruebas de su violación y no los presuntos culpables para su propia defensa, es un sistema cómplice y abocado a la barbarie. Y no pensemos que “La Manada” es el único caso así en España, pero gracias a la valentía de esta chica y a los medios de comunicación hoy, dos años después del suceso, está en nuestra ira la capacidad de hacer algo, en nuestras acciones el poder de evitar situaciones de este tipo y en nuestra voz decir “no es no”.

No es no. Nunca lo olvides.

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La rosa de abril

Palabras. Tan solo palabras que, unidas, nos trasladan a la historia formada por miles y millones de constelaciones de frases inacabadas, puntos sin final, comas que nos dejan respirar mientras que terminar el párrafo nos quita el aliento y entonces, solo queremos más, ávidos de historias. Y nos traspasan, nos quitan un poco de corazón para añadirlas al alma desprovista, hasta ahora, de atardeceres inspirados por la primavera. Y nos quitan y nos dan, nos inspiran y nos llevan a la zozobra, como un barco en ese breve resquicio de la tormenta en el momento y lugar poco propicio. Palabras. Tan solo eso y, a la vez, tan solo trazos que buscan tener un significado que puede cambiar y ser tan volátil como la razón del ser humano.

Palabras. Me atraparon, palabra. Os preguntaréis qué tienen que consiguen desestabilizar cada nimio intento que hago por caminar en línea recta mientras ni siquiera mi escritura consigue tal fin pero, ¿quién quiere vivir pendiente de una línea cuando más allá hay todo un mundo por descubrir? Por descubrir y por crear. Posiblemente fueron los cuentos, posiblemente la profundidad que alcanzaron cuando crecí y les di una nueva dimensión. Y me atraparon las palabras porque, cada noche y durante los primeros compases de mi infancia, siempre estuvieron presentes las historias de piratas, princesas secuestradas, zapatos de cristal sin dueña, dragones feroces, príncipes con espada, algún conejo blanco consultando la hora en su reloj de bolsillo, reinas de corazones furiosas, niños sobrevolando Londres con Peter Pan hasta llegar a Nunca Jamás, valientes guerreras, brujas malas y alguna buena, también.

Al principio, eran simples trazos de tinta sobre papel que tenían voz gracias a mi insistencia y a mis padres, que me hicieron olvidar la importancia de los dibujos en los márgenes para adentrarme en un mundo mucho más prometedor y divertido: imaginar yo misma cómo era cada personaje sin necesidad de observarlo en las ilustraciones. Después, esa tinta pasó a tener otro significado para mí, pues esos trazos eran como ríos que me encontraban en cada rincón, a la espera de una buena historia, cerca de emprender una nueva aventura. Así, seguí leyendo para escribir y entonces, me di cuenta de otra nueva dimensión que acababa de aparecer ante mis ojos: el poder de contar una historia y llegar a otros.

Han pasado ya cientos de años desde que el ser humano inventara la escritura, aunque siga existiendo la barrera de los idiomas para el entendimiento completo. Sin embargo, posiblemente, somos más que nunca privilegiados porque la mayoría de las personas pueden leer y escribir y, por tanto, comprender. ¡Cuán lejos ha llegado la transmisión del código más poderoso del planeta y cuánto lo despreciamos, también! Hoy más que nunca, deberíamos apreciar el valor que pueden llegar a tener las palabras por su contenido.

Así, existieron cartas de declaración de guerras y, también, cartas anunciando su final. También, hubo hombres y mujeres que dejaron por escrito su romance en tinta con palabras que han superado los siglos y el fuego. Genios locos que han transmitido su saber y cuya sabiduría ha traspasado fronteras reinventando al ser humano. Todavía creo que me sorprende Miguel de Cervantes y su capacidad de escribir la obra culmen de la literatura española y una de las más importantes de la literatura universal: El Quijote. Posiblemente, no hay palabras que lleguen más adentro que la dramaturgia del gran Shakespeare, ni mayor sentimiento por su tierra en su corazón que Lorca. Y así podría nombrar otros mil autores de palabras importantes para la humanidad y, otras que también recogen la inmundicia que esconde el ser humano en ocasiones. Escritores todos, filósofos, gobernantes, contrabandistas, periodistas, amantes de tinta, espejos de realidad.

Ahora conoces el principio de la historia de la pluma olvidada, pues en libro comenzó la tinta y seguirá persiguiendo cada palabra para darle el significado que merece. Siendo rosa y siendo abril, adornando cada jardín e inspirando las futuras historias que están por venir.

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Aviones

Jamás se acercó. Jamás se acercó a las nubes mientras sobrevolaba el claro de luna, dispuesto a encontrar tesoros hechos de las perlas de su brillante oscuridad, perdido entre la bruma de la noche y el día, lejos muy lejos del corriente y mortal mundo de los comunes y poco imaginativos viandantes del hormiguero que se vislumbraba desde las estrellas al compás de ese Beethoven ya tardío, pero contundente. Jamás se acercó a la monstruosa aparición de las señales de las carreteras y caminos, pues ansiaba la libertad entre los rayos y los truenos de la tormenta, aunque sacudiera peligrosamente su estabilidad e hiciera preocuparse al vigilante entre las nubes. Jamás.

Entonces, como un ave entre las nubes del atardecer, dejaba su impronta, su estela, en líneas de blanco con rumbo a algún lejano país. O quizás, más cerca de lo que esperaba. Mientras, el día caía y allí esas líneas. Esos trazos deshechos y casi olvidados, diluidos. Tal vez, fueran espías que no quisieran ser encontrados; tal vez, la imaginación de una niña de corta edad era más importante en la historia de lo que pretendía reconocer. Sin embargo, estaba claro que, conforme se acercaba el verano, los trazos estarían visibles por más tiempo, pues el astro ardiente los conservaba como cisnes en ese estanque de la bella Brujas.

Siempre pensé, bajo los árboles del pequeño bosque en la fiebre del estiaje y sobre la cálida hierba bañada por el sol, que eran naves de otros planetas. Siempre avanzando, siempre pasando de largo, siempre derrumbando fronteras, pues arriba solo quedaban las nubes. Entonces, pensaba en ellas y en sus formas, tan curiosas como reales. Y había un gato reposando sobre una mullida cama de nube, un niño saludando con su mano, un loro pronunciando su discurso a la multitud, una hilera de hormigas huyendo a la destrucción del viento que las desdibujaba. Arte que es la imaginación e imaginación que es ese cuento de inverosímiles figuras que terminaban por formar parte de la historia de mi niñez y mi inocencia.

Después, me di cuenta de lo que producía esas grandes estelas de ensueño, ese gran viaje en el añil hasta el confín. Eran pájaros alados de metal que se confundían en el cielo mientras pájaros reales los acompañaban y seguían con rumbo, tal vez, incierto. Eran grandes máquinas de ingenio que desafiaban a la gravedad, pero que difícilmente caían. Como torres en el ajedrez que jamás se inclinaban ante el enemigo y protegían a los reyes, como espías que nunca revelaban sus secretos aunque cayeran, como pinceladas que marcaban la diferencia entre un cuadro original y otro falso.

Siempre me acerqué. Siempre me acerqué a esas curiosas líneas de pentagrama pintadas sobre el cielo, como si de música se tratasen e intentando comprender la melodía que llevaban consigo en su viaje infinito, más allá del mundo conocido por unos ojos curiosos de corta edad. Siempre me acerqué a esa eternidad tan contradictoria por su inesperada fecha de caducidad, pues nunca hubiera llegado a la conclusión de que el viaje por el cielo fuera tan efímero como en la tierra que nos sostiene. Siempre.

Y por mucho que fuera la impronta del ser humano sobre la historia, sobre los papeles que terminan por mojarse, sobre la mente curiosa de cualquier niño, nunca se consideró como tal desde esa atalaya sobre la loma, cuando el atardecer bailaba mientras los grillos hacían acto de presencia. La imaginación devoró todo atisbo de ciencia y explicación racional y, la creatividad para dar respuesta a toda alocada pregunta, solo fue el último guiño a la niñez que aún hoy me acompaña en el recuerdo.

Entonces, seguí añorando esas tardes de verano siguiendo las estelas de los aviones.

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Girasoles

Háblame de esas pupilas que se dilatan cuando sienten un rayo de sol sobre el rostro que las sostiene, acariciando la primavera lo que quedaba de ese largo invierno, derritiendo, por fin, ese último latido de hielo persistente, pero amable con la calidez del astro ardiente. Háblame de esa sonrisa cuando se cierran los ojos y se viaja muy lejos, entre el sueño y la vigilia, por esos océanos de arena del desierto cuando, de repente, ni siquiera el excesivo calor hace que desfallezcas en tu propósito de encontrar la tan ansiada primavera.

Como los girasoles. El mundo gira en torno al sol, mientras guiñamos los ojos en nuestro empeño por descubrir la grandiosidad de la estrella que nos devuelve la vida, el rubor en las mejillas, las tardes en el balcón, las flores que vuelven a renacer gracias a esas abejas de miel y dulzura, las tormentas que nos envuelven en ese apreciado recuerdo de infancia de tierra mojada y arcoíris. Como los girasoles. A la búsqueda de esas sensaciones perdidas entre la frialdad y la humedad insólita del invierno, volviendo a ese vaivén de tangos inacabados bajo las luces de farola en esa avenida casi vacía e irreconocible en ese atardecer que, cada vez, se retrasa más hasta llegar al verano.

Quémate bajo el sol abrasador mientras tus pétalos se agitan suavemente y oscilan hasta volver a su posición original, déjate llevar mientras la lluvia te moja y creces sobre la tierra hasta casi alcanzar esa constelación a la que le pusimos nombre y así, entre amarillo y marrón, seguirás persiguiendo hasta el confín a ese fugitivo sol que amanece por el este y se esconde, veloz e intransigente, por el oeste. Recuérdate casi arrogante, en pie sobre el  suelo que pretende derribarte en poco tiempo, pues el sol no es sino el oro que vuelve a iniciar el ciclo de todo.

Como los girasoles. Abres los ojos cada mañana y observas desde la ventana el amanecer que te saca del ensueño y te muestra una nueva realidad; abres los ojos a la luz que, sigilosa, te devuelve el día para volver a empezar. Sin café. Sin excusa. Donde comienza la tempestad en la calma de la noche, pues demasiado serena se llega a contemplar. Donde no hay amargura en el desayuno, sino oscuridad que va cediendo a las baldosas amarillas en un camino recién pintado sobre el asfalto demasiado gris para apreciar el cambio. Como los girasoles. Sin excusa. Sin café. Has ganado al sueño lo que la realidad ha perdido ante tus ojos en la ventana; ganas las que no te faltan de sentir el calor bajo tus pies en el suelo de terrazo que se funde con la asfixia de la gran ciudad.

Háblame sin palabras para dejarme sin ellas, pues de los girasoles sólo queda el breve susurro que, desde la acequia, se revuelve contra los motores de los coches que, sin piedad, pretenden ensordecer la leve paz que aleja al mundanal ruido de su siniestra presencia. En realidad, somos como girasoles. Siempre esperando a que haya un sol que nos guíe y nos acompañe entre el amanecer y el anochecer, siempre intentando buscar nuestro punto de anclaje a la tierra, a esa gravedad que parece soportarnos sin pedir nada a cambio, siempre vigilantes en esa vigilia que nos vence, aunque, en muchas ocasiones, no nos permitimos soñar.

Y así, el girasol, entre tímido y asustado, empezó a sentir esa leve corriente sobre sus pétalos. Apenas levantaba un palmo del suelo, pero sabía que se encontraría con el sol que había hecho germinar su semilla. 

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El camino es un paseo

Ni siquiera la grandiosa e incomparable Roma se construyó en dos días. Piedra a piedra, hombre a hombre, no solo piel y huesos movidos por la energía del resorte que es la vida, sino por el tiempo y la dedicación que empuja, finalmente, a la mano que tiene firmes propósitos y objetivos aún más elevados que sus sueños. Ni siquiera la grandiosa e incomparable Roma se hundió para siempre y jamás volvió a brillar entre sus ruinas. Las ruinas no son sino ese destello de humanidad, de que se puede caer una piedra y resquebrajar un imperio, pero a la vez tan necesarias para volver a levantarse de nuevo y mirar a la cara al futuro, al destino. Ni siquiera la grandiosa e incomparable Roma se mantiene hoy de pie gracias a sus piedras, sino a quienes las pusieron en ese día cero y a los que las fortalecieron con el correr de los tiempos.

Así, veo en el agua de la fuente las lágrimas que el cielo arroja contra la ciudad impía. Piedra a piedra, verso a verso. Aún me sorprende lo fácil que es caminar y lo difícil que es no mirar atrás, pues somos fragmentos de memoria enardecida por esa primavera que, poco a poco, nos llega al alma y al corazón. Y quien pretenda caminar sin pensar, pensar sin ser y ser sin estar, no es sino otro desertor más en este campo de batalla que poco se parece a una guerra y más a un tablero de ajedrez en el que las fichas esperan el movimiento en el momento preciso.

Jamás ha existido la civilización perfecta, pero estoy convencida de que esa habría sido la civilización perdida. La evolución y también la involución, se ha servido de la sangre y el fuego para avanzar entre tinieblas y llegar hasta puerto seguro. Sin embargo, hablamos de gloria, de logros, de ventura y decepción en términos absolutos y generales, tan hirientes que olvidan la importancia de un solo personaje, letal para la historia o indispensable para convertir en realidad lo imposible. Ni Roma, ni gloria. Hoy pienso en las manos que se unen, en las piedras que permanecen en pie gracias a esos ojos vigilantes, en el alma que se estremece de felicidad, en la primavera que regresa victoriosa tras la oscuridad del invierno.

Tan solo agua. Agua recordando contra esas piedras viejas del Templo de Debod que no existe la inundación si ocurre el equilibrio, pues entonces se llenan los campos de trigo y los caminos de esas frutas silvestres, tan dulces como impredecibles. Agua volviendo a invocar a la vida que recupera su particular plano en el mundo desolado y hace sonreír, pues la alegría no es sino la primera que se pone en el camino para después, volver a construir. Agua llevándose los malos sueños que, hasta entonces, se manifestaban airosos contra la almohada, ennegreciendo las piedras de las estatuas más olvidadas: nosotros mismos.

Y así, tinta contra tinta, beso contra beso, primavera contra su análogo invierno. Tan necesarios como prescindibles, tan abandonados como anhelados, tan sosegados como impacientes. Siempre hablamos de la meta, del objetivo por alcanzar pero, ¿qué pensaron los romanos cuando vieron su gran ciudad en pie? ¿Tal vez hicieron todo ya o realmente estaba todo por construir? Por eso, cada vez que camino, miro a mi alrededor. Caminar no es seguir una línea recta ni pensar que será fácil; caminar es pasear con quienes escoges, con quienes quieren construir contigo.

Ni siquiera la grandiosa e incomparable Roma se construyó en dos días. Mientras, hagamos de este camino un paseo.

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