Aviones

Jamás se acercó. Jamás se acercó a las nubes mientras sobrevolaba el claro de luna, dispuesto a encontrar tesoros hechos de las perlas de su brillante oscuridad, perdido entre la bruma de la noche y el día, lejos muy lejos del corriente y mortal mundo de los comunes y poco imaginativos viandantes del hormiguero que se vislumbraba desde las estrellas al compás de ese Beethoven ya tardío, pero contundente. Jamás se acercó a la monstruosa aparición de las señales de las carreteras y caminos, pues ansiaba la libertad entre los rayos y los truenos de la tormenta, aunque sacudiera peligrosamente su estabilidad e hiciera preocuparse al vigilante entre las nubes. Jamás.

Entonces, como un ave entre las nubes del atardecer, dejaba su impronta, su estela, en líneas de blanco con rumbo a algún lejano país. O quizás, más cerca de lo que esperaba. Mientras, el día caía y allí esas líneas. Esos trazos deshechos y casi olvidados, diluidos. Tal vez, fueran espías que no quisieran ser encontrados; tal vez, la imaginación de una niña de corta edad era más importante en la historia de lo que pretendía reconocer. Sin embargo, estaba claro que, conforme se acercaba el verano, los trazos estarían visibles por más tiempo, pues el astro ardiente los conservaba como cisnes en ese estanque de la bella Brujas.

Siempre pensé, bajo los árboles del pequeño bosque en la fiebre del estiaje y sobre la cálida hierba bañada por el sol, que eran naves de otros planetas. Siempre avanzando, siempre pasando de largo, siempre derrumbando fronteras, pues arriba solo quedaban las nubes. Entonces, pensaba en ellas y en sus formas, tan curiosas como reales. Y había un gato reposando sobre una mullida cama de nube, un niño saludando con su mano, un loro pronunciando su discurso a la multitud, una hilera de hormigas huyendo a la destrucción del viento que las desdibujaba. Arte que es la imaginación e imaginación que es ese cuento de inverosímiles figuras que terminaban por formar parte de la historia de mi niñez y mi inocencia.

Después, me di cuenta de lo que producía esas grandes estelas de ensueño, ese gran viaje en el añil hasta el confín. Eran pájaros alados de metal que se confundían en el cielo mientras pájaros reales los acompañaban y seguían con rumbo, tal vez, incierto. Eran grandes máquinas de ingenio que desafiaban a la gravedad, pero que difícilmente caían. Como torres en el ajedrez que jamás se inclinaban ante el enemigo y protegían a los reyes, como espías que nunca revelaban sus secretos aunque cayeran, como pinceladas que marcaban la diferencia entre un cuadro original y otro falso.

Siempre me acerqué. Siempre me acerqué a esas curiosas líneas de pentagrama pintadas sobre el cielo, como si de música se tratasen e intentando comprender la melodía que llevaban consigo en su viaje infinito, más allá del mundo conocido por unos ojos curiosos de corta edad. Siempre me acerqué a esa eternidad tan contradictoria por su inesperada fecha de caducidad, pues nunca hubiera llegado a la conclusión de que el viaje por el cielo fuera tan efímero como en la tierra que nos sostiene. Siempre.

Y por mucho que fuera la impronta del ser humano sobre la historia, sobre los papeles que terminan por mojarse, sobre la mente curiosa de cualquier niño, nunca se consideró como tal desde esa atalaya sobre la loma, cuando el atardecer bailaba mientras los grillos hacían acto de presencia. La imaginación devoró todo atisbo de ciencia y explicación racional y, la creatividad para dar respuesta a toda alocada pregunta, solo fue el último guiño a la niñez que aún hoy me acompaña en el recuerdo.

Entonces, seguí añorando esas tardes de verano siguiendo las estelas de los aviones.

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Girasoles

Háblame de esas pupilas que se dilatan cuando sienten un rayo de sol sobre el rostro que las sostiene, acariciando la primavera lo que quedaba de ese largo invierno, derritiendo, por fin, ese último latido de hielo persistente, pero amable con la calidez del astro ardiente. Háblame de esa sonrisa cuando se cierran los ojos y se viaja muy lejos, entre el sueño y la vigilia, por esos océanos de arena del desierto cuando, de repente, ni siquiera el excesivo calor hace que desfallezcas en tu propósito de encontrar la tan ansiada primavera.

Como los girasoles. El mundo gira en torno al sol, mientras guiñamos los ojos en nuestro empeño por descubrir la grandiosidad de la estrella que nos devuelve la vida, el rubor en las mejillas, las tardes en el balcón, las flores que vuelven a renacer gracias a esas abejas de miel y dulzura, las tormentas que nos envuelven en ese apreciado recuerdo de infancia de tierra mojada y arcoíris. Como los girasoles. A la búsqueda de esas sensaciones perdidas entre la frialdad y la humedad insólita del invierno, volviendo a ese vaivén de tangos inacabados bajo las luces de farola en esa avenida casi vacía e irreconocible en ese atardecer que, cada vez, se retrasa más hasta llegar al verano.

Quémate bajo el sol abrasador mientras tus pétalos se agitan suavemente y oscilan hasta volver a su posición original, déjate llevar mientras la lluvia te moja y creces sobre la tierra hasta casi alcanzar esa constelación a la que le pusimos nombre y así, entre amarillo y marrón, seguirás persiguiendo hasta el confín a ese fugitivo sol que amanece por el este y se esconde, veloz e intransigente, por el oeste. Recuérdate casi arrogante, en pie sobre el  suelo que pretende derribarte en poco tiempo, pues el sol no es sino el oro que vuelve a iniciar el ciclo de todo.

Como los girasoles. Abres los ojos cada mañana y observas desde la ventana el amanecer que te saca del ensueño y te muestra una nueva realidad; abres los ojos a la luz que, sigilosa, te devuelve el día para volver a empezar. Sin café. Sin excusa. Donde comienza la tempestad en la calma de la noche, pues demasiado serena se llega a contemplar. Donde no hay amargura en el desayuno, sino oscuridad que va cediendo a las baldosas amarillas en un camino recién pintado sobre el asfalto demasiado gris para apreciar el cambio. Como los girasoles. Sin excusa. Sin café. Has ganado al sueño lo que la realidad ha perdido ante tus ojos en la ventana; ganas las que no te faltan de sentir el calor bajo tus pies en el suelo de terrazo que se funde con la asfixia de la gran ciudad.

Háblame sin palabras para dejarme sin ellas, pues de los girasoles sólo queda el breve susurro que, desde la acequia, se revuelve contra los motores de los coches que, sin piedad, pretenden ensordecer la leve paz que aleja al mundanal ruido de su siniestra presencia. En realidad, somos como girasoles. Siempre esperando a que haya un sol que nos guíe y nos acompañe entre el amanecer y el anochecer, siempre intentando buscar nuestro punto de anclaje a la tierra, a esa gravedad que parece soportarnos sin pedir nada a cambio, siempre vigilantes en esa vigilia que nos vence, aunque, en muchas ocasiones, no nos permitimos soñar.

Y así, el girasol, entre tímido y asustado, empezó a sentir esa leve corriente sobre sus pétalos. Apenas levantaba un palmo del suelo, pero sabía que se encontraría con el sol que había hecho germinar su semilla. 

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El camino es un paseo

Ni siquiera la grandiosa e incomparable Roma se construyó en dos días. Piedra a piedra, hombre a hombre, no solo piel y huesos movidos por la energía del resorte que es la vida, sino por el tiempo y la dedicación que empuja, finalmente, a la mano que tiene firmes propósitos y objetivos aún más elevados que sus sueños. Ni siquiera la grandiosa e incomparable Roma se hundió para siempre y jamás volvió a brillar entre sus ruinas. Las ruinas no son sino ese destello de humanidad, de que se puede caer una piedra y resquebrajar un imperio, pero a la vez tan necesarias para volver a levantarse de nuevo y mirar a la cara al futuro, al destino. Ni siquiera la grandiosa e incomparable Roma se mantiene hoy de pie gracias a sus piedras, sino a quienes las pusieron en ese día cero y a los que las fortalecieron con el correr de los tiempos.

Así, veo en el agua de la fuente las lágrimas que el cielo arroja contra la ciudad impía. Piedra a piedra, verso a verso. Aún me sorprende lo fácil que es caminar y lo difícil que es no mirar atrás, pues somos fragmentos de memoria enardecida por esa primavera que, poco a poco, nos llega al alma y al corazón. Y quien pretenda caminar sin pensar, pensar sin ser y ser sin estar, no es sino otro desertor más en este campo de batalla que poco se parece a una guerra y más a un tablero de ajedrez en el que las fichas esperan el movimiento en el momento preciso.

Jamás ha existido la civilización perfecta, pero estoy convencida de que esa habría sido la civilización perdida. La evolución y también la involución, se ha servido de la sangre y el fuego para avanzar entre tinieblas y llegar hasta puerto seguro. Sin embargo, hablamos de gloria, de logros, de ventura y decepción en términos absolutos y generales, tan hirientes que olvidan la importancia de un solo personaje, letal para la historia o indispensable para convertir en realidad lo imposible. Ni Roma, ni gloria. Hoy pienso en las manos que se unen, en las piedras que permanecen en pie gracias a esos ojos vigilantes, en el alma que se estremece de felicidad, en la primavera que regresa victoriosa tras la oscuridad del invierno.

Tan solo agua. Agua recordando contra esas piedras viejas del Templo de Debod que no existe la inundación si ocurre el equilibrio, pues entonces se llenan los campos de trigo y los caminos de esas frutas silvestres, tan dulces como impredecibles. Agua volviendo a invocar a la vida que recupera su particular plano en el mundo desolado y hace sonreír, pues la alegría no es sino la primera que se pone en el camino para después, volver a construir. Agua llevándose los malos sueños que, hasta entonces, se manifestaban airosos contra la almohada, ennegreciendo las piedras de las estatuas más olvidadas: nosotros mismos.

Y así, tinta contra tinta, beso contra beso, primavera contra su análogo invierno. Tan necesarios como prescindibles, tan abandonados como anhelados, tan sosegados como impacientes. Siempre hablamos de la meta, del objetivo por alcanzar pero, ¿qué pensaron los romanos cuando vieron su gran ciudad en pie? ¿Tal vez hicieron todo ya o realmente estaba todo por construir? Por eso, cada vez que camino, miro a mi alrededor. Caminar no es seguir una línea recta ni pensar que será fácil; caminar es pasear con quienes escoges, con quienes quieren construir contigo.

Ni siquiera la grandiosa e incomparable Roma se construyó en dos días. Mientras, hagamos de este camino un paseo.

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Estándar

Mírame y dime qué ves. Dime si somos iguales. Creo que podrías encontrar la diferencia en cualquier mínimo rincón de tu persona reflejándote en la mía. También, creo que la voluntad de estandarizar a todos y cada uno de los seres que componen esta humanidad vasta y caótica, ha sobrepasado los límites de la originalidad del individuo como ente con nombre propio y personalidad.

Sí, es a ti. Deja de rellenar formularios que definen tus capacidades cuando sabes perfectamente que eres mucho más que un espacio en blanco que rellenar con las características a tu elección, pero ya predeterminadas de antemano. El ser humano ha llegado al borde del abismo al pretender simplificar ya absolutamente todo, aunque esa sencillez quede ciertamente alejada de la realidad, la de cada uno. Intentar trazar el mapa de ruta de toda la sociedad empieza a resultar completamente absurdo, pues implica que el control ya es absoluto y la capacidad de crear clones, verdadera.

Y sí, el sistema se retroalimenta. También, a todos los niveles. El primer paso comienza desde la más tierna infancia. En las escuelas se pretende implantar un nivel educativo que no deja crecer a las mentes más originales, creativas e incluso distintas, esas mentes despiertas que buscan crecer y expandirse, sino que se busca dibujar esa línea por debajo, para que todos los niños tengan, en última instancia, ese carácter erróneo y, me atrevo a decir mediocre, de ser iguales en todos los sentidos. Estándar primitivo, adquirido.

Y el niño, crece. Se hace mayor y es ya un individuo de pleno derecho en la sociedad. Va a entrevistas de trabajo donde le hacen rellenar formularios con su vida en apenas unos pocos espacios en blanco que rellenar con la predeterminación de los gigantes que clasifican a las personas en estándares. Se reúne con gente de su entorno y tiene miedo de expresar su opinión por no ser, en algunos casos, igual al resto del grupo. Consume lo que el resto de la población, pues la publicidad ya se ha encargado de hacer imprescindible cualquier bien consumible gracias a la publicidad. Y al final, también muere en el único estándar con el que no se puede lidiar, la muerte, y que, necesariamente, me hace reflexionar sobre esta sociedad estándar.

Mírame y dime qué ves. Te lo digo porque, aunque en otro contexto, alguien alejado de esa línea roja tan recta me expresaba hace poco que la estandarización de todo, esa falsa igualdad, ha llegado a tal extremo, precisamente, como motivo de la supervivencia de los iguales. Creando iguales no hay diferentes. Alimentando la desidia, desechando el porqué y el cómo, aprendiendo a amar la imposición del gris cuando el cielo azul es mucho más interesante. Y así, hemos llegado a esa segunda generación estándar. Estándar secundario, aceptado.

Ahora, piensa en ti. ¿Eres estándar? Tú, que caminas por la vida pensando nuevas soluciones para problemas planteados. Tú, que nunca has terminado por sentirte cómodo en ningún ambiente, pero que sabes qué es lo que te gusta. Tú, que eres raro porque te lo han dicho, aunque tú no te sientas así, sino que consideras que lo que piensas o lo que haces es lo más normal del mundo. Tú, que prefieres callar a hablar por miedo a ser juzgado. Tú, que te muerdes la lengua por no ser políticamente incorrecto. Tú, que tienes mil planes para cambiar tu pequeño rincón en el mundo y quieres llevarlos a cabo.

Desgraciadamente, esta clasificación ya ha ido demasiado lejos y solo hay que mirar más allá de nuestras narices para comprobarlo. Sin embargo, no somos máquinas, no somos procesos productivos a los que estandarizar, no somos números en una lista, no somos códigos de barras que se esfuman sin más.

Yo no quiero ser estándar.

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Entre líneas

Creo que no hay nada más especial, o tal vez más inesperado, que encontrar un cuaderno garabateado de arriba a abajo con las aventuras vividas en cada viaje; diarios de a bordo que terminan por ser espejo de reflexiones futuras, ilusiones vividas en el momento y revividas aún más intensamente tras releer esas líneas torcidas de vida irreverente e imparable, ese ataque al corazón que significa la electricidad en el movimiento que embriaga. Así, encontré en una caja la tinta olvidada, mas no perdida o desterrada a ese diminuto espacio de cartones y sol.

En un simple instante capturado en mis venas, cada palabra pasó a trasladarme a ese momento de duda, a ese vuelo con rumbo pero sin destino pues, ¿qué hacía éste sino jugar con las cartas de la baraja hasta naufragar? De repente, cayó el muro, como lo había hecho para mí en ese Berlín ya lejano. Las cartas con el remitente en el sobre seguían teniendo sentido para mí, como ese 22 de mayo ya trasnochado y herido de memoria.

22 de mayo

Llegué. Así, el amanecer sobre el ala izquierda de ese avión con destino Berlín, las turbulencias que provenían de esas cartas que casi quemaban en el bolsillo de la mochila, la inmensidad del cielo bajo mis pies en esa libertad cuasi esclava que, entre serena y luchadora, terminaban por conquistar la curiosidad de mi entendimiento. Revivía una y otra vez las acuarelas que mi imaginación había pintado a través de la tinta sobre esa ciudad de contrastes, de atardecer en la contradicción del muro que no había terminado de caer, en los “Güten morgen” constantes, en las calles de tranvías sinuosos, en el amor y desamor en puentes que habían llegado a separar dos lados inútilmente. Berlín, ciudad de reencuentro y despertar.

Había llegado arrastrada por la corriente de misivas inesperadas, a la par que sorprendentes. Amistades por correspondencia que se habían convertido en aventuras a través de otros ojos, vaivén y ensueño, donde media Europa corría embravecida al compás de la prisa del viajero o, mejor dicho, del emigrante, del forastero, del extraño en la multitud distinguida y distante. Y aquí me hallaba, Berlín. Fui el aeropuerto de Schönefeld, el tren hasta la estación de Alexanderplatz, la maleta abandonada en el modesto hotel, la tranquilidad de los berlineses que pasaban a mi lado mientras mi nerviosismo subía a ese tranvía amarillo, la vista de edificios del XIX salpicados de rascacielos, la música de artistas callejeros en el puente junto a la catedral, la grandeza de los museos y la reverencia de la universidad de Humboldt,…

Y de repente, Friedrichstrasse. Contraste. Edificios a punto de ser demolidos, edificios antiguos, hormigón fresco, agujeros como heridas sin cerrar, piedras como losas sobre el corazón de ese Berlín de corazón adolecido de su pasado. Eternidad. Viento de lamento por familias separadas, recuerdo en ese muro de colores de esperanza que, con arte, han convertido en galería las lamentaciones de esas dos urbes artificiales, pero con un único sentir. Ahora, turistas en masa fotografían cada mensaje, cada paloma de la paz, cada beso ante el amor letal de Brezhnec y Honecker en el famoso grafiti. Historias, historias que fotografiar, historias que contar, historias que leer y escribir, historias por doquier.

Tinta. Sobre el papel del diario que ahora escribo. Ahora, realidad; traspasando las cartas recibidas desde ciudades distantes que ahora parecen confluir sobre la ciudad eléctrica de berlineses a pie y en bicicleta, acertando a buscar ese rostro de fotografía que era más cálido y próximo que el observador más cercano. Sonrisa de hoyos dibujados, mirada emocionada, silencio roto. Sobre estas líneas, de magia y hechizo, se produjo el encuentro tras años de palabras cruzadas con el pasaporte de los sellos, en el muro y en tierra de nadie, como si cayeran, de nuevo, esas barreras que devolvieron la libertad y la esperanza en tiempos de interrogantes sin solución.

Llegué. En el día más largo de mi existencia. Para contemplar la puesta de sol más radiante sobre el río Spree.

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Y no hay hogar

Creo que la sintonía en mi caminar cada día responde al jazz del desenfreno de cláxones y huidas en balde, entre el asfalto y las ilusiones de las luces recién encendidas de las farolas. Creo, y no me equivoco, que cada acorde es una palabra que se enciende en mi cabeza mientras la historia, el cuento más surrealista, se forma progresivamente adquiriendo importancia en la mente que consume la fantasía y le da una nueva dimensión.

María era la calma y la tempestad de las tablas de ese bar al que llegabas caminando siguiendo las sombras de ese palacio incólume en el tiempo, cerca de ese teatro donde la ópera se degustaba en el terciopelo rojo de esas butacas. María era esa mirada tras el objetivo de una cámara que capturaba el momento preciso, a pesar de que lo que viera ante ella no terminara de convencerle. Y mientras el humo del vicio en el ambiente putrefacto del recuerdo de algo que jamás ha ocurrido; contradicción. 

He recorrido tantos años de recuerdos en lugares marcados a fuego en mi alma que esta ciudad, tan fría y distante, se ha dibujado de otra forma a mis ojos. Vertical. Por los edificios que compiten por rozar el cielo con sus hierros de ensueño, mientras los tejados son de los gatos callejeros que buscan su hogar. Y no hay hogar.

¿Cuántas tardes había pasado escribiendo en sus cuadernos gastados por la lluvia y el infierno en ese café de tres al cuarto? ¿Cuántas letras habían desmayado su tristeza y habían precipitado su ansiedad sobre el azúcar de esos deliciosos pasteles? Era escritor, era poeta. Sin embargo, era más un vagabundo que habitaba en las historias creadas por su inspiración: esa musa estridente, impaciente y convulsa. Y quería escribir la historia más trágica y más cómica, pero jamás había experimentado la tristeza en ese extremo o la comedia en la risa más desatada. Mientras, se derrumbaba por dentro para conseguir ese abismo remoto que le hiciera volver a la historia de sus pensamientos. Pero caminaba sin rumbo. 

Precisamente, esos paseos sin rumbo, sin compañía y conectada a la música fueron la clave de mi observación. Como un testigo mudo, como un narrador omnisciente, como una estatua sobre la atalaya. Miradas. Gestos. Movimiento. Personas a contracorriente en calles con una mayoría en sentido opuesto, personas con prisa y sus maletines, personas nerviosas hablando por teléfono, personas compartiendo con otras sus horas robadas al reloj de lo cotidiano, personas no siendo personas, personas olvidándose de serlo, personas contagiadas por la enfermedad de la indiferencia, personas con los ojos de ilusión y las manos vacías, personas recién llegadas a la urbe y personas abandonándola. Tan solo eso.  Personas.

El hombre del traje gris. Tan absurdamente puntual como siempre, pues los días parecía arrancarlos él mismo del calendario. Y nunca reía, ni siquiera sonreía. El hombre del traje gris. ¿Sería la soledad hecha persona? ¿Sería una muerte moderna sin guadaña? Pero era de carne y hueso, con sangre en las venas y corazón. Y no tenía corazón de hojalata, pues Oz quedaba muy lejos. También, ocurría lo mismo con las baldosas amarillas. Entonces, entre atónita y sorprendida, sucedió. El hombre del traje gris decidió levantarse y dejar a medias su café solo y con hielo, salió a la calle y dejó olvidado para siempre su severo maletín.

Creo que el bullicio, la muchedumbre, el éxtasis de suspiros en las aceras y el cielo sin estrellas al atardecer son terriblemente culpables de que cientos de almas se muevan, pero jamás terminen por cruzarse o detenerse. Por eso, la imaginación es más rápida que encontrar el fin del invierno y las historias vuelan solas por el viento como una epidemia de anhelo, convirtiendo a cualquier persona en protagonista que baila en una sinopsis de película y cuyo fin, apenas sí es contemplado por los viandantes que se evitan y se apresuran a llegar hasta sus destinos. Mientras tanto, seguiré recorriendo la ciudad infausta y asfixiada con mi papel y pluma, persiguiendo cada atardecer, asomándome a cada vista sobre el anaranjado Madrid. Y es que somos como gatos callejeros que buscan su hogar, pero no hay hogar.

Madrid

 

Si fuera el primer día

Si fuera el primer día, ¿seguirías caminando por la acera observando cada uno de los ladrillos moviéndose de su sitio o, te terminarías tropezando por tu preocupación de contemplar la inmensidad a tu alrededor? Tantas cicatrices tiene el hormigón que su dureza ya parece apagada, casi cotidiana entre los edificios que se ciernen sobre otros para matar ese leve rayo de sol. Cicatrices…sí. Entonces comienzas a pensar que no siempre debes ser imaginación desde la ventana, golpeando el teclado de esa máquina infernal con avaricia, sino que, a veces, hay historias dentro de cada uno de nosotros que pueden transportar a un nuevo lugar: nuestra pura y dura realidad.

Si fuera el primer día, ¿te caería bien o creerías, por el contrario, que soy una metomentodo de manual? Tantas veces has tenido un primer día en tu vida que, a la larga, ya se ha creado la costumbre de presentarte sin tener un porqué frente a tus ojos. El primer día de colegio, el primer día en que fuiste al cine y quedaste maravillada con la música de la película, el primer día de instituto, el primer día en que sentiste la alegría de la libertad en Madrid cuando comenzaste a estudiar, el primer día…

Sin embargo, nadie habla de los demás días. ¿De verdad tenemos que ser tan metafísico-trascendentales que terminamos por negar que la normalidad y la cotidianidad de los días no son algo extraordinario? Precisamente la monotonía de las horas hace que los atardeceres sean menos monocromos y más cargados de color que nunca. Y sí, me he quedado maravillada con ese cielo de fuego sobre esa Gran Vía atestada de gente.

Y, ¿qué ven mis ojos? Prisa. Prisa por vivir, prisa por llegar a cualquier lugar trazado sobre el mapa, prisa por quedar atrapado por el asfalto que enmudece las pisadas de los zapatos, prisa por aparentar normalidad mientras mirar alrededor podría ser algo extraordinario. Y no mencionaré que ver y mirar son dos conceptos diferentes. La ceguera momentánea que sufre el ser humano cuando se acostumbra al medio que le rodea es tal que la comodidad se convierte en una mala costumbre. ¡Levántense de esos sofás que tienen instalados en sus mentes y vivan!

Entonces, podrían ver que los pasos de esa chica de grandes cascos azules se mueven al compás de la música que escucha, mientras el hombre del traje gris mece su maletín con alegría por el trabajo ya terminado en una jornada exhausta. Y mientras, el resoplido del autobús en su farfullar incomprensible, ininteligible. Tal vez, ese motor se cansa de llevar en su jaula a tantas y tantas personas o, solo tal vez, son las mentes de sus ocupantes las que se quejan por la búsqueda de lo extraordinario.

Alguien me dijo alguna vez que lo extraordinario ocurre en cada rincón, incluso aunque el amanecer se prolongue indefinidamente sobre ese cielo permanentemente anaranjado de la gran ciudad contaminada. Alguien me dijo que la rendición no se puede contemplar jamás, pues los motivos que nos empujan a ella siempre son menos sólidos que la fortaleza, que nuestra determinación en dar cada paso nuevo.

Puede que me leas y estés dubitativo. Puede que estés viviendo un primer día de algo. Un primer día de emociones que no hubieras imaginado jamás, un primer día de confesiones o un primer día de injusticias o desdenes. Todas las caras de este poliédrico mundo forman parte de ti y se contraen y expanden en tu alma, en tus pensamientos más profundos o acelerados, en la ira que hierve a veces en tu sangre, en los sentimientos que te hacen más humano y menos frío.

Si fuera el primer día de esta vida tan peculiar, en un lugar que a menudo se antoja extraño, me recomendaría a mí misma escribir cada uno de los renglones de ese libro que comenzó en blanco.

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