Regreso

Hormigón y piedra y, nada. Soledad y silencio y, amanecer. Fue preludio, tal vez, de la vuelta a la vida tras el largo invierno alejado del oleaje entrometido y poderoso del mar, con su calma chicha y su relámpago restallando contra los cristales a punto de romperse, como si de una nueva llamada a la realidad se tratase. Entonces, comenzó todo, desde la nada más absoluta y descolorida, casi tétrica.

He visto temblar el suelo, he visto cómo las luces volvían a cegar mientras el calor era tan insoportable que llevaba al desmayo y a estar dispuesta a vivir una tercera guerra mundial. He visto tinta en papel que se deslizaba como música hasta el corazón mientras, aún con esfuerzo en la mirada, la mano guiaba firme y segura empuñando el poder absoluto en la danza que mecía hasta el último atisbo de resistencia del más incrédulo ateo.

Susurro y suspiro, en extraña elegía dedicada al caído sin cuerpo ni afán. He visto al silencio apoderarse del suspiro, cuando la respiración se cortaba y el muro de piedra volvía a caer. ¿Lamentaciones? La piedra jamás comprendió las lágrimas vertidas desde el cielo mientras se dilapidaba todo intento de resistencia. Ojos que no ven en miradas extraviadas y descompuestas, tal vez encontradas bajo la calidez del firmamento. Pero es azul, como el cielo estrellado; es dorado como la cúpula celestial que sostiene esa melodía incólume que ha traspasado los tiempos.

Perdición, reflexión, conocimiento y afirmación. He visto que he dejado de ver; la miopía puede ser terrible a veces. No necesitaba ver para creer; ni siquiera Santo Tomás se tomó tanto tiempo para volver al camino correcto. La creencia es el alma del fugitivo, pues ir y volver es sólo fruto del querer formar parte del momento. Así, el plural no se contempla cuando se habla de emoción. Escribir en primera persona es el resultado de vivir por uno mismo y no desde otras perspectivas alejadas del yo. Por eso, yo creo, yo vivo, yo me equivoco, yo sufro, yo escribo, yo leo, yo siento, yo comprendo lo que la melodía de la vida pone en el camino para seguirla o no.

Esta es la grandeza de escribir algo que te ha atravesado por completo, utilizándote de catalizador, destrozándote por dentro como si de un gran torrente de energía se tratase, hasta que la sinceridad abruma. Y lo he sido y, lo soy. La música es precisamente eso; cristal y diamante, tan fácil de romper que el corte es tan profundo y duro que la sangre riega todo de rubíes manchados de burdeos. Un instante, efímero. Un momento, congelado. Una dicha que recorre y abraza. Un amor tan puro que ahoga. Una verdad tan cierta que hiere en el costado. Una realidad que golpea de puro adiós. Un regreso que vuelve a insuflar esa energía otrora perdida, descarriada.

Poesía, ya vuelves tan tuya de nuevo, desprendida de la ruina más patética, como la flor de marzo que se vuelve a abrir al amanecer de los tiempos. Música, ya esperas de nuevo a recoger esas semillas de letras para poner en la boca lo que el oído ya ha escuchado, imitando de nuevo a la vida. Es curioso cómo cambiamos cuando estamos en nuestro más puro elemento, espacio y tiempo. Y la sala se hizo pequeña cuando las trompetas de batalla de ese órgano castigador e imperioso volvieron a intentar destruir el teatro hasta los cimientos. Mientras, mentiré diciendo que no tiemblo, que no me emociono y no escucho la música. Todo se lo ha llevado el viento, pero los cimientos saben que aún vibra esa voz lejana en la penumbra.

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Armonía

Vientos sin tempestad, atardeceres que son bálsamo y a la vez precipicio, pues es el sol cayendo la esperanza de algo nuevo que comienza, y es el desconocimiento más preciado la esencia y la incitación al riesgo. El este y el oeste, el norte y el sur; tan solo puntos cardinales deseando beber de la misma fuente que hace despertar del letargo al susurro hasta que éste se convierte en grito, lentamente y en armonía, como el magnánimo paisaje que sostiene el sol en las fachadas de blanco incólume, a punto de perderse en la penumbra, pero jamás en la oscuridad.

Y así, en la calma de la armonía de árboles que respiran mientras se alzan hacia el firmamento estrellado y melodioso, así en la tierra como en el cielo, son las ideas las que surgen desde esa pequeña hoguera que ha comenzado a prender el pensamiento aguerrido en las mentes en estado de ebullición, con los sueños de noches en vela y las ilusiones de días plomizos y grises ya distantes, congelados en la incierta impronta de las huellas desdibujadas sobre el camino del que no se conoce su trazado, pero del que se conoce su dirección hacia el futuro.

Y así, ha vuelto a amanecer. Sin ruido en la calle que desgasta el asfalto, corazón de metal frío encerrado entre el alquitrán que borra la sonrisa; sin atronador estruendo del neumático que vence la idea de insumisión ante la dialéctica correosa del “vuelva usted mañana”. Y los pájaros en el cielo, y los granados cuajados de almíbar amable, y las higueras majestuosas, y los cipreses que dan sombra y acompañan a la muerte, y las palmeras que traen de nuevo, consigo, la victoria anhelada y merecida. Camino. Siempre piedra gris que se encuentra desconocida ante nuestros pies, pero ni siquiera es ajena a la erosión, a la inmortalidad y eternidad que atan la historia al suelo sin visos de desaparecer jamás.

Amor. Amor alejado del romance descafeinado del cine, con la fuerza y el empuje del viento, envuelto por la libertad. Amor. Ese es el trazo de la tinta sobre el papel, a la luz del amor por la verdad, suplicante de realidad que duela tanto que mane de esa herida la  luz que hace florecer la primavera, a pesar del frío invierno que se acerca irremediablemente. Vigilante. Sombra amable que, tras tus pasos inciertos o no, jamás permite caer el telón de esta obra de teatro que es la vida, pues hay corazones que laten contra la desidia desde la juventud, atrapando, de nuevo, sueños ancianos que se creían olvidados, dormidos.

Unidad. Inspiradora esencia que resucita gracias al cálido viento del sur y acaricia la mano fría instándola a que despierte. La palabra, la acción. Extraña nebulosa que otorga confianza a las lenguas petrificadas de miedo, pues hay una mano que vuelve a sostener la montaña elevada sobre la ciudad; la misma que consigue que el momento y el lugar sean principio, testigos ocultos de la rebelión tan pura y verdadera que no necesita explicación alguna. Manos y acero, manos y tinta, manos y voz, manos y pensamiento, manos. Unidad. Mágico desengaño que muestra un nuevo mundo, más brillante que el anterior sumido en penumbra; la misma que nos ha hecho despertar para volver a buscar ese rayo de sol que añorábamos del alba, alma.

Y así, en el infinito horizonte cabalgando entre las nubes de bruma que perdía la vida por dibujar esa fina línea de alegría entre montañas, se escuchaban los primeros acordes del Réquiem. No había lágrimas por la pérdida, no había rabia o ira contra el viaje sin retorno, no había alma atrapada en la indecencia del tiempo malgastado. Era, tan solo, el final de la preocupación, del ancla clavada a puerto seguro, del prisionero encerrado en una celda de cristal exhibido al mundo. Y la altitud haciendo frente al vértigo, y los pinos conviviendo con las encinas, y la ciudad amplia dominada desde la atalaya, y las voces cantando a la vez desde la bandera, y la roca sosteniendo a la verdad. Destino. Siempre metamorfosis desplegando el cambio a través de la incorruptible aspiración de la naturaleza, implacable y poderosa, mientras las nubes vuelven a ser testigos silenciosos del agua que volverá a mojar la tierra.

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Incierto

Incierto el momento, como el lugar. Incierta la calma, que precede a la tempestad. Incierto el latido del corazón en su continuo, hasta que se acelera y busca su salida en el rubor de las mejillas. Incierta la esencia que envuelve cualquier cosa, hasta que por fin se reconoce y se asimila. Incierta la vida, con sus vaivenes, sus regalos y sorpresas. Incierta la lluvia en un cielo que ha dejado de llorar, pues la tierra pide a gritos agua, pero la sequía se ha hecho ya anunciar.

Es incierto todo, tal vez. Sin medidas, sin cadenas atadas a la piedra de la eternidad, sin rostros conocidos, sin realidad enfrentada a la ficción. Incertidumbre. Y hay variables en nuestro día a día que forman parte de un patrón ya establecido por el propio efecto de respirar el oxígeno del imperfecto mundo; variables que condicionan y determinan cada paso, pero sin terminar de acertar, errando en la precisión. Pues, somos, en esencia, la imperfección, la imprecisión, el trazo indefinido que no termina de dar forma al dibujo, al plano inclinado que se vence sobre la cabeza, al defecto que castiga a la simetría más perfecta.

Imprecisión en el universo, pues nosotros, seres insignificantes en la inmensidad, apenas sí llegamos al entendimiento de algo tan grande que termina por superar. Grandiosidad, enormidad. Y una vez más, incertidumbre. El movimiento de los astros, la inclinación del eje de los cimientos de ese edificio, la vela encendida contra la corriente de aire, la tibieza del agua y el reloj retrasado que te hace llegar tarde, de nuevo. Y Heisenberg lo supo, pues las variables experimentales de la física eran medibles acompañadas siempre de cierto error. ¿Estar allí, vivir aquí? Siempre incertidumbre, en el universo a gran escala y en esa humilde flor a punto de ceder su vida a la frialdad del otoño marrón y crujiente de las hojas contra el pavimento. Y aunque Heisenberg no lo formuló en su contribución a la teoría cuántica, tal vez el día a día no es sino una nueva manifestación de ese Principio de Incertidumbre que altera o libera los recovecos por los que tratamos de escapar.

Inciertos los minutos robados a un reloj disoluto, incierta la vida que se escapa de las ramas en el otoño, incierto el blanco en el centro de la diana cuando no hay intención de exterminar. Incierta la oxidación del hierro en las ventanas, incierto el día que amanece plomizo y regresa al azul añil, incierto el calor y el frío, pues la calidez también se lleva dentro y la frialdad puede evocar barreras construidas que terminan por caer. Así, el error del constructor es la suma de la imprecisión en varias variables que se acumulan y evocan desastre. Han caído torres altas por el capricho del mundo que no se puede comprender en su totalidad, han sobrevivido piedras milenarias a las catástrofes que han asolado la tierra distante, han amanecido los hielos del Ártico en un deshielo imparable e injustificado.

Cierto o no, incierto. Impreciso. Erróneo en parte. Juzgado como un todo y no como pequeñas partes del mismo. Anhelado en su indefensión, pero perseguido por la aviesa sonrisa que desprecia equivocarse. Leído en palabras sin enlace que se convierten en apenas sonido en un banco de niebla inapreciable. Incertidumbre. No saber, no creer, no pensar, no sentir, no esperar. La experimentación de la crudeza del mundo, gris a veces, en la batalla que comienza en el amanecer de los sueños que se difuminan como acuarelas sin hogar. Imprecisión. Ver, oír y callar. Si acaso, retar a la realidad y poder medir la longitud de las ilusiones, el volumen de las lágrimas, la acústica de la risa, la electricidad de la emoción, la intensidad de las sonrisas.

French aerialist Philippe Petit crosses a steel cable between the Twin Towers

 

 

Tierra mojada

Llueve. Llueve sobre mojado, o eso dicen. Sin embargo, la realidad es otra, como los charcos que surcan esa plaza del Dos de Mayo mientras, incólumes, susurran los tejados; mientras, apretados los dientes, se vuelve a salir de cualquier dificultad. Es curioso cómo el tiempo se volatiliza y deja atrás apenas un rastro de sinfonías, como si realmente quisiera ser transportado hacia cualquier otro sitio y esperase el momento justo para reencontrarse con esa verdad de la que todos huyen por ser demasiado real, demasiado expuesta para este mundo de opinión, duda, prejuicio, comodidad o desidia, demasiado cruel para esos ojos que sólo pretenden quedarse con lo bueno.

La meta. Siempre a toda velocidad, siempre compitiendo por llegar primero y ser el más rápido, siempre cerca de lograr una nueva marca que suponga victoria mientras tu interior te pide calma, te pide parar y mirar hacia atrás para ver el camino recorrido hasta el presente. Y no hay atardecer, ni amanecer siquiera. Tan solo una línea que pretendes dibujar como recta, límite entre tu razón y tu ser más irracional, separación de algo que jamás será como el agua y el aceite, pues somos el ensamblaje de piezas más complicado de la historia.

El camino hacia el mar se ve claro, brillante ante el implacable horizonte. Pero el verano ya ha abandonado de nuevo ese barco al amparo ahora de la tempestad que trae el océano consigo. Pero la quietud jamás formó parte de la mente de nadie con sueños. Es el camino y no la meta el que nos hace cambiar, alejados del mundanal ruido y centrados en los latidos del corazón, en la respiración irregular de los pulmones, en la sensación de la piel con el frío de los primeros compases del otoño, en la absurda epidemia de los días demasiado radiantes con un sol hasta aborrecible cuando quieres, únicamente, una cabaña en medio de la nieve, unos cuantos libros y el calor de una chimenea.

Frío. Tengo frío, tienes frío. No necesitas de esos escalofríos en la piel para sentirlo. Simplemente, necesitas el abrigo, su protección, esas capas adosadas al cuerpo para llegar a la seguridad que da cobijo y llena las tardes grises. Y aún no es invierno y, de hecho, sigue siendo primavera en la atalaya de tu imaginación. Salen las hojas, apenas ha florecido. Sostienes un crucigrama mientras escuchas de nuevo. El silencio. Eso es lo que imaginas y echas de menos. La lluvia en la tierra, la lluvia en tu rostro, la lluvia en los esquemas que caen para construir otros nuevos más tarde. Pero a nadie le importan los esquemas, nadie tiene una hoja de ruta de la vida. Vives en primavera y sueñas en invierno, como quien seca al sol abrasador del verano la ropa mojada.

Humedad. En la terraza, en los cristales que se ríen mientras salpican las gotas de agua, en las plantas que resucitan triunfales, en el alféizar de esa ventana curiosa que siempre observa esas casas con gente, como si de almas con luz se tratasen. Se inunda la calma del hierro de la barbarie, ya no sabe hacia dónde virarán los acontecimientos. Se disfraza de sigilo para coleccionar después instantáneas de gente que vive sin mirar. Curioso mundo, los que observan y los observados, todos en una misma dirección. El pasado es para los nostálgicos, el futuro para los luchadores. El presente es de los impíos, de los bárbaros, de los imposibles, de los que ven sin mirar.

Reflexiona la lluvia, no sabe qué más decir. Es posible que el fantasma del agua tibia cayendo lánguida sea la declaración de intenciones más rara de todas. Llegar al cielo para esperar y terminar, estrepitosamente, contra el suelo, desmayada y rota. Así somos. Exactamente, somos la tierra mojada que busca un poco de calor sin calcinarse demasiado, siempre compartiendo eternidad con las rocas que nos sostienen, siempre enamorados de las gotas que nos hacen dormir de madrugada mientras sonríe el cielo y canta el agua. Tierra mojada.

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Infierno

Mirabas. Te habías quedado mudo, ensombrecido por la crudeza de la barbarie en el último día que había pasado por la tierra angosta y yerma. Tus lágrimas ya eran de bronce y tus rasgos se solidificaban hasta quedar convertido en una estatua hasta el fin de los tiempos. Entre tus haberes y tus inquietudes, este mundo no formaba parte de tu conciencia, ni siquiera de esa consciencia que recuperabas cuando dejabas de soñar y te despertabas de un largo sueño. Inaccesible. Jamás fue fácil encontrarte en la oscuridad de los días arrancados al calendario, pues tú siempre terminabas por esconderte en lo más recóndito del susurro.

Desaparecer. Expirar, morir, abandonar, marchar, ir. No fue la marcha de las miradas de entendimiento la que te hizo cejar en el empeño de ver un amanecer límpido y sin rastro alguno de sangre. No fue la perspectiva de ese nuevo horizonte prometedor sobre el alba la que te animó a sumirte en el silencio para siempre. No fue la incomodidad de las horas de pie en guardia y a punto de entrar en combate las que te hicieron desistir. Descubrir. Sorprenderse, encontrar, perseguir, adentrarse, atreverse, sentir. La comodidad quedó junto al sillón, abandonado como el vaso siempre medio lleno que te endulzaba los labios. La desidia quedó relegada a un segundo plano cuando a la tinta de tu pluma le dio por regar páginas y páginas de papeles encadenados a tu determinación. La decadencia la dejaste viva para recordarte el veneno de esa ponzoña que había devorado yugulares esclavas de vidas de papel couché y artificios varios.

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Esclavitud. De las palabras, de los gestos de aparente normalidad, de las acciones que realmente queman el estómago, del reflejo que proyecta el ego hasta en los charcos de lluvia risueña, de la altura de la barbilla sobre la cabeza y la prepotencia que ensancha espaldas, de los bastones que no sostienen sino que flagelan, de los trajes que, lejos del lujo o la elegancia, son el uniforme del trabajo que ata y aliena, determinados por la circunstancia contra natura, alejados de la naturaleza por la vileza del caótico mundo dominado por unos pocos sujetos grises.

Gris. La escala es tan amplia que hasta da escalofríos. La mezcla más benévola y, a la vez, más inmovilista. Ni frío, ni calor. Ni blanco, ni negro. Ni orgullo, ni piedad. Trajes grises, hombres y mujeres grises, ideas grises, reacciones grises, lápidas grises. Triste. La normalización del infierno comienza a hacerse palpable, la realidad ya ha superado a la ficción en infinidad de ocasiones. Sin embargo, vacío. Sangre que no hace cantar a las venas como si de una sinfonía de Beethoven se tratase, como si hubiera perdido su densidad y ahora apenas fuera agua llenando un compartimento estanco. Sangre que no se revuelve cuando roban y matan las ilusiones los viles y rastreros. Sangre que no siente, ni es sentida. Derroche.

La pérdida del mundo se traduce en una progresiva desvirtualización de todo cuanto sostiene al ser humano. Así, sordos y ciegos, la hecatombe no se ha hecho esperar y aumenta su fuerza día a día en el que el gris ensombrece el amanecer, la esclavitud se viste de fingida libertad mientras es solo el desamor por la vida lo que queda reflejado en la condena, como estatuas impertérritas que secundan el inmovilismo mientras sus lágrimas de cocodrilo no son sino el bronce que les sujeta a una vida de irrealidad. Infierno.

¿Qué pensaría Dante de esta destrucción sin guerra real ni muertos que asola la tierra y la deseca en sus lágrimas, pero que se cobra almas cada día? Dante y su divina comedia, tan amarga como hiriente, ahora te acercas demasiado al mundo donde las rosas no sangran y la imaginación es poco necesaria ante las caóticas horas que solo un artista hiperrealista podría haber pintado con su trazo firme. El infierno en bloques de hormigón, facturas a fin de mes, persecución por ideales y sueños, esclavitud en el asfalto, enfermedad en el aire venenoso, sequía para la tierra vacía, deslealtad por el mejor postor. Nada nuevo bajo el sol.

Infierno.

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Silencio

Hay labios que callan, como miradas miran hacia otra parte y manos niegan otras a las que aferrarse. Hay pensamientos que inundan mentes, aún cuando no se atreven a decirse en voz alta, aún cuando tiembla la tinta y se desmaya sobre el papel. Silencio. Han conseguido que calles, que no tengas opinión, que no te defiendas y desesperes en silencio, sin sonido, sin presencia, sin vida. Han predeterminado la respuesta manteniendo a raya todo lo que pudiera estar a tu alcance, negando la primavera a los que tienen frío por esa nieve perpetua que es el conformismo, la comodidad e incluso, el miedo.

No se sabe el tiempo, no se intuye la profundidad del suelo que sostiene las raíces bajo los pies de esos caminantes que aún se atreven a continuar hacia adelante, hasta el confín. Tan solo la nada, si acaso el vértigo, logran que las tablas de ese puente colgante aún tenga la potestad de estremecerse bajo esos tambores que anuncian el fin o, tal vez, un giro inesperado en los acontecimientos. El vértigo…

El vértigo es la racionalidad que en el cuerpo te provoca la responsabilidad de sujetarte a una estructura anclada para evitar la caída al vacío más profundo, al abismo más aterrador. Sin embargo, una vez que esa sensación de contrariedad desaparece, contemplar la nada sugiere la realidad más monstruosa y, por ende, el dolor que sugiere que aún sentimos porque seguimos vivos. Así, escribir lo que ves, duele. También, quieres hacer daño con tus palabras para que los seres dormidos abran los ojos de nuevo, queden impactados por la magnitud que se destila de la caricatura más ácida del día a día y pisoteen cualquier rastro de debilidad de ese espejo que devuelve la ilusión a quien prefiere el reflejo y no el hecho.

Hechos. Los que sostienen la pólvora mojada mientras el fuego abrasador muere y se apaga. Hechos. La inocencia de quien sostiene la cerilla sobre ese bidón de gasolina a punto de estallar, salvo por ese último segundo de duda. Es el cristal de las causas perdidas, las más temidas por los que conocen la magnitud de la fuerza de voluntad de aquellos que van perdiendo en el tablero de ajedrez pero, contra todo pronóstico, logran desestabilizar al oponente con férreo corazón y brillante entendimiento. Jaque mate. San Judas Tadeo, patrono de las causas perdidas, sabe de la resistencia de las manos desnudas en invierno y, más aún, de las ideas que se encuentran en estado de ebullición en el momento y el lugar exactos.

Exacto. El número, la hora, el lugar, el espacio. Exacto. La voz que comienza a alzarse entre el silencio que atrae a la muchedumbre callada, el discurso que se pronuncia por vez primera pero no última, las letras que no se puede llevar el viento porque se han escrito a fuego en el alma, la convicción y el entendimiento que soportan la gravedad sobre los hombros, la carga más pesada y, a la vez, más liviana. Escucha, exactamente, los latidos de un corazón necesarios para detener la barbarie y las horas de la ira y entonces, deja de susurrar y abandona el silencio, ordena cada sonido en tu mente y compón una sinfonía con los pensamientos más fuertes que te envuelven y te elevan.

Tarde para la ira, la razón va a ganar. Pero tú, ¿qué sabes de razón, de racionalidad, en un mundo en el que lo correcto no es lo más humano siempre? ¿Qué sabes de silencio cuando sólo oyes el cacareo incesante de tus propias palabras sin sentido ni sentir? Avaricioso ser humano, imperfecto, crudo. Posesión, aniquilamiento, vanidad, ceremonia.

El silencio no ha sido silencio real últimamente, sino despreciado por los necios que no saben sino oír una y otra vez su propio discurso. Ahora hablo de silencio, necesario y oportuno, para dar sentido al espacio entre palabras que dan alas al discurso completo. Así, sentencias, arengas, himnos, palabras de aliento en definitiva. Y palabras de acción, bellas e inconformistas, valientes y rápidas en un nuevo giro al sol.

Sin embargo, ya no más silencio, demasiado tiempo en el ostracismo contra el muro de hormigón, en la urna de cristal, bajo el agua y nada más. Silencio roto, silencio aniquilado, silencio mancillado por la osadía de aquel que dio, en su día, un golpe sobre la mesa para comenzar una nueva revolución.

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De las luces tras las sombras

Aprendí. Aprendí a que las circunstancias no siempre se perfilan con una línea sobre el horizonte sino que, a veces, tarda un poco más en llegar el otoño y, con él, la caída de las hojas. Aprendí. Aprendí a que es la sal de las lágrimas la que hace daño en el rostro, y no el agua que limpia los malos sueños. También, la mano que sostiene. Es curioso cómo la vida no deja de sorprender, entre recién llegados que han venido para quedarse y sonrisas antiguas que incitan a continuar. 

De las luces tras las sombras. Contra la marea que arrastra y la corriente del río que atrapa, hasta el amanecer sobrio que despunta y el anochecer que calla, por la calma que espanta y la tempestad que reclama almas a la guadaña, esconden las antorchas el disparate del enfrentamiento ante la quietud propia del arrepentimiento o el más sórdido engaño. De las luces tras la sombras. Guía el esclavo al amo cuando el mundo al revés sufre un breve infarto, colapso del manifiesto egoísmo y la profunda herejía que acorrala a la comodidad de un mundo asentado sobre asfalto e infamia. Recorre el fuego la pólvora como un nuevo Guy Fawkes que se alza y al que le ha llegado su momento, lejos del miedo, la adversidad y la derrota escrita en trazos desiguales sobre un papel impío.

Fuego. Los cañones bombardeando a la flota que se hunde lentamente en el océano. Las calles incendiadas de desidia y desamor. Las almenas destrozadas en miles de trozos de piedra deshecha y descompuesta. Y la necesidad de fuego. En un mundo en llamas de hielo, suena a orden más que a letanía que las almas vivas aún anhelan la tormenta. ¿Por qué evitar el conflicto? ¿Por qué salir airoso de las calles de escombros sin saber a qué huele el polvo de la dificultad y la derrota? A veces, victoria. A veces, oscuridad y desasosiego.

Resplandor. Caminos que llegan a su fin o caminos que, simplemente, se cruzan con otros y hacen que tropieces o mires hacia adelante más que nunca. Carreteras que, sinuosas o rectas, hacen que los pasos lleguen hacia donde debieran. Y recuperas el enfado, y las desavenencias con el tiempo mojado que se pierde entre los dedos, irrecuperable y despreciado, y las cartas que pensabas jugar y ahora ya no hay juego. Posiblemente, el juego más irremediablemente cruel y más incomprensiblemente sorprendente es la vida misma. Aquí, allí. Ayer, hoy, mañana. La recuperación del viento no es sino el reflejo de la luz que alimenta de ilusión el rostro por la mañana cuando despiertas, mas no hablaré del tiempo que consume la vela y la deja languidecer.

Luz. Astro ardiente, alegría en grandes dosis de calidez y energía, descabellada mezcla de sosiego y movimiento, invención del cosmos que nos deja soñar por el día con su brillo y nos permite vivir de noche en la lluvia de los más hermosos astros en el firmamento. Así como salieron los esclavos de la sinrazón de la caverna hasta alcanzar la verdad del conocimiento, así como la determinación llevó a Colón a América, todos ellos se enfrentaron a sí mismos, a sus errores y a las piedras que otros pusieron en su camino. América por las Indias, manzanas por gravedad, matemáticas enrevesadas, sondas espaciales que jamás llegaron a su destino. Así es el ser humano, torpe, ciego y sordo. Y la luz alumbra en la noche más oscura a los que sufren de sombras que se ciernen sobre ellos, asfixiándolos en un diminuto cubículo, cuando siempre hubo chispa en sus corazones.

He aprendido. He aprendido que la magnitud de las variables que condicionan la miserable existencia del ser humano son tan infinitas como imposibles de abarcar pues, aunque siempre vuelve la primavera, el invierno vuelve con asiduidad. He aprendido. He aprendido a mirar siempre hacia adelante, a sonreír a quien merece la sonrisa, a superar obstáculos, a vislumbrar la luz que siempre se encuentra tras las sombras. De las luces tras las sombras. 

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